Chapter 21 #2
Puse los ojos en blanco y reímos. Seguimos comiendo, lanzándonos miradas y sonrisas.
Cuando terminamos, decidimos dar un paseo antes de irnos de nuevo a la mansión.
South Beach estaba llena de vida. La brisa del mar refrescaba, el sol brillaba en lo más alto y el aire estaba lleno de música y olor a comida callejera. El ambiente era tan alegre que era imposible no sonreír.
En un momento, me detuve y lo miré con una sonrisa traviesa.
—¿Sabes? Me debes una historia. —Le recordé.
Él arqueó una ceja y sonrió, como si también lo recordara. Yo le había respondido en el estudio cuando me tomó fotos, pero él no había cumplido su parte.
—Ya… la historia a cambio de las fotos.
—Exacto. Tú ya tienes las tuyas, y yo quiero lo prometido.
Michael se pasó una mano por el pelo, como si no le hiciera mucha gracia el tema, pero me guió hasta un rincón tranquilo de la playa. Nos sentamos en la arena, con las olas rompiendo a unos metros, y él comenzó a contar su historia.
—No sé qué te habrán contado, si la versión oficial o una un poco tuneada…
así que voy a empezar desde cero. —Se inclinó hacia adelante, con los codos apoyados en las rodillas, mirando al mar, mientras yo jugueteaba con la arena—.
Llevábamos cinco años juntos. Todo iba bien, teníamos una vida montada, confianza…
yo incluso estaba a punto de pedirle matrimonio.
Un día, quise coger unos papeles de mi caja fuerte y…
me di cuenta de que faltaban unos códigos.
Eran los que me permitían sacar grandes sumas de dinero de mi cuenta.
Hizo una pausa, y yo contuve el aire, sintiendo la tensión emanar de su cuerpo.
—Cuando investigué, descubrí que había sido Ania. Fue al banco con esos códigos y una carta falsificada con mi firma… y sacó un millón de dólares.
Levanté las cejas, medio divertida. ¿Quién era esa mujer? ¿Berlín de La Casa de Papel en versión femenina?
—Obviamente demandé al banco por no haberme llamado personalmente cuando Ania retiró una cantidad tan grande, pero ellos decían que les enseñó esa carta y se la creyeron, porque todo el mundo sabía quién era y la relación que tenía conmigo.
Mandé a investigar qué demonios había hecho con el dinero.
Me pasó por la cabeza que igual era para comprarme algo por mi cumpleaños o darme una sorpresa… pero no, ese dinero había desaparecido.
Se inclinó hacia atrás, apoyando una mano en la arena.
—Fue entonces cuando mis investigadores la siguieron durante un tiempo y descubrieron que me engañaba con un tal Josh Reaser. Un don nadie, sin un duro, divorciado y con un hijo de tres años. Llevaban un año juntos a mis espaldas.
Michael me miró y, sorprendentemente, no vi dolor ni rencor en sus ojos. Contaba la historia como si no fuera suya. Supuse que, después de tres años, lo que quedaba del resentimiento ya se había apagado.
—Me sentí como si me hubieran apuñalado por la espalda —continuó—. Tenía un odio enorme hacia ella, quería hacerle pagar, dejarla sin nada, que sintiera el mismo dolor que yo. Y, después de meses de abogados y juicios… lo conseguí.
Se mordió el labio y una sombra de tristeza cruzó su rostro.
—Entonces Ania, desesperada, apareció en mi casa para pedirme que la escuchara cinco minutos.
Al principio iba a llamar a seguridad, pero pensé que no quería pasarme la vida con ese rencor encima.
En el fondo quería saber porqué. —Yo ya me sentía traicionada y ni siquiera era a mí a quien había traicionado—.
No tenía excusa para haberme sido infiel, me dijo que lo sentía, pero que se había enamorado de Josh.
No quise detalles, sabía que no podría soportarlos.
Solo quería saber si me robó el dinero para fugarse con él. Pero no fue así.
¿En serio? Yo habría apostado que sí.
—Resulta que Josh estaba gravemente enfermo y necesitaba una operación que costaba cientos de miles de dólares. Ania habría hecho cualquier cosa por él… incluso robar para salvarle la vida. Fue un golpe darme cuenta de que, por amor, había perdido el rumbo y hecho algo imperdonable.
“ Puede que me hiciera algo terrible, pero lo hizo por amor ”. ¿No fue eso lo que me dijo Michael en el estudio? Su amante se moría y Ania lo salvó.
—A pesar de la rabia que sentí, no pude evitar compadecerme de ella. Vi en sus ojos sufrimiento y un deseo real de que la perdonara. Así que decidí perdonarle la deuda. No porque lo mereciera, sino porque entendí que, en su desesperación, hizo lo que creyó necesario.
