Chapter 23 #2
Al quinto día después de la boda, salí de la ducha y fui a su habitación… y no estaba. Se me encogió el pecho. Corrí por toda la casa hasta que la vi sentada en una hamaca del jardín, mirando la piscina como si estuviera hipnotizada.
Reid estaba detrás de los ventanales, de brazos cruzados.
Llevaba días sin que Hero quisiera verlo.
Cada vez que lo intentaba, ella lo echaba, y él no ayudaba mucho viniendo con exigencias de “ tienes que salir” o “ la vida sigue”.
Ya le había dicho que eso solo la presionaba más.
Al final lo entendió y se limitó a observarla desde lejos.
—Lleva más de media hora mirando la piscina —soltó Reid cuando me puse a su lado.
—¿Crees que está recordando cuando se ahogó?
—Ni idea. Creo que deberíamos llevarla al médico. No es normal.
—Claro que es normal, Reid. Está de luto. Y está embarazada.
—Si sigue así, no estará embarazada por mucho más tiempo, M.A.
No lo sabíamos en ese momento, pero el destino de Hero y su bebé ya estaba escrito.
Me acerqué despacio. El sol del atardecer le daba un brillo dorado a su bonita cara, resaltando el azul de sus ojos y, por un momento, pareció estar en paz.
—¿Estás bien? —pregunté bajito, sin querer romperle el momento.
Hero levantó la mirada y, por un segundo, vi en sus ojos algo que no veía desde hacía mucho: sorpresa… y un poco de alivio. Sin decir nada, me tendió la mano, invitándome a sentarme a su lado. Me pilló completamente desprevenido. Era la primera vez que me hacía un gesto así desde antes de la boda.
Me senté junto a ella. No hablamos, no hacía falta. Simplemente nos quedamos mirando el jardín, en silencio.
Al rato, soltó un suspiro y se giró hacia mí. Tenía la voz bajita, como si las palabras le costaran.
—Gracias por estar siempre aquí para mí.
Le apreté la mano, suave, sin soltarla, intentando que entendiera que no tenía que darme las gracias por eso.
—Siempre voy a estar, Hero.
Quedaban tres días para que se marchara… pero yo ya tenía un vuelo para ir a España al día siguiente de que ella se fuera. No iba a dejarla sola, eso lo tenía clarísimo.
Ese día parecía que las cosas empezaban a levantar un poco.
Seguía triste, sí, pero al menos comió con todos.
Su padre y Ximena le preguntaron cómo estaba y dijo “ bien”.
Todos sabíamos que “ bien” estaba a kilómetros de la realidad.
Reid la convenció para salir a dar un paseo y ella aceptó.
Creo que hablaron tranquilos durante un buen rato.
Pero a la mañana siguiente todo se fue a la mierda otra vez.
Su cama amaneció manchada de sangre. Me temí lo peor.
Reid, al enterarse, solo cerró los ojos, como si ya supiera que aquello iba a pasar.
Hero no paraba de llorar. Se fueron al hospital…
sin mí. Me pidió que me quedara, y aunque no lo entendí al principio, supongo que en ese momento solo necesitaba a su hermano. Le dije que la esperaría en casa.
Cuando volvió, venía dormida en los brazos de Reid. Nos miramos, y con solo un gesto de su cabeza supe lo que había pasado. Lo había perdido.
El último día que iba a estar en Miami, yo tenía una reunión con un cliente al que llevaba una semana posponiendo.
Me jodía no poder estar todo el día con ella, pero si no la hacía, perdería al cliente.
Se lo expliqué y ella solo forzó una sonrisa sentada en su cama.
No quería que nuestro último día juntos fuera encerrados allí, así que le propuse salir. No puso pegas.
Esa noche, cuando fui a recogerla, se había puesto vaqueros y una blusa que le vi los primeros días. Le quedaba increíble. Creo que nada le sentaba mal, ni siquiera el maquillaje corrido. Era… joder, era perfecta.
—Estás preciosa. —Me sonrió. La primera sonrisa sincera en días. Ya la estaba echando de menos antes de que se fuera.
La llevé en coche y no paró de preguntarme a dónde íbamos. Le pedí paciencia. Cuando aparcamos frente a la casa de mi abuelo, me miró confundida. Yo también me sentía así; hacía quince años que no pisaba ese sitio.
La casa, construida en 1900, estaba cubierta de enredaderas que le daban un aire misterioso pero precioso. La guié hasta la entrada y el enorme portón de madera se abrió, dejando pasar la luz que llenaba el pasillo. Hero lo miraba todo como si fuera un museo.
Mi abuelo, con sus casi 96 años, se acercaba apoyado en su bastón.
