CAPÍTULO 2 #2
La madre se había quedado en el salón principal.
Una habitación gigantesca que a D. D. le había parecido extrañamente fascinante.
Había oído hablar de cosas así, pero ver una en persona era otra cosa...
Los Hopkins vivían en una hermosa casa colonial histórica en Cambridge, acorde con la posición del padre como profesor de Harvard.
Perfectamente cuidada, todo en su sitio.
Exceptuando, claro, la escena del crimen en la cocina.
¿Había influido eso en D. D.? ¿La vivienda de clase alta? ¿La madre peripuesta? ¿La sospechosa de dieciséis años, conmocionada, con sus delgados hombros temblorosos?
La madre, que fue interrogada por separado en el salón principal, corroboró todo lo que su hija declaró.
Habían comprado la escopeta hacía poco como respuesta a la oleada de robos en la zona.
El padre se la estaba enseñando a su hija.
Ella la tomó, tratando de averiguar cómo vaciar la recámara, cuando el arma se disparó y alcanzó a su padre en el pecho prácticamente a quemarropa.
Un trágico accidente. Los interrogatorios posteriores no revelaron ningún indicio de rencillas entre el padre y la hija.
De hecho, todo el mundo coincidía en que eran una familia de bien y excelentes vecinos.
La hija era una pianista talentosa. La mujer participaba en organizaciones de alfabetización y ayudaba a mujeres maltratadas.
No era un caso que hubiera vuelto a la memoria de D. D. en todos esos años.
Y ahora eso.
La cinta policial amarilla acordonaba el jardín delantero. Se habían reservado varias plazas de aparcamiento, probablemente para los agentes que llevaban trabajando casi toda la noche y que se habían marchado a casa hacía apenas unas horas. Solo quedaban dos vehículos oficiales.
En general, la casa parecía tranquila. No había vecinos merodeando por el exterior. No había técnicos forenses ocupando la escena ni agentes patrullando la calle. Como había dicho Phil, era un caso sencillo. Un hombre había sido asesinado a tiros. Su mujer estaba en la cárcel del condado.
D. D. salió de su vehículo. Se acercó a la puerta principal y observó el marco astillado y una corona navideña deformada. La policía había tenido que forzar la puerta para entrar. Interesante.
Accedió al interior. Como la mayoría de las casas que se habían construido apresuradamente tras la guerra para dar cabida al creciente número de familias jóvenes, aquella tenía una distribución sencilla.
Una estrecha escalera que subía al piso superior, ubicada contra la pared a la izquierda.
El salón a la derecha, justo al lado de la entrada.
Un angosto pasillo conducía a una modesta cocina comedor.
El baño de la planta baja estaba a mano derecha.
El vestíbulo y el acceso al garaje, desde la cocina a la izquierda.
La cocina se había renovado hacía poco. Armarios de color de gris pálido.
Encimeras nuevas de superficie sólida con un moteado oscuro.
Electrodomésticos de acero inoxidable. El pasillo, por el contrario, había visto tiempos mejores.
Lucía un papel pintado amarillo que se caía a pedazos y un suelo de madera rayado.
Resultaba evidente que la casa esperaba recibir una actualización, aunque, teniendo en cuenta la moda de los espacios abiertos, parecía una tarea difícil. ¿Habían hecho los Carter las reformas ellos mismos?
¿Habían empezado ya con la habitación del bebé?
D. D. se sorprendió a sí misma con la mano apoyada en el vientre. La retiró enseguida. Últimamente, había estado pensando demasiado en los días en los que estaba embarazada de Jack. Un hijo al que nunca había esperado tener. Su milagro más preciado y su mayor amor. Casi siempre...
—Hola, aquí estás.
D. D. se dio la vuelta y vio a la inspectora Carol Manley en el pasillo, detrás de ella.
La menuda investigadora, de poco más de metro y medio de altura y apenas cuarenta y cinco kilos, estaba empapada.
Ella había ocupado el puesto de D. D. tras su lesión.
Manley era una inspectora competente. Tanto a Phil como a Neil les gustaba y la aceptaban como parte de su equipo de tres.
D. D., en cambio, seguía siendo reticente a confiar en una policía que se llamara Carol.
Era completamente irracional, pero así era.
Ahora D. D. estudió sus rasgos y se recordó a sí misma que parte de su trabajo consistía en llevarse bien con los demás. Era la parte que peor se le daba, pero bueno.
—El cuerpo se encontró arriba —dijo Carol—. Parece que le disparó mientras estaba sentado en su escritorio. Luego abrió fuego contra el ordenador portátil.
—¿Sabemos el motivo? —preguntó D. D. mientras seguía a Carol, que se dirigía hacia las escaleras.
—La mujer no quiere hablar. Phil dijo que tú la conocías.
—La interrogué en relación con otra muerte por arma de fuego hace dieciséis años. Se consideró accidental. Aunque ahora tengo mis dudas.
