Ni un beso más de ti (Sin ti 2) Chapter 33
90%

Chapter 33

Capitulo treinta y uno

Hero

No podía creer lo que había pasado en menos de veinticuatro horas.

Mi idea era salir un viernes por la noche con una amiga, despejarme un rato y pasarlo bien.

Y sí, me divertí… pero no con ella. Terminé en brazos de alguien a quien, en teoría, no iba a volver a ver en mi vida.

A menos que coincidiera en Miami, en casa de mi padre y Ximena, lo cual sonaba más a casualidad del destino que a algo real.

La verdad es que me sentía… ¿débil? Sí, débil emocionalmente.

Yo misma le había pedido que se ganara una oportunidad conmigo, porque se había pasado un año entero lejos de mí.

Sus explicaciones fueron convincentes, sí, pero yo quería más.

Quería hechos. Y aun así, con él tan cerca y el alcohol corriendo por mi cuerpo, caí como una idiota.

Débil y patéticamente enamorada. Exactamente como me quedé hace un año.

Siempre me pregunté cómo sería nuestro reencuentro. Y mira, al menos el guantazo que llevaba tiempo imaginando, se lo di. Pero lo de mandarlo a la mierda por haberse alejado… ahí no tuve agallas. Qué patética. Seguía estando igual de pillada por él que antes.

“ —¿Cómo he podido enamorarme de Michael sintiendo cosas por Jaden? —le pregunté a mi psicóloga.

Su respuesta me despejó todas las dudas:

—El amor es complicado y tiene mil caras.

A veces pasa que podemos querer a más de una persona al mismo tiempo, y no significa que esté mal.

Cada relación te da cosas distintas, emociones diferentes, maneras únicas de sentir.

En tu caso, puede que con Michael hayas encontrado algo que con Jaden no tenías, algo que te completa de otra forma o te hace sentir distinta.

El amor no sigue una sola regla ni va siempre en línea recta; cambia, evoluciona, y es normal que los sentimientos se transformen con lo que vives y con las personas que llegan a tu vida. ”

Y entonces lo entendí.

Lo de Jaden nunca fue lo que yo creía. Nuestra relación fue un caos de celos, mentiras y peleas.

Lo quería, claro, pero era un amor egoísta, un amor arrastrado desde la adolescencia, lleno de frustración y expectativas rotas.

Con Michael era distinto. Con él descubrí un amor limpio, real, de complicidad, de apoyo, de sentirme segura.

Un amor en el que podía ser yo misma sin miedo.

Y supe que eso era lo que de verdad quería y merecía.

Por eso había cedido, porque todo lo que tenía que ver con él me hacía sentir vulnerable…

y feliz. Y me encantaba sentirme así, como ahora, caminando de su mano por la calle, sonriendo con miradas que decían más que las palabras.

Y no entendía cómo alguien como él —un hombre de casi treinta, con un imperio a su nombre, inteligente, millonario, deseado por cualquiera— me había elegido precisamente a mí.

Yo, que no era nadie, hija de un americano y una española, sin fama ni fortuna, solo una licenciada en literatura inglesa y fotógrafa en proceso. ¿Cómo coño había pasado eso?

Llegamos a su hotel y mientras yo miraba cada rincón de la suite, él se estaba cambiando.

—¿Por qué te has quedado aquí si tienes una mansión en las afueras? —pregunté, jugueteando con un jarrón lleno de flores frescas—. Te habrías ahorrado un pastón.

Él me miró mientras se abotonaba la camisa y, cómo no, volvía a ponerse traje.

—Aquí estaba más cerca de ti.

Lo miré arqueando una ceja.

—¿Has venido a París solo por mí?

Sonrió mientras se acomodaba el cuello.

—¿Te sorprende?

Me quedé observándolo, sin poder evitar sonreír.

—No. Contigo ya nada me sorprende. Eres un hombre impredecible e impulsivo. No me extrañaría nada que hubieras venido solo por mí.

En tres pasos se colocó delante de mí, cogiéndome la cara antes de besarme despacio.

—Sí, soy impredecible e impulsivo. Habría ido a buscarte a cualquier parte.

—Qué obsesivo —musité, poniéndome de puntillas para volver a besarlo mientras le acariciaba la nuca.

Sus manos ya me tenían sujeta por las caderas.

—Si sigues besándome así, vamos a llegar tarde.

—¿Y qué? Lo demás puede esperar, ¿no?

Él inspiró hondo, mirándome con esos ojos que me desarmaban.

—A la mierda.

Me levantó de golpe y me sentó encima de la cómoda. El jarrón cayó al suelo y se hizo añicos, pero nos dio igual. Michael me subió el vestido hasta la cadera y bajó mis leotardos con calma.

—Tienes una piel maravillosa… —murmuró mientras sus manos subían lentamente por mis piernas hasta encontrar las tiras de mi tanga, que bajó con suavidad.

Yo, en cambio, estaba acelerada, quitándole los botones de la camisa con ansia, bajándole la cremallera.

Cuando liberé su erección, él me empujó hacia el borde de la cómoda y entró dentro de mí de golpe.

Soltamos un gemido al unísono que rompió el silencio de la suite.

Se movía fuerte, con urgencia, como si yo fuera lo único que le mantenía vivo.

Me bajó el escote y sacó mi pecho, atrapándolo en su boca mientras me embestía.

Dios.

Me miraba como si quisiera grabar mi cara en su memoria.

