Ni una palabra (Warren & Quincy 1) CAPÍTULO 10 #2
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CAPÍTULO 10 #2

—Tu casa está ardiendo —anuncia sin rodeos.

Intento asimilar la información. Oigo las palabras, pero no puedo procesarlas. Mi casa. El hogar que compartía con Conrad. El lugar donde murió mi marido.

—Se ha perdido todo —continúa.

Mi futura vida. Las fotos y los objetos personales que me ataban al pasado.

—Lo siento —dice—. ¿Seguro que estuvisteis juntas toda la tarde? ¿Las dos? ¿En esta casa?

—¡Por supuesto! —exclama mi madre, indignada.

—La policía estará de camino —dice mi abogado.

Luego se sienta a la mesa y, juntos, esperamos.

Esta vez, los golpes provienen de la puerta principal.

Pero ya éramos consciente de la llegada de los agentes por el repentino aumento del barullo al otro lado de la calle: los medios de comunicación han visto el vehículo oficial y se han abalanzado sobre él con un sinfín de preguntas.

«Sin comentarios», dirá la policía. Eso es lo que siempre dicen.

Al fin y al cabo, no son sus vidas las que se están desmoronando.

El señor Delaney se levanta y hace los honores.

Mi madre y yo no nos miramos. No podemos.

Fijo la mirada en mi batido a medio terminar, en el trozo de piña sin comer que hay en mi plato.

Bajo la mesa, mis manos tiemblan violentamente sobre mi regazo.

Me reitero: nunca me había visto en un estado tan lamentable.

¿Conmoción? ¿Hormonas del embarazo? Mi corazón late tan rápido como el de un colibrí y, de repente, quiero soltar todo lo que tengo dentro, sacarlo todo.

Pero, sinceramente, no sé qué decir. Solo quiero encontrar las palabras mágicas que me devuelvan mi vida.

Una muerta viviente. Así me sentía hace veinticuatro horas. Entonces, ¿qué soy ahora? ¿Un cadáver descompuesto? ¿El fantasma de un sueño que nunca se materializó?

Reconozco al primer agente que entra en la cocina: la figura paterna que intentó interrogarme anoche. Sigue con su expresión severa, pero al mismo tiempo preocupada. Al verlo junto al señor Delaney y su traje de mil dólares, el agente parece un poco desaliñado y más humano.

Mi madre se endereza en la silla, con la mirada fija en su objetivo. Un hombre mayor, bastante atractivo y claramente fuera de su nivel socioeconómico. Lo devorará vivo. Y saboreará cada bocado.

Detrás de él llega otra agente. Una mujer. Cabello rubio rizado a la altura de la barbilla. Pómulos marcados. Ojos azules, casi cristalinos. Lleva vaqueros ajustados y unas elegantes botas de cuero negro que combinan con su aire arrogante.

Vuelvo a tener esa sensación de déjà vu. Su mirada se dirige hacia mí y entrecierra los ojos.

Lo primero que me llega es el olor. La reminiscencia de la pólvora y la sangre. La nevera. No mires el acero inoxidable. No mires a la versión de muñeco de cera de mi padre en el suelo. Estaba sentada a la mesa. Pero no esta mesa. Aquella mesa. Y no es esta cocina, sino aquella cocina.

Ella era la que estaba sentada frente a mí allí. Más joven. Más frágil. Más amable, creo. Aunque quizá fuera porque yo también era más joven y más frágil. Me hizo preguntas entonces, y ahora también.

Miro a mi madre, al señor Delaney, a la agente, con las manos aun temblando en mi regazo. Y no puedo evitar pensar que toda la pandilla ha vuelto a reunirse.

La sargento D. D. Warren no habla de inmediato.

Deja que el agente mayor, «Llámeme Phil», repase los detalles.

Warren merodea por la cocina. Me pregunto si está tomando nota de todas las diferencias: los nuevos armarios, las encimeras, los electrodomésticos.

¿Le parecerá extraño que mi madre siga viviendo, cocinando y comiendo en la escena de un crimen?

¿Que estemos sentados a pocos metros del lugar donde yacía el cadáver de mi padre?

Mi madre está hablando. Con la aprobación del señor Delaney, claro.

Tiene la cabeza girada de cierta manera, mostrando su mejor perfil, mientras juguetea de vez en cuando con un mechón de cabello rubio platino por encima de la oreja y sus uñas con manicura francesa se detienen en la elegante curva de su cuello.

Nunca he visto a mi madre interactuar con un hombre sin ponerle ojitos.

Sigue siendo una mujer atractiva. Delgada, elegante, bien parecida.

Por no mencionar que es bastante aficionada a los batidos verdes y a todo lo que sea orgánico.

En lugar de yoga, prefiere el vodka triple destilado, solo. Parece que le sigue funcionando.

A mi padre nunca le importaron sus coqueteos. La observaba con un brillo cómplice en los ojos mientras ella acaparaba la atención del resto. Creo que le gustaba cómo brillaba. Otros la admiraban. Otros la deseaban. Pero ella siempre fue suya.

Siento que no puedo respirar. La realidad se derrumba. Tengo dieciséis años. Tengo treinta y dos. Mi padre. Mi marido.

La misma agente de policía, que sigue merodeando por la amplia cocina. Seguro que piensa algo como: « ¿En cuántos «accidentes» puede verse envuelta una persona?».

