Ni un beso más de ti (Sin ti 2) Chapter 31 #4
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Chapter 31 #4

Nuestra. Creo que mi corazón se saltó un par de latidos antes de que pudiera sonreír y asentir. Levanté la mano con las llaves colgando de los dedos y él las miró.

—¿Hago yo los honores?

—Claro, porque el sobrio aquí eres tú.

—Y tú la borracha.

—No tanto —repliqué. La adrenalina de tenerlo ahí me había despejado de golpe.

Michael cogió las llaves, las giró tres veces en la cerradura y la puerta se abrió con un clic. Me dejó pasar primero. Encendí la luz y él entró detrás, escaneando mi pequeño salón, la cocina y el pasillo que llevaba a la única habitación y el baño. No era gran cosa, pero para mí era perfecto.

Dejé las llaves en la entrada, tiré los tacones en el zapatero y colgué el bolso en el perchero. Cuando me giré, lo pillé mirándome de arriba abajo con esa intensidad que lo caracterizaba.

—Bueno… esta es mi humilde morada.

—Nuestra. —Me corrigió.

—Será nuestra cuando pagues la mitad del alquiler.

—Si me mudo contigo, pago el cien por cien.

—Tengo dinero suficiente para pagar yo también, gracias.

—Y yo tengo dinero suficiente para comprar el edificio entero y regalártelo.

Rodé los ojos y bufé divertida. Dios, cuánto echaba de menos esto.

—Ya sabemos que nadas en dinero, pero deja de restregármelo o te mando de vuelta al hotel.

Levantó las manos en señal de paz, conteniendo una sonrisa, y siguió mirando alrededor hasta fijarse en el sofá.

—¿He de suponer que esas dos puertas del pasillo son la habitación y el baño?

—Correcto. Solo hay una habitación.

Asintió, pero luego se giró hacia el sofá con cara de estar juzgándolo.

—¿Te importa si compro uno en el que no me despierte como un anciano al día siguiente?

Sonreí y me dejé caer en él.

—Es más cómodo de lo que parece. Ven, prueba.

Me miró dudando, pero al final se sentó. Cuando lo hizo, giró la cabeza hacia mí.

—¿Eres consciente de que este sofá mide metro y medio y yo metro noventa?

—¿Ah, sí? ¿Tan alto eres?

—Más bien diría que tu sofá es demasiado pequeño.

Me eché a reír, y él sonrió conmigo.

—Si quieres, puedes dormir esta noche en mi cama y mañana compras uno —dije.

—¿Y tú? ¿Dónde vas a dormir?

—En mi cama —murmuré, encogiéndome de hombros.

Sus ojos se entrecerraron apenas perceptiblemente y sentí un escalofrío recorriéndome la espalda.

—Somos adultos —dije, conteniendo la sonrisa—, no tiene porqué pasar nada.

—Sí, somos adultos… pero no prometo que deje las manos quietas si duermo contigo.

—Que me metas mano estando borracha probablemente no ayudaría a que te ganes esa… —sus manos me agarraron de repente, y antes de que pudiera reaccionar, me alzó a horcajadas sobre él, con una pierna a cada lado de su cintura y sus brazos rodeándome—… oportunidad.

Esta posición me recordaba tanto a la última noche que pasamos juntos que por un momento quería volver a esa noche.

Tenerlo ahí debajo, con su cara tan cerca de la mía… Intenté no mostrar el temblor que recorría mi cuerpo. Desde esa perspectiva, vi su rostro diferente. Más intenso, más deseable, más Michael que nunca.

—Puede que no ayude… pero eso no significa que no lo haría con todas las ganas del mundo, disfrutando como si fuera la última vez —dijo, acariciando mis piernas.

Yo me mordí el labio y vi como sus pupilas se dilataban.

Él gruñó suavemente, acercando su boca a mi cuello.

—Mike… —Gemí, sin saber si era de placer o de preocupación. Tenía ganas de acercarme, de besarle, de que se ganara lo que quería, pero no podía dejar que me arrastrara tan fácil.

Sus besos subieron por mi cuello hasta mi oreja y luego rozaron mi mejilla.

—Te he echado de menos, Reina.

Sus ojos verdes se fijaron en los míos, y había en ellos una sonrisa pequeña, tierna y triste, como si mantenerse lejos de mí le hubiera costado lo imposible.

—¿Cómo estás? —preguntó con suavidad.

—Un poco tarde para eso, ¿no crees?

—Mejor tarde que nunca.

Asentí.

—Estoy bien. Bastante bien, de hecho. Todo va genial.

Sus dedos rozaron mi mejilla y se enredaron en un mechón de mi pelo oscuro, mientras asentía como si ya lo supiera todo de mí.

—¿Y tú? ¿Cómo has estado?

Sus ojos subieron a los míos, luego a mis labios y de nuevo a mis ojos. Parecía captar que la pregunta tenía truco.

—Ocupado… manteniéndome ocupado con trabajo para no pensar en venir a por ti y arrastrarte a Los Ángeles.