—Joder, qué maravilla… —susurró con el ceño fruncido por el placer.

Me agarró del pelo y me besó con desesperación.

Yo le mordí el labio, con rabia y deseo, arrancándole la camisa de un tirón.

Necesitaba verlo, tocarlo, hacerlo mío. Sus manos se clavaban en mis muslos, en mi cintura, en mi culo, dejándome sin aire.

Y yo quería que me dejara marcas, que a la mañana siguiente pudiera verlas y saber que todo había sido real.

Que me deseaba, que me quería, como yo a él.

Porque sí, lo quería. Dios, lo quería desde hacía más de un año. Lo supe el día que se fue. Y necesitaba decírselo. Sabía lo que sentiría si no se lo decía, como me pasó con Jaden. Que nunca se lo dije y siempre me arrepentí.

Lo agarré de la cara suavemente, obligándolo a mirarme. Sus movimientos se hicieron más lentos, como si él también lo sintiera. Lo besé dulce, despacio, y en su boca lo solté:

—Te quiero.

Él se detuvo con sus ojos clavados en los míos.

No había vuelta atrás.

—Llevo mucho tiempo queriéndote —continué, con la voz temblando—. Me enamoré de ti en Miami y sigo estándolo ahora.

Michael me acarició la mejilla, una sonrisa lenta apareció en su cara. Y sin decir nada más, me levantó de la cómoda y me llevó a la cama. Caímos juntos, él encima de mí, como si el mundo pudiera esperar.

—Si no estuviera tan excitado, creo que lloraría.

Solté una carcajada mirando al techo.

—Lo digo en serio —insistió—. Nunca pensé que mi amor iba a ser correspondido, Reina.

Lo miré, apretando los labios.

—¿Me quieres?

No había ni rastro de sonrisas en su cara.

—Más de lo que alguien podría amar jamás a otra persona. Lo mío por ti no tiene límites.

Me mordí el labio. Con esas palabras ya estaba perdida. Bajó la boca a la mía y siguió haciéndome el amor, esta vez despacio, como si quisiera grabar cada segundo.

Cuando por fin decidimos que tres orgasmos eran suficientes, me llevó a la ducha. Nos vestimos a toda prisa, aunque al ver los botones de su camisa desperdigados por el suelo no pude evitar disculparme. Él, en vez de quejarse, me besó y sacó otra camisa del armario, como si nada.

Bajamos juntos hasta la puerta del hotel. El aparcacoches trajo su coche y ahí estaba: un BMW XM Label Red, recién salido del horno. Yo me quedé mirando el interior de cuero beige, esa pedazo de pantalla y mil botones que no entendía para qué servían.

—Bonito coche —comenté mientras me acomodaba en el asiento.

—Gracias.

—¿Esta era la sorpresa?

Michael sonrió con ese aire suyo, como si ya supiera lo que pensaba.

—Ojalá, pero no. Te conozco. Sé que un coche no te sorprendería.

—Te falta decir “ tan caro”. Un coche tan caro. Pero tienes razón, no hubiera sido ninguna sorpresa.

Arrancó sin necesidad de GPS, conduciendo por las calles de París como si fueran suyas, como si se hubiese criado allí.

Llegamos al casco antiguo y metió el coche en un parking privado.

Me agarró la mano sin preguntar, como si fuera lo más normal del mundo, y me llevó por las calles iluminadas hasta un edificio histórico, con guardias en la entrada.

Solo enseñó su documentación y nos dejaron pasar.

Uno de los hombres nos indicó una sala al final del pasillo. Michael seguía sin decir ni una palabra, pero no hizo falta: al entrar, lo entendí todo.

Cientos de personas, todas vestidas de gala, sentadas frente a una tarima donde un hombre subastaba… un jarrón. Y no cualquiera, no, casi idéntico al que habíamos destrozado en el hotel. Se vendió por cien mil euros en el mismo momento en el que pisamos la sala.

—¿Me has traído a una subasta? —Lo miré alucinada. Esperaba un restaurante romántico, un paseo nocturno, algo así. Pero claro, con Michael nunca era lo que yo pensaba.

—Quería hacerte un regalo.

—¿Se subasta algo especial? ¿Una cámara de fotos, quizá?

Sonrió, con ese brillo en los ojos que siempre me desarmaba.

—Algo mejor. Escucha y verás.

La subasta siguió con pinturas de artistas famosísimos, esculturas de mármol y piezas modernas. Los precios se disparaban: quinientos mil por un cuadro abstracto, un millón por una escultura. Yo los miraba con la boca abierta.

—Madre mía, qué desperdicio de dinero.

—Bueno, algunos tienen tanto que no saben dónde tirarlo, así que vienen a subastas y lo hacen aquí. —Se inclinó hacia mí, hablando bajo—. ¿Y tú? ¿Qué harías si tuvieras tanto dinero?

—¿Yo? —Eso era algo que tenía clarísimo—. Lo primero que haría sería comprarle una casa a mi madre y asegurarme de que nunca más tuviera que preocuparse por nada. Le pondría una cuenta a su nombre y listo.

Michael asintió despacio, mirando hacia delante.

—¿Y si todavía te sobrara?

Lo miré un segundo y luego volví hacia delante.

—Lo gastaría en los que lo necesitan. ¿Sabes cuántos niños mueren al día en África por enfermedades que tienen cura?

—Supongo que demasiados. —Me miró con el ceño fruncido. No se lo esperaba.