CAPÍTULO 9
FLORA
Esto es lo que sé sobre Jacob Ness: Era viejo, feo y repugnante, el tipo de hombre al que una universitaria rubia y guapa como yo nunca habría prestado atención.
Tenía el pelo grasiento y enmarañado. Su boca estaba repleta de dientes torcidos y sucios por el tabaco.
Su complexión era la de un espantapájaros, con una barriga enorme y cuatro extremidades esmirriadas.
No era muy dado a ducharse ni a mantener cualquier otro tipo de higiene. No solo tenía un aspecto repulsivo, sino que también olía así. Su fragancia personal estaba compuesta por todos los hedores que dan ganas de vomitar.
Era fuerte. No lo parecía al verlo, con su barriga colgandera y sus extremidades flácidas.
Pero tenía esa cualidad de los flacuchos: brazos como vigas de acero.
Intenté plantarle cara. Mientras me arrastraba de vuelta a la caja-ataúd, cuando me obligaba a realizar diversos actos de depravación.
Entonces yo era una chica fuerte y atlética. Pero nunca gané. Ni una sola vez.
Jacob tenía familia. Esa parte no la conozco tan bien.
Tenía un padre al que solo se refería como «capullo» o «gilipollas».
Su padre también fue camionero, pero Jacob daba a entender que solo regresaba a casa el tiempo justo para pegarle a su retoño.
¿Sigue vivo? ¿Llegó a leer lo que hizo su hijo?
¿Lloró su muerte? ¿Sintió decepción porque Jacob había sido tan estúpido como para que lo pillaran? No tengo ni idea.
A Jacob lo crio su madre, una fumadora empedernida que tenía dos trabajos. También mencionó a una abuela que lo cuidaba durante el día cuando era pequeño. Según Jacob, cuando tenía cinco o seis años, encontró la colección de porno de su padre, momento en el que comenzó su obsesión por el sexo.
Jacob era adicto al sexo. Era muy sincero al respecto. También dejó claro que no tenía intención de rehabilitarse.
No sé qué le sucedió a su madre. La policía o Samuel me mencionaron una vez que Jacob utilizaba la dirección de su madre en Florida como su residencia habitual.
Esa fue una de las cosas que los ayudó a establecer la conexión entre él y mi desaparición.
Sin embargo, al principio no me retuvo en Florida, sino en una cabaña en las montañas de Georgia.
Un lugar sin vecinos y con pocos testigos.
Estuvo casado. Él mismo me lo contó. Intentó seguir el camino marcado.
Tener una esposa, pasar una noche tras otra en la postura del misionero.
Le fue tan bien que le dio una paliza a la mujer y acabó arrestado por violencia doméstica después de que los médicos de urgencias lo denunciaran.
Estuvo un año en la cárcel; también me contó eso.
Que la cárcel no era lugar para un hombre con sus necesidades.
Que, cuando salió, juró que nunca volvería a entrar. En eso, cumplió su palabra.
Jacob violó a una chica. Esa chica tuvo una hija. La chica murió. La hija también. Esta parte del árbol genealógico la conozco mejor. ¿Qué nos queda? ¿Un padre? ¿Una madre? ¿Tías, tíos, primos? ¿Alguno de ellos se preocupó por él o me culpó a mí por lo que pasó?
No tengo ni idea.
¿Y amigos? Consideraba a Jacob un lobo solitario, y no solo porque su trabajo consistiera en recorrer las carreteras del sur de Estados Unidos, sino porque nunca lo vi hablar con nadie. Excepto, por supuesto, aquella noche en el bar con Conrad.
Jacob pasaba mucho tiempo con su ordenador portátil.
Siempre supuse que estaba buscando porno, pero, sabiendo lo que sé ahora, también es posible que estuviera comunicándose con otros depredadores, comparando notas o incluso presumiendo.
Muchos pervertidos lo hacen. ¿Fue así como conoció a Conrad?
¿Había otros? Nunca tuve acceso al ordenador.
Quizá Jacob tuviera toda una comunidad en la red, puede que hasta un club de fans.
A mí no me permitía tener secretos, pero Jacob me ocultaba muchos.
Sobre todo durante sus borracheras, los días —semanas enteras— en los que desaparecía, solo para volver drogado, borracho o una combinación de ambos.
Nunca hablaba de a dónde iba o de qué hacía.
Nunca me molesté en pensar cómo conseguía las drogas.
Sin duda, eso implica algún tipo de relación; un traficante, otros adictos, una forma de contactar con esas personas.
Nunca mencionó nombres y nunca pude ver lo que el FBI recuperó de su ordenador portátil.
Por lo que sabemos, Jacob nunca publicó fotos mías en Internet.
