Ni una palabra (Warren & Quincy 1) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

D. D.

—Tenemos que averiguar todo lo posible sobre esta pareja, cuanto antes —dijo D. D.

Ella y Phil habían regresado a la comisaría de la policía de Boston. Phil estaba sentado en la silla de su despacho, recostado hacia atrás, con las manos entrelazadas detrás de la cabeza. D. D. caminaba en pequeños círculos. Ambos tenían su forma de pensar.

—Conrad Carter —recitó Phil—. Treinta y nueve años. Sin antecedentes penales. Sin parientes vivos.

—Mierda —dijo D. D.

—Trabajaba para una importante empresa de ventanas. Ya he hablado con el jefe. A ver si adivinas.

—A todo el mundo le caía bien, pero nadie lo conocía del todo —expuso D. D.

—Exacto. El tipo trabajaba desde casa. Era un vendedor excelente.

Llevaba al día sus presupuestos, hojas de ofertas y todos los detalles del trabajo.

El jefe no tenía nada malo que decir sobre él.

Pero, claro, solo lo veía una vez al mes en las reuniones de la junta.

Ni siquiera sabía que Conrad y su mujer estaban esperando un bebé hasta que lo escuchó en las noticias.

—Mujer embarazada dispara por accidente a su marido. Tres veces —murmuró D. D.—. La prensa se va a poner las botas con este caso.

—Caso cerrado, ¿eh? —coincidió Phil. Bostezó.

Ella lo miró irritada.

Él se encogió de hombros.

—Oye, que llevo trabajando en la escena del crimen media noche, sargento .

—Y yo he estado luchando contra un canino malvado para mantener a salvo las botas negras del mundo. Todos tenemos problemas.

Phil sonrió. Estaba acostumbrado a ver a D.

D. de ese humor, probablemente era uno de los únicos agentes que sabían cómo tratarla, por eso a ella le caía tan bien.

Y echaba muchísimo de menos a su equipo de investigación original.

Ahora dirigía las operaciones, mira qué bien.

¿Quién quiere pasarse el día sentado en un escritorio?

—Espera, que hay más —dijo Phil ahora, poniendo su mejor voz de anuncio de televisión.

—¿Debería sentarme?

—¿Para qué? Te levantarías y empezarías a dar vueltas un segundo después. Antes de mudarse a Massachusetts, Conrad vivía en... —Phil mantuvo el suspense.

D. D. cerró los ojos, imaginándose la respuesta.

—Florida.

—Sí.

—El mismo estado que Jacob Ness y donde este secuestró a Flora.

—Sí.

—Es posible que Jacob y Conrad se conocieran antes de encontrarse con Flora en aquel bar.

—Es posible —admitió Phil.

D. D. negó con la cabeza. No podía creer que ese caso se estuviera desbocando tanto.

—Bien, ¿qué sabemos de Conrad? Supongo que los técnicos no han encontrado nada en el ordenador, ¿verdad?

Phil la miró con gesto jocoso.

—¿Y en el móvil? —intentó ella.

—No lo encontramos.

—¿Cómo que no lo encontráis? ¿Qué significa eso? Todo el mundo tiene un móvil, y más alguien que trabaja en ventas.

—No te falta razón. Pero no sabemos dónde está el suyo.

—¿Lo habéis triangulado?

—No, estábamos esperando a que volviera solo a casa.

—Phil le dedicó otra de sus miradas. A veces, su estado de ánimo coincidía con el de ella—.

Claro que lo hemos triangulado. Nada de nada.

Dondequiera que esté, está apagado. Carol se puso en contacto con la compañía de telefonía móvil.

Ahora están trabajando para conseguir copias de los mensajes de texto y de voz.

D. D. observó a Phil.

—¿Crees que Conrad escondió su móvil? ¿Que lo apagó y lo guardó en algún sitio antes de que su mujer le disparara?

Phil negó con la cabeza.

—El tipo ni siquiera pudo levantar las manos.

—Alguien se lo llevó —dijo D. D.

—Apostaría a que sí.

—¿La mujer? Esconde el teléfono, dispara al ordenador... ¿Qué trata de ocultar?

Phil se encogió de hombros.

—Ya has oído a su abogado. Hay un intervalo de ocho minutos. Es posible que otra persona lo matara, cogiera el teléfono y huyera.

—Ya, claro. El asesino huye justo antes de que la mujer regrese a casa...

—O fue su llegada lo que lo espantó...

—Entonces, Evelyn entra en su casa, descubre el cadáver de su marido y... no llama a emergencias, no pide ayuda a los vecinos ni llama a gritos a la policía. En vez de eso, coge el arma homicida y dispara doce veces al ordenador portátil.

—La teoría del asesino misterioso pierde fuerza, estoy de acuerdo —coincidió Phil.

—Tenemos que averiguar todo lo posible sobre esta pareja —repitió D. D.

Phil se encogió de hombros y volvió a bostezar. Probablemente llevaba despierto toda la noche. Bienvenido a Homicidios.

—A la vieja usanza —anunció D. D.—. Si no podemos localizar a Conrad a través de los dispositivos electrónicos, ¿qué hay de los documentos personales, los recibos de las tarjetas de crédito, la información bancaria?

—Neil se está encargando de eso —informó Phil.

Neil, el miembro más joven del equipo original de tres personas, se había unido a la policía tras años trabajando como técnico de emergencias médicas.

