Chapter 32 #2
Acabamos tirados en la cama, sin fuerzas, los dos respirando como si hubiéramos corrido una maratón. Michael me pegó a su pecho y cerró los ojos. Yo hice lo mismo y lo último que alcancé a ver fue el inicio del amanecer por la ventana. Habíamos estado toda la noche follando.
Cuando abrí los ojos al sol de la mañana me dolía absolutamente todo, especialmente ahí abajo.
Apenas habían pasado tres horas desde que me quedé dormida y sentía el cuerpo molido; pero con una sonrisa estúpida en la cara al recordar la noche.
Giré la cabeza y lo vi. Michael. Dormido, tranquilo, con esas pestañas tan largas que daban envidia y el pelo hecho un desastre.
No podía dejar de mirarlo. Era tan guapo que hasta dolía.
Y yo ahí, babeando por él en silencio como una tonta.
Después de un buen rato, me incliné y lamí sus labios antes de besarlo. Él soltó un gemido bajo, abrió los ojos despacio y me miró medio dormido.
—Creí que lo había soñado todo.
Le acaricié la barba con una sonrisa.
—Pues ha sido un sueño bonito, ¿no?
—La realidad es más bonita. Como tú.
Rodé los ojos, aunque no pude evitar reír.
—¿Qué pasa? ¿Por qué no estás dormida? —Le costaba abrir los ojos por la luz que entraba por la ventana.
—Me despertó la luz… y luego me desvelaste tú.
Michael me miró durante lo que me pareció un eternidad.
—Dime que no te has arrepentido.
Negué enseguida, arrugando la nariz.
—No me arrepiento de nada de lo que hice contigo. Ni ayer ni nunca.
Su sonrisa se suavizó, entendiendo lo que le estaba diciendo. Pasé los dedos por su pecho bien formado y sus abdominales. Se notaba que durante este año había estado dedicando mucho tiempo a su físico. Estaba mucho más fuerte y más definido.
—Bien… entonces podemos dormir un poco más. Luego quiero llevarte a un sitio.
—Mmm… yo estaba pensando en otra cosa antes de dormir. —Le sonreí, clara como el agua.
Él volvió a abrir los ojos y me miró fijamente, como si supiera que lo estaba provocando a propósito.
—Así que eres de las que no necesitan descanso…
—Necesito descanso, sí. Pero te necesito más a ti. Y llevo demasiado tiempo esperándote como para perder horas durmiendo.
Se rió bajito, y por un segundo pensé que iba a hacerse el duro.
—Diría que no… pero sabes que no puedo negarte nada.
Se giró subiéndose sobre mí y volvió a besarme como si lo hubiera estado esperando toda la vida.
Y volvió a hacerme el amor. Al principio fue suave, como si me tuviera en un pedestal, recorriéndome la espalda y el culo con besos que me ponían la piel de gallina.
Luego me levantó la cintura, poniéndome de rodillas, y se perdió sin pudor en mí, lamiéndome hasta dejarme sin aire antes de hundirse de nuevo.
Iba despacio, luego rápido, luego otra vez despacio…
un juego que me volvía loca porque era dulce y, al mismo tiempo, salvaje.
Nunca había sentido una mezcla tan brutal de ternura y desenfreno.
Un par de horas más tarde nos encontrábamos en la cocina desayunando cereales como si no hubiéramos pasado la noche dándonos la vida.
Michael iba sin camiseta porque él mismo me había vestido a mí con ella.
Las vistas eran una pasada, pero la mejor vista era él, sentado enfrente, despeinado y con una sonrisa medio oculta.
Me recordó al momento en que me hizo aquellas fotos.
—Haría unos cuantos cambios, sí.
—¿El sofá, verdad? —Pregunté.
Miré la decoración. No estaba tan mal.
—En general, todo. —Se encogió de hombros.
—Pues a mí me gusta.
—Ya, por eso no haremos cambios.
Puse los ojos en blanco, sonriendo.
—Vale, ¿y a dónde decías que me querías llevar?