Le estoy agradecida por eso, ya que una vez que esas imágenes se publican, no se pueden recuperar.
Jacob le envió varios vídeos e imágenes a mi madre por correo electrónico; sabía cómo provocar a la gente.
Pero parecía entender que compartir demasiado podría delatarle.
O puede que, a su manera, no quisiera compartirme.
Durante el primer año que estuvimos juntos, Jacob me obligó a llamarlo por el nombre de mi difunto padre, Everett.
Él me llamaba a mí Molly. Éramos como personajes de una obra de teatro.
O tal vez como dos personas en una relación que sabíamos que no duraría.
Pero pasó un mes, dos meses, doce meses, y Jacob aún no se había decidido a matarme.
Y, lo quisiera yo o no, nuestra relación cambió.
Dejé de plantarle cara. Dejé de huir. Me convertí en la amiga y confidente de Jacob.
Un hombre tan solitario no podía resistirse a un poco de encanto femenino.
El último día, el SWAT irrumpió por la puerta y el gas lacrimógeno inundó la estancia. Jacob se arrastró hasta mí. Jacob me colocó una toalla empapada alrededor de la boca para bloquear el humo nocivo. Jacob me entregó el arma. A mí.
«Nadie quiere ser un monstruo», eso solía decirme Jacob. Nada de eso era culpa suya. Secuestro, violación, agresión. Cuatrocientos setenta y dos días de infierno.
Nadie quiere ser un monstruo.
Eso no le impidió ser un monstruo para mí. Pero ahora me pregunto: ¿mi monstruo conocía a otros como él? ¿Mi monstruo dejó a otras víctimas con vida además de mí?
Ya no puedo hacerle estas preguntas a Jacob. Ese último día, después de que me diera la pistola, hice exactamente lo que ambos queríamos que hiciera. En ese momento no tuve dudas.
Pero así es la vida de una superviviente. Sigues viva, pero te pasas el resto de tu vida preguntándote qué habría pasado si... Juré que nunca miraría atrás. Samuel me aconsejó que no cuestionara las decisiones que no se pueden cambiar.
Sin embargo, aquí estoy.
Keith Edgar se puso en contacto conmigo por primera vez hace seis años.
Yo acababa de regresar a la granja de mi madre y todavía estaba tratando de acostumbrarme a las texturas y los olores de la casa de mi infancia, que ahora me resultaba totalmente ajena.
En un primer momento, Keith trató de contactar conmigo a través de la página de Facebook que mi hermano creó durante mi secuestro.
Como eso no le sirvió de nada, recurrió al correo postal.
En aquellos días, el cartero entregaba el correo en cajas.
Mi madre apilaba todas esos recipientes de plástico en la cocina.
Nunca esperó que las revisara; nadie esperaba que hiciera otra cosa más que sanar, descansar y recuperarme.
Sin embargo, todas las noches la veía sentada a la mesa de la cocina, abriendo los sobres, revisando el contenido y clasificándolo en montones.
Muchos de los sobres contenían dinero. Cantidades pequeñas.
Cinco dólares, diez, veinte. Donaciones de completos desconocidos que se habían conmovido con mi historia y querían ayudar.
Mi madre abrió una cuenta de ahorros a mi nombre.
Todos los depósitos iban a parar allí. Ella me daba noticias que yo me negaba a escuchar.
No quería las donaciones; para mí, era dinero manchado de sangre.
Y desde luego no quería la compasión de nadie.
Mi madre escribió muchas notas de agradecimiento. Noche tras noche, con diligencia y devoción. Se le da bien eso.
Pero no todas las cartas contenían buenas palabras.
Algunos remitentes querían perdonarme. Como si ser secuestrada y violada fuera, por algún motivo, culpa mía.
Al principio, mi madre no dudaba en escribirles para corregir su malentendido.
Pero, con el tiempo, esas cartas pasaron a tener un recipiente propio: el cubo de la basura.
—No se puede cambiar la estrechez de miras —murmuraba.
El perdón. A mi madre también se le da bien eso.
Luego llegaron las otras cartas. Cartas de admiradores, supongo que podríamos denominarlas así.
En su mayoría las escribían hombres. Muchas incluían propuestas de matrimonio.
Querían salvarme. Después de todo lo que había pasado, querían conquistarme, prometiéndome que nunca volvería a sufrir.
Mi madre apartaba esas cartas con delicadeza, como si no supiera qué pensar de toda esa locura envuelta en buenas intenciones.
No tardaron en unirse al cubo de la basura.
También llegaron las cartas menos sutiles. De hombres que, tras haber seguido cada detalle de mi calvario, habían decidido que yo era perfecta para ellos. Sumisa. Experimentada. Con gustos tan depravados como los suyos.