Sonreí. Siempre lograba revolver mis sentimientos con sus respuestas directas.

—Así que te has mantenido alejado un año y, aun así, no pudiste sacarme de la cabeza…

—No lo podrías haber dicho mejor.

Me atreví a pasar la mano por su mejilla, acariciando su barba.

—Me gusta cómo te queda.

—Y a mí —dijo, tirando un poco de mi pelo—, pero me gustaba más tu color natural. ¿Por qué lo cambiaste?

—Necesitaba cambios… para empezar a ver mi vida de otra forma.

—Estás preciosa, da igual el color.

Nos quedamos mirándonos un momento.

—Sigues obsesionado conmigo.

Quizá yo también lo estaba, pero no iba a admitirlo.

—Hay muchas formas de decirlo, aunque sí… obsesionado no está mal —contestó, con esa mezcla de sinceridad y picardía suya.

—Creo que deberíamos dormir.

No tenía sueño, pero sabía que por la mañana mi cabeza no aguantaría tanto.

—Sí, mejor dormir.

—Vale, vamos.

Intenté levantarme, pero me retuvo.

—Pero yo debería dormir aquí.

Sonreí ante su miedo a sí mismo. Yo tampoco quería que pasara nada… pero sabía que no me podría controlar si llegase a pasar.

—¿Por qué?

—Quiero ganarme el derecho a dormir en tu cama. No quiero que la primera vez sea porque no entre en el sofá.

—No sería la primera vez… ya hemos dormido en una cama juntos.

—Allí solo dormías tú, yo cuidaba de ti.

Mi sonrisa desapareció. Cuidaba de mí...

Asentí y bajé a darle un beso en la mejilla. Se tensó un segundo, luego me dejó apartarme.

—¿Necesitas ropa? Estás un poco mojado.

—No creo que me quede bien la tuya.

—Tengo algo que podría valerte.

Entrecerró los ojos, levantando la ceja.

—Es de Reid.

—No hace falta que me expliques nada, ha pasado un año. Entiendo que hayan pasado hombres por tu cama.

Pero no habían pasado. Ninguno. Y al estar él aquí, me pregunté si realmente había estado esperando a recuperarme para estar con alguien… o esperando a que Michael regresara. Sí, había pasado un año. Un maldito año que se me hizo eterno.

—¿Y por la tuya han pasado mujeres? —Levanté la ceja, tranquila, porque ya conocía la respuesta.

Quizá era una ingenua, pero conocía sus sentimientos y creía en ellos.

¿Por qué iba a acostarse con otras si, como decía, me tenía a mí en la cabeza?

Lo conocí bastante en Miami y no tenía dudas sobre él.

Se levantó del sofá y empezó a acercarse a mí, con esa mirada de depredador que me hizo erizarme. Dios… era la primera vez que sentía la necesidad de ser su presa.

—¿Tú qué crees? —Su voz bajó, se volvió más grave, más sensual, más atrayente.

—Ha pasado un año… entiendo que hayan pasado mujeres por tu cama —respondí, jugando con su misma frase.

Di un paso atrás, pero él siguió avanzando hasta acorralarme contra la pared.

—Se me está haciendo imposible contenerme, sobre todo después de no haber tocado a ninguna mujer en todo un año.

—Entonces estamos en las mismas.

Sus ojos relampaguearon al escuchar mi confirmación.

Dios… antes estaba segura de que no haría nada sin que él se ganara esa oportunidad, pero ahora…

ahora no. Ahora quería que me agarrara, que me empotrara contra la pared, que me besara y me diera lo que necesitaba.

Mi cuerpo lo pedía, con la señal clara entre mis piernas: ya estaba lista, llevaba tiempo esperándole.

—Al parecer no has sido el único que ha estado esperando.

Vi un tic en su mandíbula. Se estaba conteniendo.

¿Era eso lo que quería? ¿Que volviera a controlarse como antes, cuando tenía novio?

Ya no había novio, no había reglas. Era lo que ambos queríamos…

y él se estaba conteniendo porque yo se lo pedí.

Porque le dije que se ganara esto… pero ya lo había hecho.

—Hero…

Contuve el aliento. Podía contar con los dedos de una mano las veces que me llamaba así. Siempre significaba algo. Un escalofrío me recorrió la columna.

—Mike…

Me agarró la cara con sus manos, acercándose hasta quedarnos a centímetros. Su mirada bajaba a mis labios y luego volvían a mis ojos, formando un triángulo que hacía que mi estómago se llenara de mariposas. Se mordió el labio y suspiró despacio, como conteniéndose…

No te contengas.

—¿Me deseas? —susurré, echando más leña al fuego.

—Ardientemente.

—¿Y quieres besarme? —Tragando saliva, la anticipación me quemaba.

—Cada centímetro de mí quiere besarte desde la última vez.

Me humedecí los labios y él lo notó.

—¿Besar o ser besado?

Sus ojos conectaron con los míos y gruñó.

—Besar.

A la mierda la coraza. A la mierda todo.

—Pues bésame.