Ni un beso más de ti (Sin ti 2) Chapter 34 #2
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Chapter 34 #2

—No pares —ordenó, avanzando un paso, tan cerca que podía oler su perfume mezclado con el deseo.

Levantó una mano, acariciándose la mandíbula mientras me miraba como si yo fuera un espectáculo solo para él. Eso me volvió loca. Quise apretar más, pero él negó con la cabeza y habló en ese tono grave que me derretía.

—Despacio ahora. Quiero que lo disfrutes.

Y lo hice. Bajé el ritmo, saboreando cada caricia, gimiendo más fuerte porque la tensión me estaba matando. El calor se concentraba en mi vientre y sabía que iba a explotar.

—Mírame —repitió, con esa voz que no admitía un “ no”.

Y lo miré. Con la boca abierta, jadeando, mis dedos empapados y él a punto de romperse de lo duro que estaba. Me sentí poderosa, incendiada.

—Mike… —Gemí su nombre, y vi cómo se tensaba entero, como si fuera a lanzarse sobre mí.

Se mordió el labio, los ojos oscuros de puro deseo.

—Juro que en cuanto acabes, no voy a dejar ni un puto rincón de tu cuerpo sin probar, Reina.

Esas palabras fueron el detonante. Con un último gemido, mi cuerpo se arqueó en una ola de placer bajo su mirada fija, hambrienta, satisfecha e insatisfecha al mismo tiempo. Me contempló hasta que poco a poco mi respiración se fue regulando y entonces me mostró una sonrisa diabólica.

—Mi turno.

No me dio tiempo a respirar otra vez. Su boca atrapó la mía con desesperación, su mano apretó mi pecho, jugando con mis pezones mientras los dedos de su otra mano rozaban mi clítoris, haciéndome estremecer otra vez aunque aún estaba temblando por el orgasmo.

Me arrancaba más placer del que creía soportar.

Bajó de golpe, dejándome con la boca abierta, y cuando su lengua me tocó, literalmente vi estrellas.

—M-Mike… —Gemí, temblando.

No se detuvo, al contrario, me devoró como si se estuviera alimentando de mí, como si le encantara saborearme, y eso me ponía a mil. Me metió un dedo, luego dos, después los sacó tan despacio que me hizo jadear de frustración.

Se levantó, besándome con la boca mojada de mí, mientras se desabrochaba el pantalón sin apartar la mirada. Cuando cayó al suelo, ya no había nada que lo detuviera. Me agarró del culo y me llevó a la bañera como si no pesara nada.

Me dejó encima, y cuando me hundí en su polla dura y caliente, se me escapó un grito de puro placer. El agua fría chocaba con el calor de nuestros cuerpos, y la mezcla me volvió loca. Michael se recostó un poco para mirarme, y yo empecé a moverme despacio, sintiendo cada centímetro llenándome.

—Joder… eres como un sueño —susurró con la voz rota.

Ese comentario me hizo sonreír entre gemidos, aunque me derretí cuando me rodeó la cintura y empezó a besarme el cuello, a lamer, morder y tirar de mis pezones como si fueran suyos.

Yo cabalgaba sobre él cada vez con menos control, hasta que me deshice en sus brazos, gritando su nombre. Y justo cuando me corrí, él me agarró fuerte y me llenó con un gemido ronco que retumbó en mi pecho.

Estar con Michael era otra liga. No era solo sexo. Era un puto sueño. Uno del que no quería despertar. Cada momento con él parecía perfecto, como si todo tuviera sentido por fin.

Pero, claro, en medio de esa magia, me entraba el miedo. Porque yo sabía cómo era la vida: cuando todo empezaba a irme bien, siempre pasaba algo para joderlo. Siempre. Era como si el universo no soportara verme tan feliz y tuviera que lanzar una piedra en el camino.

Por más que confiaba en él —porque Mike nunca me había dado razones para dudar, porque era claro, sincero, me escuchaba y se quedaba incluso cuando yo lo echaba—, había una voz en mi cabeza que susurraba que nada dura para siempre.

Pero otra parte de mí, la más fuerte, se negaba a tener miedo.

Con él me sentía segura, completa, como si pudiéramos contra cualquier cosa.

Y justo cuando me convencía de que era verdad, justo cuando me creía de verdad que lo tenía todo, llegó la vida, como siempre, a recordarme que no. Que la felicidad nunca me dura mucho.

Y entonces un día sin más, apareció esa sombra. Justo en el mejor momento, cuando más brillaba mi felicidad, para amenazar con romper todo lo que habíamos construido.

Mi felicidad no había durado ni una semana cuando ya estaba otra vez subida en un avión rumbo a España, con Michael agarrándome la mano en el asiento de al lado.

La tarde anterior había recibido la llamada de mi madre, llorando como nunca.

No voy a decir que lo vi venir, aunque, siendo sincera, sí…

pero aún así era de esas cosas que deseas con todas tus fuerzas que nunca pasen.

¿Os acordáis de Grace? Esa pedazo de mujer que era la mejor amiga de mi madre…

y también la madre de Jaden. Pues hacía unos años le habían diagnosticado cáncer.

