CAPÍTULO 5
D. D.
Flora Dane estaba volviendo loca a D. D.
, motivo por el que esta pensó por enésima vez que una investigadora inteligente como ella nunca debería haber reclutado a una justiciera impredecible como informante.
D. D. tenía que seguir una serie de normas y procedimientos, mientras que a Flora todo eso le traía sin cuidado.
—Dices que reconoces a la víctima, Conrad Carter. Lo viste en compañía de Jacob Ness durante tu cautiverio. Además, crees que podrían haber tenido algún tipo de relación. Como mínimo, se conocían.
—¡Ya te lo he dicho! —Flora estaba nerviosa. Caminaba de un lado a otro por la acera, frotándose los brazos.
D. D. nunca había visto a esa mujer tan alterada. Razón de más para que prestara declaración.
—Necesito que me acompañes a la comisaría y hagas una declaración formal.
—¡No!
—Flora...
—¡Hablaré! Pero ambas sabemos que no será contigo.
Esa era la otra cuestión. Flora estudiaba en la Universidad de Boston cuando fue secuestrada, pero estaba de vacaciones en Florida cuando Jacob la raptó.
Eso significaba que, a partir de la primera postal jactanciosa que Jacob envió desde un pequeño pueblo del sur a la madre de Flora en Maine, el secuestro era competencia del FBI.
Los federales ayudaron a Flora. Identificaron a Jacob como un camionero que trabajaba en trayectos largos.
Siguieron el rastro de su camión hasta un motel barato.
Irrumpieron en la habitación con una decena de agentes del SWAT y suficientes balas y granadas aturdidoras como para acabar con un pueblo pequeño.
Jacob no sobrevivió a la redada; Flora sí.
Según la información de que disponía D. D.
, Flora prestó declaración oficial en el hospital mientras esperaba a que su madre llegara en avión.
Hizo un trato: hablaría de su secuestro una única vez y con una sola persona.
Le contó su historia, con todo lujo de detalles, al doctor Samuel Keynes, especialista en víctimas del FBI.
Se rumoreaba que Keynes, que tenía una larga trayectoria lidiando con víctimas de secuestros, apenas había llegado al baño antes de vomitar.
Desde ese día, Keynes y Flora habían mantenido una relación que escapaba al entendimiento de D.
D., pero dudaba de que se ajustara estrictamente a las directrices del Departamento de Apoyo a las Víctimas del FBI.
No es que fuera nada romántico; de hecho, según lo que había oído D.
D., el famoso y reservado psicólogo había mostrado un interés genuino por la madre de Flora, Rosa, una yogui de alma libre que se dedicaba a la agricultura ecológica y a hacer magdalenas caseras.
D. D. no tenía ni idea de qué hablaban, pero había visto la chispa que había entre ellos...
Al menos había salido algo bueno de la terrible experiencia de Flora y su familia.
Pero, volviendo al problema, Keynes era el confesor que Flora eligió.
Además, trabajaba para el FBI. Lo que significaba que, cuando Flora le contara que había visto a la víctima de asesinato de D.
D. en compañía de Jacob Ness, el FBI empezaría a meter las narices en su caso. O peor aún: podría quitárselo.
—¿Cuántas veces viste a Conrad? —intentó D. D. Si Flora no accedía a hacer una declaración formal, D. D. tendría que conformarse con una informal.
—Solo una vez. En un bar.
—¿Hace cuánto tiempo?
—No lo sé. Llevaba un tiempo con Jacob. Hacía algo de frío. —Flora se frotó los brazos—. Puede que fuera invierno, en el sur.
D. D. asintió con la cabeza, haciendo algunos cálculos mentales.
El invierno del secuestro de Flora se remontaba, básicamente, a siete años atrás.
La inspectora Manley la había informado de que Conrad viajaba por motivos de trabajo, lo que le proporcionaba una buena tapadera para hacer muchas cosas.
—¿Y la mujer? —probó D. D.—. ¿Te suena Evelyn Carter?
—Ella no estaba —dijo Flora. Se detuvo de repente—. ¿Estaba casada con Conrad entonces? ¿Qué sabes de sus vidas?
—No sé nada. Todavía no.
—Ella le disparó, todo apunta a que no eran felices. Puede que él abusara de ella o que incluso fuera otra víctima. ¡En las noticias dijeron que estaba embarazada!
La voz de Flora se había vuelto estridente.
—Creo que nos estamos adelantando. Una investigación supone una serie de pasos, y nos quedan muchos por dar. Para que conste, los vecinos los describen como una pareja normal y feliz.
Flora resopló.
—Los vecinos no saben una mierda.
D. D. se encogió de hombros estoicamente. En eso estaban de acuerdo.
—¿Sabes en qué bar estabas cuando Jacob se reunió con Conrad? —D. D. intentó reconducir la atención de su informante confidencial.
—No lo sé... Jacob me abandonó durante días. —La voz de Flora se apagó—. Me moría de hambre, pero no me atrevía a irme porque Jacob me habría localizado y me habría matado. Eso era lo que me decía cada vez que se marchaba, y yo lo creía.
—De acuerdo. —D. D. suavizó la voz al mismo nivel que el de su interlocutora.
