CAPÍTULO 4 #2
Crecí en una preciosa casa en Cambridge.
Una histórica vivienda al estilo colonial con molduras de madera oscura, una preciosa barandilla curvada y salientes ornamentados que remataban un ventanal en la parte delantera.
A mi madre le gustan las alfombras orientales de colores vivos, los sillones tapizados en seda y las mesas decorativas, sobre las que coloca decantadores de cristal tallado y bandejas de plata.
«No toques eso» fue una de las primeras frases que aprendí. A esta le siguió poco después: «No corras por la casa», «Péinate», «Mastica con la boca cerrada», «Siéntate recta», «No encorves la espalda».
Nunca se me llegó a decir «No avergüences a tu padre », pero era algo que daba por hecho.
Mi padre no era un profesor de Harvard cualquiera.
Cuando yo nací, ya se le consideraba una de las mentes matemáticas más brillantes de su generación.
Licenciado en Psicología, máster en Informática, doctor en Estadística.
Tenía títulos honoríficos de universidades de todo el mundo y su despacho estaba empapelado con una infinidad premios.
No nos limitábamos a cenar en casa; los viernes por la noche organizábamos partidas de póquer, en las que mi padre y sus colegas genios intercambiaban discursos sobre la teoría del caos, la minería de datos y la teoría de cuerdas, todo ello mientras competían para ver quién era capaz de contar las cartas.
Por lo que recuerdo, eran muy pocas las mujeres que asistían a esas veladas.
Había mujeres matemáticas, por supuesto, así como físicas, informáticas e ingenieras, pero no demasiadas.
O tal vez mi madre prefiriera no incluirlas en su círculo cercano.
¿Mujeres brillantes y exitosas codeándose con su marido?
No sé yo. Durante esa época, yo no era más que una niña.
Entendía que mi padre era un gran hombre.
Suponía, a juzgar por el tamaño de nuestra casa y del collar de perlas de mi madre, que llevábamos una vida que otros envidiaban.
Pasaba los días en un internado de élite donde mis profesores quedaban debidamente impresionados por mi inteligencia, pero tuve que darle a mi padre la triste noticia de que no era un prodigio de las matemáticas.
Tenía talento, eso sí. Había una posibilidad considerable de que llegara a comprender una parte de las conversaciones que escuchaba con avidez todos los viernes por la noche.
Pero mi padre, su mente, su intelecto... siempre fue y será un misterio para mí.
Me quería. Se enorgullecía de mis excelentes notas en el colegio.
Y se sentaba durante horas en la sala de estar, con los ojos cerrados, mientras yo tocaba temas de Bach, Mozart o Beethoven.
Decía que, cuando yo tocaba el piano, podía oír cómo brotaba la matemática.
Existe una enorme correlación entre las matemáticas y la música.
Así que, para mí, quizá las matemáticas no se encontraran en el aula.
Las matemáticas eran el piano, las notas, las escalas, los tonos que encontraba sin siquiera intentarlo y que tocaba obsesivamente día tras día.
Mi padre me decía que era brillante.
En aquellos días, sentada al piano de media cola en el salón principal, lo creía.
Tenía mi propia ala en la casa. Era una hija única en una vivienda construida para familias con ocho hijos y tres sirvientes.
Mis dependencias ocupaban la parte delantera del segundo piso, con un asiento cubierto de almohadas integrado en el ventanal que daba a la calle.
Las paredes estaban pintadas de color lavanda y tenía una cama con dosel de hierro forjado cubierta con metros de tela vaporosa.
Y un baño privado, por supuesto, por no mencionar otra habitación más pequeña, quizá pensada originalmente como cuarto infantil, que se había convertido en un vestidor con espejo empotrado y tocador.
Sin embargo, la sala de estar contigua era mi favorita.
Las estanterías cubrían las cuatro paredes, llenas de todo tipo de libros, desde Nancy Drew hasta composiciones musicales y novelas históricas.
Me encantaba leer sobre figuras distantes que vivieron en épocas remotas.
Sus padres nunca fueron genios de renombre mundial.
De hecho, en la mayoría de esas novelas, ambos padres habían fallecido.
Pero no había de qué preocuparse: la valiente heroína se las arreglaba por sí sola.
Tenía espacio más que suficiente para organizar fiestas de pijama y quedadas para jugar.