Con quimio parecía que casi lo había vencido, pero la cosa se complicó justo unas semanas antes de que yo me fuera a París.

Volvieron a los hospitales, las agujas, el dolor.

Mi madre siempre me mantenía al tanto, aunque yo intentaba aferrarme a la esperanza cada vez que me contaba cómo iba todo.

Conocí a Grace cuando que era prácticamente un bebé. Mi madre siempre decía que dejamos de verla cuando nos mudamos, pero ellas nunca perdieron el contacto. Y aunque yo de pequeña no recordaba mucho, hace dos años sí llegué a conocerla de verdad. Y la quise como si fuera de mi familia.

Así que cuando mi madre me dio la noticia de que finalmente el cáncer le había ganado la batalla a su mejor amiga, no dudé en coger un avión para ir a su entierro sabiendo que allí me encontraría con un dolor aún más grande que me atenazaría el corazón. Jaden.

Michael y yo nos quedamos en un hotel, porque no quería pasar la noche en casa con mi madre y dejarlo a él tirado.

Esa mañana, mientras me peinaba delante del espejo, lo vi acercarse por detrás.

Iba vestido de negro de arriba abajo, camisa y pantalón, elegante, sobrio… perfecto para el día que nos esperaba.

—Todavía estoy a tiempo de quedarme —susurró, serio.

Me giré despacio. Los dos sabíamos muy bien a quién me iba a encontrar allí. Y, aun así, me conmovía que pensara en darme ese espacio, aunque eso significara quedarse al margen.

—Quiero que vengas conmigo —le dije sin dudar.

Michael respiró hondo, sacó pecho y asintió antes de inclinarse para besarme la frente, sujetándome las mejillas con sus manos firmes.

Era como si me quisiera dar un poco de su fuerza para que yo pudiera aguantar lo que venía.

Yo, en cambio, sentía una mezcla de dolor y miedo irracional a lo que pudiera hacerme sentir mi maldito corazón al ver de nuevo a Jaden.

Fuimos caminando hasta el cementerio con las manos entrelazadas.

La brisa fresca de la mañana se sentía rara, como si acompañara la tristeza del momento.

Tenía un nudo en el estómago, entre la pena de despedirme de Grace y la ansiedad por ese inevitable reencuentro.

Pero tener a Michael a mi lado me hacía sentir más segura. Él era mi refugio.

Cuando llegamos, vi un montón de caras conocidas: Alice y su padre, Lucía, Álvaro…

todos. Busqué a Jaden, pero nada. Me enfoqué en mi madre, que lloraba bajito junto a los demás.

Me partía el alma verla así. Michael se quedó conmigo, no me soltó ni un segundo, como si supiera que en cualquier momento podía derrumbarme.

Encima del ataúd habían colocado fotos de Grace: con sus hijos, con su marido, con mi madre y conmigo. Había flores preciosas que en unos días ya no serían más que restos marchitos. Todo se sentía tan injusto.

La ceremonia fue dura, cargada de recuerdos y palabras bonitas.

Yo tenía la garganta cerrada mientras escuchaba a mi madre hablar de Grace, como si la despidiera no solo como a una amiga, sino como a una hermana.

También subieron Alice y su padre, todos destrozados.

Pero Jaden… nada. No lo veía por ninguna parte.

Cuando todo terminó y la gente empezó a dispersarse, entonces lo vi.

Estaba allí, quieto junto a la tumba. Vestido de militar, serio, con esa expresión rígida intentando tapar el dolor.

El uniforme le quedaba impecable, con el pelo rapado y varias insignias en el pecho.

Pero lo único que sentí al verlo fue pena.

Pena por él y por su pérdida. No había rencor, ni amor escondido. Solo empatía.

Y en ese instante lo supe: había pasado página. Lo había superado. Y esa certeza me dolió, porque durante meses pensé que nunca llegaría. Pero también me hizo sentir libre, feliz incluso.

Michael me abrazó fuerte, apoyando sus labios en mi frente.

—¿Estás bien? —me susurró.

Lo miré, con los ojos húmedos, y me di cuenta de lo mucho que lo amaba. De lo afortunada que era de tenerlo a mi lado, justo ahí, en el momento más difícil.

—Sí, estoy bien —le contesté, aunque mis ojos seguían clavados en Jaden.

Fue entonces cuando él levantó la vista y me miró.

Tenía los ojos cargados de dolor… y de algo más, quizá arrepentimiento.

Michael se dio cuenta al instante. Me apretó la mano, suave pero firme.

Yo lo miré y vi que observaba a Jaden, sin odio, sin juicio, solo con una especie de curiosidad tranquila. Después me miró a mí.

—Creo que deberías hablar con él —dijo en voz baja, con esa calma suya que siempre me desarmaba—. Os lo debéis. Si no lo hacéis, nunca vas a poder cerrar del todo vuestra historia.

Y ahí entendí cuánto me quería. Porque solo alguien que te ama de verdad es capaz de empujarte hacia lo que más teme, con tal de verte en paz.

—Te esperaré en el coche. —dijo, antes de que pudiera decirle algo.

Michael me besó de nuevo la frente y lo miré mientras se alejaba. Ni en un millón de vidas podría merecerme a ese hombre.