Chapter 31 #3
El taxi se marchó con Camille y su acompañante dentro, y yo entré en mi edificio, gracias a Dios la puerta del portal estaba abierta.
Me quité los tacones agarrándome a la barandilla para no salir rodando por las escaleras.
Subí tambaleándome, riéndome de lo torpe que era borracha.
La luz del rellano se apagó y solté un “ joder” entre dientes mientras buscaba el interruptor.
Llegué a mi planta y, medio apoyada en la pared, empecé a rebuscar las llaves.
Otra vez se apagó la luz y yo empecé a rogar no darle al timbre de mi vecino Kim por error.
Cuando por fin logré encenderla, me puse a intentar abrir la puerta… sin éxito. La llave no entraba bien en ninguna posición. Se me cayeron al suelo, me agaché y me di un cabezazo contra la puerta. Me eché a reír como una idiota, tapándome la boca para que mi vecino no saliera a y me viera así.
—Maldita sea, ¿por qué no quieres entrar hoy? —mascullé, aunque sabía que no era culpa de la llave.
La luz volvió a apagarse. Ya me estaba viendo durmiendo en el rellano. Me giré para buscar el interruptor y mi cuerpo chocó contra algo. No era pared, ni columna. Se movió.
Empecé a gritar, pero una mano tapó mi boca y otra me empujó contra la puerta.
—Será mejor que dejes de gritar si no quieres despertar a todo el edificio, Reina.
El corazón me explotó en el pecho. La borrachera se me esfumó de golpe. Sabía perfectamente de quién era esa voz.
La luz se encendió… y ahí estaba. Michael. Después de un año. Después de prometerme que estaría y jamás aparecer. Se me fue el aire de golpe, como si me hubieran dado un puñetazo en el pecho.
No era un sueño. No era un recuerdo. Estaba ahí, delante de mí. En carne y hueso.
Tenía el pelo un poco más largo, la barba descuidada…
pero hasta eso le quedaba bien, maldita sea.
Incluso estaba más guapo que antes. Y no llevaba traje.
Eso fue lo que más me descolocó. Michael siempre era “ el del traje”, impecable, inaccesible.
Ahora estaba en mi rellano, con sudadera y chándal negro, como si el tiempo lo hubiera cambiado…
y a la vez, como si no hubiera pasado ni un solo día.
—Michael… —Me salió en un suspiro. No quería que sonara a pregunta, pero… ¿qué coño hacía aquí? ¿Cómo sabía dónde vivía?
Quiso hablar, pero no le dio tiempo. Mi mano ya había cruzado su cara. El golpe sonó fuerte en el silencio del pasillo y él solo me miró con el ceño fruncido mientras yo empezaba a empujarlo fuera de mi rellano.
—¿Cómo. Te. Atreves. A venir. Después. De. Todo. Este. Tiempo?
No dijo nada. Se dejó empujar.
No sé cuándo pasé de la risa al llanto pero fue en segundos, con una lágrima traicionera asomando. Lo había echado de menos. Joder, lo había echado tanto de menos. Pero él me dejó sola. No llamó. No apareció. No respondió.
Michael me agarró de las muñecas, clavándome la mirada.
—¿Has acabado ya?
Sus palabras me ardieron en el pecho. ¿Eso era lo primero que me decía después de un año sin vernos? Me dolían, me ardían, me quemaban. Maldito arrogante.
—¿Que si he acabado? —le solté entre dientes—. Ni siquiera he empezado.
Me solté de un tirón. Me dolía que me tocara.
—¿Qué haces aquí, Michael?
—Ya sabes porqué estoy aquí.
—No —me crucé de brazos, aunque me tambaleé un poco por el alcohol y me apoyé en la pared—, no lo sé.
—Entremos en tu piso y hablamos dentro.
—No pienso entrar hasta que me digas a qué coño has venido.
Lo veía rarísimo y a la vez demasiado normal con ese chándal, aunque no fuera la primera vez que lo veía así vestido.
Pero cuando pensaba en él, siempre era en traje.
Estaba tan distinto a la imagen de él que tenía en mi cabeza, que por un segundo me pillé pensando cómo se vería sin nada puesto.
Sacudí la cabeza en plan ni de coña, ahora no, y menos borracha.
—Aquí vamos a despertar a medio edificio.
—Me da igual —le dije, encarándolo—. Suéltalo de una vez.
Michael dio un paso atrás, dejándome espacio, pero su mirada seguía clavada en mí con esa intensidad suya con la que siempre me miraba.
—Estoy aquí por ti, Reina. He venido a por ti.
Abrí los ojos como platos.
¿Había escuchado bien?
Solté una risa seca, incrédula.
—¿Por mí? ¿Después de un año? —le solté, con la rabia subiéndome a la garganta—. ¿Sabes lo que es estar un maldito año sin ti? Me prometiste que estarías, que esperarías hasta que estuviera lista. Te llamé cuando lo estuve y nunca respondiste. Nunca.
La voz se me rompió, llena de rabia y de todo lo que había guardado. ¿Cómo se atrevía a plantarse ahí como si nada? Como si yo no me hubiera roto entera cuando no respondió.
—No desaparecí —contestó, convencido de ello—. Te di tiempo para que te recuperaras.
—¡Pero es que yo no quería tiempo, quería que estuvieras ahí cuando te llamase! ¡Y tú ni una llamada, ni un mensaje, nada! —grité, respirando entrecortada.
Avanzó hacia mí y yo instintivamente retrocedí.
—¿Por qué ahora? —pregunté. Parpadeé para alejar las lágrimas.
