Chapter 33 #2
—Diecisiete mil. Diecisiete mil niños, Michael. Si ese hombre que acaba de soltar un millón por esa escultura lo hubiera invertido en ellos, habría salvado miles de vidas.
Él me miraba en silencio, con algo parecido al orgullo brillando en sus ojos. Yo, en cambio, sentí un nudo en el pecho. Quizá lo de traerme aquí para comprarme algo carísimo no era tan buena idea.
Michael no dijo nada más.
En la sala de repente se hizo un silencio extraño, como si todos hubieran contenido la respiración a la vez.
Los hombres que subían las piezas a la tarima aparecieron cargando lo que parecía un cuadro enorme, tapado con una tela roja.
Lo colocaron sobre un caballete en el centro y lo dejaron ahí, cubierto, creando más expectación de la que ya había.
—Señoras y señores… —Empezó el presentador con esa voz pomposa que había usado toda la noche— hemos llegado al momento estrella.
La pieza más esperada, guardada bajo llave hasta ahora.
Una obra que no es solo arte, es un pedazo de alma.
Una fotografía que captura la esencia de la mujer más cautivadora que jamás haya existido.
Belleza, pasión, gracia. Una experiencia, más que un retrato.
Y con el permiso de ustedes, es un honor presentarles a la protagonista de esta obra: la señorita Hero Cavanaugh.
Mi corazón directamente se frenó. Sentí como si todo mi cuerpo se apagara por un segundo.
Mi nombre. Había dicho mi nombre. Y cuando retiraron la tela, lo entendí.
Era uno de los retratos que Michael me había hecho en su estudio.
Uno de esos momentos íntimos, míos y suyos…
ahora expuesto ahí, frente a cien personas.
—¿Qué? —susurré, incapaz de articular más. Giré la cara hacia Michael, pero él seguía mirando la tarima, como si nada.
—Damos inicio a la subasta —continuó el presentador—. ¡Comenzamos con la primera oferta!
No tardó ni un segundo en alzarse el primer cartel.
—Quinientos mil.
El presentador sonrió como si hubiera ganado la lotería.
—¡Magnífico! Quinientos mil euros. ¿Quién da más?
Los números empezaron a subir a una velocidad que me mareaba. Seiscientos, setecientos, ochocientos… cada oferta me apretaba más el pecho. ¿De verdad estaban pujando por mí? Porque eso no era un cuadro cualquiera. Era yo.
La sala vibraba con la tensión, la gente levantaba sus paletas como si pelearan por un trofeo. Y yo ahí, intentando no desmayarme.
—¡Un millón doscientos mil! —cantó el presentador con entusiasmo.
Me faltaba el aire. Un retrato mío valía ya más de un millón. Y la cosa no paraba. Las ofertas subían como si fueran fichas de póker, sin pensárselo. Medio millón, un millón más, otro… hasta que de repente llegamos a una cifra absurda.
—¡Cincuenta millones de euros!
La sala enloqueció. El presentador gritaba, los demás pujadores se miraban entre ellos, y yo solo sentía un nudo en el estómago. Era surrealista, como si no estuviera pasando de verdad.
—Última oferta. Cincuenta millones a la una, a las dos y…
—Trescientos millones de euros —dijo una voz grave.
Y entonces, silencio. Un silencio sepulcral. Todos se giraron. Yo también. Y lo vi.
Michael, con la paleta en alto. Tranquilo, firme. Como si acabara de pedir un café y no de soltar trescientos millones.
¿Había comprado su propio retrato?
Me quedé helada. El mundo siguió, el presentador siguió hablando, la gente aplaudió… pero para mí todo desapareció. Solo estaba él. Él y esa cifra ridícula. Había traído a subastar su propia obra y se lo había comprado a sí mismo. No entendía nada.
—¿Estás bien? —me preguntó bajito, como si no acabara de parar la sala entera.
—N-no… no lo entiendo. —Mi voz temblaba.
Él se inclinó un poco hacia mí, sin apartar la vista de la tarima.
—Te dije que algún día subastaría uno de tus retratos para que vieras lo hermosa que eres. Ha llegado a cincuenta millones.
—Sí, pero… lo has comprado tú.
—No iba a dejar que alguien tuviera algo que me pertenece.
—Se giró y me miró directamente, con esa intensidad que siempre me desarma—.
Pero al menos sabes que alguien más estaba dispuesto a pagar una fortuna por tenerte cerca todos los días.
Porque han visto la misma belleza que me hizo enamorarme de ti.
Me quedé con los labios entreabiertos, incapaz de responder. Lo único que tenía claro es que estaba shock.
