Ni un beso más de ti (Sin ti 2) Chapter 32
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Chapter 32

Capítulo treinta

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Michael no lo dudó. Ni un segundo. Se lanzó a besarme como si no hubiera pensado en nada más durante este último un año.

Y yo… yo me quedé sin aire. Sentí sus labios rozar los míos, suaves al principio, como si tuviera miedo de romperme, pero cargados de todo lo que se había estado guardando.

El calor de su boca, su aliento mezclándose con el mío… fue como un golpe directo al pecho.

Ese beso me encendió entera. No era solo deseo, era rabia, nostalgia, necesidad.

Lo había echado tanto de menos que dolía.

Y cuando sus manos se apoyaron en mi cara, acariciándome despacio, me dieron ganas de llorar.

Porque era él, porque estaba ahí, porque me miraba y me besaba como si fuera lo único que importaba.

Le rodeé el cuello con los brazos y sentí cómo me levantaba de un tirón, sujetándome por las piernas. Enredé los tobillos en su cintura, sin dejar de besarlo, y me llevó directo a la habitación. Nuestra habitación. Me dejó caer en la cama con cuidado, pero sin soltarme la boca.

Sus manos se deslizaron por mi estómago, por encima del vestido, y yo instintivamente me moví contra él, rozándome con la dureza que tenía bajo los pantalones.

Soltó un gruñido grave que me hizo estremecer, y apretó más contra mí.

Esta vez fui yo la que soltó un gemido, y él quien lo acalló con un beso.

—Joder, haces los mismos ruiditos que cuando comes hamburguesas.

No pude evitar reírme, porque sí, había sonado muy parecido. Me miró con esa intensidad que me quemaba, con las pupilas dilatadas y los labios rojos, hinchados. Estaba brutal.

—Pues genial —murmuró, con media sonrisa—, porque ahora cada vez que te vea comiendo una no voy a poder pensar en otra cosa más que en esto.

Nos miramos un segundo, con esa tensión colgando en el aire. Tiré de su sudadera como una loca y, con su ayuda, salió volando junto con la camiseta, dejándome a la vista su piel tatuada. Lo recorrí con los ojos, grabando cada detalle, y él volvió a atraparme la boca como si tampoco pudiera parar.

Me subí a horcajadas sobre él, y me quité el vestido de un tirón sin pensarlo demasiado. Necesitaba sentirlo, piel contra piel. Aún me quedaba el sujetador, que estorbaba más de lo que ayudaba, pero estaba demasiado encendida como para que me importase.

Sus manos se agarraban fuerte a mi cintura, clavándome contra él, y yo jugueteaba con su pelo, sin dejar de besarlo.

—No quiero dejar de besarte —me dijo entre jadeos, rozándome los labios—. He pasado un año entero creyendo que no volvería a tenerte así. Y me da miedo que te eches atrás.

—No voy a echarme atrás. Y esta vez no pienso dejar que pase tanto tiempo. No volveré a dejar que cojas otro maldito avión y te alejes de mí —le susurré antes de volver a perderme en su boca.

Con un movimiento rápido me desabrochó el sujetador con una sola mano, como si nunca hubiera olvidado cómo hacerlo, y lo tiró al suelo.

Su boca abandonó la mía para recorrer mi cuello y bajar hasta mis pechos.

Me acarició con las manos y luego se los llevó a la boca.

Sentí cómo los mordía y lamía despacio, mirándome desde abajo, y tuve que morderme el labio para no gemir más fuerte.

—No sabes la de veces que he imaginado esto —susurró, antes de volver a lamerme.

Me estremecí entera. Luego regresó a mis labios, empujándome despacio contra su entrepierna, en un vaivén lento que me estaba matando.

—Voy a recorrer cada parte de ti —dijo, con esa voz ronca que me hacía temblar—. Y voy a hacerte mía.

No me dio tiempo a responder. Bajó otra vez por mi cuello, mi pecho, mi vientre… y me quitó las medias despacio, besando mi piel mientras lo hacía. Me estaba volviendo loca con lo lento que iba, con la forma en que me miraba como si yo fuera algo sagrado.

Cuando sus labios llegaron a mi entrepierna, por encima del tanga, solté el aire de golpe.

Me besó ahí con calma y gimió. Sentí cómo me mojé con ese sonido.

Luego apartó la tela con los dedos, sentí su lengua y todo mi cuerpo se arqueó de inmediato.

No pensé, no respiré, solo gemí. Y él no paró.

Me lamía y me comía como si se le fuera la vida en ello, acompañando cada movimiento con sus dedos, llevándome directo al borde del orgasmo.

No pude durar mucho, entre el tiempo sin hacer nada, las ganas acumuladas y esa forma de tocarme… me corrí en segundos, temblando. Él no se apartó, sino que me apretó más contra su boca, tragándose todo, como si quisiera quedarse con cada parte de mí.

Me quitó el tanga y me dejó desnuda, completamente expuesta. Se incorporó para quitarse los pantalones y yo no aparté los ojos de él ni un segundo. Quise levantarme a arrancárselos yo misma, pero me congeló con esa mirada. Esa mirada que decía que ya me tenía. Que yo ya era suya.

—¿Condón? —me soltó de repente.

No sé si quería saber si yo tenía, si quería que fuéramos a pelo o si simplemente me estaba dando la opción de decidir.

