Ni un beso más de ti (Sin ti 2) Chapter 23
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Chapter 23

Capítulo veintiuno

— PASADO —

Dos días después de la boda.

Michael

—¿Tampoco ha comido nada hoy? —pregunté, mirando a Reid. Tenía unas ojeras tremendas, el pelo hecho un desastre de tanto pasarse las manos por él y una pinta de estar al borde del colapso.

Desde aquel día en que volví de Los Ángeles y Hero me soltó lo que me soltó, no la había vuelto a ver.

No tenía fuerzas ni para acercarme, ni para estar en la misma habitación, ni mucho menos en la misma casa.

Me fui a la de mis padres… pero en cuanto entré y noté que todavía olía a lilas, su olor, cogí y me largué a un hotel.

No estaba enfadado con ella. Al final, lo único que hizo fue dejar las cosas claras. Yo fui el idiota que se enamoró sabiendo que tenía novio, así que, si había un culpable, era yo. Y cumplí lo que me pidió: me alejé.

Unos días después pasó lo inevitable y me la encontré en el jardín cuando vine a ayudar a mi hermana con lo de la boda.

Fui débil y me acerqué a hablar con ella.

Necesitaba escuchar su voz. Necesitaba sus ojos puestos en mí.

La noté triste y le pedí de nuevo que me contase lo que le pasaba.

Accedió un rato después, me dijo que llevaba todo el mes sin recibir señales de vida de su novio.

No le respondía los mensajes ni las llamadas.

Y que no quería tener más distracciones conmigo.

Eso era lo que yo había sido. Una distracción.

Nada más. Sus palabras fueron sencillas y no dolieron menos por eso.

Pero luego llegó la boda… y estaba tan jodidamente guapa que no pude.

Quería pedirle una de nuestras famosas treguas, que nos olvidáramos de lo que pasaba y nos divirtiéramos un poco.

Yo solo quería fingir que ella no me había roto el corazón, pero era jodidamente difícil tener que luchar contra el amor de su vida.

Aun así, me apartó de nuevo, y entonces todo se vino abajo.

No sé cuántas copas llevaba encima cuando escuché gritos. La voz de un amigo, desesperado. Todos corrimos hacia donde estaba Reid. Nunca me imaginé que sería por Hero.

Sentí que el suelo me desaparecía bajo los pies. El pecho me ardía, como si una mano me apretara el corazón desde dentro, y cada vez me costaba más respirar. Verla allí, pálida, desmayada en los brazos de su hermano, me dejó helado. Como el mismo día que se desmayó entre los míos.

Me abrí paso entre todos, apartando incluso a William.

Me daba igual que fuera su padre. La mujer de la que estaba enamorado hasta la médula acababa de desplomarse y yo no tenía ni idea de qué le pasaba.

Ya era la segunda vez que le ocurría, y los análisis aún no habían llegado.

¿Anemia? ¿Algo peor? Solo pensar que podía perderla me dejó paralizado.

—¿Qué ha pasado? —Me agaché junto a Reid y miré la cara de Hero.

—Joder… estaba hablando por teléfono y de repente se ha caído. Creo que se ha golpeado la cabeza.

—¡Llamad a una ambulancia! —grité, aunque ya sabía que Ximena o William lo estarían haciendo.

La boda se fue a la mierda después de eso, por lo menos para mí. Fuimos al hospital en coches diferentes porque Reid no dejó que nadie más lo acompañara en la ambulancia. Allí nos dijeron qué le pasaba.

Estaba embarazada. Un mes, más o menos. Sentí como si me la arrancaran de las manos. Si estaba embarazada, eso quería decir que estaba atada a su novio para siempre.

La estabilizaron y la medicaron hasta dejarla medio dormida. Cuando la llevamos a casa, Reid la arropó en su cama y luego nos juntamos todos en el salón.

—No es lo único —dijo Reid—. En la boda llamó a su mejor amiga para que contactara con su novio y contarle que había dado positivo…

—¿Y? ¿Su novio no le coge el teléfono? —preguntó William.

—Pasó algo entre ellos antes de dejar España y ella ha creído todo este tiempo que él la estaba ignorando, pero no era así.

—Reid volvió a pasarse las manos por el pelo y se sentó en el sofá, suspirando—.

Lo estuvo esperando en el aeropuerto para despedirse…

y él nunca llegó. Pensó que estaba cabreado con ella, pero la verdad es que, de camino, el chico tuvo un accidente de moto y murió en el acto.

Mi hermana se tapó la boca para ahogar un grito.

—Dios mío… debe de estar destrozada.

—Se ha pasado todas las vacaciones creyendo que él la dejó tirada —siguió Reid, lanzándome una mirada como si supiera que su hermana se había dejado llevar conmigo—. Y encima siente que sus amigos le han ocultado todo.

—¿Tu madre lo sabe? —preguntó William.

Yo solo podía pensar en una cosa: Hero llevaba todo ese dolor sola… y yo ni siquiera lo vi venir.

—No lo sé, no he querido llamarla para contarle la situación. ¿Y si lo sabía? ¿Y si también se lo ocultó a Hero? No podría perdonar a mi propia madre que le escondiera algo así a mi hermana.

—Deberías hacerlo. Llámala.

Reid suspiró y dejó caer la cabeza entre sus manos.

