CAPÍTULO 4
EVIE
Es más de medianoche cuando me llevan a comisaría.
Veo de reojo un monstruoso edificio de cristal; creo que he visto fotos en la televisión.
El agente me guía a través de un amplio vestíbulo y luego por un laberinto de pasillos.
Primera parada: huellas dactilares. No me las tomaron la primera vez.
Irónicamente, fue mi trabajo como profesora lo que me metió en el sistema.
Tuve que proporcionar un certificado de antecedentes penales para poder acompañar a los alumnos en las excursiones y actividades extraescolares.
Estaba nerviosa. ¿Y si al tomarme las huellas aparecía aquel incidente?
«Solo un desafortunado accidente», susurra mi madre.
Conrad me repetía que no me iba a pasar nada.
Solo era una cría y ni siquiera se presentaron cargos.
A fin de cuentas, eso fue lo que me salvó: no se presentaron cargos. Lo que significa que no tenía antecedentes penales. Por otra parte, tener un historial delictivo juvenil podría haberme salido caro.
Después de que me escaneen todas las yemas de los dedos en la máquina, el agente —Bob, tal y como lo han llamado— me lleva a una sala que parece sacada de un hospital donde una mujer con bata de laboratorio me frota ambas manos con una sustancia y luego utiliza una lima metálica para recolectar los restos de debajo de mis uñas.
—Voy a necesitar su ropa —informa al agente, que asiente con la cabeza como si no fuera ninguna sorpresa.
Si me quitan la ropa, ¿con qué me quedo? Pero nadie se molesta en decírmelo y yo no me atrevo a preguntar.
Estoy cansada. La tensión, la adrenalina, todo eso se va disipando. Ante todo, me siento como una mujer embarazada cuya hora de acostarse ha pasado hace rato, consciente de que la policía no solo me está arrestando a mí, sino también a mi hijo nonato.
Ni siquiera he conocido a mi bebé todavía y ya estoy llena de remordimientos.
Planta de arriba. Un nuevo piso con kilómetros de moqueta azul.
No tengo oportunidad de mirar a mi alrededor.
Mi escolta me lleva directamente a una pequeña habitación con dos sillas, una mesa y una pared con espejos.
Me doy cuenta de que es una sala de interrogatorios y no puedo evitar pensar que es mucho más agradable que las que se ven por televisión.
Entonces el agente Bob me sienta en la silla, me libera la muñeca izquierda de las esposas solo para volver a cerrar los grilletes alrededor de un anillo que hay en la mesa.
Cualquier impresión positiva que pudiera tener de esta sala se ha esfumado.
El agente Bob sale. «Al menos todavía conservo la ropa», pienso, y luego poso mi mano libre sobre mi vientre redondeado. Como si eso pudiera proteger a mi bebé de lo que va a suceder a continuación.
Se abre la puerta. Entra un señor mayor con el pelo castaño ralo.
Lleva una chaqueta deportiva marrón con motas doradas sobre una camisa azul claro y pantalones caqui con pliegues, el tipo de prenda que pasó de moda hace una década, pero que todavía siguen gustando a las personas de cierta edad.
Tiene una cara agradable. Seria, pero no agresiva.
No es el policía malo, sino más bien la figura paterna estricta.
Me alegro de no reconocerlo. Entonces me pregunto si lo han elegido porque, teniendo en cuenta mi historial, una figura paterna severa es el enfoque más adecuado.
—¿Evelyn Carter? —pregunta—. Soy el inspector Phil LeBlanc.
Tengo el ridículo impulso de saludar con la mano, fruto de años de adiestramiento social. Me limito a asentir ligeramente con la cabeza.
—Está usted embarazada ¿verdad? —dice.
Vuelvo a asentir.
—¿Puedo ofrecerle algo? ¿Un vaso de agua? ¿Una tónica? A mi mujer le encanta la tónica.
Sin duda, es un padre preocupado. Le sonrío. No puedo evitarlo. Él no lo entiende. Nunca lo entendieron. Y ahora... Mi bebé. Mi pobre hijo que aún no ha nacido.
—Me gustaría hacer mi llamada —digo—. Y no diré ni una palabra más hasta que la haga.
Hay dos personas a las que podría llamar.
La opción A es la más obvia, pero también la llamada que no me atrevo a hacer.
La opción B informaría a la opción A de la situación de todos modos, así que tampoco importa.
Además, la opción B era el mejor amigo de mi padre.
Tiene muchas razones para dudar de mí, y por eso confío más en él.
No parece sorprendido de recibir mi llamada en mitad de la noche. ¿Es por su trabajo o porque me conoce demasiado bien? Le cuento lo que ha sucedido esta noche, al menos lo esencial. Que han matado a Conrad y que yo estoy bajo custodia policial.
—¿Te han arrestado? —me pregunta por teléfono Dick Delaney, uno de los mejores abogados penalistas de Boston.
—Creo que sí.
Los acontecimientos de los últimos meses —y de las últimas horas, qué demonios— empiezan a hacer mella en mí, hundiéndome hasta que ya nada parece real.
La primera vez no me esposaron. No me metieron en un coche patrulla, no me llevaron a comisaría para tomarme las huellas dactilares, procesarme e interrogarme.
