Ni una palabra (Warren & Quincy 1) CAPÍTULO 5 #2
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CAPÍTULO 5 #2

Phil, que se consideraba la voz de la razón en contraposición a los métodos más agresivos de D. D., no se mostró muy entusiasmado cuando esta anunció que había reclutado a Flora como su nueva informante. Evidentemente, su opinión al respecto no había cambiado.

—Flora ha reconocido a la víctima —anunció D. D. sin rodeos, para cortar de raíz cualquier posible queja por parte de Phil—. Conoció a Conrad Carter en un bar, cuando estaba con Jacob.

Su estrategia funcionó. Phil pasó de la desaprobación paternal al interés detectivesco inmediato.

A Phil no le gustaba Flora y a Flora no le gustaba Phil.

—Eso es todo lo que voy a decir sobre el tema —anunció.

Phil volvió a la desaprobación paternal, tanto hacia Flora como hacia D. D.

—Quiero que vea a Evelyn —dijo D. D.—. Quizá eso le refresque la memoria. O la ayude a hacerse una idea de a qué nos enfrentamos exactamente.

Phil lo aceptó.

—Su madre está aquí —dijo.

—Cómo no.

—Y tiene un abogado de verdad, no uno de oficio. Es el abogado penalista Dick Delaney.

—Genial. —D. D. puso los ojos en blanco. Ya había estado involucrada en casos representados por el abogado de cabello plateado antes. Era uno de los mejores.

Phil abrió la puerta. Primero les golpeó una ola de calor humano; luego, el duro estruendo del mazo de la jueza, que intentaba mantener una suerte de orden en lo que era, por definición, una concatenación de pleitos.

Dos alguaciles desalojaban a una joven demacrada de pelo lacio y ojos desorbitados mientras aparecían otros dos por una puerta lateral.

Esta vez no llevaba ropa de presidiaria.

En vez de eso, Evie Carter lucía pálida, ligeramente temblorosa e iba vestida con pantalones negros y un recatado cárdigan color crema abotonado que se le tensaba sobre el vientre.

La Evie que D. D. conoció dieciséis años atrás era una adolescente asustada.

La mujer en la que se había convertido seguía teniendo el mismo cabello rubio oscuro, pero lo llevaba corto, con un flequillo que resaltaba sus grandes ojos marrones.

La ropa, sin duda, se la había proporcionado su madre, Joyce, que estaba sentada en la primera fila, con su cabello rubio platino perfectamente peinado y los ojos clavados en su única hija.

D. D. se dio cuenta de que Evie no miraba a su madre en absoluto, sino que se sentó junto a su abogado en la mesa de la defensa. Tenía el pelo revuelto y los ojos hinchados. Por mucho que se hubiera arreglado, nada podía disimular el hecho de que había pasado la noche en una celda.

—¿Es ella? —le susurró Flora al oído a D. D.—. No se parece en nada a lo que esperaba.

—Su madre le ha traído la ropa —le respondió D. D.

Flora asintió, como si eso lo explicara todo.

—Señoría —comenzó Danielle Fitzpatrick, fiscal adjunta del condado de Suffolk—. La acusación solicita que se imputen cargos de asesinato en primer grado a la acusada, Evelyn Carter, por la muerte a tiros de su marido. Dada la gravedad de los cargos, solicitamos que ingrese en prisión sin fianza.

—¡Señoría! —Delaney ya se había puesto de pie—. Esta acusación es absurda. La Fiscalía carece de pruebas suficientes para acusar a mi clienta de asesinato premeditado, y mucho menos teniendo en cuenta su delicada situación...

—La «delicada clienta» —dijo Fitzpatrick con tono burlón— disparó tres veces a su marido.

En cuanto a las pruebas, la policía la encontró en el lugar de los hechos, con el arma homicida en la mano.

Además, sus manos presentaban restos de pólvora y sangre.

Tenemos confianza plena en la acusación, señoría, y eso sin profundizar en los antecedentes de la señora Carter...

—¡Protesto! Eso es inadmisible y ni siquiera es relevante. Si continúa haciendo referencias tan deshonestas —Delaney miró iracundo a Fitzpatrick—, me veré obligado a solicitar un cambio de juzgado, en vista de su manipulación deliberada del jurado.

La jueza volvió a golpear con el mazo.

—Se acepta, aunque no tengo claro de qué referencias deshonestas hablan ustedes dos. Me parece que tenemos suficiente que discutir con el caso que nos ocupa.

Flora miró con recelo a D. D., quien le susurró al oído: —Cuando tenía dieciséis años, Evie disparó y mató a su padre.

Se dictaminó que fue accidental y no se presentaron cargos.

Yo misma me encargué de la investigación.

Delaney tiene razón: aquel caso no tiene relevancia ahora.

Pero Fitzpatrick no se está dirigiendo a la jueza, sino a la prensa.

Puedo garantizarte que ahora mismo están tratando de averiguar qué es eso de «los antecedentes de la señora Carter».

—Señoría —dijo Delaney—, mi clienta no niega haber estado en la escena del crimen ni tampoco haber sostenido el arma homicida.

De hecho, admite incluso haberla disparado.

Lo que la fiscal adjunta Fitzpatrick no ha mencionado es el pequeño problema existente con la cronología de los hechos por parte de la policía.

La jueza miró a Fitzpatrick con interés, mientras que, al otro lado de D. D., Phil se tensó. D. D. lo comprendió un segundo después.

—Mierda.

—Señoría —comenzó Fitzpatrick, pero Delaney ya había comenzado con su espectáculo.

—Ocho minutos, señoría. Hay un intervalo de ocho minutos entre la primera llamada de los vecinos informando de los disparos y la llegada de la policía al domicilio, momento en el que también oyeron disparos.

Eso se debe a que anoche no hubo un solo tiroteo, sino dos.

El primero fue el tiroteo mortal del amado esposo y padre del hijo nonato de mi clienta.

De hecho, podemos demostrar, señoría, que mi clienta ni siquiera se encontraba en casa en el momento del fallecimiento de su marido.

Llegó unos minutos más tarde y descubrió el cadáver.

En ese momento, cogió el arma y disparó.

«Ella perpetró el segundo tiroteo, señoría, pero su víctima fue un ordenador portátil.

Y, seamos sinceros, es algo que todos hemos querido hacer en algún momento.

De modo que sí, mi clienta disparó el arma homicida; y sí, tenía residuos de pólvora en las manos.

Pero ella no mató a su marido. Exigimos la desestimación de todos los cargos, así como la puesta en libertad inmediata de mi clienta.

La jueza miró a Delaney y luego a la fiscal adjunta, que tenía el rostro adusto. Volvió a mirar a Delaney.

—Bien —dijo la jueza—, parece que tendremos mucho que discutir en el juicio. En vista de que hay pruebas suficientes por presentar, no voy a desestimar los cargos. Sin embargo, sí le concederé la libertad bajo fianza. Quinientos mil dólares, en efectivo.

La jueza golpeó con el mazo. Evie Carter, que no había mirado ni a izquierda ni a derecha, fue escoltada fuera de la sala. Un instante después, todos los periodistas presentes se pusieron de pie y corrieron en tromba hacia la puerta.

Phil, D. D. y Flora se hicieron a un lado para dejar paso.

—No me lo puedo creer —murmuró D. D.—. Lo va a conseguir. —Miró a Phil, que asintió con la cabeza.

—¿El qué? —preguntó Flora.

—Por segunda vez en su vida, Evie Carter va a salir impune de un asesinato.