Al terminar, alargó una mano y me apartó un mechón rebelde de la cara.
—Ahí tienes tu historia.
Su dedo recorrió mi mandíbula y me dio un suave toque en el labio.
—Ahora entiendo muchas cosas.
—¿Qué cosas?
—Porqué no te fías de las mujeres. Y porqué le dijiste a Ximena que yo quería estar contigo por tu dinero.
—Bueno… puede que sí sea por eso. —Sonrió—. Pero lo que dije de ti… ahora no estoy tan seguro de que sea verdad. Sobre todo porque sé que de verdad tienes novio, y que tienes mucha fuerza de voluntad para no ponerle los cuernos. Y eso me gusta… y me mata a partes iguales.
Fruncí el ceño. Una idea nada agradable empezó a tomar forma en mi cabeza.
—¿Y cómo sabes que es verdad que tengo novio? ¿Me has investigado o qué?
Si decía tener investigadores, la idea tampoco era tan descabellada.
Michael miró hacia delante y soltó una risa por la nariz.
—Solo un poco.
Abrí los ojos como platos y le di un codazo.
—Pero ¿qué te pasa? ¿En serio me has investigado?
—Sí. —Se sacudió las manos de arena—. Joder, suena fatal.
—Suena obsesivo.
—Solo quería asegurarme, ¿vale? Eso fue lo que me hizo fiarme de ti.
—Ah, claro, por eso ya no nos matamos.
—En parte.
No me lo podía creer. Lo miré con indignación y curiosidad.
—Genial… Bueno, ¿y qué más has descubierto sobre mí aparte de que tengo novio? Ahora quiero saberlo todo.
—No mucho. Solo algunas cosas antes de confirmar lo del novio. Luego ya dejé de mirar.
—¿Qué cosas?
—Vi que… joder, sí que voy a sonar como un puto acosador.
—Se pasó la mano por la cara y me miró—.
No suelo hacer esto con todas las mujeres, ¿vale?
Solo que me picaba la curiosidad por saber si decías la verdad.
Vi tu historial médico: que casi te ahogas con doce años, que tuviste anorexia a los dieciséis, pero te recuperaste rápido, que con dieciocho sufriste varios episodios de anemia…
Sé que estudias Literatura, que trabajas en un bar del centro comercial de tu ciudad, que eres muy sociable y que tu mejor amiga se llama Claudia.
También que le caes bien a todo el mundo, y eso lo he comprobado yo mismo, que te encantan los gatos y que tienes una colección de libros de poesía en tu cuarto.
Me quedé en shock.
—¿Cómo coño sabes lo de la colección de…?
—Lo publicaste en redes sociales —me cortó.
Me quedé mirándole unos segundos y sonreí, nerviosa.
—Vale… ahora sí que das miedo.
—Sí, yo creo que también lo doy.
Me humedecí los labios, que se me habían quedado secos mientras escuchaba todo lo que había descubierto sobre mí.
—La verdad es que no quiero saber cómo has averiguado todo eso, pero sí que me enfada que sepas mucho más de mí que yo de ti.
—Puedes preguntarme lo que quieras, puedo contestar cualquier cosa, ya lo sabes.
Levanté una ceja y sonreí. Me acababa de dar permiso para hacerle preguntas. Pues las iba a hacer.
—¿Perro o gato? —Lancé la primera.
Michael me miró con una sonrisa, negó con la cabeza, y luego asintió.
—Perro.
Empecé a lanzarle preguntas y él respondía sin dudar.
—¿Playa o montaña?
—Montaña.
—¿Libro electrónico o libro físico?
—Libro físico.
—¿Café o té?
—Té.
Esa ya la sabía. Solo quería que me lo confirmase.
—¿Día o noche?
—Noche.
—¿Ensalada o hamburguesa?
—Ensalada. —Soltó una carcajada.
Lo sabía. El muy maldito.
—¿Verano o invierno?
—Verano.
—¿Ciudad o campo?
—Ciudad.
—¿Fiesta o noche tranquila en casa?
—Noche tranquila en casa.
Lo miré y mi sonrisa empezó a desvanecerse. Conté un latido.
—¿Película favorita?
Michael entrecerró los ojos, se lo pensó un segundo. Conté dos latidos.
—El Padrino.
Mi sonrisa desapareció del todo.
—¿Besar o ser besado?
Su sonrisa también se desvaneció. Su mirada se volvió intensa. Tragué saliva. Conté tres latidos.
—Besar. ¿Y tú?
—Ser besada.