—Es un secreto.
Levanté la ceja.
—Oh, venga ya. Dímelo.
—No. —Se metió una cucharada en la boca y sonrió como un niño malo.
Me incliné hacia él y gemí su nombre como la noche anterior.
—Miiike…
Michael se atragantó con los cereales y luego me echó un vistazo antes de agarrarme por la cintura y subirme en la encimera. Se colocó entre mis piernas y me atrajo a su creciente erección. Yo le rodeé la cintura con los pies y sonreí. Al parecer tenía un efecto inmediato en él, como él en mí.
—Aunque intentes seducirme no vas a conseguir que te lo diga —me susurró antes de besarme como si quisiera borrarme la memoria.
—Pues lo adivinaré —contesté jadeando.
—Inténtalo.
Se encogió de hombros, como si supiera que nunca lo adivinaría.
—Te has comprado un piso en el centro de Paris.
—No, aunque tengo uno.
Fruncí el ceño.
—¿Tienes un piso en el centro de Paris?
—Una mansión a las afueras, me lo regaló mi padre cuando cumplí los veinticinco años.
—Claro, a mí me regalaban ropa del Primark y a ti te regalaban mansiones. Lo normal. —Se rió—. A ver… has montado una nueva galería aquí en París…
Esta vez fue él quien frunció el ceño y ladeó la cabeza.
—No, aunque no estaría nada mal… Gracias por la idea.
Sacudí la cabeza.
—Mmm…
—¿Ya se te han acabado las ideas?
—Espera… ¡¿Me vas a llevar a la Torre Eiffel?!
Puso una mueca de sorpresa.
—¿Llevas casi once meses en Paris y aún no has visitado la Torre Eiffel?
Me encogí de hombros.
—No es que haya tenido tiempo, ¿vale? Igualmente ¿cómo sabes que llevo casi once meses aquí?
—Hablo a menudo con tu hermano.
—¿Y ha sido Reid quien te ha dado mi dirección o lo has averiguado tú con tu don de investigador?
Sonrió divertido.
—Ha sido mi don.
Suspiré, medio divertida, medio indignada.
—Tu don obsesivo, querrás decir.
Él sonrió, pero no negó nada.
—¿Qué más has investigado de mí aparte del tiempo que llevo aquí y mi dirección?
Levantó una ceja y dudó sin decírmelo. Al final, su sinceridad ganó la batalla.
—Tu escuela…
—Mi escuela —repetí atrayéndolo hacia mí.
—Tus amigos…
—Mis amigos.
—Y… a tu vecino.
Solté una carcajada echando la cabeza hacia atrás.
—¿A Kim? ¿Por qué le has investigado?
—En realidad no fue solo a él, fue a todos los vecinos de esta planta.
Seguí riéndome, aunque no tendría que hacerme gracia. Había investigado a mi vecino, por Dios. Nunca había tomado a Michael por un hombre celoso, en realidad nunca demostró celos por ningún hombre.
—Mike.. en serio, creo que deberías dejar de investigarme. Y a partir de ahora directamente pregúntame a mí todo lo que quieras saber.
Michael suspiró mirándome.
—No lo hice por lo que te estás imaginando, solo quería saber que vivías en un buen ambiente.
Entrecerré los ojos.
—Ya, claro… no tendrá nada que ver que tenga a un vecino muy guapo y muy soltero viviendo justo a mi lado.
Él me miró con esa sonrisa peligrosa.
—Podrá ser muy guapo y todo lo que quieras, pero conmigo no tiene nada que hacer, Reina.
—Egocéntrico.
—Realista. Si no, dime… ¿Por qué no pasó nada entre él y tú?
Me callé, sonrojándome, y él supo que me había pillado. Lo empujé a un lado y me bajé de la encimera fingiendo indignación.
—No es asunto tuyo. Me voy a vestir.
Salí corriendo de la cocina riéndome y, claro, escuché su risa detrás. Y ahí supe que estábamos jodidamente perdidos el uno en el otro.