Ni una palabra (Warren & Quincy 1) CAPÍTULO 2 #3
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CAPÍTULO 2 #3

—La gente del barrio no tiene nada malo que contar.

La pareja compró la casa hace cuatro años.

Han estado arreglándola poco a poco, cuando el tiempo se lo permitía.

Al parecer, a Evelyn le gustaba trabajar en el jardín durante el verano.

Saludaba a los vecinos cuando pasaban, pero no era precisamente una persona habladora.

« Callada», ese es el término en el que coinciden los vecinos .

Conrad, por su parte, era el más sociable de los dos.

Era mucho más propenso a entablar conversación.

En cualquier caso, los agentes no tienen constancia de ningún vecino al que hubieran invitado a cenar, a barbacoas ni a tomar algo.

Nadie se lo tomaba como algo personal, ya que se daba por hecho que los Carter eran una pareja joven y muy ocupada.

—Así que todo apunta a que era una pareja feliz.

—No hay denuncias por violencia doméstica ni altercados.

—Cuando arrestaron a Evelyn, ¿presentaba signos de confrontación física con su marido?

—No tenía ninguna marca.

—Eso descarta la legítima defensa.

—Pero no el síndrome de la mujer maltratada —señaló Carol—. Hay hombres que saben golpear sin dejar marcas, y si era algo habitual...

—Nunca se sabe lo que ocurre de puertas para adentro —coincidió D.

D., pensando en aquella primera escena del crimen, la majestuosa casa colonial de Cambridge, el salón principal impecablemente decorado.

Ella era una inspectora novata. ¿Se había dejado engañar para ver solo lo que querían que viera?

Ahora señaló la pared ensangrentada que tenía delante.

—Háblame del cuerpo del marido. Tres disparos, ¿correcto?

—Dos en el pecho y uno en la cabeza. Las balas del cuerpo se alojaron en la caja torácica, probablemente tras rebotar en las costillas. El disparo a la cabeza presenta orificios de entrada y salida.

Lo cual explicaría el estado de la pared y el hedor persistente en la habitación.

—¿Disparos a corta distancia? —preguntó D. D.

—Todavía estamos trabajando en las trayectorias, pero sí, las marcas alrededor de las heridas de entrada sugieren una distancia de aproximadamente medio metro.

D. D. observó la habitación, la distancia entre la puerta y la silla de escritorio.

—La silla tenía que estar mirando hacia la puerta, ¿verdad?

—Sí.

—¿No hay heridas defensivas en las manos, ningún indicio de un altercado previo?

—Negativo.

—Evelyn coge la pistola del dormitorio —pensó D. D. en voz alta—. La carga con la munición del armario.

—Encontramos la caja de zapatos con la munición abierta sobre la cama. Había balas sueltas junto a ella.

—Entra en el despacho, puede que llamara a su marido.

—Él se da la vuelta en su silla —completó Carol.

—Ella se acerca y abre fuego. En un pestañeo. Tiene que ser así, porque él ni siquiera tuvo tiempo de levantar la mano. Solo dice: «Hola, cariño» y luego, pum, pum, pum.

—O: «Cabrón». Pum, pum, pum.

—Algo así —asintió D. D—. Tres disparos. Los suficientes para asegurarse de que el trabajo está hecho, pero no tantos como para que se tratara de un crimen pasional. Eso se lo reservó al portátil. —D. D. frunció el ceño—. Me encantaría saber qué había en ese ordenador.

Carol se encogió de hombros.

—¿Qué podría motivar a una mujer a matar a su marido?

¿Porno? ¿Correos electrónicos de una amante?

¿Adicción al juego en línea? Hay muchas cosas que justificarían acribillar a un marido y a su ordenador portátil.

Joder, puede que él estuviera enganchado a los videojuegos; o que ella estuviera alterada por las hormonas del embarazo.

D. D. miró a la inspectora. Era obvio que no tenía hijos.

—Si las hormonas del embarazo provocaran homicidios, no quedaría ningún marido con vida. Además, tú misma lo has dicho: Evelyn sabía lo que hacía cuando disparaba, y después se mostró tranquila y cooperativa. No se trataba de una mujer fuera de control. Aquí hay algo más. Algo que no vemos.

—¿Cómo era hace dieciséis años? —preguntó Carol.

—Joven y traumatizada. Me sorprende que, después de una tragedia como esa, permitiera que hubiera un arma en su casa.

Una pensaría que querría mantenerse lo más lejos posible de las armas de fuego.

Y sin embargo... —Miró a Carol—. Dos disparos en el torso, uno en la cabeza, doce al portátil.

A una distancia tan corta que sería imposible fallar...

—Diría que no es la primera vez que dispara —asintió Carol—. Quizá trató de enfrentarse a sus miedos o algo así. Después de lo que pasó con su padre, quiso asegurarse de no volver a tener otro «accidente». ¿Puede que fuera a clases de tiro o a alguna galería de práctica.

—Vale la pena investigarlo. ¿Le han analizado las manos en busca de residuos de pólvora?

—Por supuesto. Dieron positivo. Por no hablar de las manchas de sangre que encontramos en su ropa y, sobre todo, en sus manos.

—Fue ella —afirmó D. D.—. Evelyn Carter mató a su marido a tiros.

