Chapter 31
Capítulo veintinueve
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—Ya lo sé, mamá —contesté al teléfono mientras apretaba el paso, mirando el cielo negro y los copitos de nieve que empezaban a caer—.
Y de verdad, me está yendo bien. No te preocupes, estoy rodeada de buenas personas, aprendiendo un montón y disfrutando mucho de la experiencia. París es una ciudad preciosa.
Llevaba en París desde finales de enero.
Diez meses ya, casi un año entero. Y, la verdad, fue de las decisiones más fáciles que he tomado en mi vida.
En cuanto descubrí que aquí estaba la carrera de mis sueños, supe que era el sitio en el que debía de empezar de nuevo.
Ni me lo pensé: busqué piso y acabé en un pequeño apartamentito en Belleville, súper acogedor, y a solo veinte minutos en bus del Paris College of Art, mi nueva escuela. Vamos, perfecto.
Los primeros meses fueron un caos tremendo.
Fui yo intentando defenderme en francés, conociendo gente nueva que no hablaba mi idioma, aprendiendo a vivir en soledad…
todo a la vez. Pero poco a poco la cosa fue cogiendo forma.
Me apunté a un mini curso de francés y ahí conocí a la que ahora es mi mejor amiga, que curiosamente estaba estudiando español.
El verano que pasé en París fue el mejor que recordaba hasta la fecha.
Fue brutal, pero lo mejor de todo fue esa sensación de estar empezando de cero.
Y ya en septiembre arranqué la carrera de fotografía.
Nada que ver con lo que me imaginaba: es todavía mejor.
Clases intensas, profes que te ponen las pilas de verdad y la ciudad entera como escenario.
Cada día que pasaba me lo confirmaba más.
Estaba exactamente en el sitio en el que tenía que estar.
—Vale, vale, no te entretengo más. ¿Llevas el abrigo puesto? —preguntó mi madre con ese tono de siempre.
No pude evitar sonreír, aunque puse los ojos en blanco para mí.
—Mamá, estamos en pleno noviembre, hace un frío tremendo. Por supuesto que llevo abrigo.
—Es verdad… —soltó una risa—. Tengo muchas ganas de verte.
Ese verano volví un fin de semana a casa.
Fue todo muy rápido: solo me dio tiempo a ver a mi madre, a mi hermano y a tener una última sesión con mi psicóloga.
Pero, aunque corto, ese viaje me dejó claro un par de cosas.
La primera, que ya no me dolía pasear por las calles y toparme con recuerdos que antes me destrozaban.
La segunda, que cuando abrí la puerta y vi a Lucía con una sonrisa enorme…
no era por mí. Ni siquiera se esperaba verme allí.
Venía a por mi hermano. Y ahí entendí, de golpe, quién era la chica que lo había hecho caer con todo.
Y la tercera fue en el vuelo de vuelta a París: me pillé sonriendo como una tonta. Estaba bien. De verdad. Había conseguido dejar atrás lo que me pesaba y, por fin, estaba siendo feliz.
—Y yo a ti, mamá. Muchísimas.
—¿Has hablado con tu hermano?
—Sí. Está bien. ¿Cómo le va viviendo con ella?
—Uy, no tengo ni idea. A veces viene a casa y se lleva las fiambreras que le dejo preparadas en la nevera. Así que supongo que le irán bien.
—Sí. Me alegra que haya dejado su parte viajera…
—Sí, y yo. Oye ¿y la lavadora? —soltó de repente.
Me reí en voz baja porque ya me lo esperaba.
—Funciona perfectamente. Kim la arregló y desde entonces no ha tenido ningún problema.
Escuché la risita de mi madre al otro lado y negué con la cabeza.
—Mamá… es solo mi vecino.
—Ya, ya… pero guapo sí que es.
Sí.
Pero yo no estaba para líos… aunque a mi vecino se le notara a kilómetros que lo que quería era invitarme a pasar a su casa.
—Bueno, es francés. Aquí casi todos lo son —respondí, bajando la voz.
Me quedé callada un segundo. Llevaba más de un año soltera, centrada en mí, reconstruyéndome. Y aun así, en el fondo de todo, seguía estando él. Alguien de quien no tenía noticias desde hacía demasiado tiempo.
—Cuando vaya en fin de año me lo presentas, ¿vale? O mejor, tráetelo en Navidad.
Alcé la vista y vi a Camille esperando en la puerta del bar, con un cigarro entre los dedos y los hombros encogidos por el frío. La nieve empezaba a caerle sobre el pelo oscuro.
—Mamá, hablamos luego. Ya estoy aquí. Gracias por acompañarme hasta el bar, aunque sea desde España.
Mi madre soltó una risotada.
—Cuídate mucho, ¿vale? Y no olvides…
—Mandarte un mensaje cuando llegue a casa. Lo sé. Tranquila, Camille me acerca en coche. Te quiero, mamá.
Colgamos casi a la vez. Guardé el móvil en el bolsillo y me acerqué a Camille.
—Hola, ya estoy aquí. —Le di un beso en la mejilla—. ¿Llevas mucho?
—No, un poquito —contestó. El acento francés de Camille era adorable.
Francesa de pura cepa, pero llevaba aprendiendo español desde que nos conocimos hace diez meses, así que conmigo siempre insistía en hablarlo.