Flora nunca había hablado tanto sobre Jacob antes.
Había preguntas que le habría encantado hacerle, cómo no, pero Flora siempre se había mantenido firme en su política de hablar del tema una única vez.
A D. D. no le quedaba más remedio que admirar la obra de aquel monstruo, porque si Jacob era despiadadamente malo, entonces la mujer que había sobrevivido a su tortura era despiadadamente dura.
Aunque hubiese sido de forma inconsciente, Jacob había servido como una especie de fragua.
Y la Flora que emergió cuatrocientos setenta y dos días después era de acero puro.
La investigadora que había en D. D. admiraba la resistencia de esa mujer. La madre que había en ella se lamentaba por la pérdida.
—Estabas en el sur —continuó D. D.—. ¿Era la ruta de transporte de Jacob?
—Sí.
—Has mencionado que él se marchó, que te dejó en un motel.
—Sí.
—¿Recuerdas el nombre? ¿Había algún folleto u otro papel en la habitación?
—Jacob no se alojaba en lugares que tuvieran folletos.
—Vale. ¿Y algún letrero de neón? Colabora un poco conmigo.
—Motel... Motel Upland. —Flora frunció el ceño—. Creo. Me suena.
—Motel Upland. —D. D. asintió—. El nombre cuadra. Podemos trabajar con eso.
Flora se frotó los brazos y volvió a caminar de un lado a otro.
D. D. dudó por un momento, pero, ya que había empezado, decidió seguir adelante.
—Flora, no creo que Evelyn fuera una víctima de Conrad. Es de por aquí, tiene familia en Cambridge.
—¿La conoces?
—Digamos que no me sorprende lo que ha pasado. La última vez que hablé con ella fue justo después de que disparara «por accidente» a su padre.
Flora levantó la cabeza. D. D. había conseguido captar toda la atención de la mujer, lo que también incluía una mirada áspera y gris diseñada para obligar a alguien a entregar todos sus objetos de valor o confesar todos sus pecados.
D. D. por fin comprendió el verdadero miedo de Flora: no había hablado lo suficiente sobre Jacob.
Al negarse a hablar más de una vez de lo que había sucedido, podía haber dejado atrás a alguna otra víctima.
Flora dedicaba toda su energía a ayudar a otras supervivientes, por lo que algo así podría resultar devastador para ella.
—Flora, creo que deberías venir conmigo. Hay algo que deberías ver.
—¿Qué? ¿Dónde?
—Ven conmigo al juzgado. Evelyn Carter será procesada mañana por la mañana. Creo que deberías verla en persona. Creo que deberías saber exactamente quién es esa persona que tanto te preocupa.
Los juzgados eran un mundo aparte. D. D.
intentaba evitarlos en la medida de lo posible, aunque no siempre podía por culpa de su trabajo.
Los juicios en sí no estaban tan mal. En ellos participaba un número concreto de personas en una sala predeterminada; en todo caso, eran mucho más aburridos de lo que se podría esperar si uno ve la televisión.
Sin embargo, las mañanas de comparecencias eran un mar de abogados agobiados y acusados confundidos —o con una resaca del quince—.
Los acusados se amontonaban mientras los abogados de oficio, sobrecargados de trabajo, intentaban identificar a cuál de los prisioneros engrilletados les tocaba defender.
Los escalones de la entrada estaban atestados de periodistas aburridos a la espera de que ocurriera algo interesante, pequeños grupos de abogados con maletines jugando a hacer tratos y seres queridos que alargaban el cuello para intentar ver a su cónyuge, hijo, amigo o lo que fuera, que venía de pasar la noche en la trena y quizá no volviera a casa.
El interior era peor. D. D. tuvo que abrirse paso a empellones entre la multitud, leyendo los carteles para determinar cuál era la sala adecuada.
Flora la seguía de cerca, con la cabeza alta y la mirada grisácea apuntando hacia delante como un láser.
En un momento dado, un pandillero tatuado y musculoso se detuvo junto al agente que lo escoltaba el tiempo suficiente para dedicarle a Flora una mirada.
«¿Dos alfas evaluándose mutuamente? —se preguntó D. D.—. ¿De depredador a depredador?». No era fácil descifrar a Flora, pero medio segundo después el grandullón apartó la mirada primero.
—Te gusta esto —murmuró D. D. cuando por fin divisó a Phil a las puertas de la sala asignada.
—Sí —dijo Flora por toda explicación.
—Todavía estamos revisando toda la documentación del caso —dijo Phil a modo de saludo.
Era el agente a cargo del caso, lo que explicaba por qué estaba en el juzgado.
D. D. pudo deducir por su expresión que le exasperaba su presencia.
En sentido estricto, los inspectores supervisores no necesitaban visitar las escenas del crimen ni las audiencias preliminares.
Y el hecho de que Flora fuera con ella tampoco ayudaba.
Los dos excompañeros de equipo de D. D., Phil y Neil, tenían sus propias opiniones sobre la justiciera, en gran parte influenciadas por cómo habían conocido a Flora: desnuda, maniatada, de pie sobre los restos carbonizados de un presunto violador; Phil y Neil llegando para arrestar... a alguien...