CAPÍTULO 11
D. D.
—¿Le has sacado algo? —preguntó Phil mientras se dirigían al coche. Habían aparcado en la entrada de la casa de la familia para alejarse un poco de los periodistas que revoloteaban en la acera.
—Me temo que no ha confesado haber matado a su marido —dijo D. D. mientras se deslizaba en el asiento del copiloto—. Pero, para que no nos aburramos, ha cambiado su versión sobre el tiroteo de su padre hace dieciséis años.
Phil la miró fijamente mientras arrancaba el motor.
—¿Qué sentido tiene eso?
—No lo sé. Quizá solo intente ponernos obstáculos.
Evie debe saber que una de las razones por las que parece culpable de la muerte de su marido es que ya confesó haber disparado por accidente a su padre.
Así que, en lugar de abordar ahora el asesinato de su marido, se retracta de lo que ocurrió hace dieciséis años.
—El asesinato no prescribe —murmuró Phil. Se giró y se dispuso a salir marcha atrás por el camino de entrada sin atropellar a ninguno de los entrometidos periodistas.
Los días eran cortos en esa época del año; el sol se había puesto mientras estaban dentro de la casa interrogando a la familia. Por suerte, los enormes focos y el resplandor de las cámaras de los medios de comunicación les iluminaban el camino.
—¿Quién disparó a su padre? —preguntó Phil.
—Evie afirma que no lo sabe. Ella y su madre llegaron a casa y se lo encontraron muerto.
Su madre la convenció de que asumiera la culpa, en lugar de arriesgarse iniciar a una investigación que pudiera manchar el «legado» del padre.
A mí me sigue pareciendo sospechoso. ¿Descubre el cadáver de un ser querido y no llama enseguida a la policía?
En lugar de eso, ¿prefiere montar esta pantomima?
—La madre da miedo —afirmó Phil. Se estremeció ligeramente.
—¿En serio? Porque parecía bastante interesada en ti. Una viuda rica y, además, bastante bien conservada.
Phil la miró. D. D. ya sabía lo que significaba. Phil estaba locamente enamorado de su novia de toda la vida, Betsy, que pasó a ser su mujer hacía mucho tiempo. Su matrimonio era una de las pocas cosas en la vida que le daba esperanzas a D. D.
—Da miedo —repitió Phil.
D. D. sonrió y se giró para contemplar las vistas desde la ventanilla.
Ya habían dejado atrás a los periodistas y atravesaban Cambridge, pasando por delante de hileras e hileras de históricas casas coloniales victorianas, todas engalanadas para celebrar las fiestas con brillantes luces navideñas, guirnaldas que envolvían las barandillas y arbustos impecablemente decorados.
En un barrio tan rico, D. D. no tenía ninguna duda de que el interior estaba a la altura del exterior, con imponentes árboles de Navidad cubiertos de delicados adornos tradicionales, escaleras ornamentadas y macetas rebosantes de vegetación.
Ella y Alex todavía estaban trabajando en el árbol de Navidad.
Teniendo en cuenta el modesto tamaño de su casa y la excesiva energía de Jack y Kiko, lo mejor sería que montaran el árbol la noche anterior si querían tener alguna esperanza de que siguiera en pie la mañana de Navidad.
—¿Cuánto dinero puede valer un profesor de matemáticas fallecido? —murmuró D. D.
En aquel momento no se lo había planteado realmente.
Todo el mundo decía que Earl Hopkins había sido un genio, además de profesor titular en Harvard.
Eso podría justificar la gran mansión. Pero, después de tantos años tras su muerte y, a juzgar por la reforma de la cocina, el estilo de vida de la familia no se había visto afectado.
El medio millón de dólares del seguro de vida no daba para tanto.
¿Significaba eso que había otras fuentes de ingresos?
¿Hopkins había usado su intelecto para conseguir otro tipo de beneficios que su mujer no quería que salieran a la luz durante una investigación por asesinato?
Phil tenía razón: el asesinato no prescribe, lo que significaba que los cambios en la versión de Evie planteaban todo tipo de preguntas interesantes.
Sin embargo, a pesar de lo que ella pudiera haber dado a entender, estas seguían centrándose principalmente en ella y en su madre.
—Mi compañero y yo fuimos los primeros en interrogar a Evie y a su madre —dijo D. D. ahora, mirando por la ventana—. En ese momento, tenía salpicaduras de sangre en el pelo y restos de pólvora en las manos. Ese tipo de pruebas físicas tiene que significar algo.
—¿Le has preguntado acerca de ello?
—Claro. Según su nueva y mejorada memoria, entró cuando la sangre aún estaba fresca. Le goteó en el pelo desde el techo. Luego cogió la escopeta y comprobó la recámara, llenándose las manos de pólvora. Digamos que me creo lo de la escopeta, pero los restos de sangre... no termino de tragármelo.
—Una vez trabajé en un caso —aportó Phil—.
Un chico fue arrestado en el apartamento de su mejor amigo.