Solía ser el encargado de las autopsias, pero últimamente había ampliado sus funciones.

Cuando D. D. ascendió y dejó la unidad y Carol Manley se incorporó al equipo, Neil dejó de ser el novato, y eso le sentó bien.

—Neil dice que no ha encontrado nada fuera de lugar aún.

Muchos gastos en Lowe’s, como cabe esperar de una pareja que está reformando una casa.

Entre el trabajo de vendedor de Conrad y el de profesora de Evelyn, ganaban algo menos de seis cifras.

No está mal. Pero, claro, Boston es una ciudad cara.

Dos coches, impuestos, hipoteca, televisión por cable, teléfonos móviles.

No se ahogaban, pero tampoco nadaban en la abundancia.

—¿Algún seguro de vida a nombre del marido? —preguntó D. D.

—Cien mil dólares. Que sepamos. Hay gente que ha matado por menos.

D. D. asintió, pero también tomó nota de la falta de entusiasmo de Phil.

Cien mil dólares podía ser mucho dinero para algunas personas, pero para Evelyn Conrad, que había crecido en una casa multimillonaria en Cambridge, había asistido a las mejores escuelas privadas y se había codeado con la flor y nata de la ciudad, esa suma no era suficiente.

—¿De cuánto era el seguro de su padre? —pensó D. D. en voz alta.

—Medio millón —respondió Phil—. Pensé que lo preguntarías.

—Un motivo más que suficiente para dispararle.

—Tiene sentido si eres la señora Hopkins. ¿Crees que Evelyn no lo hizo después de todo? ¿Que la muerte de su padre no fue culpa suya?

—Ya no sé qué pensar. —D. D. dejó de dar vueltas y se apoyó en el marco de la puerta—.

Hay demasiadas coincidencias extrañas. Una mujer que puede haber estado involucrada o no en dos tiroteos mortales en los últimos dieciséis años.

Una víctima que puede haber tenido o no vínculos con un infame violador en serie.

Parece un enorme nudo gordiano. No sé de qué hilo tirar primero.

—Conrad Carter no tiene vínculos significativos con la comunidad. No tiene compañeros de trabajo, familia ni dispositivos electrónicos. Hasta que los informáticos no hagan algún progreso, no hay hilos de los que tirar.

—Lo que nos deja a Evelyn Carter. Una mujer de pocas palabras, según los vecinos.

—Tiene una madre —dijo Phil.

—Que acaba de pagar medio millón en efectivo para sacar a su hija de la cárcel. Buena suerte interrogándola.

—Evelyn tiene trabajo.

D. D. asintió.

—Compañeros de trabajo. La directora, otros profesores. Muy bien, empecemos por ahí.

—¿»Empecemos»? —preguntó Phil, arqueando una ceja ante el uso de la primera persona del plural.

—Empecemos —repitió D. D. con firmeza—. Ya he trabajado en un caso de tiroteo relacionado con esta mujer. Esta vez no pienso pasar nada por alto ni en sueños.

Phil suspiró.

—Empecemos —accedió.

La directora del instituto en el que trabajaba Evelyn Carter estaba más que encantada de hablar con ellos.

Por desgracia, la directora Ahearn no tenía nada útil que decirles.

Había contratado a Evie hacía cuatro años.

Era una excelente profesora de matemáticas.

¿Es que no sabían quién era su padre? El instituto tenía suerte de contar con ella; los alumnos tenían suerte de tenerla como profesora.

Evie era muy tímida, eso sí. Agradable pero reservada.

Muchos profesores, sobre todo los de matemáticas avanzadas, podían ser así.

Sí, la directora Ahearn estaba al tanto de que Evie estaba embarazada.

Por lo que ella sabía, Evie estaba muy feliz.

Ahearn fue la mayor sorprendida al enterarse del incidente de la noche anterior.

Estaban poniendo orientadores a disposición de los estudiantes.

Todos estaban en estado de shock. Tenía que haber algún tipo de explicación lógica.

O tal vez había sido un terrible accidente...

La directora Ahearn se contuvo y se sonrojó.

—¿Se refiere a la forma en que murió el padre de Evie? —D. D. le echó una mano.

Su cara se tornó aún más roja.

—Evie nunca lo ha mencionado, pero tuve que comprobar sus antecedentes antes de contratarla.

A D. D. le pareció interesante.

—Nunca fue acusada de la muerte de su padre. No debería constar en sus antecedentes.

—Bueno, no en los suyos...

D. D. lo entendió.

—Su padre. Buscó a su padre en Google. Un matemático famoso, cuya hija está a punto de contratar. Tiene sentido. Miró su perfil en Wikipedia y vio cómo murió, por un disparo accidental a manos de su hija adolescente en su propia casa.

—No es común que un profesor de Harvard tenga un final violento. —La directora Ahearn se encogió de hombros—. Y a Earl Hopkins se le consideraba una de las mentes más prodigiosas en su campo.

—¿Evie estaba al corriente de que usted lo sabía? —preguntó Phil.

La directora Ahearn asintió.

—Era un secreto a voces. Nadie hablaba de ello, pero, en esta época en la que contamos con acceso inmediato a la información, ¿cómo no iba a saberlo?

De vez en cuando, alguno de los alumnos se enteraba y empezaban a correr rumores.

La propia Evie... Ella nunca hablaba de ello.

Venía a clase, hacía su trabajo y daba lo mejor de sí como profesora. Insisto, soy la mayor sorprendida...