Chapter 30 #2
—Ahora mismo —contesté, encogiéndome de hombros. Sonó más bruto de lo que quería, pero era la verdad. No llevaba ni dos horas en España.
Ella parpadeó, todavía procesando. Yo tragué saliva, sintiendo cómo las palabras me quemaban en la garganta.
—Lucía… lo he recordado todo —solté, sin rodeos. Mis dedos se entrelazaban nerviosos sobre mis rodillas—. Todo lo que pasó, lo que dije, lo que hice… Joder, he sido un gilipollas. Lo siento. Lo siento de verdad.
Ella se quedó de pie frente a mí, con los brazos cruzados y una expresión que no supe leer. ¿Rabia? ¿Alivio? ¿Pena? Quizás un poco de todo. Yo solo podía pensar en cuánto la había cagado con ella también, en cómo la dejé tirada cuando más me necesitaba.
Antes de que pudiera responder, escuché un ruido en el pasillo. Unos pasos arrastrados, una puerta que se cerraba, y entonces apareció un chico por el pasillo, colocándose una camiseta por la cabeza.
Me quedé mirándolo, con esa sensación extraña de conocerlo de algún sitio. Su cara me resultaba familiar, pero no lograba encajar las piezas. Él, en cambio, cuando me vio, frunció el ceño de golpe, como si le hubiera tocado ver al enemigo en su salón.
—¿Qué cojones haces aquí? —me soltó, directo, sin filtros.
Me quedé descolocado. Abrí la boca, tardando en reaccionar, y al final lo único que se me ocurrió fue:
—Perdona… ¿nos conocemos?
El chico se rió, pero fue una risa seca, irónica, con veneno. Como si la idea de que yo no supiera quién era le pareciera un chiste de mal gusto.
—¿En serio? —replicó, arqueando una ceja con esa sonrisa torcida que no transmitía nada de gracia—. ¿Me estás diciendo que no sabes quién soy?
El aire en el salón se tensó de golpe. Yo lo miraba intentando rascar en mi memoria, pero era como tener niebla en la cabeza. Lo conocía, de eso estaba seguro. Lo había visto antes… ¿dónde? ¿Cuándo? ¿En una pelea, quizás?
Lucía respiró hondo, como preparándose para evitar una tormenta, y al final soltó en un tono seco:
—Jaden, este es Reid.
El nombre me cayó como un jarro de agua fría. Reid. En cuanto lo escuché, la niebla se despejó de golpe. Ese rostro, esos ojos… claro. Era imposible no unirlo.
El hermano de Hero.
Sentí que se me encogía el estómago. Era como si de repente el suelo bajo mis pies se hubiera hundido. Ahora todo cuadraba: su hostilidad, su mirada cargada de odio. Para él, yo no era solo un desconocido. Era el imbécil que le había destrozado la vida a su hermana.
Me quedé mirándolo sin saber qué decir, con las palabras atoradas en la garganta. Lo único que me salió fue un:
—Mierda… —susurré, pasándome la mano por la cara.
Reid dio un paso hacia mí, con esa rabia contenida que se notaba hasta en su respiración.
—¿A qué cojones has venido ahora? Ya no pintas nada por aquí.
Lucía, que seguía de pie con los brazos cruzados, se colocó entre nosotros antes de que aquello se desmadrara.
Yo me hundí un poco más en el sofá, con la cabeza hecha un puto caos. Estaba frente al hermano de Hero, a la persona que más razones tenía para odiarme, y lo peor de todo era que tenía razón en hacerlo.
—Ya basta. —Lucía se puso delante del hermano de la chica a la cual había venido a buscar—. Reid, ¿puedes dejarnos un momento a solas?
Reid bufó, se giró, agarró unas llaves de la mesa y le dio un beso rápido a Lucía antes de salir. La puerta sonó al cerrarse y, joder, me sentí como si me dieran un golpe en el pecho. Todo me recordaba a lo que había perdido, a lo que había jodido.
