Ni una palabra (Warren & Quincy 1) CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

EVIE

Mi madre me dice que descanse. Debería hacerlo.

Por mí misma. Por el bebé. Por los días que tengo por delante.

Pero no consigo sentirme cómoda. Todo me parece fuera de lugar.

El colchón es demasiado blando, las sábanas no son las mías, la almohada está rellena de plumas, porque a mi madre le encanta todo lo europeo, aunque mi padre o yo no estuviéramos de acuerdo.

Incluso cuando era niña, esta habitación nunca fue mi habitación.

Solo otro escenario en el drama que es la vida de mi madre.

Soy una mujer adulta, tengo mi propia casa y mi propio marido. La punzada me vuelve a golpear. No puedo dormir en este lugar. Solo quiero irme a casa.

Me ducho. Al menos eso me sienta bien y me permite pensar que me estoy cuidando y, por extensión, también a mi futuro bebé.

Niño o niña. Eso es lo que mi madre quiere saber. No tengo la respuesta. Queríamos que fuera una sorpresa. Al menos, esa era nuestra intención. Estoy de cinco meses, todavía hay mucho tiempo para cambiar de opinión.

Conrad murió sin saber si iba a tener una niña o un niño. ¿Qué habría preferido?

Esa idea me sacude de nuevo y, por un momento, bajo el chorro de la ducha, no sé si voy a llorar, a vomitar o ambas cosas.

Me tiemblan tanto las manos que apenas puedo sostener el jabón.

Paso al champú y me lavo el pelo. Nunca había me había visto en un estado tan lamentable.

Ni siquiera la primera vez. Mi padre desplomado contra la nevera.

El peso de la escopeta. Sangre, sangre, sangre.

Todo me pareció un sueño terrible y surrealista. Pero esto...

Es una sentencia de la que no puedo escapar.

Salgo de la ducha. Me seco el abdomen hinchado.

Hago lo que las mujeres embarazadas han hecho desde tiempos inmemoriales: me pongo de costado y miro mi perfil cambiante en el espejo.

Al principio, quedarme embarazada me pareció milagroso, pero también algo irreal.

Llevábamos un tiempo intentándolo, tanto que ya habíamos perdido la esperanza, pero ninguno de los dos se atrevía a admitirlo en voz alta, porque eso nos llevaría a discutir sobre tratamientos de fertilidad o ciclos menstruales, o algún otro tipo de intrusión externa en una relación que ya se estaba desmoronando de por sí.

Pero, tras días de náuseas, cedí ante mi propia curiosidad. Oriné en un palito y me quedé mirando el resultado. No podía creerlo.

La sonrisa radiante de Conrad. Mi pecho agitado. Por un momento, volvimos a estar unidos. Nos amábamos. Esta nueva vida era la prueba de ello. No importaba el pasado, íbamos a ser padres y viviríamos felices para siempre.

Durante seis u ocho semanas, flotamos en una gran nube de nuevas promesas y remordimientos olvidados. Pero yo no soy mi madre. No vivo en un mundo de fantasía con almohadas europeas y perlas exquisitas. Soy hija de mi padre. Veo rompecabezas por todas partes. Y debo resolverlos.

Y, como sabe cualquier matemático, una vez que has resuelto la ecuación, los números no mienten. El resultado es irrefutable. No queda más remedio que aceptar esa verdad.

¿Y qué es el matrimonio sino sumar A más B y esperar que el resultado sea mayor que la suma de sus partes?

Por un momento, la promesa de una nueva vida casi hizo que la operación cuadrara. Pero A seguía siendo A y B seguía siendo B. Podíamos crear una nueva vida, pero no podíamos dejar de ser nosotros mismos.

Al cuarto de baño de la casa de mi madre no le falta de nada.

Encuentro un ungüento de aceite de coco formulado especialmente para combatir las estrías.

Después de ver la habitación del bebé, nada me sorprende.

Me froto la loción de aroma tropical en el vientre y los pechos.

Encuentro más productos para la cara, marcas importadas, demasiado caras para una profesora de matemáticas de un instituto público.

Por lo general, evito la generosidad de mi madre, ya que siempre tiene un precio.

Sin embargo, teniendo en cuenta mis últimas veinticuatro horas, cedo a la tentación.

Si a alguien le viene bien una rejuvenecedora crema francesa de quinientos dólares ahora mismo, es a mí.

En el armario encuentro una colección completa de ropa premamá, ordenada por tallas y que llega hasta el último trimestre.

Hago una reflexión breve y vertiginosa. Ahora estoy atrapada.

Mi madre va a retenerme aquí, está claro que lo ha planeado todo desde el principio.

Me he bañado con su jabón, he usado sus cremas y ahora me pondré su ropa.

Nunca saldré de aquí. Soy como esa chica de la mitología griega que comió granadas en el reino de Hades y ya nunca pudo escapar del todo.

Solo que mi madre no me quiere a mí. Eso ya lo sé.

Por otro lado, mi hijo, esta última incorporación al legado de mi padre...

Me apoyo en la puerta del armario, tratando de decidir una vez más si voy a llorar o a vomitar. Cuando consigo pasar un minuto entero sin hacer ninguna de las dos cosas, me pongo unos pantalones elásticos grises y un top a juego, probablemente de cachemira.

