CAPÍTULO 7
EVIE
¿Alguna vez te has sentido solo en una habitación llena de gente? ¿Que el resto del mundo se ríe de un chiste que tú no entiendes? ¿Que todos saben algo —el secreto de la vida, el verdadero significado de la felicidad— que tú nunca llegarás a comprender?
Así es como me he sentido siempre.
Incluso cuando mi padre aún vivía.
Mi madre me lleva a casa en coche. Habla animadamente; le trae sin cuidado que no le responda. No pasa nada. Mi madre nunca ha necesitado saber mis opiniones ni mis sentimientos y, además, la mayoría de sus preguntas son retóricas.
Tiene casi sesenta años, la edad de una abuela, lo cual tiene sentido, ya que estoy gestando a su primer nieto.
No aparenta más de cincuenta. De hecho, hoy apostaría a que parece incluso más joven que yo.
Tiene el cabello canoso a lo Jane Fonda, sin un solo mechón fuera de lugar.
Sus características perlas alrededor del cuello.
Lleva un jersey de cachemira de color verde primaveral y unos pantalones holgados de color camel.
Es el aspecto típico de Cambridge. Es el aspecto de lo que siempre ha sido y siempre será: la mujer de un profesor.
Ha pagado medio millón de dólares, en efectivo, para disfrutar de mi compañía.
No le pregunto de dónde ha sacado el dinero.
¿Ha hipotecado la casa? No creo que haya podido hacerlo en solo unas pocas horas.
Tal vez lo ha sacado de una cuenta bancaria de Suiza, los restos del seguro de vida de mi padre. Ni idea.
Hemos mantenido el contacto a lo largo de los años.
Más o menos. Ella te dirá que cualquier rencilla que exista entre nosotras es culpa mía, suponiendo que admita que hay tensión en nuestra relación.
Mi madre es una de esas mujeres que nunca tienen problemas.
O, en realidad, los problemas no se atreven a molestarla.
Nunca abandonó la casa que compartía con mi padre. Pasó un año de negro. «V istiendo el luto» , creo que solía llamarlo así. Se dejó llevar por la tragedia. Su amado esposo, asesinado en la flor de la vida. Su pobre hija, que seguramente nunca se recuperaría de esa experiencia horrible.
Un año. Justo un año. Luego, como una heroína de una novela victoriana, guardó el Chanel negro y volvió a su característica paleta de colores primaverales. Y asumió el importantísimo papel de preservar el legado de su marido.
¿Cuál es el legado de mi padre? Tampoco tengo ni idea.
Participaba en muchos proyectos. Lo más probable es que tuviera teoremas, teorías, proyectos de investigación y trabajos académicos sin terminar.
Estoy segura de que sus múltiples ayudantes se apresuraron a llenar el hueco que dejó.
No tengo ni idea de qué pudo haber aportado mi madre, con sus jerséis de cachemira y sus perlas de Mikimoto.
Pero siguió siendo la anfitriona más destacada de entre la comparsa de Harvard.
Creo que al principio la gente acudía atraída por el drama.
Ese tipo de accidentes desafortunados, como los disparos de escopeta, no son muy habituales entre los académicos.
Sin embargo, por lo que sé, el encanto de mi madre ha prevalecido.
Dieciséis años después, sigue siendo el centro de atención de la élite intelectual.
Pero yo siempre he guardado las distancias.
Conrad intentó arreglar mi relación con mi madre. Al principio, cuando veía que todavía tenía solución. No dejaba de repetirme que era una mujer encantadora. Yo asentía, porque mi madre es una mujer encantadora. Y agradable e inteligente. No se puede discutir eso.
Pero también está como una puta cabra.
A nadie le gusta oír ese tipo de cosas, pero mi padre era consciente de ello. Durante sus momentos más difíciles o sus dramáticas diatribas, mi padre me guiñaba un ojo cómplice. Sin embargo, creo que su tipo de locura le venía bien.
Mi madre no es mala, al menos no a propósito.
No es violenta ni cruel. Tan solo es así.
Ve lo que ve, sabe lo que sabe y cree lo que cree.
Nada va a cambiar eso. Creo que para mi padre, que vivía en el mundo de lo abstracto, ella era innovadoramente tangible.
Con mi madre siempre sabes cuál es tu lugar: fuera del círculo, mirando hacia el interior.
También adoraba la excelencia de mi padre y se sentía orgullosa de ser la mujer de una de las mentes más brillantes del mundo matemático.
Por último, pero no por ello menos importante, de niña oía ciertos ruidos que, ya de adulta, asocié a una vida sexual muy activa por parte de mis padres.
Funcionaban bien juntos.
Lo que significa que nuestros problemas no radicaban en que mi madre no quisiera a mi padre. O en que yo no quisiera a mi padre. Es más bien que cada una de nosotras, por diversas razones, lo quería solo para sí.
Mi madre entra en el camino de acceso. La misma majestuosa casa colonial de siempre.
Pintura gris histórica, contraventanas pintadas de negro, molduras blancas.
Mi madre sigue un estricto programa de mantenimiento: su cabello, su rostro, su casa.