De crío siempre pensaba que el bastón escondía una espada o algo así, pero luego supe que era por una herida que le dejó cojo en Pearl Harbor.
Ya le había hablado de Hero: que amaba la literatura tanto como la fotografía.
Si había otro hombre que podía enamorarse de ella, era él… y probablemente también al revés.
Se pusieron a hablar y yo me limité a mirar. Confirmé que había hecho bien trayéndola cuando mi abuelo decidió enseñarle la biblioteca. Ella tocaba los libros con cuidado, como si fueran tesoros. Sonreía, y yo… yo sonreía solo por verla sonreír.
Después de casi una hora, me acerqué con un paquete envuelto en papel rojo.
—¿Qué es? —preguntó.
—Un regalo, antes de que te vayas.
Lo abrió con cuidado y se quedó boquiabierta. La portada estaba un poco hecha polvo —normal, con casi cuatro siglos encima—, pero estaba en perfecto estado.
—Es… ¿es una primera edición de Romeo y Julieta de 1597?
Asentí, con las manos metidas en los bolsillos de mi pantalón.
—Quise conseguirte el manuscrito original, pero la British Library no aceptó mi oferta. Dicen que es intocable.
—Michael…
Fue lo único que dijo antes de abrazarme.
—¿Cómo…? ¿Cuánto…? Dios… —Entonces frunció el ceño—. Te habrá costado una fortuna. Yo… no puedo…
—Reina, como me digas que no…
—Es que no puedo.
—No importa lo que me costó. Lo que importa es el detalle.
Hero miró la portada del libro y luego me miró a mí. Tenía los ojos brillantes, y apretó los labios como si no quisiera que le temblasen.
—Además, el original me habría costado el triple —dije, intentando restarle importancia.
Ni de coña iba a decirle lo que me había gastado. Primero, porque no era algo que se dijera. Segundo, porque corría el riesgo de que se desmayara ahí mismo.
—¿Cómo lo has conseguido?
Sonreí y lancé una mirada a mi abuelo, que en ese momento estaba cerrando las puertas blindadas con código cifrado donde guardaba lo más preciado de su colección. Hero entendió al instante.
—Por cómo ama sus libros, seguro que te ha costado convencerle para que te venda uno.
—No es uno cualquiera. Es el libro que le regaló a mi abuela el día que se casaron. Era su favorito.
Hero bajó la cabeza, intentando encontrarle sentido a mi elección. Para mí estaba clarísimo: el amor que Romeo sentía por Julieta era el mismo que yo sentía por ella. Pero eso jamás lo sabría… porque no sentía lo mismo por mí.
—Es un buen libro, pero muy trágico —dijo sin levantar la vista—. Odio los finales que no son felices.
Y seguro que ahora los odiaba todavía más, sobre todo porque su historia con Jaden nunca tendría un final feliz.
—Yo también los odio.
Mentí. En realidad, había empezado a odiarlos justo ahora, al darme cuenta de que yo tampoco tendría un final feliz con ella. No después de verla destrozada por la muerte de su novio.
Nos despedimos de mi abuelo y volvimos al coche.
Hero sujetaba el libro como si fuera una estrella caída del cielo que tuviera que devolver antes de que alguien se diera cuenta.
Me salió una sonrisa y, sin pensarlo, puse una mano sobre su pierna para acariciarla.
Nunca había hecho ese tipo de cosas conduciendo; antes me parecía demasiado íntimo. Pero ahora… ahora necesitaba tocarla.
La llevé a cenar. ¿Dónde? Pues al único sitio donde podía escuchar esos ruiditos que me ponían a mil… aunque fuera para torturarme un poco más. Ella sonrió, agradecida, cuando aparqué en el McDonald ’ s. Se sorprendió cuando pedí la misma hamburguesa que ella.
A ver, no es que no me gustasen… pero una de esas te podía meter más grasa que un cubo de fritura industrial. Aun así, me daba igual, solo quería verla feliz.
Esta vez no hubo ruiditos, pero sí unas cuantas sonrisas. Después de cenar, la llevé a mi última sorpresa.
Aparqué en el parking privado del edificio. Al principio me miró confundida, igual que en casa de mi abuelo. Pero cuando se dio cuenta de dónde estábamos, la noté ponerse nerviosa. Le tomé la mano y la guié hacia dentro.
Todo estaba a oscuras. Había hecho que desalojaran el sitio el día anterior y di unas cuantas órdenes para tenerlo preparado para ella. Caminamos por la sala hasta que la dejé en el centro, frente a mí. Encendí las luces.
