CAPÍTULO 13 #2
Pero al final volvía a colarme en su despacho. Y volvía a destrozar mi matrimonio en busca de respuestas a una pregunta que ni siquiera podía formular.
¿Qué es el matrimonio perfecto? La aceptación, eso creía.
Pero daba por sentado que sería la aceptación de mi marido hacia mí.
Nunca me había parado a pensar que quizá yo fuera incapaz de aceptarlo.
Que mi madre, por medio de la gran mentira en la que se había convertido mi vida adulta, me había deformado aún más de lo que yo pensaba.
El matrimonio. No se puede operar a escondidas para siempre. Tarde o temprano, por mucho cuidado que se tenga, te descubren. Pero yo no podía parar. Era casi como si quisiera que Conrad descubriera lo que estaba haciendo. Necesitaba que nuestro matrimonio se desmoronara.
Pero, de buenas a primeras, dos se convirtieron en tres.
Entonces mis errores volvieron para atormentarme.
No sé qué hacer. No puedo salir. Incluso a estas horas de la noche, las furgonetas de los medios de comunicación siguen formando un sólido muro de luces de alto voltaje al otro lado de la calle.
Estoy demasiado nerviosa para dormir, mi mente salta de las imágenes del cuerpo ensangrentado de Conrad a las de los restos calcinados de nuestra casa.
Debería descansar, por el bien del bebé.
Debería huir de la casa de mi madre, por mi bien. Debería hacer... algo.
Pero no sé qué. Hace dieciséis años, envuelta en una tragedia similar, me limité a hacer lo que me dijeron y asumí la culpa. ¿Y ahora?
Odio esta persistente sensación de paramnesia. Y lo que es peor: volver a sentirme indefensa.
No le mentí a la sargento. Sigo sin saber qué le pasó a mi padre. Tenía a mi padre, mi héroe, mi pilar, el hombre con el que siempre podía contar. Y, de repente, estaba muerto. Así, sin más.
La reacción de mi madre al entrar en la cocina...
no fue de horror, sino de indignación, mezclada con histeria.
¿Porque había muerto? ¿O porque se había suicidado, que es lo que siempre me he preguntado?
A los dieciséis años, en shock y traumatizada, jamás se me habría ocurrido cuestionar a mi madre.
Si ella decía que teníamos que mantener lo sucedido entre nosotras, así se hacía.
La negación era lo que mejor se le daba a mi madre.
Esa tarde seguí su ejemplo. No fue difícil.
Había ocurrido una terrible tragedia. Me resultaba fácil imaginarme a mí misma sosteniendo la escopeta.
Quizá incluso más fácil que a mi querido padre colocando el arma bajo sus costillas; de pie, con expresión sombría frente al frigorífico, que ofrecía el fondo más seguro para efectuar un disparo —siempre me repetía que apuntara a un electrodoméstico de acero inoxidable al limpiar la escopeta—.
Luego, al oír el chirriar de los neumáticos del coche de mi madre en la entrada, apretando el gatillo.
No, era mucho más fácil mentir que imaginarme todo eso.
A pesar de la brillantez de mi padre, había visto las sombras oscuras que se ocultaban en sus ojos.
La forma en la que sonreía, pero que seguía pareciendo triste.
Las veces que cuadraba los hombros antes de entrar en su despacho, dejando atrás la figura de un matemático dotado en busca de respuestas y adoptando la de un soldado abrumado por una guerra interminable.
La verdad es que la genialidad y la depresión siempre han ido de la mano.
Por eso pasé tantas tardes sentada al piano, tocando sin parar: porque mi padre decía que mi música le calmaba el espíritu y le permitía descansar, pese a que una mente brillante nunca podía relajarse por completo.
Hice todo lo posible por mantener a raya su tristeza con mi música.
Y ese día, al entrar en la cocina, con la sangre caliente de mi padre goteando sobre mi pelo, sentí el peso de mi fracaso. Había amado tanto a ese hombre y me había esforzado tanto... Pero no había sido suficiente.
Igual que con Conrad.
Espero que mi bebé no sea un niño. Porque no podría soportar otra pérdida así.
Debo organizar mis recursos. Dinero. Voy a necesitarlo.
Me doy cuenta por primera vez de lo perdida que estoy.
Mi cartera, mi teléfono móvil, las llaves del coche...
, todo estaba en la casa que, según la policía, ahora no es más que un montón de ruinas carbonizadas.
Tengo un momento de histeria creciente: la próxima vez que te arresten por el asesinato de tu marido, ¡no olvides el bolso!
Pero, por supuesto, lo olvidé, y la policía tampoco se ofreció a traerme ningún objeto personal. Es decir, que no tengo nada.
No es del todo cierto. Tengo una mente propicia para los números.
Incluidas las cuentas bancarias. El hecho de que no tenga chequera ni tarjeta de débito —y mucho menos, un carné de conducir que no se haya derretido— no significa que no conozca mis cuentas y sus saldos exactos.
La cuenta de ahorros tiene algo de dinero.
No mucho, ya que ni Conrad ni yo teníamos trabajos bien remunerados y la mayor parte de nuestros fondos iba a parar a la reforma de la casa.
Pero, por otra parte...
Mi cabeza empieza a dar vueltas. De repente, pienso en mil cosas a la vez. Restos de papeles en una impresora/escáner. La reacción de Conrad al enterarse de que estábamos embarazados. Otros tipos de documentos de identidad con fotografía.
La casa quedó reducida a cenizas. También el preciado despacho de Conrad y todos los archivos de sus clientes.
Pero había algunas cosas que él valoraba aún más que su despacho. Algunas cosas que protegió contra el fuego.
No estoy indefensa. Estoy herida y profundamente triste, pero no indefensa.
Y ahora, con un poco de ayuda de mi abogado, tengo un plan.