Lo encontraron cubierto de sangre y con una escopeta en la mano.
El cuerpo de su amigo estaba desplomado en una silla y le faltaba la mayor parte de la cabeza.
Lo arrestaron por asesinato, por supuesto.
Su versión era que había recibido una llamada de su amigo diciéndole que iba a suicidarse.
El chico fue corriendo a la casa de su amigo, escuchó el disparo de escopeta y entró al apartamento, solo para encontrarse el cadáver.
La sangre procedía de las salpicaduras que le caían desde el techo.
—¿Cuál fue el veredicto? —preguntó D. D.
—Los forenses demostraron que el amigo decía la verdad.
La dirección de las salpicaduras en el techo era fruto de la detonación de la escopeta, mientras que la dirección de las salpicaduras en el chico se produjo por goteo.
El amigo fue puesto en libertad sin cargos.
Y creo que todavía se sigue enseñando este caso en la academia.
Deberías preguntarle a Alex al respecto.
D. D. asintió. La especialidad de Alex, su marido, era la evidencia sanguínea.
Más tarde le comentaría la versión actualizada de Evie.
Y aunque los suicidios con armas largas no eran tan comunes como los suicidios con pistolas, sí que ocurrían, lo que significaba que Evie y su madre podían tener motivos para preocuparse por los resultados de una investigación por la muerte de Hopkins.
—El problema es el siguiente —dijo D. D.
—. Puedo consultar el expediente, pero lo que recuerdo del caso Hopkins es que no lo investigamos como mandan los cánones.
Teníamos un cadáver. Teníamos una confesión.
Teníamos una testigo, pero no teníamos pruebas del móvil.
Todo el mundo decía que Evie quería a su padre.
En aquel momento, todas las piezas encajaban con la versión de una terrible tragedia familiar, y no encontramos ningún indicio de que hubiera sido un asesinato intencionado.
Digamos que el inspector jefe, Speirs, adoptaba un enfoque basado en la eficiencia a la hora de gestionar sus casos.
Cierra los que puedas, y así tendrás tiempo para trabajar en los que no puedes.
—¿En contraposición a tu enfoque obsesivo y despiadado? —preguntó Phil.
—Nunca entenderé cómo Speirs y yo pudimos trabajar cinco años juntos —coincidió D. D.—. Claro que yo era una novata en aquel entonces y, al principio, todo el mundo hace lo que le dicen.
—¿Tuviste dudas sobre la confesión de Evie?
—Lo cierto es que no. Por el estado en el que se encontraba, las pruebas físicas en la escena del crimen... Hay casos que todavía me hacen dudar. La muerte de Earl Hopkins no es uno de ellos.
—¿Y ahora?
—No me gusta lo que tenemos. —D. D. se apartó de la ventana—.
No me gusta nada. La muerte del marido de Evie.
El incendio de su casa y de nuestra escena del crimen.
La nueva declaración de Evie que, francamente, tiene menos sentido que la anterior.
¿Quién confiesa cometer un tiroteo solo para complacer a su madre?
—Una mujer aterradora —volvió a recalcar Phil.
—Preguntas. Tengo muchas muchas preguntas. Y ya sabes lo que pienso de las preguntas sin respuesta.
—No voy a ver a mi mujer, ¿verdad?
—Creo que tenemos mucho trabajo por delante.
—¿Cuál es nuestra próxima parada?
—El sitio al que deben ir todos los investigadores con dudas: la escena del crimen. Con su incendio provocado y todo.
Pudieron oler los restos calcinados de la vivienda antes incluso de llegar.
Phil condujo por la angosta calle, que se estrechaba más si cabe por culpa de las filas de coches aparcados a ambos lados.
A esa hora de la noche, la gente estaba en casa.
Las pequeñas casas cuadradas brillaban con acogedoras escenas de cocina o pantallas planas parpadeantes.
A D. D. le pareció curioso que, a medida que las casas se hacían más pequeñas, las decoraciones navideñas exteriores aumentaban.
Techos enteros cubiertos por Papá Noel y su trineo.
Muñecos de nieve hinchables que se disponían por todo el jardín. Kilómetros de luces centelleantes.
Alex había decorado su porche delantero con luces colgantes y le había colocado unas guirnaldas al solitario árbol del jardín delantero.
No estaba a la altura de los vecinos, pero ya era más esfuerzo del que D.
D. había hecho nunca. Por otra parte, ahora tenían un hijo, y Jack estaba obsesionado con todo lo relacionado con Papá Noel.
Phil dobló la esquina y pudieron ver la antigua casa de los Carter: un enorme hueco negro en medio de un mar de festividad. Por no mencionar que el olor a madera quemada y plástico derretido se hizo más intenso.
Tras recibir la noticia del incendio, abandonaron el instituto de Evie y se dirigieron a la residencia de los Carter.
Sin embargo, el incendio todavía estaba activo, y los bomberos seguían trabajando en él.
A fin de cuentas, tenía más sentido dirigirse directamente al origen de sus problemas, Evie Carter, que quedarse esperando.