No entiendo estos pasos. Es como ver una película antigua a la que le han cambiado el argumento.
No sé cómo termina esta historia.
—¿Dónde estás? —pregunta el señor Delaney.
—En la comisaría.
—¿Qué les has dicho?
—Nada.
—Pues sigue así. ¿Están investigando la escena del crimen ahora?
Asiento con la cabeza, pero luego recuerdo que tengo que hablar.
—Sí. Me han tomado las huellas dactilares. Y me han hecho un frotis de manos. Sangre. Tenía sangre en las manos.
—Probablemente para analizar la sangre y buscar restos de pólvora —murmura el señor Delaney, aunque parece que habla más consigo mismo que conmigo—. ¿Qué tal te encuentras?
—Estoy cansada.
—¿Te duele algo? ¿Necesitas asistencia médica? ¿Cómo está el bebé?
—Estoy bien.
—Puede que sufras una conmoción. Quizá sea recomendable que te examine un médico.
—Estoy bien —repito.
Quizá esa no sea la respuesta correcta. Quizá esté tratando de decirme algo que yo no soy capaz de entender, porque se queda callado durante un minuto o dos.
—Evie, vas a tener que pasar al menos una noche en prisión.
No sé cómo procesar eso. Una vez más, el argumento de esta película es totalmente erróneo. Ya he pasado por los tiroteos, la sangre, el horror y la pérdida.
Las consecuencias no deberían ser estas.
—Es de noche —dice el señor Delaney—. No hay nada que hacer hasta mañana, cuando se presenten formalmente los cargos contra ti ante el tribunal.
Entonces se procederá a una lectura de cargos.
Yo estaré allí para representarte y, con suerte, conseguir que te dejen en libertad bajo fianza.
Pero, repito, todo esto tendrá que esperar hasta mañana.
—Quieren mi ropa —me oigo decir—. ¿Pueden quitarme la ropa?
—Sí. Van a intentar interrogarte, Evie. Tu trabajo es no decir nada.
Luego, te llevarán a la cárcel del condado, donde pasarás la noche.
Teniendo en cuenta la gravedad de los cargos, te mantendrán en aislamiento.
Pero te procesarán formalmente. Te quitarán tus pertenencias personales y las registrarán.
No tengo nada. Me doy cuenta de ello en este instante. Me he quitado el abrigo y he dejado el bolso. No tengo mi teléfono móvil. Ni siquiera mi cartera. Siento cómo me invade la histeria.
—Te quitarán la ropa como prueba —continúa el señor Delaney—, y se la entregarán a un agente que la estará esperando.
Mi escolta, el agente Bob.
—A cambio, te darán un mono naranja.
No digo nada, pero siento que una risita vuelve a brotar en lo más profundo de mi garganta.
Un mono de preso. Como en Orange Is The New Black.
Seré la chica nueva, carne fresca, hasta que me gane su confianza con mi triste historia.
Y tendré una nueva compañera de celda, lesbiana y muy molona.
O tal vez yo sea la tía fuerte, la que proteja a alguna criaturita delicada y frágil.
Después de todo, ya llevo dos tiroteos en mi palmarés.
Puedo tatuarme dos lágrimas en la mejilla y pavonearme por el patio de la prisión con mi enorme barriga de embarazada. Echaos a un lado, zorras.
No estoy bien. Voy a empezar a reírme. Y, una vez que lo haga, no podré parar.
Mi pobre bebé. Ay, mi pobre bebé.
Conrad.
El señor Delaney promete reunirse conmigo en el juzgado. Me recuerda que no diga nada. Me dice que tengo derecho a que me vea un médico, así como el derecho a hablar con mi abogado en cualquier momento.
—Vas a salir de esta —me dice con delicadeza—. Sé fuerte. Sé inteligente.
¿Como la última vez?
Cuando termina la llamada, vuelve el policía mayor. Me mira con decepción. Le he arruinado el interrogatorio, he demostrado que no soy nada divertida.
Entonces regresa el agente Bob, me libera de la mesa y nos vamos. Destino: cárcel del condado de Suffolk.
Me siento en la parte trasera del coche patrulla.
Los ojos se me cierran por el cansancio.
Conrad y esa sonrisa que esbozó al verme por primera vez.
Conrad y esos dedos temblando mientras intentaba deslizar la sencilla alianza de oro por mi dedo en el juzgado.
Conrad y esa mirada en su rostro mientras ambos contemplábamos con escepticismo la prueba de embarazo.
Conrad, desplomado en su silla de escritorio, con media cabeza desparramada por la pared.
Mil momentos. Cien recuerdos. Algunos que me parecieron perfectos. Otros que fueron errores, ahora lo sé. Y, sin embargo...
Me quería , y mi mano vuelve a acariciar mi vientre. No es solo mi bebé, es nuestro bebé. Lo mejor de ambos, o al menos eso es lo que todos los padres esperan.
Incluso mis padres, hace mucho tiempo.
El coche patrulla frena, reduce la velocidad, gira y se detiene. A través de las ventanas no veo nada más que el resplandor de un millón de luces. De esas diseñadas para robarle todos los secretos incluso al alma más pura.
Centro Penitenciario de South Bay.
Hemos llegado.