Ni un beso más de ti (Sin ti 2) Chapter 21
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Chapter 21

Capítulo diecinueve

— PASADO —

Diez días para la boda.

Hero

Quedaban diez días para la boda y la casa de mi padre parecía una zona de guerra…

pero con flores y brillantina. Había catálogos desperdigados por el comedor, muestras de centros de mesa colgando de las sillas y torres de invitaciones esperando para ser enviadas.

El salón era un caos, con gente entrando y saliendo como si aquello fuera la bolsa de Wall Street, pero con más tules y menos corbatas.

Ximena estaba atacadísima. Quería que todo saliera perfecto y se estaba consumiendo a base de estrés.

Mi padre, viéndola al borde de un colapso nervioso, decidió sacarla de la casa a que respirara un poco…

y me dejó a mí al mando. Así, sin anestesia.

Yo, que no tenía absolutamente nada que hacer, lo acepté encantada: al menos me mantenía ocupada y no pensaba tanto.

A la hora de comer, los organizadores se fueron y la mansión se quedó en silencio.

Reid también había desaparecido con Lily para aprovechar las últimas dos semanas en Miami antes de que volviéramos a España.

Él luego volaría a Edimburgo, a hacer sus cosas misteriosas de trotamundos que nunca terminaba de explicarme.

Me senté a comer algo mientras ordenaba las invitaciones, esperando que el mensajero viniera a recogerlas. Cuando llegó, le di una caja enorme, tan llena que parecía que se iba a romper.

—Las he ordenado por orden alfabético para que te sea más fácil repartirlas —le expliqué. El chico la cogió y casi se le desencajó el hombro. La metió en el maletero con cara de “ me pagan demasiado poco para esto”.

Y entonces, cómo no, vi entrar el coche de Michael por la entrada y se me aceleró el pulso.

Llevaba desde la noche de las fotos sin verlo.

Aparcó justo detrás de la furgoneta. Intenté ignorarlo mientras firmaba el albarán que el mensajero me tendía, pero él ya se estaba acercando, impecable, como si hubiera salido de un catálogo de ropa cara.

—Espero que así se pueda acelerar el envío —le dije al mensajero.

—No se preocupe, señorita Cavanaugh —respondió justo cuando Michael llegó y, por supuesto, lo escuchó—. Mañana por la mañana estarán todas las invitaciones de su boda entregadas.

—Gracias —contesté, tragándome las ganas de aclarar que no era mi boda.

—Que tenga un buen día —dijo el chico antes de marcharse.

—¿Te casas, Reina? —soltó Michael, con esa media sonrisa cargada de sorna.

Lo fulminé con la mirada y le di un empujón flojo. Ese día no llevaba traje, sorprendente, pero sí que iba increíblemente guapo con unos pantalones de vestir caqui y un polo blanco impecable.

—Sí, justo ahora estoy organizando mi boda secreta —dije con ironía, entrando de nuevo en la casa.

Michael me siguió hasta la cocina, donde la encimera estaba tan llena de jarrones que no quedaba espacio ni para apoyar un plato.

—¿Qué ha pasado aquí? ¿Ximena ha terminado de perder la cabeza?

—Yo creo que sí. Y por eso mismo no pienso casarme nunca —respondí, apartando un jarrón con cuidado—. ¿Quién en su sano juicio se mete en este infierno?

Michael sonrió, divertido.

—Ximena siempre ha sido de tenerlo todo bajo control. Lo raro habría sido que no se volviera maniática con su boda. —Me miró mientras yo movía los jarrones a una mesa al fondo—. Lo que no entiendo es porqué estás haciendo tú el trabajo de los organizadores.

Me encogí de hombros.

—No tenía nada mejor que hacer. Y así al menos ordeno esto para que tu hermana no se encuentre la casa patas arriba cuando vuelva. Sé que le pone nerviosa verlo todo tirado.

—Ya… Lo siento, Reina, pero no es por la casa, es por la boda en sí. —Me sujetó del brazo cuando iba a por más jarrones—. Anda, déjalo. Vámonos a comer.

—Ya he comido.

Frunció el ceño y miró su Rolex, que costaba más que mi piso entero en España.

—¿A la una y media? ¿Qué has comido?

Suspiré.

—Una manzana.

Michael me clavó una mirada de “ te voy a dar una charla”.

—No me daba tiempo, tenía que acabar lo de las invitaciones antes de que viniera el mensajero y…

—Déjate de excusas. Una manzana no es comer. Cámbiate que te llevo a un sitio decente.

La verdad, sí que era una porquería, sobre todo porque estaba muerta de cansancio y con un hambre que ni la fruta había conseguido calmar.

Michael esperó mi respuesta mientras yo me giraba hacia los jarrones.

En serio quería ponerlos sobre la mesa, pero tampoco tenía prisa.

Ximena y mi padre no volverían en todo el día, así que podía hacerlo después.

—Vale, está bien. Pero con la condición de que yo elijo el sitio.

—Vale, pues yo invito —dijo él.

—No, de eso también me encargo yo.

Michael puso los ojos en blanco y soltó un suspiro.

—Eres como un grano en el culo, Hero Cavanaugh. —Fue la primera vez que me llamó por mi nombre completo. Me hizo gracia… y me gustó, aunque no pensaba decírselo—. Vístete de una vez.

Me dio por vacilarle. Miré mi ropa: un pantalón de chándal gris claro bastante ancho, una camiseta corta que dejaba ver un poco el ombligo y unas zapatillas blancas. No era el look de las cenas elegantes a las que él estaba acostumbrado, pero tampoco estaba tan mal como para cambiarme.