—Tomo la píldora —respondí sin pensarlo mucho. Asintió una vez, serio, y luego se bajó el pantalón y los calzoncillos de golpe.

Y ahí… me quedé con la boca abierta. No podía ser. Eso no era normal. Era demasiado. Demasiado grande, demasiado ancho, demasiado todo. Me quedé mirándola con los ojos como platos.

—Joder, Michael… es enorme. Me vas a destrozar.

Él sonrió de esa forma que me mataba, medio canalla, y se inclinó hacia mí, cubriéndome.

—¿Te vas a echar atrás? —murmuró contra mi cuello, haciéndome cerrar los ojos haciéndome sentir un escalofrío.

—No… pero…

—Voy a ser cuidadoso.

Lo dijo mirándome a los ojos, y yo solo pude asentir, aún procesando el tamaño de su polla.

Bajé la mano, con curiosidad y miedo a la vez, y cuando intenté rodearlo, ni siquiera pude cerrarla del todo.

Me faltaban varios centímetros para que mis dedos se tocasen.

Dios bendito. Sentí que me iba a partir en dos.

Él soltó un gemido ronco cuando la toqué y la guié hacia mi entrada.

Me besó de nuevo, despacio, como si quisiera distraerme, y empezó a entrar poco a poco.

Menos mal que estaba mojada, porque si no, ni de coña.

Sentía cómo me abría, cómo me llenaba de una forma que jamás había sentido. Y apenas era la punta.

—¿Te duele? —preguntó, con la voz entrecortada.

Dolor no. Era como… como si mi cuerpo se estirara al límite, pero con una especie de placer que me sacudía de arriba abajo. Casi me corría solo de sentir cómo entraba.

—No… pero hazlo rápido.

—No quiero hacerte daño.

Me mordí el labio. Sí, probablemente me rompería si entraba de golpe, pero no me importaba. Aun así, me dejé llevar a su ritmo, despacio, paciente. Sentía cada centímetro como si se grabara a fuego lento dentro de mí.

Cuando empezó a moverse de verdad, sacando y entrando un poco más cada vez, me volví loca. Me erizaba entera. Y cuando al fin conseguí mover las caderas y hacer que entrara hasta el fondo, ambos gemimos a la vez. Fue brutal.

Él me miró como riñéndome, pero al ver mi expresión mordiendo el labio, se rindió y empezó a moverse más rápido.

—Joder… maldita sea —gruñó, con el ceño fruncido y los ojos fijos en mí—. Esto es mejor de lo que me había imaginado.

Yo no podía dejar de gemir en cada embestida. Me besó con fuerza, agarrándome de la mandíbula, y entonces se volvió todo más salvaje, más descontrolado, pero siempre con ese cuidado suyo de no hacerme daño.

—Michael… —jadeé.

Me besó otra vez, yo le tiré del pelo como si quisiera pegarlo más a mí. Aceleró y sentí esa presión en mi interior, esa quemazón que me avisaba de que estaba a punto.

—Mike… no pares.

—Ni de coña voy a parar.

Entonces exploté y me quedé rígida debajo de él, temblando con un orgasmo que me dejó sin fuerzas. Apenas recuperé el aire cuando lo hice rodar y me subí encima. Quería probarlo así, dominarlo yo.

La diferencia fue increíble. Desde arriba sentía lo enorme que era, hasta dónde llegaba.

Subía y bajaba agarrándome a sus hombros mientras él me sujetaba de la cintura, y cada vez que lo hacía notaba cómo me entraba hasta el fondo.

Mis pechos rebotaban, él gemía conmigo y yo casi me corrí otra vez solo de verle la cara mientras me miraba.

—Joder, eres preciosa, Reina. No hay nada mal en ti. Eres perfecta, ¿me oyes? Perfecta.

Se incorporó y me abrazó, besándome entre gemidos, mientras yo seguía moviéndome sobre él.

—Mike… —susurré.

—¿Ya estás lista otra vez? —me preguntó, jadeando.

—Ajá. —Gemí, asintiendo con la cabeza.

—Pues córrete, Reina.

Dos movimientos más y me corrí otra vez, temblando encima de él. No me lo podía creer. Siempre me había costado muchísimo llegar, y con él llevaba ya tres. Tres.

—¿Estás cansada? —me soltó, medio sonriendo, medio retándome.

Fruncí el ceño y lo miré fijamente.

—¿Estás de coña?

Michael me levantó de repente y me pegó contra la pared. Me agarró las piernas y las pasó por sus brazos como si yo no pesara nada, y quedé en una posición en la que pensé que me iba a partir en dos. Pero no… A ver, me partió, sí, aunque de placer. Una, otra, y otra vez. Perdí la cuenta.

Estábamos empapados, tenía el pelo pegado a la cara y aun así él seguía recorriéndome con la boca, como si no le importara el sudor.

Me besaba cada rincón, me sujetaba como si de verdad creyera que iba a escaparme.

En la cama me puso en cuatro, me soltó un par de azotes que me hicieron gemir más fuerte de lo que esperaba, y en uno de ellos me corrí de golpe.

Fue tan intenso que casi me deshago. En cuanto él gritó mi nombre al correrse dentro de mí, sentí algo que nunca me había sentido: satisfacción, puro orgullo, como si escucharme en su boca me confirmara lo que yo ya sabía…

que no había nadie más para él. Que posiblemente no había nadie más para mí.