Mi madre no tiraba esas cartas. Las quemaba.
Descubrí las distintas clasificaciones de correspondencia porque en aquella época no dormía mucho.
Es decir, después de que mi madre se acostara, yo ocupaba su lugar en la mesa.
Impulsada más que nada por una curiosidad morbosa.
¿Por qué querrían escribirme todos esos desconocidos?
¿Qué les había llamado la atención de mi terrible historia?
Resulta que las respuestas a esas preguntas son muchas y muy variadas.
Lo que nos lleva a la última clasificación: los Keith Edgars del mundo.
Amantes del crimen real. Me escribían para solicitar entrevistas personales.
Tanto individuales como con todo su equipo de fanáticos de Sherlock Holmes detrás.
Querían aprender de mí, tener la oportunidad de escuchar de primera mano cómo era realmente un depredador en serie.
Las cartas eran sinceras. Pero, en el fondo, lo que querían era que me desnudara, que reviviera mi propio cautiverio para así poder satisfacer su fascinación clínica y aumentar su prestigio dentro de la comunidad de frikis del crimen real.
Algunos me ofrecieron una compensación económica.
Otros me prometieron información a cambio.
No se limitaban a enviar una sola carta.
Escribieron sin parar. De hecho, Keith Edgar sigue enviándome una cada seis meses, aunque nunca le he respondido.
Lo he investigado. Tiene un blog sobre crímenes reales.
El grupo se reúne en Boston para estudiar el caso del mes.
Keith se presenta como especialista en depredadores sexuales sádicos.
De hecho, según su blog e incluso sin mi ayuda, ha conseguido convertirse en el mayor experto en Jacob Ness.
¿Qué lógica tiene convertirse en un experto en alguien así?
Ni idea. Pero, al parecer, a eso se dedica Keith Edgar en su tiempo libre.
Lo que me hace preguntarme con qué tipo de cavernícola voy a encontrarme mientras me bajo del metro y recorro la calle hasta llegar a la dirección que he encontrado en Internet.
No hay fotos de Keith en la página web, algo que me parece sospechoso en la era de los selfis.
Si tuviera que apostar, diría que estoy a punto de conocer a un friki pálido y lleno de granos que vive en el sótano de sus padres.
Un tipo que se pasa el día encorvado frente a la pantalla de su ordenador, navegando por páginas de crímenes y terror, mientras se atiborra de Doritos y Red Bull.
¿Es la fascinación por las mentes criminales lo que hace que alguien como él se enganche a este tipo de historias?
¿O acaso las imágenes y los actos violentos les sirven como estímulo?
Tengo mis sospechas. Los fanáticos de los crímenes reales se llenan la boca afirmando que lo que les atrae son los enigmas y la necesidad de descubrir la verdad; yo sigo sin creerlos.
Subo las escaleras hasta el edificio de ladrillo rojo.
Es un barrio más bonito de lo que pensaba.
Una calle de casas adosadas bien cuidadas, con barandillas de hierro forjado a juego y ventanas recién pintadas con molduras blancas o negras.
De las puertas cuelgan coronas de flores.
Muchos de los porches están decorados con lazos y guirnaldas navideñas.
A los padres de Keith debe irles bien en la vida.
Subo los cuatro escalones que me conducen a la puerta verde oscuro, donde una enorme corona navideña rodea un impresionante picaporte de latón.
A la mierda. Llamo a la puerta.
Tardo un poco en oír pasos. Es lógico, no me esperan. Me invaden la adrenalina y la agitación, el mismo estado emocional en el que me encuentro desde que puse las noticias y vi la cara del marido muerto. No quiero que nada, como un pensamiento racional, me frene ahora.
Los pasos se acercan.
Una pausa. Sin duda, alguien está echando un vistazo por la mirilla. La vida en una gran ciudad.
La puerta se abre. Me encuentro cara a cara con un hombre blanco de unos treinta años, metro ochenta de estatura, pelo oscuro muy corto, unos sorprendentes ojos azules y, por si fuera poco, un cuerpo de atleta.
Lleva un jersey azul de Brooks Brothers del mismo tono que sus ojos, a juego con unos pantalones gris oscuro perfectamente planchados y unos zapatos marrones de cuero lustrados.
Abro la boca, pero no me salen las palabras.
Por otro lado, su rostro muta, sus ojos se abren con asombro.
—Flora Dane —susurra.
—Ted Bundy, ¿verdad?
Su sonrisa ilumina todo su rostro. Me doy cuenta de que acabo de cometer un grave error mientras paso junto a Keith Edgar y entro en la casa del mayor admirador de Jacob Ness.