Ni una palabra (Warren & Quincy 1) CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

EVIE

¿Qué es el matrimonio perfecto? Cuando conocí a Conrad, creía que la clave era la aceptación.

Estaba en una barbacoa con otros profesores.

Una de esas raras ocasiones en las que me dejaba ver en público, ya que incluso entonces mi pasado me seguía a todas partes.

Pero era mayo, un hermoso día soleado tras salir de otro largo invierno de Boston, y me apetecía pasar una tarde sintiéndome como una más.

Así que allí estaba, una joven profesora pasando el rato, comiendo pollo ligeramente chamuscado en el jardín de un colega.

Oí su risa. Eso fue lo primero que me llamó la atención. Estruendosa. Natural. Desenfadada. En mi familia, en la casa de mis padres... No recuerdo haber oído nunca a nadie reír así.

Conrad estaba de pie en una esquina, cerca de la valla, con una cerveza helada en la mano y una mancha de kétchup en su camisa hawaiana azul. Era el centro de atención de un grupito que se reunía a su alrededor. Así que me acerqué, guardando las distancias, pero con mayor interés.

Ventanas. Contaba historias sobre ventanas.

Sobre ventanas de 12 x 8 que llegaron siendo de 38 x 33; de tonos crema personalizados que resultaron ser de color verde pino, que luego se enteró de que seguía siendo un tono crema, solo que más oscuro.

Y su anécdota estrella: un pedido que hizo para una casa pija en Barrington, Rhode Island, pero que la fábrica no podía entregar porque Rhode Island no era un estado, quizá se refería a Long Island.

Más risas. Más tragos de cerveza. Más historias del trabajo.

No sé cuánto tiempo estuve en su órbita antes de que se fijara en mí. Me miró una o dos veces, observando a la multitud, pero sin llegar a fijarse en esa mujer delgada de pelo rubio oscuro que seguía bebiendo su primera cerveza, más por tener algo en las manos que por amor a la bebida.

Entonces, de repente, se plantó delante de mí. La multitud desapareció y él emergió. De cerca, era compacto, de complexión musculosa, con cabello castaño claro y ojos azul oscuro. Tenía la piel bronceada y, cuando sonreía, sus dientes resplandecían en contraste con su piel oscurecida por el sol.

Parecía... fuerte y capaz, divertido y honesto; como si todas mis esperanzas y sueños se hubieran materializado en una sola persona.

Luego me estrechó la mano. Se acercó y me la tomó como si nada, y la sensación de sus dedos robustos contra mi piel...

Lo deseé en ese preciso instante. Lo deseé de una forma en la que me había obligado a olvidar hacía tiempo.

No me moví. No le sonreí. No le dije mi nombre.

Pero no importaba. Él habló por los dos.

Él rio por los dos. Más tarde, me invitó a dar un paseo por el barrio, para conocernos mejor, y me hizo un montón de preguntas, que me sorprendí respondiendo.

Ninguna de mis respuestas le resultó desconcertante.

Ni mi trabajo como profesora de matemáticas —» ¡Qué bien, una mujer inteligente!

» — ni mi legendario padre —»Qué interesante , yo no tengo familia» — ni lo que me había pasado un día cuando tenía dieciséis años, de lo que todavía no había conseguido recuperarme y que me desconectaba de la vida real —»L o siento mucho, yo perdí a mis padres hace varios años; nunca se supera esa pérdida» —.

Cuando llegamos al final de la calle y dimos la vuelta, estaba loca por él. Quería su risa estridente, su compañía alegre, su mirada, capaz de verme tal cual era. Como si nada de lo que pudiera hacer o decir le sorprendiera. Como si nada pudiera hacer que dejara de desearme.

De eso me enamoré al principio: de un chico que me aceptaba incondicionalmente.

Más tarde, me di cuenta de que Conrad era el tipo de persona que le gustaba a todo el mundo. Si entraba en un bar abarrotado, todos los desconocidos se sentían atraídos por él. Los vecinos se quedaban solo para hablar con él.

Era su superpoder, lo que lo hacía tan bueno en su trabajo. Viajaba de un lugar a otro, diseñaba ventanas de alta gama, calmaba a los clientes enfadados.

Todo el mundo quería a Conrad. Todo el mundo se sentía escuchado, comprendido y reconocido en su presencia.

Sin embargo, ¿hasta qué punto lo conocíamos? Un tipo que pasaba tantas horas en la carretera, con poca o ninguna responsabilidad. Un tipo sin familia a la que visitar y que contara historias de cuando era pequeño.

Un tipo que no dejaba de hablar, pero que nunca contaba nada sobre sí mismo.

Luego estaba la puerta cerrada.

Algo sin importancia. Se me acabó la cinta adhesiva y subí al despacho de Conrad, pensando que tendría un rollo nuevo. Estaba de viaje. La puerta de su oficina, cerrada. Nada de qué preocuparse. Pero, cuando fui a girar el pomo, descubrí que no podía.

Confusión. ¿Una puerta cerrada con llave en mi propia casa? Enseguida le siguió la incredulidad. ¿Por qué haría Conrad algo así? Yo era la única que podría haber entrado, y no creo que un negocio de ventanas a medida involucrara secretos de Estado. Y, por último..., curiosidad.