Creo que la pintura exterior se renueva siguiendo un plan quinquenal.
Muchos esperan entre siete y diez años, diría ella.
Pero ¿por qué ibas a tener una casa demacrada durante tres o cinco años cuando puede estar limpia y fresca siempre?
El porche delantero alberga un par de sillas Adirondack encaladas que enmarcan la enorme puerta maciza pintada de negro y las ventanas laterales de vidrios emplomados.
En esta época del año, la puerta está decorada con una guirnalda navideña de diversas hojas de tonos verdes y bayas festivas.
Junto a las Adirondack hay enormes macetas de abetos, con ramitas cubiertas de escarcha blanca, lazos rojos y piñas.
Conrad y yo ni siquiera habíamos puesto el árbol todavía.
Vuelvo a sentir esa punzada. Me obligo a no pensar en la barandilla de la escalera, el estudio, el olor. Mi marido. Mi padre. Demasiada sangre.
La historia de mi vida: demasiada sangre.
Y ahora esto.
Mi madre apaga el motor de su Lexus. Se gira hacia mí. Sonríe.
—Hice lo que pude sin ti —dice mientras entramos en la casa—. Claro que, ahora que estás aquí, puedes ayudarme con las decisiones finales. ¿Cuándo sabrás el sexo del bebé? Pronto, ¿verdad? No recuerdo exactamente cuándo se puede saber, pero con la tecnología de hoy día todo es posible.
No tengo ni idea de lo que está hablando. Solo escucho a medias su monólogo mientras entro en la casa de mi infancia, la misma que he tratado de evitar con todas mis fuerzas durante los últimos dieciséis años.
Como muchas otras viviendas históricas, la casa no tiene garaje.
Mi madre aparca en la entrada; en invierno, le paga a algún estudiante universitario por retirar la nieve y limpiar su vehículo.
Como miembros de la familia, utilizamos la puerta lateral de la cocina.
Sin embargo, a fin de brindar una experiencia completa, mi madre prefiere recibir incluso a los amigos de toda la vida en la puerta principal, para que la casa cause un impacto, dejando ver el enorme retrato al óleo de nuestra familia.
Yo tenía cuatro años cuando mi madre lo encargó.
Era demasiado pequeña para darme cuenta de que no es buena idea que te retraten con un vestido blanco con forma de malvavisco y un lazo blanco gigante en el pelo.
Mi madre aparece sentada en un sillón orejero, tapizado intencionadamente con una tela casi del mismo tono azul que sus ojos.
Mi padre está detrás de nosotras, con la mano en el hombro de su mujer, sonriendo al pintor.
Lleva una chaqueta de tweed gris sobre un chaleco de punto verde oscuro.
Presenta un rostro algo redondeado y su barba canela está perfectamente recortada.
Parece amable y poderoso, y tal vez un tanto desconcertado por toda la producción.
Cuando era pequeña y mi padre trabajaba hasta tarde, solía subirme al sillón orejero solo para tocar el retrato y la sonrisa curvada de mi padre.
«Te quiero, papá», susurraba, y luego me bajaba con rapidez antes de que alguien —mi madre— me pillara.
No entro en la sala de estar, aunque el salón principal, justo enfrente, es igual de tortuoso.
El piano de media cola, al que solía sentarme a tocar durante horas mientras mi padre se relajaba en el sofá de enfrente.
Las pilas de partituras que aún permanecen sobre la tapa cerrada.
El leve olor a cera y humo de pipa. En la esquina se encuentra la mesa octogonal que se utilizaba en las noches de póquer.
Imagino que, en vista de la ajetreada vida social de mi madre, todavía se sigue usando, pero prefiero no pensar en ello. En mi mente, es la mesa de mi padre. La casa de mi madre, pero la mesa de mi padre, mi piano.
Luego está la cocina, donde murió mi padre.
Mi madre busca mi abrigo, antes de recordar que no tengo ninguno. Cuelga el suyo en el armario del recibidor. Sigue hablando. Asiento distraída.
Pasamos por el estudio de mi padre, pero ninguna de las dos lo mira.
No necesito asomarme para saber que las paredes siguen cubiertas de premios y títulos honoríficos, o que sus bolígrafos favoritos siguen esparcidos por el escritorio, junto con un bloc de notas amarillo en el que aún se pueden leer apuntes de última hora.
Durante los primeros años tras su muerte, podía olerlo cada vez que entraba a la habitación.
El susurro de su aftershave. Algo caro que mi madre importaba de Inglaterra solo para él. Sándalo, un toque de limón y algo más.
Así sabía que había llegado. Percibía el aroma de su loción flotando por la casa.
Ahora ya no lo huelo. Dieciséis años después, el aroma se desvanece, por mucho que mi madre y yo nos resistamos a dejarlo marchar.
—Tus habitaciones están listas, por supuesto.
Asiento de nuevo. Exceptuando la cocina, mi madre no ha cambiado nada de la casa, nada, lo que hizo que Conrad se partiera de risa la primera vez que vino de visita.
—¿Esta es tu cama de cuando eras niña? —dijo, saltando arriba y abajo sobre el femenino edredón—.
