Ni un beso más de ti (Sin ti 2) Chapter 34
94%

Chapter 34

Capítulo treinta y dos

Hero

Habían pasado dos días desde la subasta, y no exagero si digo que habían sido los dos días más felices de mi vida en mucho tiempo.

Camille llevaba toda la mañana dándome la lata en clase, que si dejara de sonreír como una idiota, que si iba a enamorar a todos los tíos de la facultad…

Y no era la única: varios amigos me habían parado para preguntarme qué demonios me había pasado el fin de semana para estar de tan buen humor.

Yo solo sonreía. La respuesta me esperaba en casa.

Porque cuando abrí la puerta, casi me caigo redonda contra el marco. Ahí estaba. Un hombre de veintiocho años, metro noventa de puro pecado, en mi diminuta cocina. Pantalones de traje, sin camisa, enseñando tatuajes y abdominales como si nada, con un trapo de cocina en el hombro.

Mi pecho se llenó de amor, mis pulmones de aire y mi estómago gruñó con el olor. Porque, ojo, no sé cómo se las había apañado Michael en su vida, pero ese revuelto de verduras olía a gloria. Y cuando giró la cabeza al oírme entrar y me sonrió, ya está, muerta.

—Hola, Reina.

—Hola. ¿Qué haces? —pregunté, cerrando la puerta sin dejar de mirarlo. Eran unas vistas inmejorables.

Levantó una ceja, y su sonrisa se convirtió en una mueca graciosa.

—¿Qué crees que hago?

Dejé mi bolso colgado y las llaves en la entrada antes de acercarme a él y observar el montón de revuelto de verdura en la sartén y un bol de ensalada que parecía sacado de un restaurante digno de cinco estrellas Michelin. Lo miré de reojo. ¿Había algo que no hiciera bien?

Se agachó para darme un beso de bienvenida sin apartar las manos de la sartén.

—Ignoraba que supieras cocinar.

Hizo una mueca con la cara como diciendo “me ofendes” y siguió a lo suyo.

—Al final va a parecer que no te conozco en lo absoluto —dije, cruzándome de brazos.

—No me conoces en absoluto. Al menos, no como yo a ti.

—Ya, bueno. Yo no cuento con una carrera en investigación de personas como tú.

—No estudié una carrera, simplemente me saqué un máster en investigación criminal y cuento con…

Espera, ¿qué?

—¿Investigación criminal? ¿En serio? ¿Y tu empresa?

—No tiene nada qué ver. —Apartó la sartén del fuego y se lavó las manos para después secárselas con el trapo que tenía en el hombro.

No pude evitar observar cada movimiento de su espalda, de sus brazos y cuando se giró hacia mí, de sus abdominales—.

Siempre supe que quería tener mi propia empresa, desde que era pequeño.

Mi padre me apuntó a programas informáticos, leí mucho sobre ingeniería de software y al final me especialicé en gestión empresarial mientras levantaba la compañía Anderson.

Tuve muy claro que quería cambiar el mundo.

Gracias a mi capacidad de memoria fotográfica y mi alto coeficiente intelectual he podido terminar muchas carreras de casi cinco y seis años en solo uno.

Tengo títulos en ingeniería eléctrica, matemáticas especializadas y…

—¿Por qué de repente hablas como si te estuviera haciendo una entrevista de trabajo? —le interrumpí con los ojos entrecerrados, apoyando la cintura en la encimera de la cocina.

Michael soltó una carcajada echando la cabeza hacia atrás.

—Lo siento, no puedo evitarlo. Lo que quiero decir es que… —Se acercó a mí, poniendo las manos a cada lado de mi cintura en la encimera. Tuve que echar la cabeza hacia atrás para mirarle—. Desde que te conocí, te he tenido fichada.

—No hace falta que lo jures, no. —Me reí.

—¿Te da miedo eso?

Arrugué la nariz y negué, bajando la mirada hacia su pecho. Sin pensarlo, le acaricié la piel suave y los tatuajes.

—Reid me contó que cuando me… ya sabes, me secuestraron, fuiste tú quien me localizó.

Él tragó saliva y apartó la mirada.

—Que me tenías pinchado el móvil.

—No es algo de lo que esté orgulloso, pero lo volvería a hacer. Reid me llamó, me contó lo que pasaba y me volví loco. Tenía que encontrarte como fuera. Lo hice en menos de cinco minutos.

—Vale, ahora me muero de curiosidad. ¿Cómo?

Michael relajó la tensión y sonrió apenas.

—Triangulación de torres de telefonía. Localicé la ubicación de tu móvil por las señales de las antenas cercanas.

Lo miré con cara de: “¿qué cojones me estás contando?”.

—Guau, impresionante. Y, a ver, lo que hiciste estuvo mal, pero… me salvaste la vida.

Él asintió.

—Haría cualquier cosa por ti. Y para demostrártelo, te he comprado algo.

Me dio un vuelco el corazón. Lo vi ir al salón y volver con una bolsita blanca.

—¿Qué es eso?

Sacó una cajita roja. Y sí, parecía la de un anillo. Lo miré horrorizada.

—Espero que no sea un anillo. Solo llevamos tres días juntos. Si lo fuera, ¿entenderías que te dijera que no, verdad?

Michael rio por la nariz.

—Ábrelo, anda.

Con desconfianza abrí la cajita y… había una llave. Lo miré.

—¿La llave de tu corazón?

—A ese ya entraste sin llave.

—Entonces, ¿qué abre?

—Una puerta.

—Qué gracioso. ¿Me lo vas a decir o me vas a tener en ascuas hasta…?

—Hasta el viernes.