Una puerta cerrada es un rompecabezas. Y ningún matemático que se precie puede dejar un rompecabezas sin resolver.

Se convirtió en un juego. Cada vez que la puerta estaba cerrada, pasaba por allí y la intentaba abrir.

Mientras Conrad veía la televisión en la planta baja por la noche, la puerta estaba abierta.

Si se había ido a una reunión por la tarde, cerrada.

¿Viajes de negocios? Cerrada, por supuesto.

A las dos de la madrugada, cuando me levanté porque tenía que saber qué ocultaba, cerrada de nuevo.

Nunca dije nada, claro. Eso habría implicado que no confiaba en él, ¿no?

De todos modos, crecí con una madre que manipulaba la realidad para que se adaptara a sus intereses. Yo no quería que me dieran la respuesta. Quería descubrirla por mis propios medios.

Así que hice lo que haría cualquier adulto disfuncional acostumbrado a las mentiras crónicas: esperé hasta que mi marido se fue de viaje de negocios y forcé la cerradura de su despacho privado.

Me temblaba la mano cuando abrí la puerta. El corazón me latía con fuerza. Me sentía como la mujer de Barba Azul entrando en la habitación prohibida. Lo siguiente que vería serían los cadáveres de las esposas anteriores colgando.

Descubrí archivadores. Montones de catálogos de ventanas.

Una impresora/escáner. Y un espacio vacío en el escritorio donde solía estar el portátil de Conrad.

Revisé los archivos. Ya había allanado la habitación, no podía marcharme sin más.

Encontré documentos de proyectos, varios planos de casas de la costa este.

Encontré fichas de proveedores, notas manuscritas sobre futuros cambios en los productos y nuevas y mejoradas opciones de color.

Al final, me puse a cuatro patas. Busqué documentos pegados con cinta adhesiva debajo del escritorio, archivos escondidos detrás de los archivadores, tal vez incluso un código informático estampado en la parte inferior de la silla ejecutiva de cuero.

Sentí que perdía el juicio. Una mujer, teniendo una experiencia extracorporal.

Me di cuenta de que esto era justo lo que haría mi madre.

Mi pobre marido solo tenía la costumbre de cerrar con llave, y yo quería convertirlo en un escándalo miserable.

¿Por qué no podía confiar en él? ¿O era en mí misma en quien no confiaba? ¿Pensaba en el fondo que cualquiera que me amara como él debía tener un lado oscuro?

Me arrastré por el despacho a gatas. Revisé cada trozo de papel.

Si Conrad no hubiera estado fuera de la ciudad, si hubiera vuelto a casa antes de lo previsto, no habría podido justificar mi comportamiento, la forma en la que destrocé por completo su espacio profesional, organizado con un ímpetu casi enfermizo.

Pero soy matemática, criada por uno de los mayores genios del mundo. Y una mente brillante no se limita a resolver un problema, sino que es capaz de ver un problema antes de que se convierta en un problema.

Una puerta cerrada con llave que guarda un despacho personal que solo contiene un puñado de archivos y ni siquiera un ordenador... ¿Por qué? ¿Por qué cerrarla con llave?

Un rompecabezas. Necesitaba la solución.

Entonces vi el único dispositivo de cierto valor de la habitación. La impresora/escáner. Con memoria caché.

Me enamoré de Conrad por su risa estruendosa, su sonrisa, su personalidad. Y no, ese día no encontré el cadáver de ninguna mujer asesinada. Pero, al final, encontré un rastro de migas de pan. La imagen de un documento escaneado, un registro de una cuenta bancaria que no sabía que existía.

No era un delito. Es más: si sacaba el tema a colación, me vería obligada a revelar cómo lo había descubierto. Pero era una pieza del rompecabezas.

Y seguí trabajando en él sin descanso. Hasta el punto de que deseaba que se fuera de viaje solo para volver a poner su espacio patas arriba.

Pero entonces empezó a mirarme con recelo cuando regresaba, probablemente porque no lo había dejado todo colocado a la perfección.

Sabía que algo no cuadraba, aunque no podía identificar bien qué.

Empecé a hacer fotos de cómo estaba exactamente el despacho al entrar para así poder volver a colocar cada cosa en su sitio.

Más adelante, como él seguía desconfiando, empecé a revisar la puerta para no caer en ciertas artimañas que había leído en Internet, como un mechón de pelo colocado en la puerta de forma que se rompiera al entrar.

Podía sustituirlo por uno mío al salir. O un hilo colocado justo encima de un cajón ligeramente abierto.

Lo fotografié y lo volví a colocar en su lugar exacto.

Nos enzarzamos en una especie de duelo. Mes tras mes, año tras año.

Un periodo de tensión seguido de un periodo de vergüenza en el que me juraba a mí misma que pondría fin a esa locura.

Conrad era un buen tipo. Conrad me quería.

Él tenía sus propias finanzas; perfecto, yo también.

Eso nos convertía en adultos independientes, no en espías del Gobierno ni en criminales perversos.