CAPÍTULO 10 #3
No está contento. Pero yo soy su clienta, él es el abogado y está preocupado por mi madre. Y hace bien en estarlo. Por fin se retira, dejándonos solas a Warren y a mí. La última vez, estábamos la cocina. Mi madre y el otro agente, en el salón. Me gusta este cambio de escenario. Lo necesito.
Parece más dura, como si los últimos dieciséis años no se hubieran portado del todo bien con ella. O tal vez tenía razón antes; el desencanto era parte de su trabajo. Después de todo, hace dieciséis años me creyó con la muerte de mi padre. ¿Y ahora?
Me pregunto qué ve cuando me mira. ¿A una mujer más dura? ¿Desilusionada? ¿Enfadada? No es así como me siento.
Estoy triste. Estoy perdida. Soy hija de mi padre y siempre he visto la verdad, incluso cuando los demás no la veían. Pero eso no significa que sepa qué hacer con esa información. Sobre todo cuando se trataba de mis seres queridos.
—¿Cómo se encuentra? —me pregunta la sargento Warren.
No se sienta en uno de los sillones de seda. Yo tampoco.
—No lo sé.
Inclina la cabeza hacia un lado.
—¿Está emocionada por el bebé?
—Sí.
—¿Y Conrad?
—Casi habíamos perdido la esperanza. Llevábamos un tiempo intentándolo, pero nada, y entonces... —No tengo más palabras que decir. Coloco la mano derecha sobre la suave curvatura de mi abdomen. Otra disculpa silenciosa. Ya tengo la misma relación con mi bebé que con mi madre.
—Tengo un hijo —dice la agente—. De cinco años. Acabamos de regalarle una perrita. Están locos, los dos.
Sonrío.
—Queríamos que fuera sorpresa. Ahora me resulta extraño.
Que Conrad haya muerto sin saber si iba a tener un niño o una niña.
Es una tontería, porque el hecho de que Conrad nunca vaya a conocer a su hijo ya es horrible de por sí.
¿Qué importa el sexo? —Una pausa. Pero el silencio me atormenta tanto que no puedo evitarlo—: Todavía lo echo de menos.
—¿A Conrad?
La miro. Niego con la cabeza.
—¿Cree que será mejor para mi bebé? ¿Que quizá, al no conocer nunca a su padre, no lo echará de menos?
La sargento no dice nada.
—Yo no le disparé.
—¿A Conrad? —pregunta de nuevo.
Vuelvo a negar con la cabeza.
Ella ya no se mueve. Yo tampoco. Nos estudiamos la una a la otra. Dos mujeres que apenas se conocen y, sin embargo, están íntimamente unidas por una maraña de preguntas y el peso de demasiados asuntos sin resolver.
—Volvimos a casa y nos lo encontramos así —continúo en voz baja, con un tono muy suave, el único apropiado para confesar pecados—. Entré por la puerta trasera a la cocina y allí estaba.
—¿Su madre estaba con usted? —pregunta la agente, su tono se ha adaptado al mío. Mira hacia la puerta abierta. El señor Delaney volverá pronto. Las dos lo sabemos.
—Sí, estaba fuera.
—Usted tenía sangre en el pelo —afirma con firmeza la sargento Warren—. Pólvora en las manos. Si no disparó a su padre, ¿cómo explica eso?
—Llovió. —Apenas puedo pronunciar las palabras. Han pasado dieciséis años, pero el horror sigue tan presente como aquel día—. Atravesé la puerta y me llovió encima. —Me toco el pelo corto con timidez—. Me cayó sangre caliente del techo.
—¿Qué hizo?
—Cogí la escopeta. Estaba en el suelo, delante de mí. La cogí. No sé por qué. Para quitarla de en medio. Entonces lo vi. Estaba medio oculto detrás de la isla. Pero al asomarme lo vi... todo.
Otra mirada hacia el vestíbulo. Creo oír pasos en la distancia. Una risita. Mi madre coqueteando con el agente Phil.
—¿Qué hizo su madre?
—Gritó.
—¿Y usted qué hizo?
—Nada. No parecía real. No parecía él. Me quedé esperando a que se levantara.
—¿Quién llamó a la policía?
La miro.
