Chapter 30
Capitulo veintiocho
Jaden
Hacía frío y estaba nevando en Inglaterra, por eso supe de inmediato que lo que veía delante de mí no era real.
Era imposible. El suelo no estaba cubierto de nieve y las flores a los lados del camino seguían vivas, llenas de colores que parecían pintados a mano, demasiado perfectas para ser verdad.
Y ella… ella caminaba hacia mí con un vestido blanco que se movía con el aire, con esa sonrisa que siempre me había desarmado.
Solo verla hizo que me doliera el pecho, como si el corazón se hubiera acordado de golpe de lo que era latir con ganas.
Era un sueño, lo sabía. Pero me daba igual. Prefería quedarme atrapado ahí para siempre antes que volver a abrir los ojos y perderla otra vez.
Cuando parpadeé, la escena cambió. Todo seguía igual de brillante, como si alguien hubiera encendido todas las luces del mundo, pero ahora estábamos en una cama blanca, con sábanas suaves que olían a nuevo y a lilas, a ella.
Yo estaba encima de su cuerpo suave. Sus ojos azules me miraban como solían hacerlo, como si yo fuera todo lo que necesitaba.
Ese azul que había intentado recordar tantas veces y que nunca lograba reconstruir del todo, ahora estaba frente a mí, vivo, real.
—Has vuelto a mí —susurró.
Su voz me atravesó. Como si cada palabra me devolviera el aire que había estado buscando desde hacía meses. La felicidad que vi en sus ojos fue un golpe directo al pecho. Y en ese instante, yo también lo fui. Feliz. Completo.
—Siempre lo haré —le dije, convencido—. No puedo vivir sin ti.
Quería grabar cada segundo, cada gesto. Su risa suave, el calor de su piel bajo mis manos, el tamaño de su cuerpo que encajaba con el mío como si siempre hubiera sido su lugar.
—Pero ha pasado tanto tiempo… —Su voz tembló, y mi corazón con ella.
—Lo sé —le contesté rápido, desesperado, acariciándole la cara—. Lo siento. No volverá a pasar. No volveré a olvidarte.
No podía. Ni aunque quisiera. Ella era mi principio y mi final.
Pero su sonrisa se apagó. Vi cómo se borraba de sus labios, como si las palabras que acababa de decir hubieran llegado en un mal momento.
—Ya es demasiado tarde, Jaden.
Su mano rozó mi mejilla, suave, y me aferré a ella con todo lo que tenía.
Pero antes de que pudiera decir nada más, antes de que pudiera prometerle otra vez que la amaba, vi cómo su piel empezaba a deshacerse.
Se desintegraba entre mis brazos, convirtiéndose en cenizas que se escapaban con el viento.
—No, no, no… —murmuré, intentando sujetar lo que ya no estaba.
Me desperté de golpe, empapado en sudor, con el corazón latiéndome tan fuerte que me dolía.
Había soñado con ella. Otra vez. Hero. No había noche en la que no apareciera en mis sueños, pero esta vez había sido distinto.
Esta vez la había sentido como si realmente estuviera ahí, como si de verdad me hubiese tocado, como si de verdad la hubiese tenido en mis brazos otra vez.
Y eso dolía más que cualquier pesadilla.
Los recuerdos me habían ido volviendo a cuentagotas durante los últimos meses, como si mi cabeza se divirtiera conmigo, recordándome lo que había perdido justo cuando pensaba que ya no podía doler más.
Pero ahora ya lo tenía todo. Cada detalle.
Cada error. Cada mierda que había hecho. El antes y el después del accidente.
Cada beso. Cada sonrisa. Cada noche de cine en mi casa.
El viaje a Miami. Todas las veces que besé cada parte de su cuerpo.
Aquella maldita noche en la que le pedí que nos casáramos.
El mensaje de Reid. El accidente. El hospital.
La fiesta. La pelea. El golpe. Pero, sobre todo, ese último pensamiento justo antes de creer que me moría en aquel accidente: su nombre, su cara.
Hero. Como si mi cuerpo supiera que si moría, tenía que hacerlo pensando en ella.
Y ahora estaba aquí, vivo, pero muerto por dentro. Porque la había perdido. Lo sabía. Era un gilipollas. El gilipollas más grande del mundo.
Me senté en la cama de mi piso en Inglaterra, con la respiración desbocada y el estómago revuelto.
El reloj marcaba las cuatro de la madrugada, pero no podía quedarme quieto.
No podía seguir así. Era como si el aire se me acabara en ese país.
Necesitaba verla. Necesitaba encontrarla, aunque fuese solo para decirle cuánto la había cagado, cuánto la echaba de menos, cuánto la quería.
La idea me golpeó tan fuerte que no lo dudé. “ Tengo que ir a por ella ”. Era tan simple y tan devastador como eso.
Me levanté de golpe, me vestí con lo primero que encontré tirado por la habitación y cogí el móvil con las manos temblorosas. Busqué el vuelo más rápido a España. El más caro, el más imposible. No me importaba. No me importaba nada. Solo necesitaba llegar.
En el taxi hacia el aeropuerto apenas podía estar quieto.
Me mordía las uñas, me pasaba las manos por el pelo, repasaba una y otra vez todo lo que había hecho mal.
¿Y si ya es demasiado tarde? ¿Y si ya no quiere verme?
