Ni una palabra (Warren & Quincy 1) CAPÍTULO 2
3%

CAPÍTULO 2

D. D.

—De acuerdo. Ya hemos hecho esto antes. Yo iré recto. Alex girará a la izquierda. Jack, ¿estás listo?

Jack asintió. La sargento D. D. Warren respiró hondo para tranquilizarse. Tres agentes. Un objetivo. ¿Qué podía salir mal?

Primer paso adelante. Un movimiento ligero, talón-punta, diseñado para no hacer ruido.

Alex utilizó la misma estrategia, dirigiéndose hacia un lateral para interceptar la vía de retirada.

Lo habían hecho las suficientes veces como para saber que el silencio era la clave.

Si alertaban a su objetivo demasiado pronto, sería el fin.

Ella era más rápida y, según las sospechas de D.

D., más inteligente que los tres juntos.

Lo que hacía que la situación fuera especialmente crítica, ya que estaba en juego la bota de cuero negro favorita de D. D.

Entró con sigilo en el comedor, donde Kiko se había parapetado sabiamente bajo la mesa con su presa. La perra moteada, la mejor de todo el país, yacía satisfecha sobre la alfombra, mascando el tacón del zapato de D. D., mientras esta y Alex se acercaban en círculo.

Jack, de cinco años, se había posicionado en el salón. Su trabajo: atrapar a Kiko cuando saliera corriendo de debajo de la mesa de madera de cerezo. Esperaban que la perra huyera en dirección a Jack, su cómplice. Los dos adultos de la casa, por su parte...

Uno de los tablones del suelo crujió bajo el pie de D. D. Se quedó paralizada. Kiko alzó la vista.

El tiempo se detuvo. La agente y la perra cruzaron miradas. D. D. calzaba una sola bota; Kiko sostenía la segunda entre sus patas.

Alex apareció por la puerta izquierda del comedor.

—¡Kiko! ¡Suelta! ¡Perra mala!

Kiko agarró la bota con la boca y echó a correr.

D. D. se lanzó hacia la derecha. Era un acto desesperado, y tanto ella como la perra lo sabían. Kiko, una mezcla de dálmata y braco alemán de pelo corto, patas largas y mucha energía, esquivó la acometida sin esfuerzo. Alex llegó corriendo por detrás.

Kiko galopó directamente hacia Jack, que gritó con alegría infantil: — ¡Core, core! —Justo antes de lanzar el juguete favorito de Kiko al aire.

Fiel a su naturaleza, Kiko soltó la bota y saltó para atrapar a su hipopótamo de peluche.

D. D. recuperó su bota. Kiko cazó su juguete. Luego, Kiko y Jack salieron corriendo, revoloteando por el salón en un torbellino de energía infantil.

—¿Hemos sufrido daños? —preguntó Alex, deteniéndose a su lado. Aún estaba tratando de recuperar el aliento. Igual que D. D.

Ella inspeccionó su bota. La parte inferior del tacón mostraba signos de dentelladas, pero la parte superior del cuero seguía intacta.

—Tienes que acordarte de guardarlas en el armario —dijo Alex, mirando las marcas de dientes.

—Lo sé.

—Ya entenderá que no debe hacer eso, pero no de la noche a la mañana.

—¡Lo sé!

—¿Quién crees que tardará más en aprender, ella o tú?

D. D. le gruñó a su marido. Él le devolvió el gesto.

—¡Core, core! —añadió Jack desde el otro extremo de la habitación. Ahora estaba de pie sobre el sofá, dando saltos sobre los cojines, mientras Kiko lo emulaba desde el suelo.

Había sido idea de Alex y Jack adoptar un perro de la protectora de la ciudad, la Humane Society.

D. D., sargento de Homicidios de Boston, había argumentado que no pasaban suficiente tiempo en casa.

A lo que Alex había respondido sin piedad que era ella quien no pasaba suficiente tiempo en casa.

Su trabajo como profesor de Análisis Forense en la academia tenía un horario fijo, y las jornadas de Jack en preescolar no eran nada del otro mundo.

«El niño necesita un perro», insistió él.

Ahora, D. D. comprobó que tenía razón. Jack y Kiko ya eran inseparables.

El cachorro de manchas blancas y negras de tan solo un año dormía en la cama de Jack.

Se sentaba a sus pies en la mesa de la cocina e imitaba todo lo que hacía el niño, desde saltar de un mueble a otro hasta dar bandazos por el jardín.

El hijo de D. D. era feliz. Su marido era feliz. A fin de cuentas, un tacón de bota mordisqueado le pareció un pequeño precio que pagar a cambio. Dicho esto, Kiko y Jack daban vueltas en círculos por la habitación.

—Tengo que irme a trabajar —dijo D. D.

—Llévame contigo —intentó Alex.

—¿Y privarte de este momento mágico?

—Te lo ruego.

—Lo siento. —D. D. ya se estaba calzando la bota dañada—. Una mujer mató a tiros a su marido anoche. La han detenido, pero quiero inspeccionar la escena del crimen. Está claro que tú no serías imparcial.

—Ya han presentado cargos contra la mujer —dijo Alex—, ¿y aun así necesitas visitar la escena del crimen?

Tras sufrir una lesión en acto de servicio hacía dos años, D.