—¿Estáis… juntos? —Salió de mi boca antes de que pudiera frenarlo.
Lucía se giró, y esa mirada… joder, esa mirada me atravesó. Mezcla de incredulidad, enfado y un poquito de dolor. Me reconocía, pero no del todo.
—Hace meses que no te interesas por mi vida, Jaden. No intentes fingir ahora que te preocupa.
Y tenía toda la razón. Me dolía admitirlo, pero lo sabía. Cada silencio, cada abandono, cada puto error… todo culpa mía.
—Él tiene razón —continuó—. Ya no pintas nada por aquí.
Bajé la mirada. Todo mi pecho ardía. La culpa era un peso que me aplastaba y yo no podía hacer nada para quitármela de encima. Cada palabra suya era un recordatorio de lo inútil que había sido, de lo torpe que había sido… de lo mucho que la había cagado.
—He ido a casa de Hero… —dije, con la voz baja—. Ya no vive allí…
Lucía frunció el ceño, callada. Su silencio me taladraba.
—¿Dónde se fue? —pregunté, apretando los puños, sintiendo que me temblaban. Tenía que saberlo, tenía que encontrarla.
—Es demasiado tarde para lo vuestro, Jaden. —Su voz sonó firme, pero había algo de tristeza en ella que no podía ignorar.
—Lo sé… —dije, tragando saliva—. Pero… tengo que verla. Hablar con ella. Necesito… no sé… explicarle que lo siento.
—Jaden… ella lo ha pasado demasiado mal.
No creo que esté interesada en hablar más contigo.
—Lucía bajó la mirada—. Ha pasado meses de psicólogos, de no ver a nadie, de no hablar con nadie, de llorar sola…
hay cosas que no sabes, cosas que no me tocan contártelas y que ojalá nunca lo sepas porque te destrozarán.
Apreté los dientes. Cosas que no debería saber, pero que ahora necesitaba saberlas.
—Por favor… —insistí, mirándola directo a los ojos—. Solo dime dónde vive ahora. Solo eso.
Lucía respiró hondo, evitando cruzar mi mirada.
—Se mudó a otra zona con su hermano, su madre y el novio de su madre… —dijo con cuidado—. Pero será inútil que vayas, porque hace un mes que se fue a Francia.
—¿Qué? ¿A Francia? —me salió casi en un suspiro.
—Sí… empezó a encontrarse mejor, terminó antes su carrera y se fue a hacer un curso de fotografía en París.
Me dejé caer hacia atrás en el sofá, dejando que el mundo se me cayera encima.
Francia. Dios, Francia. Y yo aquí, tan lejos, tan inútil.
Todo mi mundo se derrumbó en segundos. ¿Cómo la iba a encontrar ahora?
Si mi mejor amiga sabía que se había ido allí, entonces podría saber dónde vivía.
Pero ella nunca me ayudaría a encontrarla, a menos que…
Recordé la vez que Lucía intentó hacerme recordar a Hero… cómo había querido acercarme a ella, ayudarme a recordar, pero no supo cómo hacerlo porque nunca le había contado a nadie la verdad.
—Nunca… nunca le conté a nadie de dónde conocí a Hero realmente —dije, apretando los puños, tragando saliva, intentando no romperme—. Quizás… si te lo hubiera contado a ti antes del accidente, las cosas hubieran sido distintas.
Lucía me miraba, con esa mezcla de paciencia y tensión que me mataba.
—Lo que hizo que Hero fuera diferente… la única con la que quería estar… es que la conocí a los doce años. —Mi voz sonaba rota y tuve que aclararme la garganta—. Yo… me enamoré de ella en aquel campamento. El día que se ahogó, fui yo el niño que la empujó a la piscina.
Lucía frunció el ceño, como si no se lo creyera.
—Sí… le hacía perradas, cosas ridículas, porque me encantaba. Todo de ella me encantaba. Y no sabía cómo llamar su atención.
