Ni una palabra (Warren & Quincy 1)
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CAPÍTULO 1
EVIE
Cuando meto el coche en el garaje, me tiemblan las manos sobre el volante.
Me digo a mí misma que no tengo motivos para estar tan nerviosa.
Me digo a mí misma que no he hecho nada malo.
Aun así, me quedo aquí sentada un rato, mirando al frente, como si por arte de magia fuera a aparecer en el parabrisas la clave para enmendar mi desastrosa vida.
Pero no aparece.
Con un poco de cuidado, consigo deslizarme del asiento del conductor y salir del coche.
Soy más grande, pero no tanto. La verdadera batalla es con mi voluminoso abrigo y la correa de mi bolso extragrande mientras salgo poco a poco de detrás del volante.
Conrad me compró el bolso como regalo de Navidad el año pasado.
De Coach; cuero auténtico. Debió costar al menos doscientos dólares.
Cuando me lo dio, me emocioné tanto que lo abracé y me puse a gritar.
Él se rio. Me dijo que me había visto mirando el bolso en la tienda y que supo que tenía que comprármelo.
Cuando lo abracé, me devolvió el abrazo. Cuando me reí ese día y abrí con entusiasmo el enorme bolso de cuero gris para explorar todos los compartimentos de su interior, él se rio conmigo.
Fue la mañana de Navidad. Hace casi un año.
¿Nos hemos vuelto a abrazar desde entonces? ¿Hemos vuelto a reír?
El bulto de mi vientre atestigua que hemos sido capaces de conectar de alguna forma, y, sin embargo, si no fuera por las luces de colores y la decoración brillante que inunda todo el barrio, ni me habría dado cuenta de que estamos en Navidad.
Nuestra casa es una de las pocas que queda sin decorar en toda la manzana.
Hemos puesto una corona en la puerta; eso es todo.
Cada fin de semana prometíamos comprar un árbol. Nunca lo hicimos.
Me tomo mi tiempo para colgarme el bolso al hombro. Luego me giro y enfrento la puerta del garaje en dirección a la casa.
Un muerto viviente, pienso. Y algo se rompe dentro de mí. No lloro. Pero no sé muy bien por qué.
La puerta está abierta. Apenas una ranura, como si al salir no la hubiera cerrado con suficiente fuerza. Muy bien, para que se escape todo el calor, como diría mi padre, lo que me provoca una nueva punzada de dolor.
Empujo la puerta interior y la cierro con firmeza. Ya está. Estoy en casa. A salvo en el vestíbulo. Otro día completado. Otra noche que está a punto de comenzar.
Cuelgo el bolso. Me quito el abrigo. Me desprendo de las botas. Chaqueta en el perchero; zapatos en el felpudo. Saco el móvil del bolso y lo pongo a cargar en la mesita auxiliar. Por último, me tomo un momento.
Inspiro. Espiro.
Intento escucharlo.
¿En la cocina? Podría estar sentado a la mesa.
Esperando, con la cena fría delante. O dando un último bocado voraz.
O tal vez se haya trasladado al salón, acomodado en su sillón reclinable, con los pies en alto, una cerveza en la mano y los ojos pegados a la pantalla viendo el canal de deportes.
El domingo es día de fútbol. ¡Vamos, Patriots!
He vivido en Boston el tiempo suficiente como para saber eso.
Pero ¿un martes por la noche? Nunca me interesaron los deportes.
Él veía la televisión; yo leía. En aquellos días en los que estábamos todo el tiempo juntos, lo natural también era pasar algo de tiempo separados.
No oigo el tintineo de cubiertos en la cocina ni el murmullo de la televisión en el salón.
Recuerdo la puerta abierta. Y mi mano izquierda se posa sobre la leve curva de mi vientre.
El pasillo me lleva a la cocina. Una pequeña mesa se encuentra frente a la ventana trasera. No hay señales de la cena. Pero entonces veo un plato limpio cuidadosamente colocado en el fregadero.
Inspiro. Espiro.
Debería tener una historia preparada. Una excusa. Una mentira. Algo. Pero, en el creciente silencio, mis pensamientos se agitan más y más, mi cerebro gira descontrolado.
¿Un muerto viviente? ¿Una muerta viviente?