Se quedó mirándome fijamente. Diez segundos, eternos. Hasta que apretó la mandíbula y soltó:
—Porque no aguanto más. No puedo más.
—¿Qué no puedes? —le espeté, esperando una explicación, algo.
Me fijé en su pelo empapado de nieve, en sus mejillas rojas por el frío, y por un momento lo vi tan humano que me dolió.
—No aguanto estar sin ti. No aguanto no escuchar tus risas, ni tus broncas, ni tus insultos.
Prefiero mil veces todo eso a no tenerte ni un solo día más.
—Dio otro paso, y esta vez no me moví. Sentía en mi piel la tensión que le recorría el cuerpo, la misma que me quemaba a mí por dentro—.
Me prometí darte un año. Y hoy se cumple este año.
Bajé la mirada, pero él me levantó la barbilla con un dedo.
—Me pediste tiempo y te lo di. Te prometí que te esperaría y aquí estoy. ¿Ha servido de algo?
Tragué saliva, intentando controlarme. No quería soltar cualquier tontería.
—¿De verdad crees que puedes plantarte aquí, después de todo este tiempo, decirme que me has esperado durante un año y que yo… ¿te diga que sí así de fácil?
Él sonrió de lado, confiado, pero al ver que no le seguía la corriente, se le borró la sonrisa.
—Sí.
—Pues no, las cosas no funcionan así —negué, mordiéndome el carrillo—. Estoy muy cabreada contigo por haber desaparecido.
—Vale —dijo tranquilo—. Haré lo que sea para recuperar ese tiempo. Lo que tú quieras.
—¿Lo que yo quiera? ¿Y si te digo que te largues y no vuelvas?
—Haré lo que quieras… menos irme. No pienso volver a desaparecer.
Lo miré y casi me dio rabia lo guapo que estaba. La barba le quedaba perfecta, demasiado.
—Ahora mismo te odio, te juro que quiero darte una paliza.
—Está bien. —Se encogió de hombros—. Al menos sientes algo.
Se acercó más y me acarició la mejilla. Cerré los ojos sin querer, disfrutando ese roce, apoyando mi mano sobre la suya.
—¿Quieres saber por qué decidí alejarme? —susurró.
Yo asentí.
—Porque sabía que si seguía a tu lado, nunca sanarías.
Aquella noche en la que nos besamos significó mucho más para ti de lo que estabas dispuesta a admitir, pero entendí que necesitabas enfrentarte a tus demonios sin mí como distracción.
Si me quedaba, no hubieras podido salir adelante de verdad.
Así que te di espacio. Me dije que te daría un año, sin importar si intentabas buscarme antes.
—Me tembló la barbilla y sentí su dedo en mi mejilla, secándome las lágrimas—. Y ahora… quiero saber si…
El corazón me retumbaba en el pecho.
—¿Si qué?
—Si has sanado. Y si me das una oportunidad.
Me quedé muda. Sus palabras me golpearon fuerte.
Una parte de mí quería abrazarlo y decirle que sí, que por fin, que lo estaba esperando.
Pero otra parte se preguntaba quién coño era él para decidir por mí, para largarse así y decidir él el tiempo que yo necesitaba para estar sola.
¿De verdad necesitaba ese espacio, o habría sido mejor tenerlo conmigo?
Su rostro estaba tan cerca del mío que me vino a la mente nuestro último beso. Bastaría alzarme un poco y…
Pero no lo hice.
—Tengo miedo —confesé en un susurro.
Michael frunció el ceño, acariciándome las mejillas, apoyando su frente contra la mía. Estaba fría y húmeda por la nieve.
—No tienes que tenerlo —me dijo, seguro, con esa voz que parecía no conocer la duda—. Yo nunca te haría daño.
Casi sonreí. Casi.
—No me fío mucho de tus promesas…
—Te prometí que te esperaría y aquí estoy. Puedes confiar en mí.
Las mariposas empezaron a revolotear en mi estómago. Si hubiera sido cualquier otro tío, me habría bebido un vaso de agua para ahogarlas todas, pero con Michael… las dejé volar a sus anchas.
—Si de verdad quieres esa oportunidad… tendrás que ganártela —susurré, notando cómo sus labios estaban peligrosamente cerca de los míos, así que me aparté un poco.
Por muchas ganas que tuviera de besarlo, no lo haría. Me había costado demasiado construirme una coraza como para tirarla abajo en un segundo.
Michael inspiró hondo y asintió.
—Lo haré. Aunque no tengo ni idea de cómo se supone que se gana algo así.
—Quedándote conmigo y no desapareciendo otra vez.
Sonrió y se pasó la lengua por los labios.
—En algún momento tendré que volver a mi hotel —dijo, con esa mirada cargada de picardía.
—No —solté enseguida. Solo de imaginar que se largaba otra vez, me entró un pánico tonto. Encogí los hombros—. Quédate aquí. Vive conmigo.
Me miró como si hubiera dicho la mayor locura del planeta, luego frunció el ceño y miró la puerta antes de volver a mí. Ni yo misma sabía si iba en serio o no, lo había soltado sin pensarlo, solo con el miedo a que se me escapara de nuevo, lejos de París y lejos de mí.
—¿Vivir contigo? ¿Cuántas copas llevas?
—Las suficientes como para darte una buena oportunidad. Serías idiota si no la aceptaras.
—Sí… sería muy idiota si no lo hiciera.
—¿Y bien?
Me miró intensamente durante unos segundos.
—¿Me enseñas nuestra casa?