Dos días después, estábamos igual. Hero se iba en seis días a España y ni siquiera parecía importarle su vida ya. No dormía, no comía, no salía de la habitación. Se había encerrado allí como si el mundo ya no tuviera nada que ofrecerle.

—Carmelita le ha hecho una sopa y ni la ha tocado. Tío, está muy mal. Nunca había visto a mi hermana así. Te lo juro, estoy acojonado.

—Yo también —admití—. ¿Ni siquiera quiere verte?

Reid negó.

—Me grita cada vez que entro. Tiene la voz rota de tanto llorar.

Apreté la mandíbula y me levanté, directo a las escaleras.

—¿Dónde vas?

—A verla. Tengo que hablar con ella.

—Te va a mandar a la mierda.

Llevaba días dándole vueltas a todo. Creo que cuando me apartó así de golpe ya sospechaba que estaba embarazada.

Tal vez se sintió tan culpable por sentirse atraída por mí que decidió echarme de su vida.

Si era por eso… no tenía sentido que siguiera sola ahora.

No iba a dejarla pasar este duelo aislada.

Abrí la puerta y me golpeó la oscuridad y ese olor a lilas mezclado con encierro. Su silueta estaba escondida bajo las sábanas, quieta. Sé que estaba despierta. Cerré la puerta despacio, dejando que mis ojos se acostumbraran.

Me acerqué y me senté en el borde de la cama. No dije nada. Ella abrió los ojos de repente, rojos e hinchados, y me miró. Luego hizo una mueca y rompió a llorar otra vez. Ni gritos, ni reproches. Solo llanto.

Metí la mano bajo las sábanas y la atraje hacia mí. No se resistió. Se aferró a mi camisa con fuerza y escondió la cara en mi pecho.

—Estoy aquí, Reina. No estás sola.

Me quedé allí horas, sin soltarla. Pensando. Cuando me enteré de que estaba embarazada, había perdido todas las esperanzas con ella, pero que su novio hubiera muerto en un accidente lo cambiaba todo.

Hero estaba embarazada, no había acabado su carrera y no tenía dinero viviendo con su madre. Se mataba a trabajar mientras estudiaba. Estaba seguro de que se las arreglaría siendo madre soltera, pero no quería que se las arreglara sola. Yo quería estar ahí con ella, porque estaba enamorado.

Me encontré con una certeza absoluta: iba a quedarme. Con ella, con ese bebé, con todo.

Podría no ser mío, pero lo cuidaría como si lo fuera. No iba a dejar que Hero pasara por esto sin nadie. Me daba igual no tener un plan, me daba igual todo el mundo.

No importaba que el bebé no fuera mío, ni que no fuera lo que había planeado para mi vida. La amaba a ella. Y a ese bebé también, aunque aún ni siquiera lo conociera.

Hero siguió sin decir ni una palabra al día siguiente, aunque al menos ya no lloraba.

Esa mañana me desperté a su lado después de pasarme la noche escuchándola sollozar hasta quedarse dormida.

La abracé, y cuando amaneció, me levanté, abrí las persianas y la ventana para que entrara la luz y se fuera ese olor a habitación cerrada.

—Tienes que comer, Hero. Si no lo haces por ti, hazlo por el niño.

Ella me miró hecha un ovillo y se tapó más con las sábanas.

—No tengo hambre.

Me senté a su lado, le aparté el pelo de la cara y lo dejé caer detrás de su oreja. Me quedé acariciándole el cabello, buscando las palabras para sacarla de ese agujero en el que estaba metida.

—Lo entiendo, Reina, pero tienes que comer algo. Por tu salud, y por la del bebé. No puedes permitirte venirte abajo ahora.

Suspiró mirando hacia la ventana.

—¿Lo harás? —pregunté.

Se levantó sin decir nada y se encerró en el baño. Yo eché la cabeza hacia atrás, agotado.

Oí correr el agua y bajé a la cocina para prepararle algo. Cuando volví, estaba otra vez metida en la cama.

Al día siguiente, igual: encerrada, apartándome… pero yo no me fui. La abracé igual que los días anteriores, y esa vez al menos bebió un poco de sopa. Por la noche hasta se comió una tortilla con atún. Día tras día me planté ahí, sin dejarla sola ni un segundo, aunque me lo pidiera.

La veía mirar por la ventana con esa tristeza que parecía pegarse a las paredes. La veía acariciarse el vientre con ansiedad, como si el silencio la ahogara. Y por las noches, todo empeoraba. Las pesadillas la destrozaban.

La primera vez fue brutal. Estaba abajo, en la cocina, con un dolor de cabeza de esos que no te dejan ni respirar, cuando un grito suyo me cortó en seco. Subí de dos en dos las escaleras y la encontré enredada en las sábanas, sudando, con los ojos abiertos y un terror que me heló la sangre.

Me acerqué, pero sus uñas se clavaron en mis brazos como si me quisiera mantener lejos. Aun así, no me moví. La miré fijamente, intentando que mi calma le llegara, y poco a poco me reconoció. Murmuraba cosas entrecortadas, temblando.

La abracé y no la solté hasta que dejó de temblar. No podía curar lo que tenía por dentro con un par de frases, pero sí podía quedarme ahí, como un puto ancla, para que no se hundiera más.

Las noches se volvieron un bucle: gritos, pesadillas, y yo sujetándola hasta que volvía a respirar tranquila.