CAPÍTULO 12
FLORA
El interior de la casa de Keith Edgar es tan sorprendente como él mismo.
Una planta abierta que se extiende hacia el infinito.
Kilómetros de suelo de madera oscura bajo un techo blanco inmaculado.
Una chimenea revestida de pizarra que se eleva como una columna de granito en medio de un entorno moderno.
En la chimenea, las llamas de gas bailan sobre piedras pulidas.
Delante hay un sofá turquesa flanqueado por sillas naranjas.
Una especie de alfombra peluda cubierta de brillantes salpicaduras de color tiene la difícil tarea de darle cohesión al conjunto, mientras que, sobre la chimenea, un enorme televisor de pantalla plana emite las noticias de la noche, incluyendo una actualización sobre el incendio en la casa de los Carter.
Ya he visto algunos detalles en mi teléfono.
Sin embargo, no son pocas las preguntas —sobre un tiroteo, una pareja, un hombre— que sigo sin entender.
Me quedo clavada en la entrada de la casa, de espaldas a la pared. Ahora que estoy dentro, cara a cara con Keith, no sé muy bien qué hacer.
Keith es el primero en reaccionar. Agarra deprisa el mando a distancia de la mesita de cristal y apaga la televisión.
—Lo siento, estaba poniéndome al día con las noticias. ¿Puedo ofrecerte algo? ¿Agua, café? —Mira el reloj y toma nota de la hora—. ¿Una copa de vino?
A juzgar por los muebles, yo habría apostado por un martini seco. Y muchas horas viendo Mad Men, cuando descansaba un rato de los foros de crímenes.
—Siéntate —dice Keith. Señala una de las sillas naranjas—. Eh, bienvenida, gracias por venir. ¿Es por la última carta que te envié? La verdad es que no pensaba que fuera a funcionar. Nunca respondes a mis cartas, así que... Pero no pierdo nada por intentarlo.
Sonríe, se sonroja y, por un momento, parece tan cohibido como yo. No tengo claro si se siente así de verdad o si es el psicópata más consumado que he conocido nunca.
—¿Esta es tu casa? —le pregunto por fin, acercándome a una silla.
Él asiente con la cabeza.
—¿Tienes mujer? ¿Hijos?
Él niega con la cabeza.
—¿A qué te dedicas?
—Soy analista informático. La mayor parte del tiempo trabajo desde casa.
Y no voy de esta guisa. —De nuevo, un encantador rubor tiñe sus mejillas mientras señala su elegante vestimenta—.
Pero hoy tenía una reunión con un cliente.
Tienes suerte de que acabara de volver a casa. O quizá sea yo el afortunado. No sé.
—Me tomaría ese vaso de agua.
Se da la vuelta, pasa junto a la chimenea y se dirige a la parte trasera de la casa, donde debe estar la cocina.
Aprovecho el momento para recomponerme y volver a estudiar el entorno.
La puerta principal está detrás de mí. Lo más probable es que las puertas del jardín estén en la parte trasera.
A la izquierda hay una escalera con barandilla abierta.
Al pie de la escalera hay una puerta. Probablemente sea un armario para los abrigos o algo así.
Hay otra puerta justo enfrente. El baño de la planta baja.
Por lo demás, un espacio muy abierto y amplio, con una decoración digna de una revista de interiorismo. Pero en este segundo examen me doy cuenta de lo que se me había escapado la primera vez. No hay fotos. No hay cuadros. Ningún objeto personal.
Según Keith Edgar, no solo vive en esta casa, sino que también trabaja en ella. Y, sin embargo, este espacio bien podría ser una sala de exposiciones, perfectamente decorado y desprovisto de personalidad.
Todos llevamos máscaras. Y, cuanto más queremos ocultar, más lograda es la fachada.
Keith regresa con un gran vaso de agua. Lo cojo con cuidado, sin acercarme demasiado, asegurándome de que nuestros dedos no se toquen. Entonces me siento. La exploración visual ha restaurado mi sensación de paranoia. Ahora se me han activado todos los instintos de supervivencia.
Lo que significa que estoy relajada por primera vez desde que he llamado a la puerta.
—Crímenes reales... ¿Por qué? —le pregunto.
Sostengo el vaso de agua, pero no bebo. Me fijo en que la superficie de cristal de la mesa de café está muy limpia. Ni una sola mota de polvo ni marcas de vasos. Me pregunto si la limpia obsesivamente o si paga a alguien para que lo haga por él.
—Siempre me han fascinado los rompecabezas.
—Se sienta en la otra silla naranja frente a mí, dejando la mesa entre nosotros, como si entendiera que necesito esa barrera.
Se inclina ligeramente hacia delante y descansa los brazos sobre las pierna.
Sigue sonriendo, encantado por mi inesperada presencia en su casa.
Justo en este momento decido que, si se hace un selfi, le daré una patada en los huevos.
—Ya. Pero ¿por qué crímenes reales?
—Me atraen los rompecabezas sin resolver.
Es lo que a todo el mundo le llama la atención de los crímenes reales.
