Ni una palabra (Warren & Quincy 1) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

FLORA

Mi padre murió cuando yo era pequeña. En un accidente de tráfico. Hace tanto tiempo que ya casi no lo recuerdo. Las imágenes que guardo de él en la mente no provienen de recuerdos reales, sino de las fotos que mi madre todavía tiene por toda la casa.

Por otro lado, Jacob, el hombre que me secuestró, me violó y me torturó... Seis años después, sigo soñando con él tres o cuatro noches a la semana.

Samuel Keynes, mi psicólogo y especialista en víctimas, ha hecho todo lo posible por explicármelo a lo largo de los años.

Tiene que ver con la omnipotencia del secuestrador.

Jacob no solo me secuestró en una playa y me encerró en una caja del tamaño de un ataúd durante días y días.

Controlaba todos y cada uno de los aspectos de mi vida.

Comía cuando él quería. Bebía cuando él me lo permitía.

Vivía, segundo a segundo, día a día, porque él decidía que podía hacerlo.

El síndrome de Estocolmo se produce cuando una víctima comienza a crear un vínculo con su captor, en parte debido al papel de este último, que ejerce un poder absoluto sobre su vida.

¿Creé un vínculo con Jacob? La pregunta no es tan sencilla como me gustaría.

Lo odiaba. Todavía lo odio. Cada día me esforzaba al máximo para sobrevivir.

Contaba hacia atrás y hacia delante durante las largas horas que pasaba atrapada en la caja.

Movía los dedos de los pies, contorsionaba las extremidades tanto como me lo permitía aquella cavidad.

Luego, cuando por fin me dejó salir, observé, aprendí, me adapté.

No creo que llegara a sentir simpatía por Jacob nunca. Ni siquiera lo consideraba un ser humano. Era un monstruo, simple y llanamente. Pero era el monstruo que sostenía el otro extremo de mi correa, así que intenté comprenderlo. Cualquier cosa con tal de sobrevivir un día más.

Pero no todos los días eran horribles ni todos los momentos fueron tortuosos.

Cuando las semanas se convirtieron en meses, Jacob a veces aparecía con pequeñas sorpresas.

Algún DVD de mi programa de televisión favorito.

Películas para que viéramos juntos. Hay mucho tiempo que matar en un tráiler de reparto de larga distancia.

Buscábamos matrículas de los cincuenta estados, jugábamos al juego del alfabeto.

Nunca creí que Jacob fuera humano. Pero en ocasiones, como muchos depredadores, casi se hacía pasar por uno.

Y, hasta el día de hoy, sigue siendo la relación más poderosa que he tenido en mi vida.

Por eso hago cuanto está en mi mano por hablar de él lo menos posible. Pero, siendo sincera conmigo misma, no estoy molesta por romper al fin mi promesa de hablar de él una única vez. Solo me siento aliviada por haber sacado al monstruo de mi cabeza.

Samuel accede a reunirse conmigo después del almuerzo.

Es un especialista en víctimas increíblemente ocupado.

Trabaja para el Departamento de Apoyo a las Víctimas del FBI.

Muchos de sus casos están relacionados con ejecutivos de alto nivel secuestrados en diversos países lejanos.

Su labor consiste en ayudar a las familias a comprender el proceso, desde los pasos que deben seguir las fuerzas del orden para localizar a los malhechores hasta cómo podría ser el regreso de su ser querido a casa.

También trabaja con la propia víctima. Entre otras cosas, elabora una «estrategia de reincorporación» para ayudar tanto a la familia como a la víctima en su transición de vuelta al mundo real.

Hace ocho años no tenía ni idea de que existieran planes así. Hace ocho años no entendía que alguien pudiera necesitar un plan de diez pasos para reincorporarse al «mundo real».

El último paso para ser especialista en víctimas: apoyar a la familia y a la víctima a lo largo de lo que puede ser un proceso legal muy extenso, en el que se les seguirá pidiendo que hagan declaraciones, que vuelvan a hacerlas, que testifiquen en tal o cual vista.

Parte de la motivación del FBI a la hora de crear el Departamento de Apoyo a las Víctimas es la creciente oleada de delitos de gran repercusión —por ejemplo, casos de secuestro que se alargan hasta cinco años— y sucesos con víctimas múltiples —tiroteos, atentados con bombas, incendios provocados— que pueden tardar años en resolverse en el sistema judicial.

Un día eres una persona normal con una familia normal.

Entonces, en un abrir y cerrar de ojos, dejas de serlo.

Pasas a ser una joven que se despierta en una caja en la que apenas cabe.

Eres una madre en su granja de Maine que recibe una llamada de las amigas de su hija preguntándole si, por algún casual, su hija ha regresado a casa desde Florida sin haber avisado.

Y así comienza. La avalancha de investigadores locales, estatales y federales. Los medios de comunicación acampados en el jardín de casa. Quizá incluso postales provocativas del propio depredador, avivando los miedos, creando nuevos terrores.

Mi madre tuvo que aprender a tratar con los medios de comunicación.

