CAPÍTULO 8 #2
—¿Alguien amenazó a Evie alguna vez? ¿Intentaron desenterrar lo que le ocurrió a su padre? —presionó Phil.
—¿Cómo iban a hacer tal cosa? El motivo de su muerte era de dominio público.
Fue una tragedia, sin duda, pero no un escándalo.
Evie fue absuelta de todos los cargos. Es una historia familiar triste, una de esas cosas de las que la gente no puede evitar cuchichear, pero nada más. —La directora se encogió de hombros.
D. D. asintió. Se preguntó cómo se sentiría Evie intentando seguir adelante con su vida con el acecho constante de un pasado tan oscuro.
La directora tenía razón: gracias a Internet, ya nada era secreto.
Y, al haber elegido dedicarse a las matemáticas, aunque solo fuera como profesora de instituto, Evie Carter estaría por siempre relacionada con su padre.
¿El hecho de que nadie hablara directamente de su muerte facilitaba o empeoraba las cosas?
—¿Qué sabía usted de Conrad Carter? —preguntó Phil.
—No lo conocía. Lo vi una o dos veces en actividades extraescolares. Viajaba mucho. Creo que era comercial.
—¿Algún indicio de que hubiera problemas en el matrimonio?
—No que yo sepa. —La directora Ahearn negó con la cabeza.
—Aunque, en realidad, no podría saberlo, ¿cierto? —insistió D. D.—. Usted respetaba a Evelyn, pero no tenían una relación íntima.
La directora hizo un gesto con los hombros a modo de disculpa.
—No teníamos demasiada relación, pero la echaré de menos.
—La echará de menos.
—Sí. Hace un par de horas he recibido una llamada de su madre. Me ha dicho que, dadas las circunstancias, Evie no volverá al trabajo.
D. D. arqueó una ceja.
—¿Su madre ha renunciado a su trabajo por ella? ¿Y usted lo ha aceptado?
La directora se sonrojó.
—Bueno, tal y como están las cosas... Como mínimo, Evelyn tendría que tomarse una excedencia para ocuparse de los asuntos legales. Y luego está el tema del embarazo...
D. D. lo entendió: la directora estaba aliviada de no tener que lidiar con ninguna de las dos variables.
—¿Tenía alguna amiga entre el personal del centro? —preguntó Phil—. Otra profesora, un orientador, quien fuera.
La directora tuvo que pensarlo.
—Cathy Maxwell —dijo por fin—. Es una de las profesoras de ciencias. Solían sentarse juntas a la hora del almuerzo.
—¿Y dónde está ahora? —preguntó Phil.
La directora miró su reloj.
—Quedan cinco minutos para que suene el timbre, por lo que estará terminando su clase.
D. D. y Phil esperaron a que los alumnos salieran del aula y se dirigieran al pasillo.
Algunos de ellos les lanzaron miradas de sospecha y se fijaron enseguida en las placas doradas que llevaban al cinturón.
Por desgracia, la presencia de dos agentes en un instituto público de Boston no era nada inusual, por lo que la mayoría pasaron de largo.
Lo cual les hizo pensar. ¿Por qué un instituto público? Alguien con el historial académico de Evelyn, sumado a su legado paterno, podría haber conseguido una plaza en uno de los muchos prestigiosos institutos privados de la zona. Mejores horarios, mejor sueldo.
Pero Evelyn había elegido la educación pública.
¿Porque quería devolverle algo a la sociedad?
¿O porque esperaba que eso la mantuviera alejada de su pasado?
Cuanto más elitista fuera el centro, más probabilidades tenía de toparse con alguien que no solo hubiera buscado a su padre en Google, sino que también lo hubiera conocido personalmente.
Y eso desembocó en la siguiente pregunta: ¿por qué se había quedado en Boston?
Su marido no era de allí y tenía un trabajo que podría haber hecho desde cualquier lugar.
¿Por qué no se habían mudado a Florida, al Medio Oeste o a cualquier otro lugar donde la trágica muerte de un aclamado profesor de Harvard no siguiera presente en la memoria del pueblo?
¿Tan unida estaba a su madre? Porque Evelyn ni siquiera se había dignado a mirarla en el juzgado. Su curiosidad crecía por momentos.
A D. D. no le gustaban sus labores administrativas en la comisaría, pero le encantaban los casos en los que nada era lo que parecía. Lo que significaba que, en ese momento, estaba bastante contenta. Phil, por su parte, sacudía la cabeza con exasperación.
Cathy Maxwell estaba limpiando la pizarra cuando ellos entraron.