—Cuatro días… Genial. No te pienso dar las gracias hasta entonces.

—Perfecto —Me guiñó un ojo—. ¿Comemos?

Me acerqué a él entrecerrando los ojos. No se movió. Solo me miró con esas pupilas tan dilatadas que casi no se distinguía el negro del verde.

—¿En qué momento pasé de odiarte a quererte?

Sonrió y deslizó sus manos por mi cintura, atrayéndome a su pecho.

—Si no lo sabes tú…

—Quizá cuando dijiste que te gustaba la fotografía —murmuré.

—Lo dudo, luego nos peleamos como nunca cuando… bueno, ya sabes.

—Sí, cuando hablaste mal de mí pensando que iba detrás de ti por tu dinero.

—Y al final fui yo el que fue detrás de ti.

—Y no te arrepientes, ¿verdad?

—Para nada.

Sonreí.

—Creo que fueron los detallitos —murmuré, pasando los dedos por su pecho y bajando por sus duros abdominales—.

Las cosas buenas que vi en ti. Como el día del yate…

fuiste el único que se preocupó en que no me quemara cuando me quedé frita al sol.

Ni siquiera mi hermano se dio cuenta, solo tú. Me tapaste y pusiste la sombrilla.

Michael no dijo nada.

—Y luego, todas esas noches que estuve hecha polvo… —Suspiré— aunque yo no quería a nadie cerca, tú estabas ahí.

—Si pudiera volver atrás no iría. —Su sonrisa se ladeó, burlona—. Me llenaste de mocos todas las camisas.

Me reí y él también. Después su mano subió hasta mi mejilla, acariciándola con esa mirada que… madre mía, decía demasiado.

—Tengo una duda existencial —dije bajito—. ¿Por qué me llamas Reina?

Dudó, como si le costara soltarlo, y después sonrió bajando la cabeza.

—La primera vez que te vi… en pijama, despeinada, descalza y con ese carácter arrollador, pensé que eras la tía más auténtica y segura de sí misma que había conocido.

Un poco borde, sí, pero real. Nadie me había hablado así nunca.

Y pensé… —Rió bajito— pensé que, si quisieras, podrías gobernar el mundo.

Ser la reina de todo. Fue mi primera impresión, aunque luego dudara de si era verdad o solo mi cabeza.

Hice un gesto pensativo.

—Gobernar el mundo suena bien… aunque yo prefiero conquistar tu corazón antes que eso.

—Ese lo tienes conquistado hace mucho, Reina.

Me agarró de la nuca y me besó con ganas, de esos besos que queman, que te devoran. Y de repente, la comida dejó de importar. Sus manos empezaron a recorrerme lento, subiendo por mis piernas hasta llegar a mis pechos, como si necesitara adorar cada parte de mí.

—Creo que necesitas un baño, Reina —murmuró contra mi cuello, tirándome de un pezón con sus dedos mientras yo echaba la cabeza hacia atrás con un gemido que no pude contener.

—Mike…

Él gruñó bajo, con esa intensidad que me hacía vibrar, y en un segundo me levantó, sujetándome por el culo, llevándome hasta el baño. En el trayecto solo nos miramos y nos reímos, como dos que saben perfectamente lo que va a pasar.

Me dejó en el suelo mientras abría el grifo de la bañera, dejando que el agua se llenara. Y mientras tanto, me fue desnudando despacio, sin apartar los ojos de mí ni un segundo. Cuando solo quedaba el tanga, se echó atrás, apoyándose en la pared, con esa mirada suya que me ponía a mil.

Me quedé quieta mirando como sus ojos me recorrían entera. Se mordió el labio y a mí se me mojaron las bragas solo con ese gesto, aunque ya estaba muy húmeda de antes.

—¿Piensas quedarte ahí mirándome?

—Sí, exactamente eso voy a hacer.

Fruncí el ceño, confundida, hasta que vi esa sonrisa lobuna que se le dibujó en la cara.

—Tócate.

Lo miré con cara de “¿qué?” y luego a los lados, como si alguien pudiera entrar en cualquier momento.

—¿Aquí? ¿En serio?

—Ahí mismo —dijo, señalándome con un gesto de la barbilla el lavabo.

Me reí nerviosa, pero la idea me erizó la piel. Así que me quité el tanga delante de él, me senté donde me dijo y abrí las piernas, con él enfrente. Sentía su mirada clavada en mí como si me desnudara con ella. El corazón me latía tan fuerte que me costaba respirar.

Cuando mi mano bajó y mis dedos rozaron mi clítoris por primera vez, fue como un latigazo. Solté un gemido ahogado. Cerré los ojos un segundo, pero su voz grave me atravesó.

—No los cierres. Quiero que veas cómo lo haces.

Los abrí de golpe y ahí estaba él, apoyado en la pared, con esa sonrisa lobuna, la mandíbula tensa, y la erección marcada contra su pantalón. Me mordí el labio. Dios. Solo de mirarlo podría correrme.

Mis dedos empezaron lentos, acariciándome, pero enseguida me encendí más fuerte porque verlo disfrutar de mí era… brutal. Esa mirada fija, hambrienta, casi posesiva, me hacía sentir suya aunque no me tocara.

—Eso… —murmuró con un gruñido bajo—. Más, Reina.

Obedecí. Apreté más, subí el ritmo. Mi respiración se volvió irregular, los gemidos escapaban de mi garganta y el calor me quemaba por dentro. La mezcla de excitación y vergüenza me tenía al borde del orgasmo, pero era justo lo que él quería: verme vulnerable, abierta, desatada para él.

—Dios… —susurré, perdiendo la compostura.