Voy a vomitar. Puedo culpar al bebé. Se le puede echar la culpa de cualquier cosa al embarazo. Estoy mareada, estoy cansada. Soy estúpida, he perdido la noción del tiempo. Cerebro de preñada, hormonas del embarazo. Durante nueve meses enteros, estoy exenta de culpa. Y sin embargo...
¿Por qué he vuelto a casa esta noche? Pero, claro, ¿a dónde iba a ir si no? Desde que conocí a Conrad hace diez años... Él se fijó en mí. Me vio. Me perdonó.
Y yo lo amé.
Durante diez años enteros lo he amado.
Salgo de la cocina. Es pequeña y, al igual que el resto de la casa de los años cincuenta, necesita una reforma urgente.
Compramos la vivienda llenos de esperanzas y aspiraciones.
Tenía un jardín minúsculo y cada habitación era más pequeña que la anterior, pero era nuestra.
Éramos jóvenes con talento; la arreglaríamos, la ampliaríamos y luego la venderíamos por un montón de dinero.
Ahora camino por un estrecho pasillo del que cuelga en jirones la mitad del papel pintado y hago todo lo posible por no fijarme.
El salón. Más bien, un cubil. Con el preciado sillón reclinable de Conrad, un modesto sofá y, por supuesto, un enorme televisor de pantalla plana. El televisor está apagado. El sillón está desocupado, igual que la habitación.
Vuelvo a recordar la puerta abierta.
Nuestro garaje solo tiene capacidad para un solo vehículo, que ya es decir en un barrio de Boston.
Conrad aparca su Jeep en la calle. Lo compruebo, porque creo haberlo visto al llegar y, sí, ahí está.
Un Jeep negro. Aparcado en la acera, justo enfrente.
Un estacionamiento privilegiado que sin duda estuvo encantado de conseguir, ya que, incluso con los permisos de aparcamiento pertinentes, la demanda es mayor que la oferta.
De ahí que accediera a cederme el garaje.
—No pasa nada, cariño. No quiero que vayas sola por la calle de noche. Prefiero saber que estás a salvo.
Muerta viviente. Muerta viviente.
No vomites ahora.
Y entonces...
Entonces...
— Puerta abierta — susurro.
Y, por fin, siento lo que tendría que haber notado desde el principio.
El olor. Intentaba percibir sonidos que delataran la presencia de mi marido. El ruido de los cubiertos en la cocina. El crujido de su sillón reclinable en el salón. Pero no hay ningún sonido. Ninguno en absoluto.
La casa está en silencio. Serena. Inmóvil.
Como si estuviera vacía.
El olor.
Las escaleras que conducen al segundo piso son como el resto de la casa: estrechas, claustrofóbicas, chirriantes.
Conrad reforzó la barandilla hace tres meses.
Cuando le di la gran noticia. Cuando mirábamos fijamente esa rayita en nuestra habitación.
Me temblaban tanto las manos que tuvo que quitármela.
Recuerdo que entonces también me sentí mareada.
Intenté no vomitar, aunque habían sido las náuseas casi constantes las que me habían llevado a hacerme la prueba de embarazo.
El matrimonio es un mosaico de mil momentos, de cien recuerdos preciosos.
Como aquel día, viendo cómo sus manos envolvían las mías.
Dedos fuertes, surcados de callos. Manos firmes que me quitaron la prueba de embarazo y la acercaron a él.
Tuve esa sensación surrealista que a veces me invade en la que no estoy presente en mi propia vida, sino que, incluso después de todos estos años, vuelvo a estar en la cocina de mis padres. Sosteniendo la escopeta. Oliendo toda esa sangre.
Y Conrad, siendo Conrad, me miró a los ojos. Miró dentro de mí.
—Evie —dijo—, te lo mereces. Nos lo merecemos.
Volví a amarlo. Así, sin más. En ese momento, lo adoré. Nos cogimos de la mano. Él lloró. Luego tuve que apartarme para vomitar de verdad, pero eso nos hizo reír a los dos, y después él me limpió la cara con una toalla y yo dejé que lo hiciera.
Mil momentos. Cien recuerdos.
Ese dolor otra vez, en lo más profundo de mí, mientras me apoyo pesadamente contra la pared, evitando la barandilla en la que ya no confío, y subo por la estrecha escalera.
El olor.