El aula tenía varias filas de pupitres en la parte delantera y largas mesas con equipo de laboratorio el fondo.
D. D. reconoció los mecheros Bunsen, pero hasta ahí llegaban sus conocimientos de instrumental científico.
Nunca le habían interesado las clases de ciencia en el instituto, aunque ahora no le costaba mantenerse al tanto de los últimos avances en medicina forense.
Sus problemas académicos nunca estuvieron relacionados con una falta de inteligencia, sino más bien con una incapacidad para permanecer sentada durante largos periodos de tiempo.
Motivo de desazón para sus padres, estudiosos que se contentaban con sentarse en silencio, discutir educadamente e ignorar a su única y revoltosa hija.
Los padres de D. D. se mudaron a Florida tras jubilarse. La visitaban una vez al año. Si D. D. tenía mucha suerte, pasaba esos días trabajando en un caso importante. Así todos eran más felices.
—¿Cathy Maxwell? —preguntó Phil—. Somos agentes de la policía de Boston. Tenemos algunas preguntas sobre Evelyn Carter.
—Ay, Dios. —Cathy dejó de limpiar, agarró el borrador con ambas manos y los miró sin comprender—. ¿Es cierto que no va a volver? ¿De verdad ha renunciado?
—Eso no nos corresponde a nosotros decirlo —afirmó D. D.
Phil añadió:
—Siéntese, por favor.
—De acuerdo.
La mujer se sentó en su escritorio y los miró fijamente.
Rondaba los cincuenta años, vestía pantalones de lana marrones y un suéter verde bosque.
Tenía el pelo castaño largo recogido con una horquilla en la nuca.
Varios mechones se habían escapado y le caían alrededor de la cara.
Entre el borrador que sostenía en las manos, las manchas de tinta en los dedos y las gafas de montura metálica que llevaba en la punta de la nariz, a D.
D. le pareció que tenía el aspecto arquetípico de una profesora. Pero una muy elegante, eso sí.
—Entendemos que usted y Evelyn eran amigas —comenzó Phil.
—¿Evie? Claro. A menudo almorzábamos juntas.
Dos mujeres, una de matemáticas y otra de ciencias.
—Cathy Maxwell levantó un solo hombro—. Ya saben, los del Departamento de Literatura son los populares, pero, en cuanto le dices a alguien que enseñas matemáticas o ciencias, parece que le vienen a la mente todos los exámenes que ha suspendido a lo largo de su vida.
La gente tiende a sentirse intimidada, sin siquiera darnos una oportunidad.
Phil asintió con simpatía. Se le daba muy bien hacer de poli bueno. Cathy Maxwell se acercó un poco a él.
—¿Cuánto tiempo hace que conoce a Evie? —preguntó Phil.
D. D. se sentó en uno de los pupitres, manteniéndose en segundo plano.
—Cuatro años. Yo ya trabajaba aquí cuando la contrataron.
—¿Y se hicieron amigas... enseguida?
—Más o menos. Evie es callada. Muy reservada. No es extraño, teniendo en cuenta lo que le ocurrió a su padre... —Cathy aguardó, expectante.
—Lo sabemos —le aseguró Phil.
—Solo tenía dieciséis años —dijo la profesora de ciencias con sincera empatía—. Que te ocurra algo tan horrible, y además tener que vivir para siempre con la culpa... Por supuesto que Evie no es la persona más extrovertida. ¿Quién podría culparla?
—¿Alguna vez le habló de ello? —preguntó D. D.
—Nunca. —Cathy dudó—. Aunque mencionaba a su padre de vez en cuando. Cosas sin mayor importancia, como algo que le dijo o un consejo que le dio. Parecía admirarlo. Creo que lo quería mucho.
Cathy se sonrojó y se encogió de hombros ligeramente. Dejó el borrador sobre el escritorio.
—De tanto en cuando, alguien se enteraba del papel que tuvo Evie en la muerte de su padre. Los rumores volvían a empezar. Evie nunca decía nada al respecto, pero se notaba que le afectaba mucho. ¿Cómo no iba a afectarle?
—¿Recuerda a alguien que hablara más de la cuenta?
—No. Evie no es la persona más cariñosa del mundo, pero todos la respetaban.
Es una profesora estupenda. Y se portaba bien con sus compañeros docentes.
No se daba aires de superioridad por haber estudiado en Harvard ni nada por el estilo.
Los académicos —se inclinó hacia delante con aire conspirador— pueden ser de lo más arrogantes.
—¿Qué sabe de su marido, Conrad Carter? —preguntó Phil—. ¿Hablaba mucho de su vida familiar?