Ni una palabra (Warren & Quincy 1) CAPÍTULO 12 #3
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CAPÍTULO 12 #3

—Está muerto. Si hubiera tenido una cabaña así, ya habría salido a subasta. O le habrían aplicado una ejecución hipotecaria, la habría embargado Hacienda, o lo que sea.

—Ya he probado. La propiedad no puede estar a nombre de Jacob ni de ninguno de sus socios porque, de ser así, el FBI ya la habría encontrado.

Así que, de vez en cuando, reviso la lista de propiedades con sótano que se subastan en el norte de Georgia.

Por desgracia, esa lista es más larga de lo que me gustaría.

—Lo dices en serio.

—Sí.

—¿Llevas trabajando en los casos de esas otras chicas desaparecidas desde hace seis años?

—Samantha Mathers, Elaine Waters, Lilah Abenito, Daphne Passero, Rachel Englert, Brenda Solomon.

—¿Te ayuda la policía?

Una pequeña pausa.

—Oficialmente, no. Pero algunos de los miembros del grupo... tienen contactos.

—¿Con el FBI?

—No tan buenos como los tuyos —responde sin rodeos.

—¿Y por eso querías hablar conmigo?

—No. Tú eres una víctima. Nosotros somos los cazadores. No esperamos...

Levanto una mano.

—No vuelvas a llamarme víctima. Soy una superviviente. No es lo mismo.

Él asiente con la cabeza.

—Yo lo maté —digo secamente. Las palabras son duras y feroces. No voy a retractarme—. ¿Tu grupo lo sabe?

—Sí.

—¿Me culpas por ello? Si lo hubiera dejado con vida, tendrías tus respuestas. Esas chicas desaparecidas, sus familias, habrían encontrado algo de paz.

—¿Alguna vez oíste a Jacob hablar de otras chicas?

—No directamente. Pero era un adicto al sexo, maltrataba a su mujer y era un violador en serie. Sabía que no era la primera, pero sí supuse que era la primera a la que se había esforzado tanto por conservar.

—¿Por qué?

—Que te jodan.

Keith vuelve a quedarse en silencio.

No puedo soportarlo. Estoy demasiado alterada.

Golpeo el vaso de agua contra la mesa de café.

Me gusta el sonido quebradizo que produce, tan frágil como me siento yo.

Se derrama un poco de agua. Puedo ver cómo se extiende mientras Keith observa impotente el desastre que he provocado en su preciosa y brillante mesa.

Me produce un placer perverso. Entonces me levanto, me muevo, camino de un lado a otro deseando poder arrancarme mi propia piel.

Ya no quiero ser yo. Hoy no. Tampoco hace siete años. Ni en ningún momento de los cuatrocientos setenta y dos días que Jacob me mantuvo prisionera. Odio pensar en él. Detesto recordar lo que era sentirme tan indefensa, tan débil.

Pero lo que más me desconcierta es estar aquí, en este lugar, con este hombre. En el fondo, lo entiendo. En esta habitación, las dos Floras convergen.

La adolescente que solía ser. Esa rubia despampanante que atraía las miradas de todos los chicos.

Esa Flora se habría quedado impresionada por Keith Edgar, por su atractivo físico y su elegante casa adosada en Boston.

Se habría emocionado al oír hablar del asesinato de su primo, de su heroica cruzada para atrapar a otros asesinos. Habría pensado en besarlo.

Luego está la mujer que soy ahora. La que ve a un hombre guapo y encantador, y enseguida piensa en Ted Bundy. La que está demasiado delgada, demasiado demacrada y demasiado cansada tras siete años sin dormir bien. La que no piensa en salir con nadie ni en hombres ni en besar... a nadie.

Ya no tengo sueños ni aspiraciones románticas.

Algunos supervivientes sí los tienen. Descubren cómo compartimentar: aquello fue entonces, esto es ahora.

Yo no puedo. Vivo en un estado de bloqueo permanente.

Pasé tanto tiempo separando mi mente de mi cuerpo para sobrevivir que ya no puedo recuperarlo.

Mi cuerpo es una simple herramienta. Jacob lo usaba para satisfacer sus necesidades sexuales.

Yo lo uso para vengarme. Ninguno de los dos respeta el envoltorio.

Y ahora no quiero estar aquí. No quiero hablar con Keith Edgar.

No quiero pensar en las otras chicas desaparecidas, a las que Jacob podría haber secuestrado y retenido en su gran camión.

¿Las secuestró durante más tiempo que a mí?

¿Disfrutó más de su compañía? Dios mío. ¿Es posible sentir celos de algo así?

—¿Flora? —pregunta Keith en voz baja. No se ha movido.

—¿Jacob tenía algún cómplice? —pregunto—. ¿Has encontrado alguna prueba de que conociera a otros depredadores o de que contactara con ellos a través de Internet?

—No estoy seguro.

—¿Qué significa eso?

—Significa que no soy del FBI. No tengo acceso a su ordenador portátil.

Jacob era una persona solitaria. Sin embargo, viajaba mucho y era capaz de borrar por completo sus huellas...

No me sorprendería que tuviera algunos contactos que lo ayudaran.

¿Por qué estás aquí, Flora? ¿Por qué haces estas preguntas ahora?

—Has dicho que no tienes contactos en el FBI.

—No.

Por fin lo miro.

—Yo sí.

Él me mira con serenidad.

—¿Por qué aquí, por qué ahora? —repite—. ¿Qué ha pasado?

—Necesito saberlo todo sobre Jacob Ness antes de que lo conociera. Ayúdame a responder a esas preguntas y, con el tiempo, yo responderé a las tuyas.

Ni siquiera pestañea.

—¿Cuándo quieres empezar?

—Ahora. Ve a por tu ordenador. Vamos a hacer una llamada.