Ahora me golpea con fuerza. Nada débil, provocador, ambiguo. Eso es. ¿Lo sabía todo el tiempo? ¿Cuando giré en el camino de entrada? ¿Al meterme en el garaje? La puerta abierta, abierta, abierta.
¿Qué ha sospechado mi subconsciente mucho antes de que el resto de mi ser se diera cuenta?
En el piso de arriba, no en el dormitorio, sino en la segunda habitación, a la izquierda. El pequeño despacho de Conrad. Esa puerta también está abierta.
Sonidos que acompañan al olor. Sirenas. Al final de la calle. Cada vez más fuertes. Cada vez más cerca.
La cocina de mis padres.
El despacho de mi marido.
Sangre.
Oscura, viscosa. Una mancha. Un charco.
No puedo evitarlo. Tengo dieciséis años. Tengo treinta y dos. Estiro el brazo. Toco la salpicadura más cercana a mí. Mancho de rojo la yema de mi dedo. Observo cómo se llenan de sangre las crestas de mis huellas dactilares.
Mi padre. Mi marido.
Sangre.
Más ruido. Golpes. Muy lejos. Gritos, exigencias y órdenes.
Pero aquí arriba nada de eso importa. Solo estamos Conrad y yo, en este último momento juntos. Su cuerpo tirado hacia atrás en la silla de escritorio, la parte posterior de su cabeza esparcida en la pared detrás de él.
Me horroriza lo que puedo ver en la pantalla del ordenador incluso antes de mirar. Pero me obligo a hacerlo. Debo asimilarlo. Registrar las imágenes. Este es el ordenador de mi marido. Esto es lo que mi marido estaba viendo antes de morir.
Ahora los golpes son más fuertes. Es la policía. Responden a los avisos de disparos. No se les puede negar la entrada.
—Fue un accidente — me susurra mi madre al oído —. Solo un desafortunado accidente.
Me acerco al ordenador. Cierro las imágenes. Luego, como sé de sobra que eso no será suficiente, cojo la pistola de la mano inerte de mi marido. Envuelvo la palma alrededor de la empuñadura cuadriculada. Deslizo el dedo en el frío guardamonte.
Y empiezo a disparar.
Cuando la policía irrumpe por la puerta, yo estoy de pie en lo alto de las escaleras, con ambas manos en alto, la pistola a la vista; me giro ligeramente para dejar constancia de la curva de mi vientre.
—¡Suelte el arma, suelte el arma, suelte el arma! —grita el primer agente desde la base de las escaleras.
Lo hago.
Él sube corriendo las escaleras con los grilletes en la mano. Espero por su bien que no tropiece contra la barandilla.
El matrimonio es un mosaico. Mil momentos. Cien recuerdos.
El agente me retuerce los brazos para colocármelos a la espalda. Me esposa las muñecas con fuerza y me cachea como si esperara encontrar más armas mientras por la puerta siguen entrando uniformes.
—Mi marido —me oigo decir—. Le han disparado. Está muerto.
—Señora, ¿hay alguien más en la casa?
—No.
Mil momentos. Cien recuerdos.
—Señora, tiene usted derecho a permanecer en silencio. Todo lo que diga podrá ser utilizado en su contra ante un tribunal. Tiene derecho a hablar con un abogado y a que este esté presente durante los interrogatorios.
El agente me lleva escaleras abajo, fuera de la casa, lejos del cuerpo de mi marido.
—¿Cree que me permitirán organizar el funeral? —le pregunto.
Me mira de forma extraña y luego me deposita en la parte trasera del coche patrulla, en un duro asiento de plástico.
Más policías. Más sirenas. Los vecinos se asoman para ver el espectáculo. Sé lo que pasará a continuación. El viaje a la comisaría. Allí me tomarán muestras de sangre de las manos y analizarán si hay residuos de pólvora. Me tomarán las huellas dactilares. Me procesarán.
Y luego, cuando mi pasado aparezca en la pantalla del ordenador...
—Un accidente —s usurra mi madre de nuevo en mi mente—. Solo un desafortunado accidente.
No puedo evitarlo. Tiemblo.
Ahora vendrá a por mí, supongo. Y por eso, más que por cualquier otra cosa, me envuelvo el vientre con las manos y le digo a mi bebé, a esta vida frágil y temblorosa que aún no ha conocido el mundo, lo mucho que lo siento.