Ni una palabra (Warren & Quincy 1) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

FLORA

Entreno todos los días. Corro. Voy a varios gimnasios al aire libre instalados a lo largo del río Charles para entusiastas del fitness como yo.

Dominadas en barra. Fondos de tríceps en bancos de madera.

Flexiones de rodillas, giros de cadera, elevaciones de gemelos, aperturas de pecho, zancadas, zancadas y más zancadas.

No importa si es diciembre con una temperatura bajo cero, si llueve o si hace un calor abrasador.

Soy una mujer que necesita su dosis de serotonina mañanera igual que otras personas necesitan su café con leche doble con espuma.

La verdad es que, como muchos supervivientes, he aprendido por las malas a ignorar las molestias físicas. Básicamente, después de cierto tiempo pasando hambre, recibiendo palizas y aislada, puedes aprender a ignorar casi cualquier cosa.

Es cierto eso de que lo que no te mata te hace más fuerte.

Lo que nadie te dice es que hacerse fuerte conlleva un precio.

Después de mi prueba de resistencia mañanera, regreso a mi pequeño apartamento de una habitación.

También tengo múltiples cerrojos y unos caseros muy mayores y amables que me cobran solo una fracción del alquiler habitual.

Gano algo de dinero trabajando en la pizzería del barrio, pero no es mucho.

Sin embargo, cuento con un fondo que mi madre creó cuando regresé a casa.

Ahí recibía cheques, algunos grandes, otros pequeños, que me enviaban completos desconocidos que se compadecían de mí.

Al principio, odiaba ese dinero. Después de todos estos años, sin título universitario ni planes de futuro, me está viniendo de perlas.

Aun así, intento utilizarlo con moderación.

No durará para siempre y, de momento, mi única vocación —ayudar a otros supervivientes— es más bien un trabajo no remunerado.

Ah, y ahora soy informante de la sargento D.

D. Warren, y aprovecho mi inteligencia callejera para ayudar a resolver crímenes.

Resulta que eso tampoco me reporta ningún beneficio económico. Qué sorpresa.

Me ducho. Me tomo un buen rato. La limpieza, después de tantos meses revolcándome en mi propia mierda, lo es todo para mí. Después de la ducha, viene el café.

Enciendo la televisión. Veo las noticias locales, porque eso forma parte de mi rutina mañanera. Personas desaparecidas, novedades sobre casos delictivos nacionales, ese tipo de cosas, por mucho que a mi madre le pese. Pero, seis años después, hemos aceptado que cada una tiene su opinión.

No miro la televisión; los reporteros son más bien un ruido de fondo mientras exploro mi pequeña cocina en busca de algo de comida que no encuentro, porque mi madre lleva un tiempo sin venir desde su granja en Maine para cocinarme algún plato.

Sus visitas me aterrorizan, y a la vez las echo de menos.

Mi madre luchó por mí. Me fui a Florida, una estudiante universitaria de Boston estúpida e ingenua, cautivada por el potencial ilimitado de las vacaciones de primavera.

Me emborraché. Me secuestraron. Y durante los siguientes cuatrocientos setenta y dos días, mi madre y mi hermano pasaron por un infierno, aparecieron en programas de noticias y organizaron grandes campañas en las redes sociales para suplicar que me devolvieran a casa sana y salva.

Entonces, cuando eso sucedió...

Creo que todos estamos de acuerdo en que la Flora que se fue a Florida no es la misma Flora que regresó.

Mi hermano, Darwin, acabó marchándose a Europa.

Le dolía demasiado estar cerca de mí. Mi madre, en cambio, está hecha de otra pasta.

Incluso después de todos estos años, sigue convencida de que su niñita del alma, la que correteaba por los bosques de Maine y domesticaba a los zorros, sigue estando en algún lugar de mi interior.

Admiro el coraje de mi madre. Todavía no sé qué pensar de su optimismo. Aunque ahora mismo echo mucho de menos sus magdalenas con arándanos.

A mi espalda, la televisión habla de un asesinato.

Una mujer embarazada mató a tiros a su marido anoche.

Mientras manipulo mi cafetera, atisbo cierta justicia filosófica.

Me alegro de que la mujer embarazada haya salido ganando por una vez.

Es lo primero que pienso, después de años y años en los que los homicidas son los maridos infieles que asesinan a sus esposas embarazadas solo para evitar pagar la pensión alimenticia y la manutención de los hijos.

No es hasta que el café está filtrado cuando me giro y presto atención a mi pequeña televisión de pantalla plana, colocada en el armario de la pared del fondo.

Y empiezo a temblar. Mis manos, mis hombros, todo mi cuerpo. El suelo ha atrapado mis pies. No puedo moverme. Me quedo clavada en medio de la cocina, temblando sin parar.

Puro terror. De una mujer que se supone que ya no debería sentir esas emociones.

Un hotel barato. Un vestido de tubo rosa chillón demasiado ajustado que apenas se mantiene en su sitio. Jacob abofeteándome.

—Estate quieta. Joder, tienes un aspecto horrible. ¿Así es como me demuestras tu agradecimiento? Vuelve al baño e inténtalo de nuevo.

