Ni un beso más de ti (Sin ti 2) Chapter 31 #2
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Chapter 31 #2

—¿Y no has pensado que a lo mejor te está mirando a ti?

—No, cariño, te mira a ti.

Levanté solo los ojos, sin mover la cabeza.

—¿Es guapo?

—Mucho.

Inspiré hondo y bajé la carta. Alargué la mano para llamar a Pierre. Ni siquiera tuve que preguntarle a Camille si sabía lo que quería cenar; en este sitio siempre pedía lo mismo. Pierre llegó enseguida, tomamos nota, y cuando se iba le agarré del brazo.

—¿Me dejas tu libreta y el boli? —le pedí en francés.

Pierre sonrió, aunque con cara de sorpresa.

—Tú nunca haces estas cosas, siempre es ella la que manda las notas —me respondió el anciano.

Sí, pero hoy era distinto, por eso le había pedido a Camille que saliéramos. Hacía un año de la decisión más grande de mi vida, y como decía mi psicóloga, había que seguir adelante. Así que escribí rápido: “¿Quieres una foto mía?” en francés, doblé el papel y se lo pasé.

—¿Qué mesa es?

—Camille. —La miré y su sonrisa orgullosa me hizo sonreír a mí también.

—La del chico de negro —respondió sin soltar la mirada de Pierre.

Pierre se fue y yo intenté no mirar hacia mi tentación de esa noche. Confiaba en Camille, y además teníamos gustos bastante parecidos… menos en lo de las chicas, claro.

¿Tenía claro lo que estaba haciendo? No. ¿Necesitaba dar un paso más para demostrarme que había salido del hoyo? Sí. ¿Me iba a arrepentir? Esperaba que no.

Los minutos pasaron y la nota no volvía. Así que nos centramos en lo nuestro: cenamos tranquilas, brindamos, reímos… y bebimos bastante. Era solo el calentamiento antes de la fiesta. Tanto que ya ni me acordaba del tío ni de la nota.

Hasta que pedimos la cuenta. Pierre volvió y me dejó el papel doblado sobre la mesa.

—El hombre de la mesa trece ha pagado vuestra cena.

Levanté las cejas y cogí el papelito, mientras Pierre comenzaba a recoger nuestros platos.

—¿Y la nota? ¿Qué dice? —preguntó Camille.

La abrí.

Y la sonrisa se me borró en seco. Sentí un golpe en el pecho, como si el corazón se me hubiera detenido. Me giré de golpe hacia la mesa de atrás. Vacía.

Me levanté, escaneando el bar con la mirada.

—¿Cuándo se ha ido? —pregunté a Pierre, con el corazón latiéndome como loco.

—Hace nada. Pagó su cuenta, la vuestra y se marchó.

Salí corriendo, con Camille gritándome detrás, pero ya me daba igual todo después de leer la nota.

El frío me pegó en la cara nada más abrir la puerta.

La nieve empezó a caerme en los brazos desnudos y en el pelo, y cada vez que respiraba echaba un humo blanco por la boca como si estuviera en el maldito Polo Norte.

Ni lo sentía. La adrenalina me tenía demasiado revolucionada.

La calle estaba llena de gente, pero ninguna cara me sonaba. Busqué como una loca, esperando ver algo que me dijera que era él, pero nada.

¿Por qué me había contestado la nota para luego largarse? ¿Por qué no se quedó? ¿Y qué coño hacía aquí, en París?

Bajé la mirada otra vez al papel. Me ardía el pecho, y no de tristeza, sino de rabia. De desesperación.

“ Tengo mi casa decorada con todos tus retratos. ”

Ese mensaje solo podía venir de una persona.

Una que había desaparecido de mi vida hacía un año.

Bueno, más bien: alguien a quien yo había dejado ir porque tenía que centrarme en recomponerme.

No voy a mentir: pensé en él, pensé en Jaden, pensé en todo.

Con Jaden lo tenía claro: estábamos condenados.

Éramos tóxicos hasta decir basta. Ni de coña hubiéramos durado.

Pero a Michael nunca lo borré. Ni de mi cabeza ni de mi corazón.

Él estuvo ahí cuando más lo necesité, el único que de verdad quería que siguiera en pie.

Y aunque no lo admitiera, lo seguía necesitando.

Pero me cabreaba que no me hubiese respondido cuando lo llamé.

Fueron varias llamadas. La última vez que lo intenté fue antes de venir a vivir a Francia. Luego decidí seguir adelante.

Así que, que apareciera justo ahora, en París, con ese jueguecito, me explotaba la cabeza. Tenía dentro un cóctel rarísimo: sorpresa, miedo, confusión… y esa chispa de esperanza que me negaba a reconocer. ¿Por qué aquí? ¿Por qué ahora? ¿Y por qué con ese mensaje?

No me lo pensé mucho. Tenía que encontrarlo.

Saber qué coño quería de mí. Corrí por las calles nevadas como si fuera a cruzármelo en la siguiente esquina.

Y con cada paso me llenaba de más preguntas: ¿qué le diría si lo veía?

¿Qué haría él? ¿Estaba lista para eso? Ni idea. Solo sabía que necesitaba respuestas.

Pero no lo encontré. Se había esfumado como la última vez. Como un fantasma. Y eso era lo peor: podía estar cerca, viéndome perder la cabeza… o podía haberse largado para siempre. Entonces, ¿para qué contestar mi nota?