—Cuidado con la barandilla —comentó Carol mientras subía—, está suelta. Es una de esas cosas que aún no habrán tenido tiempo de arreglar.
D. D. no pudo evitar sacudir la barandilla de madera; sí, la falta de estabilidad era patente.
—¿El arma homicida es una escopeta por casualidad? —preguntó D. D.
—No. Una SIG Sauer P226, registrada a nombre de la víctima, Conrad Carter. Parece que guardaba la nueve milímetros en el cajón superior de su mesita de noche.
—Al alcance de cualquiera.
—Bueno, las balas las tenía en una caja de zapatos, en el armario.
—Un sitio de lo más seguro, qué duda cabe. Me encanta que los propietarios de armas derrochen inteligencia.
—Si no fuera así, no tendríamos trabajo.
D. D. se rindió ante esa lógica. Llegaron a la planta superior. El pasillo era diminuto. Solo había tres puertas entre las que elegir. Dos dormitorios y un baño, supuso. Pero D. D. no necesitó comprobar las tres habitaciones para encontrar la escena del crimen. El olor la guio.
Conrad había convertido el dormitorio más pequeño en su despacho personal.
Había un enorme sillón de cuero negro de estilo ejecutivo, cuyo respaldo ahora estaba manchado con oscuras salpicaduras de sangre.
En una pared había archivadores laminados hasta la altura de la cintura, cubiertos de montones de papeles y lo que parecían ser catálogos.
Frente a los archivadores, la habitación albergaba un enorme escritorio de roble, que ahora presentaba tantos agujeros de bala y restos metálicos como para considerarlo un veterano de guerra.
«Un espacio pequeño —pensó D. D.— para una carnicería tan grande. Está claro que la mujer no se ha andado con rodeos».
—¿Y los restos del portátil? —preguntó D. D., señalando el escritorio cubierto de metralla.
—Sí. Los técnicos lo tienen. La sospechosa lo cerró y luego vació el cargador sobre él. No era un objetivo muy grande, lo que significa que nuestra chica sabía lo que hacía.
—¿Qué opinan los técnicos?
—Necesitan tiempo para desmontar el portátil e inspeccionar los daños.
Hay muchas cosas dentro de un ordenador: batería, memoria RAM, placa base, tarjeta wifi, disco duro, etcétera.
Así que podría haber dañado muchos de esos elementos, pero, en teoría, también podrían haber esquivado las balas.
Por desgracia, una docena de balas del calibre 40 en un objetivo tan pequeño...
D. D. arqueó una ceja.
—¿Cuántos disparos recibió el marido?
—Tres.
La SIG P226 tenía capacidad para quince balas. Lo que significaba que: —¿Tres al marido y doce al ordenador? Si consideramos el portátil como una segunda víctima, parece que lo odiaba mucho más.
—O era una mujer con algo que ocultar.
—Intentaba borrar algo del portátil —continuó D.D—. ¿Sabemos si el portátil era solo del marido o si lo compartían?
—No lo sabemos.
—¿Y no le dijo nada a la policía cuando llegó? ¿Algo tipo «He tenido que hacerlo», «Él empezó», «Las voces en mi cabeza...»? ¿Nada?
—Preguntó si podía planificar el funeral de su marido.
D. D. negó con la cabeza.
—¿Y su comportamiento? ¿Cómo la describió el agente que la detuvo? Conmocionada, afligida, aliviada...
—Tranquila y cooperativa. Se dejó esposar y caminó hacia el coche patrulla sin oponerse. La llevaron a la comisaría y la procesaron sin incidentes.
D. D. frunció el ceño, sin saber muy bien qué pensar. Observó la silla manchada de sangre y las salpicaduras que cubrían la pared del fondo.
—¿A qué se dedicaba el marido?
—Ventas. Trabajaba para una empresa de ventanas a medida. —Carol señaló la pila de catálogos sobre los archivadores—. Según los vecinos, viajaba bastante, haciendo presupuestos y cosas por el estilo. Pero, cuando no estaba fuera, trabajaba desde este despacho.
—¿Qué hay del contenido de los archivadores?
—Phil los revisó. Parecen ser archivos de clientes. Nada fuera de lo común.
D. D. asintió y volvió a examinar los daños. «Debería haber traído a Alex», pensó. Así fue como se conocieron, analizando los restos del brutal asesinato de una familia. Examinar una escena del crimen hacía que echara de menos a su marido. ¿Qué decía eso de ella?
—¿Y Evie? —preguntó D. D.—. ¿A qué se dedica?
—¿Evelyn? Es profesora de álgebra en un instituto.
D. D. no pudo evitar sonreír.
—Su padre era profesor en Harvard. Una especie de genio matemático que impartía clases cuyos nombres me daban dolor de cabeza solo con pronunciarlos.
—Está embarazada. De cinco meses.
—¿Tenían buena relación con sus vecinos? ¿Algún cotilleo interesante?
Carol se encogió de hombros.