—Nosotras no. Comprobé la escopeta. Me aseguré de que la recámara estuviera vacía...
—Sabía cómo manejarla.
—Siempre lo supe. Si mi padre metía armas de fuego en casa, se aseguraba de enseñarnos las normas básicas de seguridad.
—¿Qué hizo, Evie?
—Lo que me dijo mi madre.
—¿Y ella le dijo que confesara haberlo matado? ¿No le dijo: «Hay que llamar a la policía» o «Dios mío, acaban de matar a papá»?
Sé lo descabellado que suena. Sonaba así entonces. También ahora, y todas las horas que han pasado desde ese momento. No tengo palabras.
La sargento entrecierra los ojos.
—¿Está encubriendo a su madre, Evie? Ella y su padre se pelearon. Ella le disparó. Usted, una menor de edad y sin antecedentes penales, asumió la culpa para salvar al único progenitor que le quedaba.
—Ella estaba conmigo. No pudo haberlo matado.
—Entonces, ¿a qué vino esa historia sin sentido? ¿Por qué no llamaron a la policía?
—Habría habido una investigación. Muchas preguntas.
La posibilidad de que hubiera... —en aquel entonces no podía articular las palabras, pero ahora las entiendo— un escándalo.
No creo que mi madre sepa quién disparó a mi padre ni por qué, pero no quería asumir el riesgo de responder a esas preguntas.
No si podían manchar su legado. Debe entender que mi padre era más que un simple hombre para ella. Era... todo su mundo.
La sargento me mira con escepticismo.
—¿Así que prefirió sacrificar a su hija de dieciséis años antes que buscar justicia tras el asesinato de su marido? —Una pausa—. ¿O antes que arriesgarse a que se llevara a cabo una investigación sobre su posible suicidio?
No tengo que responder a esa pregunta. La sargento por fin empieza a comprenderlo. El verdadero miedo de mi madre. El verdadero motivo por el que hice lo que hice. A veces, el peligro no viene de fuera, sino de dentro de nosotros mismos.
—¿También va a culpar a su madre por la muerte de su marido —pregunta la sargento— o esta vez sí ha sido usted?
Dudo. No quiero hacerlo. Mi madre está loca y es manipuladora, sí, pero no es una asesina. Y sin embargo... El armario repleto de ropa premamá, la habitación del bebé completamente equipada... Es casi como si supiera lo que iba a pasar hoy. Como si lo hubiera estado esperando todo este tiempo.
—¿Qué pensó entonces? —le pregunto ahora a la sargento.
—Pensé que usted estaba asustada. Pensé que estaba en estado de shock. Y pensé, basándome solo en las pruebas físicas, que había disparado a su padre, pero que se arrepentía de ello.
—¿Y ahora?
La sargento se encoge de hombros.
—Tras ver la escena del crimen de su marido, creo que también ha sido usted. Pero esta vez no se arrepiente.
—Sería un error matemático —digo.
Ella me lanza una mirada inquisitiva.
—Ya me he visto envuelta en un tiroteo antes; repetir la misma ecuación... es un error matemático.
—Solo que la ecuación le funcionó la primera vez.
—¿Eso cree? Dieciséis años de murmullos, susurros e insinuaciones. Dieciséis años de pérdida, y ni siquiera puedo llorar su muerte porque supuestamente fui yo quien lo mató.
La sargento no responde. Se limita a estudiarme con la mirada.
—Además —digo bruscamente—, yo no quemaría mi propia casa. Ahora lo he perdido todo. Mi bebé lo ha perdido todo. Ninguna madre haría eso.
La sargento se encoge de hombros y señala nuestro lujoso entorno.
No me deja otra opción que jugar la única carta que me queda.
—He mentido por mi madre, he puesto excusas, he tolerado su mal comportamiento, he dejado de lado mis propias esperanzas y sueños solo para hacerla feliz. Pero nunca volvería a vivir con ella por voluntad propia. Ni tampoco permitiría que disfrutara de su primer nieto como si nada.
—¿Qué intenta decir?
Niego con la cabeza. Esta vez soy yo quien mira intranquila hacia la puerta.
—No lo sé. Pero ¿no le parece curioso que, tan solo veinticuatro horas después, me queden tan pocas opciones?