Yo tengo otra pregunta para ella: «¿Cuántas pérdidas puede soportar una persona?».

Mi madre jura que ha estado conmigo toda la tarde.

El agente, de manera educada pero firme, quiere saber si alguien puede corroborarlo.

El señor Delaney interviene con tacto y dice que, si la policía no cree la declaración de su clienta, es su responsabilidad demostrar lo contrario.

¿Tienen a alguien que pueda situarnos a mi madre o a mí en el lugar del incendio?

Por otra parte, la ciudad está llena de cámaras y miradas indiscretas.

Sin duda, si la policía tuviera algo más concreto, no nos estaría haciendo perder el tiempo con estas preguntas.

El señor Delaney está tanteando el terreno. Hasta yo me doy cuenta de eso. ¿Tiene la policía alguna evidencia? Eso es lo que quiere saber en realidad. El agente no muerde el anzuelo.

Me parece interesante que mi propio abogado sienta curiosidad por saber si la policía tiene pruebas que contradigan las declaraciones de sus clientas. ¿Todos los abogados creen que sus clientes les mienten? ¿O solo se debe a que es amigo de la familia desde hace décadas y nos conoce bien?

—¿Qué ha provocado el incendio? —Cuando finalmente intervengo, el sonido de mi propia voz me sobresalta. Sueno ronca, como si no hubiera hablado en años.

La agente rubia se detiene en seco y me mira. Ninguno de los dos investigadores responde.

—Creen que ha sido intencionado, ¿verdad?

—continúo—. Si no, ¿por qué estarían aquí?

Pero ¿por qué iba a quemar mi propia casa?

Me fui anoche sin siquiera un cepillo de dientes.

Todas mis pertenencias... todo lo que tenía...

—Contengo el llanto. Me obligo a continuar, aunque mi voz me suena hueca incluso a mí misma—.

Se ha esfumado. Toda mi vida... se ha perdido. ¿Por qué iba a hacer eso?

La rubia habla por primera vez.

—Bueno, la casa en la que ha terminado no está nada mal.

De repente, me enfado. Empujo la silla hacia atrás. Me levanto.

—Usted, precisamente usted, debería saber que eso no es cierto. ¡Sabe que no es cierto! —Casi le grito. ¿Por qué no? Desde luego, no puedo gritarle a mi madre.

Salgo furiosa de la cocina. No soporto esa habitación, con tanta madera color crema y mármol caro. Es como un puto escenario.

Mi padre era una persona real. Su sonrisa, su voz resonante, la forma en que fruncía los labios cuando trabajaba en un problema particularmente difícil, su manera de sentarse con los ojos cerrados mientras me escuchaba tocar el piano durante horas.

Él me quería. Me quería, me quería, me quería.

Y Conrad también me quería.

La agente rubia me sigue. El señor Delaney también, preocupado. Los clientes emocionales suelen ser un peligro para sí mismos y para los demás. Mi madre se queda atrás, con «Llámenme Phil». Probablemente le esté ofreciendo un vaso de agua mientras le posa una mano en el brazo.

No sé a dónde voy. No puedo salir de la casa.

Lo que me ha hecho perder los estribos aquí dentro no es nada comparado con los medios de comunicación que esperan fuera, listos para saltarme a la yugular.

Me dirijo a la sala de estar con el piano de media cola.

Negro, reluciente. Pasé gran parte de mi infancia sentada en ese banco, tocando esas teclas.

No lo he vuelto a tocar desde entonces.

No puedo estar en esta habitación; me dirijo al salón principal. Nunca me gustó esta habitación. ¿A qué niño le importa tener un salón principal?

—Mi clienta necesita descansar —informa el señor Delaney a la agente.

Ella lo ignora y me mira a mí.

—Me recuerda, ¿verdad? —me pregunta.

Asiento con la cabeza. No me siento, sino que camino por la habitación. Me ha llevado años darme cuenta de que la mayoría de la gente no vive así, con sillones orejeros cuidadosamente colocados y tapicería de seda, aparadores antiguos y decantadores de cristal.

—Sí. —La miro por fin—. Entonces usted era más simpática, la policía comprensiva. Ya no.

La rubia sonríe sin ofenderse en absoluto.

—Entonces era más joven. Todavía estaba aprendiendo.

—¿Y qué aprendió?

—A hacer más preguntas. A aceptar menos respuestas. Que incluso la persona más sincera puede mentir.

—Mi clienta... —intenta de nuevo el señor Delaney.

Levanto una mano.

—No pasa nada. Puedes ir a ayudar a mi madre. O, mejor dicho, a salvar al otro agente.

El señor Delaney me dedica una mirada severa. Aunque a estas alturas empieza a dudar. Conoce a mi madre y sabe que, a veces, sus manipulaciones, aunque sean con la mejor de las intenciones, pueden salir mal.

Ahora me siento más fuerte, más segura. Le hablo directamente a la sargento Warren.

—No va a preguntarme por Conrad, ¿verdad?

Despacio, ella niega con la cabeza.

—¿Va a contarme qué ha pasado con el incendio?

Otra pausa. Ella asiente. Tenemos un trato. Quizá mi abogado no entienda los términos, pero nosotras sí.

—No pasa nada —le digo de nuevo al señor Delaney—. Danos un momento, por favor.

—Como tu abogado...

—Lo sé. Solo un momento.