¿Y si ya ha rehecho su vida? Las preguntas me quemaban, pero ninguna me detuvo.
Porque lo que más me aterraba no era enfrentarme a su rechazo, era no intentarlo.
Las horas de vuelo fueron una tortura. Ni dormí, ni comí, ni siquiera miré por la ventana.
Solo pensaba en su cara, en cómo sonaba su risa, en cómo era capaz de hacer que hasta mis días más jodidos parecieran soportables.
Y me preguntaba cómo cojones había sido tan imbécil de arruinarlo todo.
De olvidarme de ella. De menospreciar al Jaden que se había arriesgado a enamorarse.
Cuando por fin aterricé en mi ciudad, mi cuerpo estaba agotado, pero mi cabeza iba a mil por hora, como si me hubiese bebido diez cafés seguidos.
Fuera estaba lloviendo aunque hacía menos frío que en Inglaterra.
Cogí otro taxi y recité la dirección de memoria, como si nunca la hubiera olvidado.
Y cuando llegué, cuando me encontré frente a esa puerta, sentí algo parecido a un ataque de pánico.
Toqué el timbre. Una, dos, tres veces. El corazón me latía tan fuerte que juraría que se escuchaba desde dentro. Y entonces la puerta se abrió.
No era Hero. No eran sus ojos. No era su voz. Era otra mujer, con bata, con el pelo recogido, y detrás de ella una pareja de niños corriendo.
El golpe fue brutal.
—¿Sí? —preguntó, mirándome con extrañeza.
Me quedé en blanco. Ni siquiera me salían las palabras.
—Yo… perdone, creo que me he equivocado —fue lo único que logré soltar.
Ella cerró la puerta y me dejó allí, con la lluvia goteando desde las puntas de mi pelo y esa sensación de que el mundo entero me estaba borrando de su vida. Hero ya no vivía allí. Había desaparecido. Y yo había llegado tarde. Otra vez.
La idea de ir a buscar a Lucía me vino de golpe, como un último cartucho. Si alguien podía saber algo de Hero, tenía que ser ella. Y, aunque hacía siglos que no hablábamos, seguía siendo la única persona con la que sentía que aún podía intentarlo.
Volví a coger otro taxi mientras llamaba a Álvaro para que me diera la nueva dirección de mi mejor amiga.
Subí en el ascensor con el corazón en la garganta, pensando que igual ni me abría.
Cinco meses sin vernos, tres desde que me fui a Inglaterra creyendo que huir era la solución a todo…
y ahora estaba aquí, como un idiota, sin saber ni cómo saludarla.
Toqué el timbre. Nada. Volví a tocar, con más nervios en los dedos que fuerza, y entonces la puerta se abrió.
Lucía apareció con el pelo un poco revuelto, la camiseta medio mal puesta, como si hubiera salido de la cama o de… no quería ni pensarlo. Se quedó quieta, con la mano todavía en la manilla, mirándome como si hubiera visto un muerto.
—¿Jaden? —susurró mi nombre como si le costara creérselo.
Me quedé helado, tragando saliva, sin saber muy bien qué hacer con las manos ni con la cara. Solo asentí, torpe, como si no hubiera palabras que pudieran salir de mi boca.
Ella no dijo nada más al principio, solo me observaba con los ojos abiertos como platos, hasta que dio un paso atrás y se apartó para dejarme pasar.
—¿Quieres… entrar?
—Sí —murmuré, casi sin voz.
El piso era nuevo para mí. Todo estaba perfectamente colocado, limpio, con ese orden casi obsesivo que siempre había tenido Lucía.
El sofá gris con los cojines bien puestos, la mesa de centro sin un solo papel fuera de sitio, unas estanterías con libros ordenados por colores, incluso unas velas que parecían de catálogo.
Había fotos suyas con amigos, con su familia…
y ese olor a café recién hecho mezclado con el suavizante de la ropa.
Ella siempre había tenido ese don de que todo pareciera estar en equilibrio, y allí estaba, intacto.
Todo perfecto. Y yo… yo desordenado, roto, fuera de lugar.
—Siéntate —dijo al fin, señalándome el sofá.
Obedecí, dejándome caer con un suspiro que parecía arrastrar medio mundo detrás. Sentí de golpe lo cansado que estaba, no solo del viaje, sino de todo.
Lucía se quedó de pie, sin saber si acercarse o no. Me miraba como quien observa algo frágil que puede romperse de un segundo a otro.
—¿Quieres un café? ¿Un vaso de agua, tal vez? —preguntó con cuidado, como si me hablara en otro idioma.
Negué con la cabeza, pasándome una mano por la cara, sin fuerzas ni para fingir una sonrisa.
—No, gracias —dije, dejándome hundir un poco más en el sofá, como si quisiera desaparecer dentro de él.
El silencio se estiró entre los dos, incómodo, hasta que ella suspiró y se cruzó de brazos. Y yo sentí que, si no empezaba a hablar ya, se me iba a quedar todo atascado en la garganta.
Lucía seguía mirándome como si no acabara de procesar que estaba allí, sentado en su sofá como si el tiempo no hubiera pasado.
—¿Cuándo has vuelto? —preguntó al fin, con esa mezcla de sorpresa y cuidado, como si le diera miedo la respuesta.