Ni una palabra (Warren & Quincy 1) CAPÍTULO 4 #3
12%

CAPÍTULO 4 #3

La enfermera cree que tengo frío. Teniendo en cuenta que estoy desnuda, es lógico.

Me trae el infame mono naranja, junto con unas bragas enormes.

Da un paso atrás mientras me pongo mi nuevo atuendo.

La ropa interior es horrible, como si unas bragas de abuela se hubieran apareado con unos calzoncillos de hombre.

El mono naranja también es demasiado grande y pica por culpa de los productos químicos agresivos que han usado para lavarlo.

Se me ajusta a la barriga, pero me queda enorme en la parte superior del cuerpo.

Los hombros me llegan a la altura de las orejas.

La longitud de las piernas está pensada para alguien que mide el doble que yo.

La enfermera se compadece de mí y me ayuda a remangar los bajos antes de que tropiece y me caiga.

Ya me han revisado todos los signos vitales. Descripción física, fecha de nacimiento, tatuajes identificativos. Los preliminares previos al evento principal.

Ya está hecho. Estoy en el sistema. Todavía no soy una prisionera, según me dicen, ya que estoy en el calabozo, algo temporal. Todo dependerá de lo bueno que sea mi abogado, Dick Delaney, y de lo que suceda en el juzgado dentro de apenas unas horas.

—Tendrás una celda para ti sola —me dice ahora la enfermera, tirando los guantes antes de coger su portapapeles—. ¿Cómo te sientes?

Hace un gesto con la cabeza hacia mi vientre redondeado.

—Cansada.

Ella duda.

—Tienes derecho a permanecer bajo supervisión médica. En caso de que te preocupe tu salud o la del bebé.

Tengo una sensación de déjà vu. El señor Delaney me hizo todas estas preguntas. Entonces no lo entendí. Ahora tampoco lo entiendo.

—Tu pulso está bien —dice ahora la enfermera, mirándome a los ojos—. Es sorprendentemente fuerte, teniendo en cuenta las circunstancias.

No tengo lágrimas. Solo un pozo sin fondo de angustia.

—Tus signos vitales son estables. Si yo fuera tú, me quedaría en la celda. Pero tienes tus derechos...

—¿Qué pasa en la supervisión médica? —pregunto finalmente.

—La enfermería está en una sala diferente. Es más bien... un hospital. Allí tendrías tu propia habitación, así como atención médica constante. ¿Estás deprimida? —pregunta de repente.

—Estoy cansada —repito.

—Si tienes alguna preocupación, algún pensamiento de hacerte daño a ti misma, a tu bebé...

—¡Nunca haría nada que pudiera dañar a mi hijo!

Ella asiente con la cabeza.

—Este lugar es ruidoso. Las tuberías, las paredes, las reclusas de las salas de arriba. Vas a oír ruidos durante toda la noche.

Sonrío; ya no queda mucha noche.

—Pero la enfermería... digamos que tiene su propio hilo musical. No hay demasiadas reclusas con lesiones físicas, sino más bien con lesiones mentales. Gritonas, como las llaman las demás reclusas. Pero, repito, si te preocupa tu bienestar o el de tu bebé...

Ahora lo entiendo. Piensan que voy a suicidarme. O que voy a matar al bebé. El señor Delaney y esta enfermera... no quieren que me convierta en un cargo de conciencia para ellos, aunque eso signifique que tenga que pasar noche rodeada de lunáticas esquizofrénicas.

—Estoy bien —repito.

Eso es todo. Una guardia entra en escena y me saca de la sala de exploración médica.

Tengo una bolsita con varios artículos de aseo: un cepillo de dientes transparente del tamaño de un meñique, un desodorante transparente, champú transparente y pasta de dientes blanca.

En los pies llevo las zapatillas blancas de suela plana más feas del mundo, pero al menos son cómodas.

La guardia me ha vuelto a poner las esposas en las muñecas.

El pasillo es amplio y frío. Los muros de hormigón son gruesos, pero la enfermera tiene razón: puedo escuchar los gemidos y quejidos de la imponente prisión que nos rodea.

Tuberías que retumban, maquinaria que ruge, murmullos lejanos de cientos, si no miles, de seres humanos enjaulados que tratan de sobrevivir otra noche.

Llegamos a una celda. Paredes de hormigón pintadas de color crema. Un inodoro de acero inoxidable, sin tapa. Un fino colchón de espuma con una sola manta beige.

No digo nada. Entro. Extiendo las muñecas. La guardia me quita las esposas.

Cierra con llave la pesada puerta metálica, con su ventana recortada desde la que pueden vigilarme en todo momento.

Me hundo en la dura cama. Levanto las piernas con las zapatillas aún puestas. Luego cierro los ojos y deseo que todo desaparezca.

Mi padre. Conrad. La preciosa Cambridge. La sacrificada Winthrop. Las decisiones tomadas. Los ciclos repetidos. Una y otra y otra vez.

Y ahora, creciendo con determinación en mi vientre, la próxima generación de tragedia.

Tengo que hacerlo mejor. Tengo que hacerlo mejor.

Sin embargo, estoy encerrada en una celda, esperando a ser acusada formalmente de asesinato...

No tengo respuestas. Solo notas lejanas de piezas de piano que no he tocado en al menos diez años.

Érase una vez una niña pequeña en una casa grande que quería tanto a su padre que estaba segura de que él nunca la abandonaría.

Pero lo hizo.

Y ahora esto.

Cierro los ojos y, acurrucada junto a mi bebé, intento dormir.