Conrad se reiría si pudiera verme ahora. Sonreiría y me diría que disfrutara de la experiencia. Al no tener familia, no podía entender la ambivalencia que yo sentía hacia la mía. «Está claro que te quiere», me repetía una y otra vez, lo que solo demostraba que nunca entendió a mi madre en absoluto.

Mi madre está en la cocina, en la planta de abajo. Hay un plato rebosante de fruta fresca sobre la mesa y la Cuisinart está en marcha. La apaga cuando me ve.

—Batido rico en proteínas —anuncia, alegre—. Lleno de antioxidantes y grasas saludables para el bebé.

Solo mi madre puede manejar una licuadora mientras lleva puestas unas perlas.

No sirve de nada resistirse. Los años de entrenamiento salen a relucir. Me siento a la mesa. Como algo de fruta. Obediente, me bebo a sorbos el brebaje verde.

No miro la nevera. Nunca miro la nevera.

No es la misma, evidentemente. Después del «trágico accidente», mi madre reformó la cocina de arriba abajo.

Armarios nuevos, encimeras de mármol, electrodomésticos de alta gama, cortinas a medida.

Todo es de color crema, sutil e italiano.

Nada que ver con los armarios originales de madera de cerezo oscuro y las encimeras de granito verde y dorado.

Es decir, nada en esta habitación debería recordarme a mi padre o a aquel día.

Pero lo hace. Siempre lo hace. No me importa que el suelo sea distinto ni que haya cambiado el frigorífico de acero inoxidable por uno con paneles de madera. Veo el lugar donde murió mi padre. Recuerdo el olor. Recuerdo mirar su rostro, tan pálido e inmóvil, y pensar que no se parecía en nada a él.

No sé cómo mi madre sigue viviendo en esta casa. Pero supongo que ahora tendré la oportunidad de averiguarlo por mí misma. Cómo volver al hogar que Conrad y yo compartíamos. Cómo recoger los pedazos de una vida sin tener del todo claro cuándo se rompió.

Me doy cuenta de que todas las luces están encendidas y las cortinas, corridas, aunque solo es mediodía. No tengo que pensarlo mucho.

—¿La prensa? —pregunto.

—Ya sabes cómo son. —Mi madre hace un gesto con la mano.

Al menos en esto estamos de acuerdo. Los medios de comunicación también llegaron en tromba la primera vez.

Un profesor de matemáticas de Harvard asesinado en su propia casa por su hija adolescente.

¿Cómo iban a resistirse? Al principio, mi madre pensó que podría controlar la historia, del mismo modo que controlaba los demás aspectos de su ficticia vida.

Huelga decir que los reporteros se la comieron viva.

Dio un paso atrás. Optó por otra táctica: dejar que su silencio hablara por ella.

Como menor de edad, al menos yo no fui objeto de tal abuso.

Pero pasaron semanas, tal vez incluso meses, antes de que pudiéramos salir de casa en paz.

Me echaba a temblar cada vez que veía las furgonetas de los medios de comunicación.

Aprendí a no creer nada de lo que veía en la televisión.

Me alegro de haber tenido esa preparación a una edad temprana, porque sin duda la voy a necesitar ahora.

Llaman a la puerta lateral, la que solo utilizan los allegados más cercanos. Mi madre se apresura a abrir.

Dick Delaney, mi abogado, está ahí de pie, todavía con el mismo traje gris impecablemente planchado que llevaba en los juzgados.

Es un hombre apuesto, con el pelo plateado y la barba bien recortada.

Tengo innumerables recuerdos de él: las noches de póquer con mi padre; su risa indulgente con todos los chistes matemáticos, pese a ser uno de los pocos presentes que no pertenecía al mundo académico.

¿Cómo conoció a mi padre? ¿Cómo se ganó su puesto en la mesa de póquer?

No lo sé. Pero siempre formó parte de nuestra familia, brillante y exitoso por méritos propios.

Se formó en Harvard, y quizá no necesitara más credencial que esa.

Nunca pensé en él como un abogado defensor.

Hasta hace dieciséis años, claro. Una vez más, el olor, la mirada en el rostro pálido de mi padre.

Tengo una terrible sensación de déjà vu. Aquí estamos de nuevo, los tres, en esta cocina.

Mi madre no dice ni una palabra. Solo se aparta para dejar entrar al señor Delaney. Mi madre se lleva una mano protectora al pecho, sosteniendo sus preciosas perlas, un gesto que la he visto hacer incontables veces.

Él nos mira a ambas. La expresión de su rostro no es buena.

—Después de recoger a Evie en el juzgado, ¿a dónde fuisteis? —le pregunta a mi madre.

Ella frunce el ceño.

—Aquí. Directamente aquí, por supuesto. La pobre Evie necesitaba descansar.

—¿Sin paradas por el camino?

—Claro que no.

—¿Ni siquiera pasasteis por su antigua casa para que pudiera recoger sus pertenencias personales o algo de ropa?

—Por supuesto que no. Evie tiene aquí todo lo que necesita.

El señor Delaney me mira fijamente. Asiento con la cabeza, aunque ya sé que no quiero oír lo que va a decir a continuación.