Hago lo que me dice y me retiro al baño mugriento, donde me quedo mirando mi reflejo en el espejo.

Mis órdenes son «tener un aspecto que provoque que uno se alegre de volver a casa».

Tengo las mejillas hundidas. Los ojos amoratados.

Jacob me dejó en este motel barato hace días, puede que incluso una semana.

Sin nada que comer. Sin nada que beber excepto agua del grifo.

Al principio, esperaba que volviera en cualquier momento.

Al final, acabé acurrucada en el suelo, medio inconsciente por el hambre.

Ahora Jacob ha regresado. Así, sin más. Sin bolsas con comida. Solo ha traído este horrible vestido y la orden de que vamos a salir. Ya. «Arréglate, das pena».

Me esfuerzo por levantarme lo suficiente como para golpear el grifo flojo. Sigo estando débil por la falta de nutrientes y apenas consigo moverme, pero no puedo desobedecer las órdenes de Jacob.

Me quito la ropa, hago lo posible por enjuagarme los brazos huesudos y la piel sudorosa con una toalla húmeda. Me froto el cabello encrespado con una barra de jabón. Solo tengo una toalla de mano para secarme. Luego me pongo un vestido digno de una prostituta.

Esta vez, cuando salgo del baño, Jacob emite un gruñido en señal de aprobación. Lo sigo a través de la puerta.

No sé a dónde vamos, pero seguro que es mejor que este motel.

Palomitas recién hechas. Las huelo en cuanto entramos en el lúgubre restaurante, y mi estómago ruge.

Por suerte, una gramola cubre el sonido con canciones de Montgomery Gentry a todo volumen.

No estoy segura de en qué ciudad estamos.

¿Quizá en algún lugar de Alabama? Solo me dejan salir de mi caja por la noche, así que no veo nada durante los largos tramos de carretera.

Pero estamos en algún lugar rural. Los lugareños, vestidos con vaqueros ajustados, botas gastadas y mucha más ropa que yo, se arremolinan alrededor de las mesas de billar, comparten tragos, beben cerveza y comen palomitas gratis a puñados.

Mi estómago vuelve a rugir. Me lo cubro con la mano, avergonzada, pero Jacob se limita a reírse. Sus ojos brillan demasiado. Está colocado, lo que hace que sea más peligroso.

No se ha molestado en asearse. Su escaso cabello cae como una capa grasienta sobre su rostro brillante. Los botones de su camisa de estilo cowboy se tensan alrededor del bulto de su estómago hinchado, que se hace más evidente si cabe por culpa de sus delgados brazos y piernas.

Antes no sabía que existían hombres como Jacob Ness.

Antes pensaba que la vida era justa y que ser buena significaba que siempre estaría a salvo, segura y rodeada de mis seres queridos.

Luego me fui de vacaciones de primavera; me divertí demasiado bebiendo chupitos en un bar de Florida con mis amigos de la universidad. Y ahora mírame.

Jacob encuentra un sitio en la barra, me indica con un gesto que me siente y se queda detrás de mí. Protector, se podría llegar a pensar. Posesivo. Pide dos cervezas. Una para él y otra para mí. Un derroche de generosidad poco habitual.

Cojo mi cerveza y bebo un sorbo, nerviosa.

Palomitas. Servidas en un recipiente de cuadros rojos y blancos. Todo mi cuerpo se tensa, pero no hago ningún movimiento; miro a Jacob, ya conozco las reglas.

Él asiente con la cabeza. Cojo unas cuantas palomitas. Calientes y saladas. Quiero devorar todo el cuenco, vaciar el contenido en mi boca. Me contengo justo a tiempo. Si actúo de forma impulsiva, si llamo la atención... Me obligo a ir más despacio, comiendo las palomitas de dos en dos.

Crujido, crujido. Delicia salada. Cierro los ojos...

Y por un momento, podría volver a ser una niña pequeña, sentada en la cocina de mi madre, balanceando las piernas, esperando a que la palomitera terminara de preparar nuestra merienda después del colegio: —Darwin ¿qué vamos a hacer hoy...?

Cuando vuelvo a abrir los ojos, veo a un tipo junto a Jacob que me está mirando fijamente.

Jacob le hace un gesto con la cabeza al hombre. Casi parece... agradable. Ni siquiera protesta cuando el hombre se sienta en el taburete de al lado y pide una cerveza.

Cojo otro puñado de palomitas. Tengo que controlarme. Ya he aprendido que comer demasiado rápido después de días de ayuno haría que vomitase. Jacob me matará si vomito en público. Pero el hombre que se ha sentado a nuestro lado sigue sin quitarme los ojos de encima.

Y Jacob sigue permitiéndoselo.

Algo horrible está a punto de suceder. Lo sé aunque no lo entienda.

Un sorbo de cerveza. Pero solo un sorbo. Ahora estoy en guardia, tratando desesperadamente de prestar atención a lo que está pasando.

—Tu novia es muy delgada —dice el hombre.

Jacob se encoge de hombros.

—Las mujeres de hoy en día... Creen que si son más gruesas que una hoja, están gordas.

Una única palomita. La cojo. Mastico, mastico, mastico.

—¿Vienes aquí a menudo? —pregunta el hombre.