—¿No crees que ya voy guapa así? —Me crucé de brazos y noté cómo eso levantaba un poco mi escote, aunque no lo hice a propósito… y si Michael se dio cuenta, lo disimuló de lujo.

—Creo que irías guapa con lo que fuera, y lo sabes.

—¿Incluso con un saco en la cabeza?

Michael arqueó una ceja y sonrió.

—Sí, incluso con un saco en la cabeza.

—Entonces, ¿por qué quieres que me cambie?

—En realidad no quiero que te cambies. Quiero que te lo quites todo. ¿Lo harías si te lo pido?

—No —respondí demasiado rápido.

—Bien, pues déjate eso puesto si te gusta y vámonos. Me muero de hambre.

Se dio la vuelta para irse, pero yo decidí seguir con el jueguecito.

¿Por qué? Porque estaba demasiado guapo y no podía resistirme.

¿Me convertía eso en una cualquiera por tontear teniendo novio?

Puede, pero mi novio estaba pasando de mí, así que quizá tocaba devolverle el favor.

Aunque seguro que me acabaría arrepintiendo.

—Tienes tu menú favorito justo delante y ¿prefieres salir a comer fuera, Mike?

Funcionó. Se quedó congelado y se giró despacio, con los ojos llenos de un hambre que no tenía nada que ver con la comida.

—Estás jugando con fuego, y no te va a gustar quemarte, Reina. Retira lo que acabas de decir.

—¿No fuiste tú el que dijo una vez que quería atreverse a jugar conmigo? —Le recordé nuestra conversación en mi fiesta de bienvenida.

Michael dio un paso hacia mí.

—No me refería a este tipo de juego, sobre todo porque sé que te echarás atrás antes de llegar al final.

—Eres un aburrido, Mike —Hice un puchero, consciente de que llamarlo así era otra provocación.

—Reina…

Sonreí de oreja a oreja, soltando la tensión.

—Vale, vale. Pues tú te lo pierdes.

Pasé por su lado, pero me agarró y me empujó contra la pared más cercana.

Me acorraló con una mano en mi nuca y sus labios a centímetros de los míos.

No hice nada por apartarlo. No podía. Esto me lo había buscado yo solita…

y en el fondo quería que pasara, solo para terminar con esta tortura y confirmar que era puro deseo.

—¿No vas a detenerme? —preguntó. Y sí, podía notar perfectamente lo duro que estaba contra mí.

—No lo sé.

—¿Te arrepentirás después?

—Sí, probablemente.

Michael rozó su nariz contra la mía y, en lugar de besarme, me soltó.

—Vamos a comer.

—Deberías ver lo ridículo que te ves así vestido aquí. —M reí, sin mala intención. Aunque, para ser sincera, él también parecía estar disfrutando de lo absurdo de la situación.

Había un montón de gente alrededor ocupando las mesas, y todos habían reparado en lo fuera de lugar que estaba Michael.

—Ya… si me hubieras dicho que me ibas a traer al McDonald ’ s, habría pedido a domicilio.

—Mike, relájate y disfruta. Las mejores cosas de la vida pasan así, en buena compañía, sin importar el sitio… y con una hamburguesa de pollo con extra de queso y pepinillos que me voy a zampar yo solita.

Michael soltó una risa baja, mirando su plato de ensalada.

—Veo que te pone de buen humor venir aquí. Tomo nota.

—Sí, aunque… —Lo señalé con una patata— pedirte una ensalada aquí es casi un delito.

—Si supieras la porquería que lleva lo tuyo, no te lo comerías.

—No, gracias. Prefiero ser feliz en mi ignorancia.

Bebí un sorbo de refresco, porque hacía calor y necesitaba algo frío.

—¿Sueles venir mucho? —preguntó.

—No… solo siempre que puedo.

Eso le hizo gracia.

—Me da a mí que es más de lo que quieres admitir.

Le di un bocado a la hamburguesa y cerré los ojos con un suspiro, disfrutando como si fuera el mejor manjar del mundo.

—Dios… —dije con la boca llena—, tienes que probar esto.

—¿Siempre haces esos ruiditos cuando comes hamburguesas?

—Sí, porque están buenísimas —dije después de tragar—. En serio, pruébala.

Me levanté y se la puse prácticamente en la cara.

—Aparta esa bomba calórica de mí.

—Pruébala.

Intentó apartarme con la mano, pero yo insistí, acercándome más.

—He dicho que no.

—Venga, por fa…

—¿Siempre eres tan pesada?

Me reí justo cuando abrió la boca y le dio un bocado. Me senté, satisfecha por mi victoria, y volví a darle un bocado. No entendía cómo él no suspiraba al probarla.

—¿Qué tal?

Masticó sin apartar la mirada de mí.

—Creo que podría someterme a esta tortura una vez al mes… solo para escuchar los ruiditos que haces. ¿Lo haces con todo lo que te metes en la boca o solo con las hamburguesas?

Entrecerré los ojos, provocando su risa.

—Michael siempre pensando en sexo.

—Yo no he dicho nada. Aquí la única con la mente sucia eres tú.

—Oh, venga… —Lo imité—. ¿Lo haces con todo lo que te metes en la boca o solo con las hamburguesas? ¿Qué quieres que piense?

—Hay mil interpretaciones posibles, pero tú has ido directa a la única sexual. Aunque… ya que lo mencionas, ¿lo haces o no?