Ni una palabra (Warren & Quincy 1) CAPÍTULO 8 #3
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CAPÍTULO 8 #3

—Claro. Sobre todo de la reforma de su casa.

Y, ahora que estaban esperando un hijo, también hablaba del bebé.

Dónde pondrían la habitación del bebé y ese tipo de cosas.

Estaba muy emocionada. Al menos... —De nuevo, esa ligera vacilación—.

En las últimas semanas, no he hablado mucho con Evie.

Parecía distante, preocupada. Náuseas matutinas, estrés por las vacaciones, no lo sé.

Al principio no le di mucha importancia; todo el mundo tiene rachas malas de vez en cuando.

Pero ahora, en vista de lo ocurrido... Me pregunto si algo le preocupaba. Quizá algo le molestaba.

—Pero ¿no sabe qué era? —intervino D. D.

Cathy negó con la cabeza.

—Empezó a comer en su clase. Me dijo que era para ponerse al día con el trabajo. Los primeros días no le di importancia. Pero pasó así casi un mes. Es mucho tiempo encerrada en una clase.

—¿Alguna vez se pasó a ver cómo estaba? —preguntó Phil.

—Claro. Ella me invitaba a irme y yo me marchaba. Es normal: en esta época del año, con las vacaciones a la vuelta de la esquina, los niños están como locos y todos estamos un poco desquiciados.

—¿Sabe cómo conoció a Conrad? —preguntó D. D.

—Eh... —Cathy tuvo que detenerse a pensar ante este repentino cambio de tema—.

A través de un amigo, cuando trabajaba en su primer instituto.

Uno de los profesores organizó una barbacoa en su casa y Conrad estaba invitado.

Se compraron la casa en Winthrop hace cuatro años.

Por eso Evie solicitó un trabajo aquí; lo tiene más a mano.

—¿Tenía problemas en su matrimonio? —preguntó Phil.

Cathy negó con la cabeza.

—No hablaba de esas cosas.

—¿A qué se refiere con «esas cosas»?

—Temas personales. Hablábamos sobre todo de enseñanza.

De ser mujeres en nuestros respectivos campos.

De cómo conseguir que más alumnos se interesaran por dos asignaturas que odian de antemano o creen que son demasiado difíciles.

Hablábamos del trabajo, supongo. Al fin y al cabo, comíamos en la sala de profesores.

—¿Nunca salían después del trabajo? ¿No quedaban para ir a un bar a tomar algo? —insistió D. D.

—Evie siempre se iba directa a casa. Incluso cuando Conrad estaba de viaje. No sé. Parecía que su casa era su zona de confort. Además, buena parte de la reforma la hacía ella misma. No solo era cosa de su marido. Ambos tenían talento.

Una vez más, eso llamó la atención de D. D. ¿Dónde había aprendido habilidades de bricolaje una chica rica de Cambridge?

—¿Y qué hay de su relación con los alumnos? —preguntó Phil.

—Sus alumnos la adoraban.

—¿Todos sus alumnos?

Cathy meneó la cabeza.

—Nada fuera de lugar. Ya casi estamos a mitad del curso y Evie nunca mencionó haber tenido problemas con ningún alumno en particular.

—¿Y algún estudiante que necesitara atención especial? ¿Alguien que requiriera más tiempo del habitual?

Una vez más, la profesora de ciencias negó con la cabeza.

—No que yo sepa. Deberían preguntarle a Sharon... a la directora Ahearn, quiero decir.

Phil y D. D. intercambiaron miradas. Ya habían tratado de obtener información sobre Evelyn Carter de la directora, pero había resultado ser un callejón sin salida.

Seguramente pasaría lo mismo si le pedían detalles sobre algún alumno; los administradores escolares eran, por naturaleza, reacios a compartir ese tipo de información.

—¿Tenía Evie un ordenador? —preguntó Phil, señalando con la cabeza el que había en el escritorio de Cathy—. Uno que le hubiera asignado el instituto o que pudiera haber utilizado para ponerse en contacto con los alumnos.

—Claro. El centro nos facilita portátiles a todos los docentes. Aunque ahora gran parte de lo que hacemos se gestiona a través de aplicaciones desde el teléfono móvil. Asistencia, notas escolares, todo eso. La era moderna.

En otras palabras, Evie debía tener un ordenador en su aula.

Lo cual, una vez que tuvieran la orden judicial pertinente, podría resultar una pista útil, ya que no habían podido encontrar una huella digital hasta el momento.

Correos electrónicos con alumnos u otros miembros del personal, tal vez incluso búsquedas en Google que Evie hubiera preferido hacer en la relativa privacidad de su espacio de trabajo en lugar de en su propia casa, en la habitación contigua a la de su marido...

El móvil de Phil sonó. Echó un vistazo a la pantalla y frunció el ceño.

—Discúlpeme un momento.

Se llevó el teléfono a la oreja. D. D. supo que era uno de sus agentes, probablemente Neil o Carol, por el hecho de que Phil no hablaba, sino que más bien gruñía: « Ajá, ajá, ajá». Luego, se dirigió a D. D.: —Tenemos que irnos.

Cathy se estaba levantando. Phil le entregó una tarjeta.

—Gracias por su tiempo, nos pondremos en contacto con usted.

A la desconcertada profesora no le dio tiempo a responder o hacer más preguntas. Phil se giró con rapidez y se dirigió hacia el pasillo, seguido por D. D.

—¿Qué, qué pasa? —preguntó ella cuando llegó a su lado.

—No vas a creer lo que voy a contarte. La casa de Evie y Conrad, la escena del crimen...

A D. D. se le encogió el corazón. No quería oír lo que Phil iba a decir a continuación.

—Se ha incendiado.