D. había sido trasladada a un puesto de supervisión en la Unidad de Homicidios.

Como atestiguarían sus compañeros de trabajo, D.

D. tendía a adoptar un enfoque mucho más empírico de lo estrictamente necesario en sus investigaciones, algo con lo que Alex concordaba.

—Tengo un interés personal en este caso. —D. D. llegó a la puerta principal, observó el brillo cristalino del suelo medio helado y cogió su abrigo negro de lana. Hacía solo un mes, si bien el aire era fresco, el sol calentaba. Y ahora eso. Bienvenidos a Nueva Inglaterra.

D. D. echó un segundo vistazo a las dos estelas gemelas que formaban su hijo y su perro desde la entrada y, a pesar del caos —no, precisamente a causa del caos—, sintió una embriagadora calidez en su pecho.

—Son la pareja perfecta.

—Que Dios nos ayude —coincidió Alex. Se acercó a ella.

Acababan de pasar cuatro días enteros juntos, algo poco habitual.

Como siempre, ambos volvían a sentir ahora que el exigente trabajo de D.

D. lo acaparaba todo. Alex siempre había respetado la excesiva implicación de D.

D. en su labor, pero había momentos, incluso para ella, en los que perderse en la madriguera de conejo que supone una investigación de homicidio se hacía difícil. Sobre todo en los últimos tiempos.

—¿Por qué este caso es personal? —preguntó Alex.

D. D. se abrochó el abrigo.

—A la mujer en cuestión, Evelyn Carter, de soltera Hopkins, ya la investigué una vez por asesinato.

—¿Mató a otro marido antes de este?

—No. Le disparó «por accidente» a su padre. Pero, en serio, ¿en cuántos tiroteos puede verse envuelta una mujer?

Alex asintió con sabiduría.

—Esta vez la vas a atrapar.

D. D. sonrió, se acercó a su marido para darle un beso rápido y luego se despidió con la mano del binomio hiperactivo.

—Ni lo dudes.

Evelyn Carter y su marido, Conrad, vivían en Winthrop, una de las ciudades más pequeñas y antiguas de Massachusetts.

Fundada en 1630 y situada en una península a pocos kilómetros del aeropuerto Logan, la zona ofrecía vistas del Atlántico a unos pocos afortunados y un contacto cercano y personal gracias a las casas densamente pobladas para todos los demás.

La residencia de los Carter estaba ubicada en una calle de modestas casas coloniales típicas de los años cincuenta, que en su día habían pertenecido a miembros de la clase trabajadora.

Ahora, teniendo en cuenta el valor de las propiedades inmobiliarias en Boston, sobre todo tan cerca de la costa, solo Dios lo sabía.

Tal y como estaban las cosas, a D. D. le sorprendió ver tantas casas originales intactas.

En aquellos días, parecía que todos los barrios de Boston se estaban aburguesando; las promotoras inmobiliarias irrumpían en las zonas residenciales, arrasaban con lo antiguo y lo sustituían por edificios mejores y más grandes.

Personalmente, D. D. prefería que las casas tuvieran un poco de carácter, pero, con su sueldo de sargento, tampoco iba a mudarse a uno de esos barrios en un futuro próximo.

Phil, su antiguo compañero de equipo y mentor, la había llamado a primera hora de la mañana para ponerla al corriente del tiroteo.

En su opinión, era un caso bastante sencillo.

Los vecinos habían llamado para informar de que se habían producido disparos.

Los agentes uniformados llegaron a la casa para encontrar a la esposa de pie en lo alto de las escaleras, todavía con el arma en la mano.

Se entregó sin oponer resistencia y fue trasladada a la prisión de South Bay.

Embarazada, había añadido Phil. Todavía no estaba enorme, pero sí lo suficiente como para que se le notara.

A D. D. le costaba imaginárselo. La Evie Hopkins que ella había conocido era una chica de dieciséis años.

Delgada, con el pelo rubio oscuro y unos enormes ojos marrones como los de una cierva.

La recordaba sentada a la mesa de la cocina, a escasos metros del cuerpo ensangrentado de su padre, temblando incontrolablemente.

No había llorado. D. D., que por entonces era una agente novata, pensó que aquello era extraño.

Pero vio algo en la expresión yerma de la chica, combinado con sus fuertes temblores, que le resultó convincente.

Conmoción. Una especie de reacción tardía al dolor que hizo creer a D.

D. que la chica estaba sufriendo de verdad, solo que con una magnitud tan extrema que ella no alcanzaba a comprender.

No consiguieron sacarla de la cocina y llevarla a la comisaría para tramitar el caso como correspondía. En aquel momento, ese era el menor de sus problemas. Evie, cubierta de sangre, no había negado nada. El arma se había disparado. Sí, había matado a su padre.

Y las piernas no le respondieron. No era capaz de ponerse de pie ni moverse.

A menos que la levantaran a pulso, D. D.

y su compañero Gary Speirs, un agente más mayor, no veían otra forma de sacarla de la cocina.

Speirs tomó la decisión de no presionarla.

Temía que la chica entrara en estado de histeria y pusiera fin a su interrogatorio de un plumazo.

Así que todos se situaron a pocos pasos del cadáver, de los armarios salpicados y del frigorífico manchado.