Ni una palabra (Warren & Quincy 1) CAPÍTULO 6 #2
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CAPÍTULO 6 #2

Samuel inclina la cabeza hacia un lado y me mira fijamente mientras llegamos a los extremos opuestos del pequeño despacho.

—Creo que tenían un trato —digo—. Creo que Conrad estaba allí por mí. Como si Jacob me hubiera ofrecido a él o algo así. Algunos depredadores hacen eso, ya sabes. Intercambian a sus víctimas. Bueno, qué diablos, puede que Jacob me vendiera a cambio de droga. Estaba claro que había estado de juerga.

Samuel asiente.

—¿Hizo Jacob algo así antes?

—No. Pero a veces elegía a algún tipo al azar en un bar y me decía que tenía que conseguir que me deseara.

Más asentimientos. Más miradas fijas. Samuel tiene ojos como de chocolate fundido. Cuando usa sus armas de esta manera, no puedo evitar preguntarme: si Jacob Ness me creó a mí, ¿quién creó a Samuel?

—Algunos depredadores hablan entre sí —digo ahora—. En chats, en sitios superencriptados. Se sabe que los depredadores comparten información.

Samuel asiente.

—Así que tal vez este tal Conrad era otro monstruo. Él y Jacob conectaron de alguna manera. Jacob tenía un portátil en el tráiler. Se conocieron en algún chat e hicieron planes para esa noche. Jacob le prometió a Conrad que podría tenerme. A cambio de algo, pero no sé qué. Drogas, una chica nueva.

—Pero no te fuiste con Conrad.

—No. Comí y bebí hasta vomitar. La noche se arruinó con eso.

—¿Te provocaste el vómito a propósito?

—Sí.

—Porque desobedecer directamente a Jacob significaría un castigo, si no la muerte; y acostarte con Conrad significaría un castigo, si no la muerte, ¿no es así?

No lo había pensado de esa forma, pero ahora asiento con la cabeza.

—Leíste la situación. Confiaste en tus instintos. Sobreviviste.

Suspiro y golpeo el respaldo del sillón.

—¡Samuel! No estoy aquí para que me des una puta charla motivadora. Quiero el expediente. Eres del FBI. Al FBI le encantan los expedientes. ¡Dame el expediente, joder!

Samuel sonríe. Esa sonrisa podría destruir a cualquiera. Buena suerte, mamá, porque un hombre tan guapo no puede ser fácil de manejar.

—No —dice.

—¿Qué quieres decir...?

—No. N mayúscula; o minúscula . No. No te daré el expediente.

—No me jodas...

—Es la política del FBI. No eres agente ni miembro de las fuerzas del orden...

—¡Soy una informante confidencial que colabora con la policía de Boston!

Él continúa:

—No tienes derecho a ver el expediente.

—¡Una mierda! Si no fuera por mí, ni siquiera habríais pillado a Jacob Ness. La mitad de ese expediente es la historia de mi vida. ¡Mía!

—Técnicamente, no habríamos pillado a Jacob Ness si no fuera por la agente especial Kimberly Quincy, que lo localizó en el motel donde se escondía contigo. Ella recopiló los datos del expediente. Ella organizó al equipo del SWAT que te rescató.

La recuerdo, aunque no demasiado. Esos primeros momentos, esas primeras horas después de que irrumpieran en la habitación del hotel...

Es como si hubiera estado fuera de mi cuerpo.

Lo vi todo como en una película, como si le estuviera pasando a otra persona.

Cuando se acercó a mí y me preguntó mi nombre, la miré conmocionada.

¿Mi nombre? Me llevó mucho tiempo responder a esa pregunta.

Posteriormente leí relatos de otros supervivientes que pasaron por lo mismo que yo.

Lo primero que hace un secuestrador es arrebatarte tu identidad; Jacob me obligó a llamarme Molly.

Lo que significa que la agente especial Quincy no solo me estaba haciendo una pregunta, sino que me estaba empujando a dar el primer paso hacia la persona que solía ser.

Pero nunca más volví a serlo.

—Es mi expediente —digo, y hay un tono de súplica en mi voz.

Me doy cuenta de que estoy a punto de llorar. Yo, que nunca lloro. No sé qué me pasa. Desde que me he despertado esta mañana, desde que he puesto las noticias, desde que he visto la cara del hombre muerto... No soy yo misma. No sé quién soy. La cabeza me da vueltas y vueltas y vueltas.

—Flora —dice Samuel por fin—, por favor, siéntate.

Esta vez lo hago. Me derrumbo en uno de los sillones de cuero. Son duros y resbaladizos, y los odio. Sin embargo, una vez sentada, tengo la impresión de que nunca volveré a levantarme.

Por eso D. D. no podía venir. Esta es la parte que ella no conoce.

No siempre soy Flora Dane.

A veces, incluso después de todos estos años, sigo siendo la víctima de Jacob.

Ahora entierro la cabeza entre las manos y no miro a Samuel, porque tampoco quiero que me vea así.

Como si me hubieran destrozado. Como si me hubieran arrancado las entrañas.

Y ya no soy yo; solo soy una chica aterrorizada, desesperada por la idea de que Jacob vuelva en cualquier momento, pero aún más aterrorizada de que no lo haga y eso suponga mi fin.

Moriré sola en una caja del tamaño de un ataúd y mi madre nunca encontrará mi cuerpo.

El aspecto de mi madre cuando apareció en la televisión.

Vestida con ropa que no era suya. Pero su voz no se quebró ni por un momento.