Tengo la sensación de que estoy corrompiendo a una menor.
Quizá pueda ser el chico malo y guapo que se cuela en tu habitación después de que tus padres se hayan acostado.
¿Alguna vez has fantaseado con el rebelde sin causa?
Esbocé una leve sonrisa. La chica que fui en el instituto no llamaba la atención de los chicos, ni buenos ni malos. Era callada y torpe y, tras la muerte de mi padre, pasé a ser un bicho raro.
Conocer a Conrad... Él fue la primera persona que se fijó en mí. Que me dijo que era guapa y atractiva y la chica de sus sueños. Por él, volví a sentirme viva. Por él, empecé a creer en las segundas oportunidades.
No debería haberme dejado engañar así.
Tengo la cara húmeda. ¿Estoy llorando? No quiero llorar. En realidad, me gustaría darme una ducha.
Mi madre se dirige hacia la amplia y majestuosa escalera que domina el centro de la casa. La sigo hasta el segundo piso, donde, en efecto, mis habitaciones están tal como las dejé.
—Esta será la habitación del bebé —dice mi madre—. Sin duda querrás tenerla lo más cerca posible de ti. Pero tampoco quería que estuviera tan lejos de mí que no pudiera echarte una mano.
Por fin me doy cuenta de dónde estamos. En una de las habitaciones que antes formaba parte de mi suite. Creo que antes era un vestidor, bastante grande, diseñado para guardar las decenas de vestidos que, según mi madre, estaría encantada de ponerme algún día.
Ahora la habitación está desprovista de estanterías, organizadores de maquillaje y hormas para zapatos. En su lugar, ha sido pintada de verde pastel y contiene una preciosa cuna pintada de blanco y un cambiador a juego.
Miro fijamente a mi madre. La llamé para darle la noticia del embarazo hace apenas unas semanas.
Y no solo porque necesitara tiempo para prepararme para recuperar el contacto con ella, sino porque Conrad y yo habíamos acordado mantener la noticia en secreto durante los tres primeros meses.
Nuestro bebé. Nuestra familia. Nuestro logro.
Por las noches dormíamos acurrucados, con sus manos sobre mi vientre aún plano. Todo era igual, pero a la vez diferente.
—¿Cómo...? ¿Cuándo...? —No sé qué decir.
—No me encanta el verde salvia —anuncia mi madre con brusquedad—.
Es el color más neutro, ya que no sabemos el sexo todavía, pero a mí me parece soso.
La habitación en sí carece de imaginación, y eso no puede ser.
Debes tener en cuenta desde el principio, Evelyn, que tu bebé puede tener una inteligencia extraordinaria.
Hay que diseñar la habitación para estimular y nutrir esa mente de la mejor manera posible.
¿Escuchas a Bach? ¿Le lees al bebé en el útero?
Es más, ¿por qué no tocas el piano? Ese tipo de experiencia auditiva, y a la vez cinética, le resultaría muy beneficiosa.
Sigo con la boca abierta. No sé qué decir ni qué hacer. Aun conociendo a mi madre como la conozco, esto me ha pillado desprevenida.
No puedo evitar preguntarme si ha pagado la fianza para sacarme de la cárcel o para salvar al próximo genio de la familia. Y, si me declaran culpable de asesinato y me envían a prisión, dejando la crianza del bebé en su manos, ¿le importaría siquiera?
—Necesito darme una ducha —me oigo decir.
—Por supuesto. Me he tomado la libertad de comprarte ropa premamá. La encontrarás colgada en el armario.
¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Acaso quiero saberlo?
Me encuentro observando a mi madre. El cabello elegantemente peinado, el rostro maquillado a la perfección.
Sus ojos azules son preciosos. Ahora me mira con inocencia, lo que me pone los pelos de punta, porque nada de lo que hace mi madre nace de la inocencia. Como si me leyera el pensamiento, dice:
—No te preocupes por tu trabajo. He llamado a tu jefe y le he dicho que no vas a volver.
—¿Has dejado mi trabajo?
—¿Qué creías que iba a pasar? Va a haber un juicio por asesinato, ya lo sabes.
No puedes aparecer todos los días en un instituto público mientras el proceso esté en marcha.
Y, para cuando todo este sinsentido haya terminado, estarás a punto de tener a tu bebé.
Lo más conveniente es avisar a tus superiores cuanto antes.
Lo dice como si fuera lo más obvio del mundo. El trabajo que me encantaba se ha esfumado, así, sin más. En efecto, ¿qué creía que iba a pasar?
—¿Quieres saberlo? —me oigo susurrar.
—¿Saber qué, querida?
—Si lo maté. Si disparé a mi marido.
Me da una palmadita en el brazo.
—No te agobies con eso, cariño. La gente va a juzgarte, surgirán rumores. Por eso es tan importante la familia. Nos entendemos la una a la otra. Sé todo lo que necesito saber sobre ti y Conrad.
—¿Y qué sabes?
Me mira directamente con esos grandes ojos azules.
—Que fue un accidente, por supuesto. Solo un desafortunado accidente.