Suspiré, dejándome llevar un segundo por el dolor y los recuerdos. Sentía cómo se me encogía el pecho.
—Por eso ella me odiaba cuando nos reencontramos… pero en realidad… seguía coladita por mí. Y yo me di cuenta de que era con ella con quien quería pasar el resto de mi vida. Aún lo pienso… todos los días.
Un par de lágrimas me cayeron sin querer. Me las sequé rápido, con el dorso de la mano, como si eso pudiera borrar todo el dolor.
—Por eso… —continué, con un hilo de voz—. Por eso necesito que me ayudes. Que me digas dónde está, dónde se aloja en París. Necesito recuperarla… pedirle perdón… hacer que vuelva conmigo… como sea. Por favor, Lucía. ¿Me ayudarás?
La miré, con los ojos mojados, el corazón a mil por hora y sintiendo todo el peso de lo que la había cagado. Por primera vez, sin excusas, sin máscaras. Solo yo, hecho un desastre, desesperado… y jodidamente enamorado como un idiota.
—Está bien. Te ayudaré.
Suspiré, aliviado.
Seguimos hablando un buen rato. Lucía estaba más fría al principio, pero poco a poco se fue abriendo. Me perdonó… aunque me dejó clarísimo que no podía volver a desaparecer así. Que la llamara, que le escribiera, que no la dejara sola de nuevo.
Le conté un poco cómo había sido todo en Inglaterra, trabajando de repartidor, lidiando con el frío y la lluvia, y con la sensación de vacío constante.
Ella escuchaba, asintiendo, y yo sentía que por fin podía sacar todo lo que llevaba dentro.
Al despedirme, nos quedamos unos segundos mirándonos, tristes y aliviados de recuperar lo ha que habíamos perdido, y me prometí no fallarle otra vez.
Lucía me dijo que me enviaría la ubicación de Hero más tarde, aunque no supiera cómo iba a hacerlo. Yo solo podía esperar, mordiéndome el labio, con el corazón acelerado.
Decidí ir a casa de mis padres y darles una sorpresa.
Llevaba tres meses sin verlos. Cuando llegué, todo era un caos silencioso.
Alice estaba allí con su novio; parecía oficial ya.
Hablaba con mi padre de algo de negocios, ya que ahora el chaval trabajaba en el mecánico, y yo observaba sintiendo que todo se me caía encima.
La cara de mi padre estaba dura, tensa. Y mi madre…
mi madre estaba peor. El cáncer no había dado tregua: creía que el nuevo tratamiento funcionaba, pero las últimas pruebas mostraron que se había extendido más de lo que pensábamos. Casi no había nada que hacer.
Me habían ocultado todo mientras yo estaba en Inglaterra. No querían preocuparme. Cada pieza de mi vida parecía desmoronarse. No quería irme de nuevo, no con ella en ese estado, pero mi madre me miró con esos ojos que siempre me hacían sentir pequeño y me dijo:
—Tienes que vivir, Jaden. No puedes quedarte aquí, viendo cómo todo se desmorona. Estaré tranquila sabiendo que estás viviendo tu vida, aunque sea lejos de mí.
Prometimos llamarnos todos los días. Y mientras todavía sentía un nudo en la garganta, mi teléfono vibró: era Lucía. Me había mandado la ubicación exacta de Hero, se lo había sacado a Yolanda y Reid se lo había confirmado. Mi corazón se aceleró.
No perdí tiempo. Compré un vuelo, agarré mi maleta y me lancé al aeropuerto. Mientras caminaba hacia la puerta de embarque, sentí que todo lo malo seguía ahí, pero también algo más: una chispa de esperanza, la sensación de que por fin podía arreglar lo que había destrozado.
Subí al avión, me acomodé en el asiento junto a la ventanilla y vi cómo la ciudad se alejaba. Francia estaba al frente, y con ella, la posibilidad de recuperar lo que más amaba. Solo tenía que llegar allí. Solo eso.