Pero, por alguna razón, los demás niños no querían pasar el rato con la hija de un profesor.
Sobre todo con una que se sentía más cómoda tocando el piano durante horas que participando en conversaciones corrientes.
¿Moda, cotilleos, música popular? En esos momentos me sentía como mi padre.
Deseaba que alguien sacara unas fichas de póquer y comenzara un debate sobre las diez ecuaciones matemáticas más útiles —a mi padre le encantaba la identidad de Euler, pero yo pasé muchos viernes por la noche escuchando apasionados argumentos en defensa de las diez opciones—.
A veces, mi madre organizaba pequeñas meriendas para madres e hijas, en las que ella y su cómplice me lanzaban miradas a mí y a la compañera que me hubiera sido asignada, esperando que nuestra incomodidad se disipara y nos lleváramos bien por arte de magia.
Lo que aprendí de esas meriendas fue que las otras madres temían a la mía y que nadie quería ser amiga de una chica tan extraña como yo.
Mi madre daba mucha importancia a las apariencias, lo que significaba que mis sábanas eran de algodón egipcio de la mejor calidad.
Cuando no llevaba el uniforme de cuadros del colegio privado, podía vestir prendas de Laura Ashley, Laura Ashley o, cómo no, Laura Ashley.
Mi madre consideraba que era demasiado joven para llevar perlas, pero me permitía ponerme un elegante colgante de plata y diamantes en forma de corazón que mi padre me había regalado por mi decimotercer cumpleaños.
A juzgar por la expresión de su rostro cuando abrí la caja de Tiffany, fue mi madre quien eligió en realidad el colgante, pero aun así abracé a mi padre con gratitud, y su barba me hizo cosquillas en la mejilla.
Él me devolvió el abrazo con entusiasmo.
Los genios son genios, ya sabes. No puedes esperar que desperdicien su intelecto en asuntos tan triviales como el regalo de cumpleaños de una hija.
Para eso están las esposas, como diría mi madre.
Si todo hubiera salido según lo previsto, habría asistido a Radcliffe, me habría casado con alguna joven promesa, tal vez incluso uno de los estudiantes de mi padre, y habría obtenido mi propio collar de perlas para lucirlo en una casa adosada de Cambridge, donde daría clases de piano o algo igualmente respetable.
Si todo hubiera salido según lo previsto.
—Ponte en cuclillas —dice ahora la enfermera.
Estoy desnuda. Me han quitado la ropa y se la han llevado, tal y como me dijeron, incluso la ropa interior. Estoy a solas con una enfermera que, dada mi prominente barriga, o tal vez la ausencia de marcas de agujas en mis brazos, se esfuerza por parecer amable.
Sigo teniendo esa sensación surrealista. Esta no puedo ser yo; esta no puede ser mi vida. Son las tres de la madrugada. Debería estar en casa. Con Conrad.
No sé qué hacer con las manos. ¿Cubrirme el vientre, tal y como llevo haciendo desde hace meses? ¿O los pechos desnudos? ¿El pubis descubierto? Me decido por el vientre. El resto de mi cuerpo ya parece haberse perdido para siempre.
«Solo un desafortunado accidente...».
Ella vendrá. Vendrá a por mí. Entonces comenzará la verdadera aventura.
—Cariño —dice la enfermera, colocándose el guante en la mano derecha—. Cuanto antes hagamos esto, antes podremos seguir con nuestras vidas.
Asiento con la cabeza. Me pongo en cuclillas. Ella inspecciona. Me da la siguiente orden. Me inclino lo mejor que puedo. Ella inspecciona.
No lloro. Nunca se me ha dado bien derramar lágrimas. Mi madre, en cambio, se pone histérica a la mínima. Hace dieciséis años, lloró lo suficiente por las dos. Pero yo... ¿en situaciones de estrés, pérdida, dolor extremo?
Nunca lloro.
Simplemente... me quedo vacía. Un pozo de angustia.
Ahora siento pena por mi bebé. Nunca crecerá en una impresionante casa colonial en la élite de Cambridge, ni siquiera en una humilde casa reformada en Winthrop.
Entonces me retracto. Porque si me declaran culpable de matar a Conrad, si esta vez voy a la cárcel, me quitarán a mi bebé cuando nazca. Y solo hay una persona a la que se lo podrían dar.
Entonces empiezo a temblar y no puedo parar.