Chapter 22
Capítulo veinte
— PASADO —
Siete días para la boda.
Hero
Michael había tenido que irse a Los Ángeles hace tres días por un asunto urgente de su empresa.
Acabábamos de llegar de ese viaje a South Beach y estaba echándome una mano con las decoraciones para la boda de su hermana cuando le sonó el teléfono.
No voy a mentir: la decepción me recorrió de arriba abajo al saber que tenía que irse.
Me había acostumbrado a tenerlo rondando todo el día, y la idea de no verlo me dio un bajón.
Pero él, muy serio, se disculpó y me prometió que me lo compensaría cuando volviera.
La cosa es que todavía no había vuelto… y ya habían pasado tres días.
Tres días que me habían servido para despejar un poco la cabeza y, de paso, preguntarme qué demonios estaba haciendo con mi vida.
Esa misma mañana me había levantado con un cansancio raro y con ganas de vomitar.
Lo achaqué a las cervicales, porque me desperté con un dolor horrible en el cuello después de pasarme tres días dirigiendo a los organizadores, moviendo cajas enormes de material de boda y yendo de un lado a otro como una mula de carga.
Me di una ducha rápida y decidí salir a comprar algo. Le pedí a Reid que me acercara al súper.
—Pídeselo a Carmelita, ella se encarga de las compras en casa de papá —me dijo mientras nos subíamos al coche.
Carmelita era la trabajadora colombiana que mi padre tenía contratada para cocinar, limpiar y hacer la compra.
A veces traía a su hija de nueve años y la dejaba corretear por la casa y bañarse en la piscina, siempre con el visto bueno de Ximena.
Una mujer encantadora, muy dispuesta, aunque yo casi no había hablado con ella.
—Prefiero no molestar a nadie para que me haga mis compras. Apúntatelo como consejo. Además, así hacemos algo juntos, que llevas desaparecido unos días.
El súper estaba a menos de cinco kilómetros; si lo llegaba a saber, habría ido andando yo sola.
—Para que lo sepas, a mí nadie me hace la compra. Me la hago yo.
—Me alegro de oírlo, de verdad. ¿Y dónde has estado metido? Porque estás más callado de lo normal.
Reid me miró justo antes de aparcar y soltó un suspiro.
—Te estás viendo mucho con Michael, ¿no?
Fruncí el ceño. Ajá… ya veía por dónde iba.
—Lo normal, teniendo en cuenta que estoy siempre encerrada en casa y él se queda ahí.
Me apresuré a salir del coche y cerré la puerta.
—Ya, pero… más de lo normal, ¿no crees? —dijo mientras cerraba el suyo y se ponía a mi lado.
—¿Te molesta? ¿No fuiste tú quien me dijo que le diera una oportunidad?
—Eso fue antes de saber que… bueno, hablaba mal de ti y de mamá.
—Oh, por Dios, eso ya está superado. Se ha disculpado conmigo mil veces.
—Ya, pero conmigo no.
—No seas infantil. No tiene porqué disculparse contigo, solo habló mal de mí.
Reid se calló al entrar al súper y coger un carrito.
—Entonces… ¿vas a decirme dónde has estado o voy a tener que sacártelo con pinzas? —pregunté mientras empezaba a recorrer el primer pasillo.
Cogí varias cosas que me hacían falta, Reid pilló unas tabletas de chocolate “ para quitarse el mono” y llegamos al pasillo de productos de higiene.
—He estado con Lily —dijo al fin.
—Tenéis una relación muy rara.
—No tenemos ninguna relación.
De repente se paró delante de una sección… peculiar. Preservativos. Me eché a reír.
—Ya… no tenéis ninguna relación, pero te la estás tirando.
Se giró hacia mí, con el ceño fruncido.
—¿Y qué te hace pensar que me la estoy tirando?
—¿Aparte de que es bastante obvio? —Señalé las cajas—. Y tienes un cutis que ni en los anuncios de crema.
Reid puso los ojos en blanco mientras inspeccionaba las estanterías como si estuviese decidiendo el vino perfecto para una cena romántica.
Me adelanté para coger un gel corporal con aroma a lilas, mi favorito. Aún estaba sonriendo cuando lo vi. La sonrisa se me borró de golpe y un nudo me cerró el estómago. La sección de compresas y tampones.
Me quedé clavada en el sitio, con la mirada fija en los estantes. Recordé que pensaba comprar más porque las que había traído no me alcanzarían para el próximo periodo. Pero al mirar mi agenda en el móvil, me di cuenta: debería haberme bajado ya.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
No. No podía ser eso.
Me agarré a la idea de que habría otra explicación, pero el miedo ya me había mordido por dentro.
Mientras Reid seguía a lo suyo comparando marcas de preservativos, yo tecleaba a toda velocidad en Google: cuatro días de retraso menstrual causas.