Cuando desperté más o menos de la burbuja en la que me encontraba, vi que la mayoría de persona ya se habían levantado y estaban saliendo de la sala.
Miré a Michael que me sonrió, me agarró la mano y me llevó con calma hacia la mesa donde firmaban los contratos.
El presentador de la subasta nos recibió como si fuéramos estrellas de cine.
—Ah, Michael Anderson. Es todo un honor tenerte hoy aquí con nosotros y que hayas decidido comprar esa maravillosa obra —dijo el presentador, y entonces me miró a mí—. Imagino que usted debe de ser la señorita Cavanaugh. Es un retrato precioso.
Le sonreí como pude y le tendí la mano.
—Gracias.
—Ha sido un placer trabajar para usted y espero que vuelva a traer más obras de su propiedad a futuras subastas.
Mi sonrisa se congeló. ¿Obra de mi propiedad? ¿Trabajar para mí? ¿Qué estaba pasando?
El hombre llamó a Michael para que lo acompañara a firmar el contrato de compraventa. Lo vi alejarse unos metros, firmar papeles, y luego extender un cheque.
Claro, un cheque que va a cobrarse él mismo.
Todo me parecía surrealista.
Cuando volvió hacia mí, el presentador le dio un apretón de manos y después me tendió el cheque.
—Ha sido un verdadero placer trabajar para usted.
Miré el cheque con el ceño fruncido y, cuando el presentador se fue, me giré hacia Michael.
—¿Qué… qué es esto?
Leí el cheque y sentí un golpe en el estómago. El papel llevaba mi nombre escrito. Hero Cavanaugh. La cantidad: trescientos millones de euros. Emitido por Michael Anderson.
Miré a Michael.
—¿Qué es esto? ¿Por qué lleva mi nombre?
Michael me sostuvo la mirada. No necesitaba decir nada.
—Es tuyo —dijo él, como si me estuviera regalando una chocolatina.
—¿Cómo que mío? No entiendo nada.
Michael arrugó la nariz de una forma que casi parecía tierna.
—No pasa nada, yo te lo explico. Puse el retrato a tu nombre.
Ese era mi regalo para ti. Y lo puse en la subasta, y te lo he comprado por trescientos millones de euros.
Ahora yo tengo mi retrato de vuelta y tú trescientos millones de euros en tu cuenta de banco para que puedas hacer todo eso que me has dicho que harías si tuvieras ese dinero.
Me quedé con la boca abierta.
—Espera, espera… o sea, cogiste un retrato mío que fotografiaste tú, dijiste que era mío, lo subastaste sin preguntarme y luego te has gastado trescientos millones de euros en recuperarlo… ¿para regalarme ese dinero?
Michael que tenía los ojos entrecerrados mientras pensaba y la boca ligeramente formando una “o”, levantó las cejas e hizo una mueca con la cara.
—Dicho así suena fatal, pero sí. Bueno, menos la parte del regalo, que no suena tan mal. Ah, y el cuadro siempre fue tuyo. Nunca me firmaste derechos de imagen.
—Eso suena a excusa barata.
—No, es verdad. Siempre hago que la gente me firme la cesión de derechos. Tú nunca firmaste nada.
—Ya… entonces si te digo que me devuelvas los retratos que tienes colgados en tu casa de Los Ángeles, ¿me los das?
—Puedes pedírmelo, pero no. Ni loco.
—Entonces era una excus…
No me dejó acabar. Me agarró la cara con las dos manos y me besó.
—Por Dios, eres como un grano en el culo. ¿No puedes darme las gracias y ya está?
—Pues no, la verdad.
Él rodó los ojos.
—Ahora puedes comprarle esa casa a tu madre y hacer todo lo que quieras. Sabía que si intentaba comprártelo yo directamente, me mandarías a la mierda, así que se me ocurrió este plan hace tiempo. Así no te faltará nada.
Me entraron ganas de llorar. De amor, probablemente.
—Michael…
—Lo digo en serio. Me han dado hasta ganas de montar una puta ONG para esos diecisiete mil niños que mueren cada día en África, por ti.
—Michael…
—No, en serio, la voy a montar. Mira, ya tengo el nombre: HERO. Héroes para la Esperanza, el Rescate y la Oportunidad de los niños en África.
—Michael. —Lo interrumpí de nuevo. Él me miró, suspiró y yo solté las palabras que me quemaba en la lengua—. Gracias. Te quiero.
Su sonrisa me mató. Le devolví la sonrisa antes de ponerme de puntillas para besarlo. Guardé el cheque en el bolso y me dejó que le cogiera la mano para salir de allí.
Estaba completamente loco si creía que iba a quedarme ese cheque. En cuanto llegara a casa, lo rompería y lo tiraría a la basura.