CAPÍTULO 3 #2
—Claro. Soy un parroquiano —dice Jacob, y ambos se ríen, aunque yo no pillo el chiste.
—Estoy de viaje de negocios —explica el hombre—. Ventas. Es una buena excusa para recorrer mundo, ya sabes.
—Mientras tu mujer no se entere —sugiere Jacob.
—Sí. ¿Seguro que no le importa? —El hombre mueve la cabeza hacia mí.
Se me enciende otra luz de alarma.
—Qué va. Mi chica es buena chica. Hace lo que se le dice. —Jacob se gira hacia mí bruscamente—. ¿No es así, Molly?
Aparto la mirada. No digo nada.
Entonces lo entiendo. O, al menos, tengo una ligera idea de la amenaza que se cierne sobre mí.
Jacob ya ha intentado antes que ligue con otros hombres en bares, para poner a prueba mi nivel de obediencia.
Siempre conseguí evitarlo. Porque entendía, en lo más profundo de mi ser, que aunque Jacob se divirtiera obligándome a estar con otra persona, nunca volvería a aceptarme.
Y no porque fuera el malvado Jacob Ness, sino porque es un hombre. Y ningún hombre quiere mercancía usada.
Pero hay algo que todavía no entiendo. Antes, los hombres eran desconocidos, tal vez un vaquero que me miraba desde el fondo del bar.
En cambio, este hombre se ha acercado directamente a nosotros.
Y por la forma en que Jacob lo ha recibido, por cómo interactúa con él...
, es casi como si esperaran encontrarse.
¿Qué ha hecho Jacob? ¿Qué le ha prometido a este supuesto desconocido?
Termino con las palomitas y cojo mi cerveza. Se acabó lo de beber a sorbos. Me la termino de un trago. Ahora estoy desesperada. Trato de pensar rápido, aunque quizá no es lo bastante rápido.
El hombre nos invita a una segunda ronda. Jacob no protesta, aunque me mira con recelo.
Nachos. Pasa un plato repleto de queso fundido y crema agria. Lo sigo con los ojos muy abiertos, sin decir una palabra. El desconocido pide un plato enseguida. Jacob me da un codazo en el muslo. Lo miro con cara de inocente y doy un último trago a mi segunda cerveza.
Entonces nos ponemos manos a la obra. Comida.
Bebida. Jacob y el otro hombre hablan en voz baja sobre cosas que no puedo oír y que no me importan.
Puede que Jacob sospeche algo, pero es un adicto a la comida rápida, y los nachos, las minihamburguesas y las alitas de pollo —todo a cargo de nuestro nuevo compañero— no se pueden dejar pasar.
Pero el nuevo no parece tan nuevo. Y Jacob, que nunca interactúa con nadie, no deja de hablar, reír y darle palmadas en la espalda al hombre.
Come. Bebe. Más rápido, más rápido, más rápido. No queda mucho tiempo. Lo que va a pasar, pasará pronto. El hombre me está mirando, con los ojos casi tan brillantes como los de Jacob.
El camarero enciende las luces. Hora de cerrar. Nuestro nuevo amigo saca la cartera. Suelta un billete de cien dólares con la misma naturalidad con la que soltaría uno de diez. La sonrisa de Jacob se ensancha.
Se acabaron las cervezas, los nachos, las alitas, las palomitas. Me duele el estómago. Me tiemblan las piernas. Jacob me agarra del brazo, me arranca a la fuerza del taburete y me dirige hacia la puerta. El hombre viene justo detrás.
Vamos, vamos, vamos.
Noto un ligero destello de sudor en la frente. Dudo, intentando arrastrar los tacones aunque sé que no debo hacerlo. Jacob me clava los dedos en el brazo raquítico y me lanza una mirada que promete un castigo mayor si no cambio mi actitud. Ahora mismo.
Zorros. Caimanes. Playas de Florida. Tan lejos de casa. Jacob es la persona más malvada que he conocido. Todos los hombres son iguales.
Jacob me empuja hacia el aparcamiento, junto a un vehículo que no es el suyo. El viento nocturno toca mis brazos desnudos, mi frente sudorosa. Entonces por fin ocurre, gracias al cielo. Lo que he estado planeando, esperando...
Me giro y, en un movimiento de extrema belleza, vomito sobre el nuevo amigo de Jacob.
—¡Dios mío! —El hombre da un salto hacia atrás.
No se salva. Siete días de inanición seguidos de tres horas tragando sin parar. Doy un paso hacia delante y le vuelvo a atacar con un espeso chorro de comida apenas digerida.
Se forma un corillo de curiosos. La gente se queda boquiabierta. Apenas me doy cuenta; caigo de rodillas, arcada tras arcada sobre el asfalto caliente. Me duele el estómago y siento la amarga bilis acumulándose en mi garganta. Pagaré por esto. Ya lo creo, de mil maneras diferentes.
Pero, ahora mismo, el hombre abre los ojos de par en par, fruto de la repugnancia. Luego se da la vuelta y se aleja apresuradamente...
Jacob tiene sus juegos. Pero yo puedo rebelarme. Puede que él siempre gane, pero todavía no me ha doblegado del todo.
—No pasa nada, tranquilos —anuncia Jacob a la gente que se agolpa—. Si es que no sabe beber. Venga, no es la primera vez que veis a alguien vomitar. Seguid con lo vuestro.
Me agarra del brazo. Estoy temblando sin control, no tengo fuerzas ni para mantenerme en pie.
Pero el supuesto desconocido se ha ido. La amenaza inmediata ha pasado.
Ahora solo me queda Jacob.
—¡Lo has hecho a propósito! —me gruñe al oído.
—Tuve que hacerlo. La idea de dejarte... Por favor. Has estado fuera una semana. Solo quiero estar contigo. Solo contigo.
Entrecierra los ojos y me mira fijamente.
—Zorra —dice, pero ya no hay ira en su voz.
Me levanta. Me apoyo pesadamente en él. Al cabo de un momento, me rodea con el brazo.
Y sobrevivo una noche más.
Seis años después. Cambridge, Massachusetts.
Sigo de pie en la cocina de mi apartamento.
Las imágenes del rostro del marido asesinado aparecen, desaparecen y vuelven a aparecer en la pantalla al otro lado de la habitación.
Les siguen instantáneas de su mujer, del exterior de su casa, de kilómetros de cinta policial amarilla.
Estoy temblando. Igual que temblé aquella noche, hace tanto tiempo.
Aprieto el puño y me obligo a concentrarme. Inspiro hondo, espiro poco a poco. Jacob se ha ido. Jacob está muerto. Jacob no podrá hacerme daño nunca más.
Al hombre de la televisión, Conrad Carter, no lo volví a ver después de aquella noche. Y ahora él también está muerto. Le doy las gracias a su mujer por ello.
Me invaden tantos pensamientos a la vez que tengo que agarrarme a una silla para no caerme.
Me cuesta lo suyo, pero por fin consigo mover las piernas. Cojo mi móvil de la mesa del salón. Hago una llamada.
—Samuel, soy yo. ¿Recuerdas que te dije que te contaría lo que pasó con Jacob una sola vez y que luego nunca más volvería a hablar de ello? Te mentí.