Regresé al bar con un nudo en el estómago. Camille me esperaba en la puerta con mi chaquetón y un cigarro colgando de la boca.

—¿Qué ha pasado? ¿Quién era? ¿Por qué has salido como una loca? —me dijo en francés, dándome el chaquetón rápidamente y ayudándome a meter las manos dentro.

—Alguien de mi pasado —le solté, sin mirarla.

Ella levantó una ceja.

—Vale, entendido. No pregunto más. Pero oye, te lo digo: eres tan reservada con tu vida que cualquiera pensaría que te escapaste de un psiquiátrico… o de la cárcel. O que eres una asesina buscada por la Interpol.

Me salió una media sonrisa, sin ganas. La cabeza me iba a estallar y, como siempre, la confusión terminó convirtiéndose en rabia. Encima, nos había pagado la cuenta. Muy típico de él. Cuando lo pillara…

—Necesito una copa.

—Yo dos. Vamos.

Llegamos a la discoteca a la que teníamos pensado ir y lo primero que hice fue beberme una copa de un trago. Camille no se quedó atrás y me siguió el ritmo. Esa noche mi cerebro estaba completamente bugueado: de repente una parte de mi pasado había vuelto y yo aún no sabía ni cómo procesarlo.

—¿Sabes qué? —Miré a Camille, completamente segura—. Te lo voy a contar.

Y ahí, sentada en la barra con una buena amiga, solté todo.

Absolutamente todo. Mi miedo al agua, el porqué de ese miedo, Jaden, nuestro reencuentro, aquel noviazgo relámpago, el beso de Marta, el viaje, el mensaje de Reid, lo que sufrí en Miami pensando que Jaden me estaba ignorando cuando en realidad estaba en coma. Mi embarazo. Y Michael.

Michael, Michael, Michael.

A esas alturas ya íbamos por la cuarta copa y nos bebimos tres chupitos en la parte del aborto. Esa parte ya no me dolía tanto, aunque todavía me pesaba la idea de que quizá nunca podría tener un bebé. Pero bueno, ese era un miedo para otra Hero, la del futuro.

—¿Y sabes algo de Jaden? —me preguntó Camille.

Bajé la mirada con una sonrisa chiquita y asentí.

Hacia muchísimo tiempo que Lucía dejó de hablarme de él por petición mía, porque no conseguía avanzar si me llegaba información sobre él, si volvía a recaer en el pasado, en lo que sufrí.

—Parece que le fue bien. Una amiga que tenemos en común me dijo que recuperó la memoria y que se alistó en el ejército.

—¿Y nunca te llamó? O sea… si recuperó la memoria…

Ese tema me destrozó cuando me enteré. Por eso le pedí a Lucía que no me dijera nada más. Porque Jaden me recordó… y aun así nunca vino a buscarme. Lo que teníamos lo dejó morir, como si no hubiera valido la pena.

No es que yo hubiera corrido a sus brazos si se hubiera plantado delante diciéndome que me quería, pero sé que al menos hubiéramos hablado, esa última conversación que nos quedaba para cerrar nuestra historia.

Y estoy segura de que lo habría perdonado.

Lo conocía, y me conocía. Pero no podría haber vuelto a estar con él, porque lo nuestro era tóxico.

No después de todo lo que habíamos pasado.

Lo que yo había pasado. Lo que sí me dolió de verdad fue que no viniera. Que eligiera no hacerlo.

—No. Nunca lo hizo. Quiero pensar que es porque no llegó a recordar quién era yo de verdad… aquella niña del campamento. Según me dijo cuando estábamos juntos, fue por eso por lo que yo era diferente.

—O igual era mentira.

Fruncí el ceño y negué.

—No. No lo creo.

—¿Y todavía le quieres?

—No creo que deje de quererle nunca. Fue mi primer amor, pero ya sabes lo que dicen.

—Que el primer amor nunca se olvida. —Camille cogió aire, le dio un trago a su copa y me soltó otra:— Aquí en Francia dicen algo diferente: el primero es el que te vuelve loca en la adolescencia, todo emoción y peli romántica.

El segundo es el que duele, porque aprendes que las cosas no siempre funcionan, aunque te aferres.

Y el tercero… ese es el que llega sin esperarlo, cuando ya ni lo buscas.

Ese es el que te cura y de verdad se queda.

—Pues yo tuve el primero y el segundo con el mismo tío. —Le di un trago.

—Entonces te falta el tercero.

—O quizá ya lo encontré y lo perdí por imbécil.

—O no. —Me sonrió.

Seguimos bebiendo y luego nos fuimos a bailar.

Allí conocimos a un grupo de chicas y, entre chupitos y risas, Camille terminó pegada a una morena con la que intercambió número de teléfono.

A mí me dio igual, porque sus amigas no me dejaron sola en ningún momento.

Me metieron en su grupo de WhatsApp y todo.

Para cuando nos fuimos, Camille, la morena y yo compartimos taxi.

Al bajarme casi me doblé un pie en el escalón y me entró la risa floja. Todo me daba vueltas, pero me reía sola. Camille iba igual de pedo que yo, aunque seguro que a ella se le pasaba rápido en cuanto se metiera en la cama con la morena.