Su expresión al ver todas las fotos colgadas en las paredes… no tenía precio. Diferentes tamaños, diferentes momentos, diferentes gestos. Eran los primeros retratos suyos que veía. Yo llevaba una semana empapándome de esas imágenes, una y otra vez, antes de la boda.
—¿Aún piensas colgarlas en tu casa de Los Ángeles después de que me vaya?
—Sí. Nunca pensé en dejar de hacerlo. Es mi mejor trabajo.
Sonrió.
—Están bien… pero he visto trabajos tuyos mejores.
—Eso lo dices porque eres tú la que sale en las fotos.
Siguió caminando, mirándolas de cerca. Algunas eran solo sus manos, otras las pecas de su nariz, otras su silueta recostada. Me costaba decidir cuál colgaría… quizás todas.
—¿Vas a poner alguna en venta?
—¿Quieres que lo haga?
—No —lo soltó rápido.
Yo tampoco quería vender ninguna.
—Pues puede que subaste alguna y te invite a la subasta. Así verías lo guapa que eres… y cuántos hombres pagarían un dineral por una sola foto tuya.
Se sonrojó.
—Apuesto a que no pagarían mucho.
—Yo apuesto a que sí. Millones.
Se rió con algunas, preguntándome cuándo se las había hecho o porqué la pillé desprevenida. Había fotos en blanco y negro, otras en las que solo se veía su perfil.
—Debo admitir que son increíbles. Nunca pensé que podría verme bien en una foto.
—Te ves perfecta siempre. En fotos y en persona.
Me dio un empujón con el hombro, medio sonriendo, medio triste.
—Para ser un tío de pocos halagos, esta noche te estás luciendo.
—Estoy aprovechando mis últimos momentos contigo.
Me miró. La sonrisa ya había desaparecido.
—Michael…
—¿Hmm?
—Nunca podré agradecerte todo lo que has hecho por mí.
Se me hizo un nudo en la garganta. Yo nunca había querido su agradecimiento. Solo estaba ahí porque la quería.
—No tienes que agradecerme nada, Reina. Estoy aquí porque quiero. Y voy a estar siempre que me necesites, pase lo que pase.
—Puede que me arrepienta de decirlo… pero te voy a echar de menos.
Y ahí… me rendí. No pude evitar acercarme, tomarle la cara entre las manos y olvidarme de todo: de su novio, del accidente, del bebé que había perdido. Solo quedábamos ella, la mujer que me había cambiado la vida, y yo… el idiota que no quería dejarla ir.
—No quiero que me eches de menos, Reina. No quiero desaparecer de tu vida… ni que tú desaparezcas de la mía.
Ella negó despacio, con los ojos clavados en el suelo. Le levanté la barbilla con suavidad para que me mirara.
—Yo tampoco quiero que desaparezcas… pero necesito tiempo.
Me mordí la lengua para no soltar que le daría todo el tiempo del mundo si me lo pedía.
—Te daré el que necesites. Solo… no olvides que estaré esperando.
Quería mi final feliz con ella.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo.
Y sin avisar, se puso de puntillas y me besó.
Fue como si todo a mi alrededor se apagara.
Cerré los ojos y me dejé llevar, sintiendo su aliento cálido mezclarse con el mío.
El primer roce de sus labios encendió algo dentro de mí que llevaba tiempo contenido.
Eran suaves, cálidos… adictivos. Mis manos se deslizaron por su espalda, tirando de ella hacia mí, mientras las suyas se aferraban a mi cuello como si no quisiera soltarme.
Llevaba tanto tiempo soñando con ese momento que no tuve prisa.
Quise saborearlo, grabarme cada segundo a fuego.
Sus labios se movían contra los míos con una mezcla de ternura y hambre, y yo me perdí en ese vaivén, como si el mundo se hubiera reducido a ese beso.
El calor de su cuerpo pegado al mío me recorría entero, provocándome escalofríos.
Y, de repente, se apartó.
Bajó la cabeza, los ojos cerrados, y se quedó ahí, quieta. La miré, sintiendo un nudo en el pecho. No hacía falta que dijera nada; podía ver en su cara la guerra que estaba librando por dentro. El dolor, la culpa, la atracción… todo mezclado.
Me moría por abrazarla, por decirle que estaba bien, que yo la entendía, pero sabía que si lo hacía la empujaría más de lo que debía. Así que me quedé callado, dándole su espacio. Si necesitaba tiempo, lo tendría. No había prisa.
—¿Puedes llevarme a casa? —susurró sin levantar la vista.
Asentí. Y mientras conducía, no podía dejar de pensar que tal vez acabábamos de vivir nuestros últimos minutos juntos antes de que se marchara a España.