Decía que yo ya practicaba suficiente francés en mi día a día y que no me venía mal mantener el español vivo, aunque no es que me fuese a olvidar de hablar mi idioma natal de la noche a la mañana.
A ella tampoco le venía mal practicar conmigo…
aunque había algo que no terminaba de dominar y era la “ r”.
Para Camille no existía, la cambiaba siempre por una “ g”—.
Me termino le cigarrètte y entramos. Le pedí al camarero que nos reservara una plaza.
—Una mesa.
— Oui , exacto. Una mesa. Une table .
Solté una risotada y, mientras tanto, miré hacia la acera de enfrente. Una pareja de adolescentes se besaba bajo la nieve como si fueran los protagonistas de una peli romántica barata. No pude evitar sacar el móvil y capturar el momento. Camille también lo vio y le dio otra calada a su cigarro.
— L ’ amour parisino. Nunca encontrarás algo tan real.
—¿Tú crees? —Pregunté, observando la foto que acababa de capturar—. ¿Entonces debería enamorarme de un francés para que cuente?
—No, deberías enamorarte de un parisino. —Levantó una ceja con esa sonrisilla suya—. Son muy buenos con la lengua.
Camille no tenía filtros. Y si había un tema que nunca se cansaba de sacar era ese.
Era bisexual, lo contaba con la misma naturalidad con la que te pedía un café a las ocho de la tarde, y había tenido relaciones largas tanto con chicos como con chicas.
No le daba vergüenza hablar sobre todo lo que había aprendido a hacer en la cama, y…
bueno, la envidiaba un poco en ese sentido.
—No creas que los de fuera de París no saben usar la lengua —dije, guardando el móvil—. Conozco a más de un español que te haría perder la cabeza en dos minutos.
En realidad no conocía tantos, aunque ella no lo sabía.
—¿Dos minutos? Un parisino lo consigue en uno.
Solté una carcajada que me hizo echar la cabeza hacia atrás.
—¿No quieres comprobarlo con tu vecino? —Me pinchó por enésima vez esa semana.
Ella estaba empeñada, como mi madre, en que debía liarme con Kim, mi vecino, al menos una vez antes de volverme a España. Según Camille, el chico era una especie en peligro de extinción de lo guapo que era. Y según ella; yo también era preciosa, así que juntos podríamos tener hijos de catálogo.
No le negaba que fuera guapo, pero es que no quería que fuera con él. Luego nos encontraríamos en las escaleras como cada día, y no me apetecía.
—Ya te he dicho que no. Si tanto te gusta, quédate tú con él.
—Es que se le nota un montón que le gustas. Solo tendrías que invitarlo a cenar para que…
— Oh , mon Dieu —la interrumpí—. ¿Te has acabado ya el cigarro? Me estoy quedando helada.
A mediados de noviembre hacía un frío que pelaba en París, y aunque me gustase el invierno, odiaba pasar frío. Camille sonrió, dio la última calada y apagó el cigarro en el cenicero metálico de la puerta antes de entrar.
Nos sacudimos la nieve del pelo al cruzar al interior y enseguida vi a Pierre, el dueño del bar, que nos saludó con una mano desde la barra. Era un hombre mayor y siempre nos trataba como si fuéramos de la familia. Nos señaló la mesa que había reservado para nosotras y fuimos directas.
Nos quitamos los abrigos y los colgamos en el respaldo de las sillas.
— Oh, là là —a Camille se le abrieron los ojos al verme—. ¿Vamos a salir de fiesta o me has traído a una gala benéfica?
—No exageres, solo es un vestido.
Ese vestido negro me lo había comprado hacía casi un año, cuando mi psicóloga me dijo que hiciera algo solo para mí.
Así que me fui de compras, me corté la melena hasta los hombros, me teñí de morena y me llevé ese vestido conmigo.
Desde entonces, sigo con ese look porque me encantaba verme morena, y además Camille me había recomendado una peluquería genial donde me mantenían el corte y el color cada mes.
—Un vestido precioso, diría yo. Mira cómo voy yo. Así no voy a ligar nada.
Puse los ojos en blanco porque iba perfectamente bien con unos pantalones ceñidos y un body con un escote hasta el ombligo.
Mientras ella repasaba la carta, yo miré el móvil.
Había comentarios nuevos en las fotos que había subido a mis redes, donde ya ni siquiera usaba mi nombre real; me había puesto un alias relacionado con la fotografía.
Los respondí y decidí olvidarme de las redes sociales.
Cuando levanté la vista, dejé el móvil en la mesa y empecé a ojear la carta.
—Eh—me llamó Camille.
—¿Hmm?
—Hay un tío buenísimo dos mesas más allá que no deja de mirarte.
Sonreí, sin despegar los ojos de la carta.
—¿Ya estamos otra vez?
Camille tenía un jueguito muy suyo para ligar.
Si veía a alguien que le gustaba, ya fuera chico o chica, hacía que el camarero de turno le llevara una nota con alguna frase sugerente.
Directa y sin rodeos. Yo nunca lo había hecho, no porque me diera vergüenza, sino porque simplemente no me apetecía estar con ningún hombre.
Pero ya había pasado un año… y llevaba meses dándole vueltas a que quizá ya estaba lo bastante entera como para empezar a conocer gente.
—Te lo digo en serio, tiene pinta de levantarse y venirse directo a por ti.