Samuel es una de las personas que la preparó para ello.

Qué vestir, qué decir, la necesidad de humanizar a su hija ante un secuestrador desconocido para aumentar las posibilidades de que me mantuviera con vida.

Mi hermano, Darwin, dejó la universidad y volvió a casa para dirigir la campaña en las redes sociales.

Una vez más, con la ayuda de Samuel. Publicó fotos de mi infancia.

Citas de mis amigos. No sé cómo lo hicieron, a decir verdad.

Es una de esas cosas de las que todavía no hablamos.

No hablo de mi estancia con Jacob porque no quiero hacerles daño; y ellos no mencionan los cuatrocientos setenta y dos días que vivieron con el miedo constante a decepcionarme o, tal vez, debido a su inexperiencia, de facilitarle a mi captor la tarea de matarme.

Samuel los ayudó. Lo sé. Y así se forjó algún tipo de relación entre él y mi madre. Lo dejaron estar durante años. Supongo que fue decisión de Samuel, ya que ese hombre tiene la capacidad emocional del granito.

Pero mi plan de reincorporación fue mucho más breve que el de muchas otras víctimas.

La muerte de Jacob implicó que no se llevara a cabo ningún juicio.

Samuel siguió tratándome durante más de un año después de que hubiera vuelto a casa.

Se aseguró de que comprendiera los recursos que tenía a mi disposición y me animó a utilizar todas mis «herramientas», como le gustaba decir.

La terapia debería haber terminado hace mucho tiempo.

Hace seis años que regresé al mundo real; ya he dado, como mínimo, varios cientos de pasos más de los que requería mi estrategia de reincorporación.

Pero Samuel siempre ha atendido mis llamadas y esta mañana, cuando lo he llamado al borde de la histeria, ni siquiera ha dudado.

Así que aquí estamos otra vez. Todos estos años después, a punto de abordar la misma vieja historia.

—Siéntate —me dice Samuel tras recibirme en el vestíbulo del edificio del FBI y acompañarme escaleras arriba.

Su despacho no es muy grande, pero tiene ventanas, lo que supongo que lo convierte en un miembro distinguido del cuerpo. No puedo sentarme. Camino de un lado a otro. Cinco pasos hacia aquí, tres hacia allá. Necesita un despacho más grande.

He dejado a D. D. en el juzgado. No está contenta conmigo, pues quería acompañarme en esta visita. Pero ambas sabíamos que eso nunca iba a suceder. Puede que sea su informante, pero sigo viviendo según mis propias reglas. Además, su mal humor no es nada nuevo para mí.

—Quiero leer el expediente —digo ahora, directa al grano—. El FBI debe tener un expediente sobre Jacob. Quiero verlo. Cada palabra.

—Siéntate —repite Samuel.

—¿Es sospechoso de otros delitos, asesinatos o desapariciones? Te conté lo que vi. Pero solo estuve con él un año. Y ambos sabemos que no fui su primera víctima. Ya llevaba mucho tiempo en esto antes de conocerme.

Samuel está de pie detrás de su escritorio.

Todo el mundo lo conoce por su armario: el traje perfectamente entallado que lleva hoy parece ser de Armani, de color gris oscuro, combinado con una camisa gris claro con cuello y puños blancos, y rematado con una corbata de seda azul intenso.

Nunca ha revelado cómo paga su vestuario, por no hablar de su Lexus.

Yo tengo mis secretos. Él tiene los suyos. Es lo que me gusta de él.

Como no me siento, él se une a mí, caminando con las manos entrelazadas a la espalda, los ojos oscuros serios, la oscura calva brillante bajo las luces.

Me imagino que le lleva mucho tiempo prepararse cada mañana.

Recortarse la perilla bien perfilada. Elegir el traje, la camisa y la corbata, sin mencionar su colección de zapatos a medida y abrigos de cachemira.

Samuel es un hombre aterradoramente guapo.

Utiliza su vestuario para realzar aún más sus habilidades.

Si los demás son tan estúpidos como para distraerse con el envoltorio, es su problema, no el suyo.

A diferencia de mi especialista en víctimas, yo llevo vaqueros, botas militares gastadas y una sudadera con capucha, el uniforme de los urbanitas marginados por excelencia.

Cuando regresé de mi secuestro, mi madre me traía a casa vestidos veraniegos de colores vivos, que yo nunca llegué a ponerme.

Hace poco que ha dejado de comprarme ropa.

Ahora me pregunto si es porque por fin se ha dado cuenta de que esta es mi nueva imagen o porque Samuel ha intercedido en mi nombre. Cualquiera de las dos cosas es posible.

—¿Estás segura de que Conrad Carter es la misma persona que viste en el bar? —pregunta Samuel ahora, que gira junto a la pared y vuelve hacia mí. Se dirige a un lado del sillón; yo me dirijo al otro.

—Sí.

—¿Y fue allí para reunirse con Jacob?

—¡Sí! No solo se sentó a nuestro lado; Jacob se dirigió a él. Jacob... habló con él. Jacob no hablaba con los demás.