—Caso cerrado. La policía respondió a un aviso por disparos. La encontraron de pie en lo alto de las escaleras, con la SIG en la mano. No se molestó en negarlo siquiera.

—La policía entró en la casa por la fuerza. ¿Por qué?

—Oyeron más disparos.

—Pero el aviso inicial fue por una llamada por parte de los vecinos. ¿Cuánto tiempo tardó la policía en llegar?

—Ocho minutos.

D. D. ladeó la cabeza.

—Entonces, ¿disparó quince veces en ocho minutos? —Miró a la inspectora.

Carol se limitó a encogerse de hombros.

—Todavía estamos recopilando datos. Pero mi hipótesis es que la primera ronda de disparos fue Evelyn matando a su marido. Con la segunda, cuando llegó la policía, destruyó el ordenador.

—¿Y se tomó una pausa entre medias? ¿Qué estaba haciendo?

—Quién sabe. ¿Eliminando archivos del ordenador, tal vez? ¿Intentando ocultar algo? Cuando escuchó las sirenas, se dio cuenta de que tenía a la policía encima... y decidió adoptar un enfoque más definitivo.

«Es posible —pensó D. D.—, pero también es pura conjetura».

—¿Trataba de encubrir algo? —murmuró, más para sí misma que para su interlocutora—. ¿O hizo una copia de seguridad?

—¿Qué quieres decir?

—Está claro que el portátil contenía algo importante.

¿Quería destruirlo sin más o quería recuperar alguna información?

La dirección de correo electrónico de la supuesta amante de su marido, por decir algo.

Pero ocho minutos... No se tarda ocho minutos en eliminar archivos o apagar un ordenador.

Sin embargo, se podrían tardar ocho minutos en hacer una copia de seguridad.

Carol asintió.

—De acuerdo. Lo comprobaré. Si hizo una copia, tuvo que haber utilizado una memoria USB. No llevaba nada encima cuando la procesaron en South Bay. ¿Quizá la escondió en casa? Echaré un vistazo.

—Hay algo más que debes saber: el padre de Evie, el profesor de Harvard, tenía memoria fotográfica. Parte de su éxito como académico se debía a eso. Solo tenía que mirar algo una vez y retenía la imagen para siempre.

—¿Quieres decir que Evelyn...?

—Quizá no necesitara hacer una copia de seguridad. Quizá solo tuvo que mirar.

—Maravilloso —murmuró Carol.

D. D. sonrió.

—No hay nada de qué preocuparse, ¿verdad? Como tú has dicho, el caso está cerrado.

Carol volvió a murmurar. Esta vez, no fue maravilloso la palabra que salió por su boca.

D. D. dejó a la inspectora para echar un nuevo vistazo a la escena del crimen. Acababa de salir de la casa cuando se fijó en la persona que estaba al otro lado de la calle. Una mujer solitaria. Pelo rubio. Ojos grises. Complexión engañosamente delgada.

Flora Dane. Una vez fue víctima de secuestro.

Ahora, hacía las veces de defensora de los supervivientes/justiciera.

También era la nueva informante confidencial de D.

D. Hacía solo un mes, habían trabajado juntas para encontrar a una chica de dieciséis años que había desaparecido tras el asesinato de toda su familia, aunque «trabajar juntas» era una expresión que costaba aplicar tanto a D. D. como a Flora.

D. D. miraba al otro lado de la calle con el ceño fruncido.

—¿Qué? —preguntó en voz alta. Porque Flora solía ir acompañada de un montón de problemas.

Flora no se acercó. Cambiaba el peso de un pie a otro, encogida dentro de su abrigo de plumón excesivamente grande. Si D. D. no la conociera tan bien, diría que la joven parecía nerviosa.

Pasó un rato. D. D. suspiró y cruzó la calle.

Flora miraba fijamente la casa de los Carter, como si tratara de diseccionar todo su contenido a través de las paredes exteriores.

La chica tenía muchos talentos, como forzar cerraduras y provocar incendios químicos, pero D.

D. no creía que la visión de rayos X estuviera en la lista.

—¿Qué? —preguntó D. D. de nuevo.

—Vi su foto en las noticias.

—¿Te refieres a la víctima? ¿Conrad Carter?

—¿Su mujer le disparó?

—Eso parece. ¿Por? —preguntó D. D.—. ¿Conoces a Evie?

Flora dirigía un grupo de apoyo para supervivientes. Quizá, tras matar a su propio padre, así era como Evelyn se veía a sí misma. Todo era posible.

—No. A ella no. A él. Lo reconocí. —Flora la miró y D. D. supo que su informante, pese a su característica dureza, estaba nerviosa—. Lo conocí una vez. En un bar. Cuando estaba con Jacob.

Jacob Ness era el hombre que había secuestrado y violado a Flora durante cuatrocientos setenta y dos días. Murió seis años atrás, durante la redada que el FBI llevó a cabo para rescatarla.

D. D. volvió a tener esa sensación. La sensación de saber que no sabía lo suficiente. Evie Carter había reaparecido en su vida, y eso le iba a pasar factura.

—Flora...

—Jacob lo conocía —susurró su informante. Flora clavó en D. D. sus ojos grises y severos—. Conrad Carter. Jacob Ness. Creo... Estoy segura de que se conocían.