Qué entereza. El colgante de un zorro plateado descansando en el hueco de su garganta.

Un zorro para demostrarme, a cientos o miles de kilómetros de distancia, lo mucho que me seguía queriendo.

Me balanceo hacia delante y hacia atrás. Sin hacer ruido, porque no puedo permitirme despertar a Jacob. Aunque él esté muerto. Aunque siga vivo en mi cabeza. Aunque quiera que se acabe. Aunque quisiera que nunca hubiera sucedido. Aunque nunca lo supere.

Samuel se sienta. Soy vagamente consciente de sus movimientos.

Lo más probable es que tenga sus elegantes dedos entrelazados frente a él.

Derrochando paciencia. Si yo soy un abismo de oscuridad, él es un pozo de serenidad.

Lo odio por ello. Pero ahora mismo odio a todo el mundo. Sobre todo a mí misma.

—Hay otras víctimas —susurro por fin, sin levantar la vista.

—Sí.

—Su información está en el expediente de Jacob.

—Sí.

—No quieres que la conozca. Crees que la usaré para flagelarme más cada noche.

—Sí.

—¿Cuántas?

No responde.

—¿Podría haber cambiado las cosas? ¿Si hubiera escapado antes? ¿Si hubiera cooperado más con la agente Quincy? —Mi voz está a punto de quebrarse.

—No.

—Entonces, déjame ver el expediente.

—No. —Separa los dedos, se inclina hacia delante—. Porque el hecho de saber que no podrías haber cambiado las cosas no es lo mismo que creer q ue no podrías haberlas cambiado.

Sé lo que quiere decir. La culpa del superviviente. La más dura de las aflicciones para la gente como yo.

—Debería haberle hablado de Conrad a la agente especial Quincy. Debería haberle mencionado que a veces Jacob me llevaba a bares.

—¿Cuándo te llevaba?

—Por la noche.

—¿Día, semana, mes?

—No lo sé. En invierno. En algún lugar del sur.

—¿A qué bares? ¿Tienes una lista de nombres?

Niego con la cabeza.

—¿Y los hombres? ¿Sabías el nombre de Conrad Carter?

Frunzo el ceño.

—Creo... que tal vez mencionara su nombre de pila.

—¿Y los demás?

—No... no lo sé.

—Así que, a veces, Jacob te llevaba a ciertos bares en ciertos lugares para conocer a ciertos hombres. ¿Es un buen resumen?

Me sonrojo.

—Podría haberla advertido de que estaba en contacto con otras personas. Ella podría haber revisado su ordenador.

—En ese entonces no sabías lo que sabes ahora sobre los depredadores, Flora.

No aprendiste esa psicología criminal hasta que volviste a casa, como parte de tu mecanismo de defensa.

La agente especial Quincy, por otro lado, es hija de uno de los perfiladores más laureados del FBI.

Te aseguro que revisó el ordenador de Jacob.

—¿Qué encontró?

—No lo sé. Soy especialista en víctimas, no agente especial. Su trabajo era salvarte entonces. El mío es salvarte ahora.

—Vete a la mierda.

Él vuelve a sonreír y, tal vez sea solo mi imaginación, pero parece que mi renovado rencor le produce alivio.

—Flora, ¿cuál es el mayor enemigo de los supervivientes?

—Los «podría», los «debería», los «tendría que»... —murmuro—. Ya hemos tenido esta conversación antes.

—Lo que pasó, pasó. Tú ganaste. Jacob perdió. No vuelvas a jugar la partida.

—No me vas a dar el expediente.

—No.

—Pero eres consciente de que no me voy a marchar sin más.

—Puede que sospechara algo.

Vuelve a sonreír, pero esta es una sonrisa sombría. Ambos sabemos que voy a seguir adelante con esto. Entiendo que, en su opinión profesional, estoy tomando una mala decisión. También que, en su opinión personal, esto no me conviene. Ni, por supuesto, a mi madre. Y, sin embargo...

—Lo siento —digo. Ambos sabemos por qué me disculpo.

Quizá él piense que llamaré a la agente especial Kimberly Quincy.

No he hablado con ella desde aquel día. Apenas recuerdo su rostro.

Y, no obstante, salvarme fue uno de los momentos más destacados de su carrera, lo que significa que es muy probable que atienda mi llamada.

Tal vez incluso me dé algo de información.

Pero he pasado mucho tiempo recopilando información tanto de delincuentes como de las fuerzas del orden desde que regresé a casa.

El FBI es una institución conservadora, rígida y poco flexible, en la que hablar donde no se debe es una de las formas más rápidas de que te despidan.

Lo que pueda decirme la agente especial Quincy no será suficiente para mí, pero podría perjudicarla a ella.

La sargento D. D. Warren me reclutó por una razón. Los agentes de las fuerzas del orden tienen sus recursos. Y yo tengo los míos.

Pero ya sé a quién voy a llamar. A un hombre que ha estado esperando seis años este momento. Enviándome innumerables correos electrónicos, dulces, arrogantes, irritantes y plañideros.

Siempre lo he ignorado.

Ahora, gracias a un asesinato, voy a alegrarle el día.

Al fin y al cabo, no necesito al FBI.

Solo necesito al hombre adecuado, un friki experto en crímenes reales.

Me levanto. Samuel se da cuenta por mi expresión de que he tomado una decisión. Nos conocemos muy bien. Se preocupa mucho por mí.

—Ten cuidado —me dice en voz baja.

—Échale un cable —le digo, porque lo que voy a hacer a continuación le romperá el corazón a mi madre.