Apareció una lista interminable. Ejercicio físico extremo. Vale, llevaba tres días cargando cajas como una mula. Estrés por viaje. También podía ser. Ansiedad… ¿tenía? Pues ahora sí.
Pero, por más que me repitiera esas opciones, la preocupación crecía. Volví a buscar: cuándo preocuparse por retraso menstrual. Respuesta: entre siete y diez días. Genial, una cuenta atrás para que me dé un ataque de nervios.
—¿Estás bien? —La voz de Reid me sacó del trance. Me miraba con el ceño fruncido, como si temiera que me fuera a desmayar ahí mismo—. Tienes una pinta horrible.
No, no estaba bien. Nunca, en toda mi vida, se me había retrasado la regla ni un día. Sentía un nudo en la garganta y unas ganas tremendas de llorar.
—No lo sé… vámonos a casa. Creo que necesito una ducha.
O dormir. O meterme en la bañera y no salir.
El camino de vuelta se me hizo eterno porque mi cabeza estaba repitiendo lo mismo en bucle. Cuando Reid aparcó frente a la casa, estaba tan metida en mis pensamientos que ni vi el coche de Michael. Salí disparada hacia dentro, solo queriendo encerrar mi paranoia entre cuatro paredes.
Pero al abrir la puerta y verlo ahí, sonriendo, la ansiedad me golpeó como un ladrillo.
—Hola, Reina. Te he echado de menos.
Ni lo miré.
Pasé de largo, pero su mano se posó en mi brazo, obligándome a detenerme. Sus ojos buscaron los míos, llenos de una calma que no sentía.
—Eh… ¿estás bien? —me preguntó Michael, frunciendo el ceño.
Yo tenía los nervios a flor de piel, así que lo último que quería era que me tocara. Le aparté la mano de un manotazo.
—Déjame en paz.
Él me miró confundido, pero no dijo nada. Subí las escaleras a toda prisa, escuchando que me seguía. Me metí en mi habitación y cerré la puerta, pero entró igual. Eso me hizo enfadar.
—Lárgate —le solté, intentando que no se me notara la ansiedad.
Caminé hasta la cama dándole la espalda.
—No sin que me digas qué pasa.
—No te importa, joder.
Me giré, pasándome las manos por las raíces del pelo. Quería arrancármelos todos de la ansiedad que me estaba recorriendo.
Se quedó ahí, mirándome con esa cara de preocupación que, lejos de calmarme, me ponía peor. Tenía que hacer que se fuera, como fuese posible, cuanto antes.
—No puedes aparecer aquí y exigirme respuestas que no quieres escuchar —dije, clavándole los ojos.
—Hero, si te pasa algo, lo mínimo que puedo hacer es ayudarte.
Su tono sonaba serio, pero todavía suave. Y eso… me estresaba más. Joder, necesitaba estar a solas.
—¿Ayudarme? —Me reí con ironía—. No necesito tu ayuda, Michael. Ni a ti.
Las manos me temblaban. No quería que me viera así, hecha polvo. Pero en ese momento, él se había convertido en el blanco de toda mi frustración.
—¡Eres un entrometido! No eres mi novio ni lo serás nunca, así que lárgate.
Su cara pasó de sorpresa a dolor, y de ahí a una frialdad que me hizo tragar saliva.
—¿Entrometido? Llevo tres malditos días sin verte, queriendo hablar contigo, y cuando te encuentro así… no me dejas ni intentarlo.
—¡Porque no quiero que lo hagas! ¡Quiero estar sola!
En tres pasos me tuvo agarrada de los brazos, justo cuando rompí a llorar.
—Maldita sea, Hero, dímelo.
—N… No puedo. No quiero —susurré, temblando.
Me llevó a la cama, se agachó delante de mí y me cogió las manos.
—Sea lo que sea, se arreglará.
Yo ya estaba atrapada en mi propia paranoia. Solo eran cuatro días de retraso, podía bajarme la regla al día siguiente… pero el miedo y la culpa me estaban comiendo viva.
Le miré. Y decidí que la única forma de que se fuera… era decir lo único que sabía que le dolería.
—Me he dado cuenta de que quiero más a mi novio de lo que querré a cualquier otro. Me arrepiento de todo esto. No significas nada.
Vi cómo esas palabras se le clavaban, pero no paré.
—Eres una distracción. Un error.
Apreté los labios un segundo, sintiendo cómo se me encogía el pecho, y entonces rematé:
—Y lo peor… es que ni siquiera has sido un error que valga la pena recordar.
Sus ojos se oscurecieron, y por un momento juraría que había dejado de respirar. Yo le aguanté la mirada, sin dejar que se me notara que me estaba rompiendo por dentro.
—Así que vete. No quiero verte aquí.