Empiezas con Jack el Destripador, luego pasas a la Dalia Negra y, antes de que te des cuenta, estás devorando homicidios famosos, porque la única forma de obtener una nueva perspectiva sobre los asesinatos sin resolver es aprender de los asesinos que sí fueron arrestados.
¿Por qué hicieron lo que hicieron? ¿Y cómo se les puede atrapar?
—¿Cuál es la naturaleza del mal? —pregunto secamente.
Él se encoge de hombros.
—El gran debate: ¿el mal es innato o se adquiere? Naturaleza frente a crianza. Basándome en mi investigación, yo lo veo más como un espectro. Ambas respuestas son correctas, pero algunos asesinos se inclinan más hacia un lado u otro. Por ejemplo, Ted Bundy...
—No podía faltar Ted Bundy.
Esa rápida sonrisa demuestra que sabe lo mucho que se parece a uno de los superdepredadores más temidos del país.
—Creo que él es un ejemplo de maldad innata.
Bundy afirmaba que se vio afectado por su educación poco convencional, ya que fue criado por sus abuelos como el hermano menor de su madre, en lugar de que esta lo reconociera como su hijo ilegítimo.
Pero creo que todos estamos de acuerdo en que, en lo que a traumas se refiere, eso no justifica pasarse la vida adulta cazando y matando a mujeres, sobre todo teniendo en cuenta que ya jugaba con cuchillos cuando tenía tres años.
Él o Dahmer siempre fueron asesinos. Solo era cuestión de tiempo.
No digo nada.
Keith junta las manos y continúa: —Luego está Edmund Kemper III.
Criado por una madre alcohólica y abusiva que lo criticaba constantemente.
Lo obligaba a vivir en el sótano porque no quería que estuviera cerca de sus hermanas.
Luego, cuando era adolescente, lo enviaron a vivir con sus abuelos, a quienes odiaba.
No puedo evitar decir:
—Lo enviaron a vivir con sus abuelos porque había matado a los gatos de la familia.
Me gano un leve gesto de aprobación. Sea cual sea el juego al que estemos jugando, al menos estoy a la altura de las expectativas. O he sido lo bastante estúpida como para morder el anzuelo.
—Pero el problema con Kemper es el siguiente —dice Keith ahora, serio—.
Mató a tiros a sus abuelos cuando tenía quince años.
Lo metieron en un correccional juvenil, donde le diagnosticaron esquizofrenia paranoide.
Claro, se podría defender que es culpa de la química cerebral, que nació siendo malvado...
—Le disparó a su abuela solo para ver qué se sentía.
—Exacto. —Otro gesto de aprobación—. Y, cuando lo dejaron en libertad, asesinó a seis mujeres.
Incluso le gustaba pasar por delante de las comisarías con los cadáveres en el maletero de su coche.
Pero esto es lo que hace a Kemper tan fascinante: también era increíblemente inteligente y reflexivo.
Era lo bastante inteligente como para caer en la cuenta de que la persona a la que de verdad quería matar era su madre.
Así que lo hizo. Fue a su casa, la asesinó...
—Metió su laringe en el triturador de basura para no tener que volver a escucharla nunca más.
—Y luego se entregó. Fin de la historia.
Su madre lo estuvo atormentado durante la mayor parte de su vida.
Resolvió el problema, y ahí terminó todo.
Compáralo con Bundy, que se fugó de la cárcel, ¿cuántas veces?
, ¿dos, tres? No dejaba de jurar que iba a enderezar su vida, solo para caer en una espiral de crímenes más y más horribles.
Bundy nació malvado. Kemper tenía algunos de los ingredientes necesarios, por descontado, pero el factor decisivo fue la forma en que lo crio su madre.
Es decir, no hay una única respuesta a la pregunta de cuál es la naturaleza del mal, al igual que no hay una única respuesta que defina el comportamiento humano.
El mal es un espectro. Y los diferentes depredadores se sitúan en distintos puntos de la escala.
—Nadie quiere ser un monstruo —murmuro.
—¿Qué?
—Nada.
—Tienes preguntas —dice abruptamente. Ya no sonríe.
Su expresión es seria. Junta las manos y apoya las yemas de los dedos en la barbilla—.
No has venido a hablar. Si fuera así, habrías contactado conmigo primero, habrías hecho las gestiones necesarias para reunirte con el grupo.
Habrías preguntado por los honorarios del ponente.
—¿Pagáis en cheque?
Otra vez asiente con la cabeza.
—No se trata de lo que tú puedes ofrecernos, sino de lo que nosotros podemos ofrecerte a ti.
No respondo de inmediato. Observo el vaso de agua. Las gotas de condensación producto del calor de las llamas de la chimenea de gas.
—¿Por qué no tienes ninguna foto en esta habitación?
—Esta no es solo mi casa, también es un espacio profesional. No quiero revelar ese tipo de información a los clientes.
—¿Te has vuelto así de paranoico de tanto leer?
Ahora es él quien se queda en silencio. Entonces confirmo lo que debería haber sospechado desde el principio.
—¿Cuántos años tenías? —le pregunto.