Ni un beso más de ti (Sin ti 2) Chapter 24
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Chapter 24

Capítulo veintidós

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No sabía cuánto tiempo llevaba allí, sentada en el sofá, mirando la nada.

Afuera era de noche, pero podría haber sido cualquier hora.

El silencio de la casa me pesaba en el pecho, como si el aire estuviera cargado de recuerdos que no me dejaban respirar.

Cuando miraba hacia la cocina, veía a Jaden besándome contra la encimera, cuando entraba a mi cuarto, lo veía sentado en mi cama, cuando entraba al comedor lo veía riendo con mi madre mientras cenábamos.

A veces creía que ya no podía llorar más, que se me habían secado las lágrimas. Y entonces, sin avisar, me caían de nuevo. Como si mi cuerpo recordara lo que yo intentaba olvidar.

Había perdido tanto… demasiado en tan poco tiempo.

Mi bebé.

Mi bebé que nunca llegó.

Esas palabras todavía me destrozaban por dentro, y me odiaba por seguir imaginando cómo sería tenerlo allí, en mis brazos. Me odiaba por pensar que tal vez, si las cosas hubieran sido diferentes, todavía estaría conmigo, dentro de mí.

Y luego estaba todo lo de Miami. Ese viaje que se me clavó en la piel como una cicatriz. Allí me dijeron que Jaden había muerto. Que nunca volvería a verlo. Y yo… me lo creí.

Me lo creí tanto que hasta me permití besar a Michael antes de volver a España, como si estuviera cerrando una puerta para siempre. Me sentí culpable después, claro. Culpable por besar a otro cuando aún amaba a Jaden.

Pero nunca me arrepentí. Porque en ese momento entendí que, sin quererlo, también me había enamorado de Michael.

Él apareció cuando yo estaba rota, sin rumbo.

Era todo lo que necesitaba y ni siquiera lo sabía: estable, seguro, alguien que sabía lo que quería y que me daba el apoyo y el amor que yo no era capaz de darme a mí misma.

Volver a España fue como despertar en una pesadilla: descubrir que Jaden estaba vivo, pero en coma.

Esperar. Aferrarme a la idea de que, si abría los ojos, todo volvería a ser como antes.

Y cuando por fin despertó… no me recordaba.

No sabía quién era yo. Y lo peor… es que lo más seguro es que nunca lo sabría.

Verlo delante de mí en aquella fiesta, siendo el mismo de siempre cuando estaba conmigo, para luego descubrir que lo único que quería en realidad era llevarme a la cama…

me hundió. Me hizo pensar que esa era su táctica de siempre, la jugada perfecta que usaba con otras chicas para acostarse con ellas sin que ninguna se sintiera utilizada.

Y yo, como una idiota, me lo había creído.

Me dolió tanto darme cuenta de que, para él, solo era parte de un plan para follarme y después dejarme tirada, como si no valiera nada.

Y cuando lo vi con Marta… fue como un golpe directo a mi corazón.

Me di cuenta de que no era lo suficientemente fuerte para aguantar aquello.

Que ese plan de “ recuperación” que tenía en mi cabeza no iba a funcionar si yo no podía soportar verlo con otra.

Se suponía que debía volver a enamorarse de mí como la primera vez. ¿Por qué no lo hizo?

Y como si todo eso no fuera suficiente, pasó lo del secuestro.

Esa sensación de estar atrapada, de sentir miedo real por mi vida…

todavía me despertaba por las noches. Recordaba cada segundo, cada mirada, cada palabra cargada de amenaza.

Recordaba pensar que ahí sí iba a terminar todo para mí.

Y la impotencia de saber que, aunque saliera viva, nada volvería a ser igual.

Ese miedo no se me había ido nunca; se quedó pegado a mi piel.

También echaba de menos a Claudia, aunque ella había sido la traición más grande de mi vida.

Y a Alice y a Lucía. Me pidieron perdón mil veces, pero yo ya había pensado demasiado en lo que hicieron y no podía soportar mirarlas y saber que si me lo hubieran contado, todo sería diferente en ese momento.

Últimamente hacía cosas que no reconocía.

Había dejado de comer bien, de dormir a mis horas.

A veces pasaba días sin hablar con nadie.

Y cuando lo hacía, estaba irritable, seca, como si todo me molestara.

Fue como si mi vida se hubiera encogido hasta convertirse en un montón de recuerdos que no me dejaban respirar.

Por eso lo decidí: por mi propia salud mental, tenía que alejarme de Jaden. No podía seguir viviendo atrapada en alguien que ni siquiera me recordaba. Nuestra historia se había convertido en un peso que me estaba hundiendo, y si seguía así, iba a terminar perdiéndome a mí misma.

A veces me decía que necesitaba ayuda profesional, y lo sabía, pero todavía no quería admitirlo en voz alta.

Tal vez porque admitirlo significaría aceptar que toqué fondo.

Así que me quedaba allí, quieta, pensando en lo que perdí…

en lo que me quitó la vida sin pedir permiso: mi bebé, mi relación, mi paz.

Luego estaba Michael… él era otra historia.

Él estaba ahí de verdad. Me demostró que podía contar con él, y sí, lo quería.

Pero quererlo no era suficiente en ese momento.

No podía empezar algo con él mientras una parte de mí seguía hecha pedazos por otra persona. No sería justo. Ni para él, ni para mí.

Jaden fue mi primer amor, el que te rompe y te quema, el que te enseña lo que es perder y sangrar por alguien. Michael era lo contrario: el amor sano, fácil, simple… de verdad. Y aunque sabía que con él tendría la paz que siempre había buscado, todavía no podía.

Por eso decidí hacer de nuevo lo que ya había hecho una vez y que me había dolido en el alma.

Esa noche, cuando Michael llegó a mi casa, como había hecho casi a diario en las últimas dos semanas, lo dejé pasar sin darle demasiadas vueltas.

Dejé que me diera un beso en la mejilla y le sonreí.

Tenía claro que esa vez iba a ser diferente, que iba a decirle lo que llevaba días mordiéndome la lengua para no soltar.

Pero aún así, cuando lo vi entrar, me tembló un poco el estómago.

Me costó mirarlo, no sé porqué. Quizá porque esa noche no venía con sus trajes caros ni su aire de empresario que podría comprarte un país si le apeteciera.

No. Venía con unos pantalones grises de chándal, una sudadera negra y ese pelo un poco más despeinado de lo normal.

Y, joder… así me gustaba más. Era como verle sin armaduras, sin el personaje que a veces parecía interpretar delante de todo el mundo.

Solo él. Más joven, más cercano, más… mío, aunque no lo fuera.

Me senté a su lado intentando disimular los nervios.

—¿Quieres que prepare algo para picar mientras pones una peli? —dije, como si me importara de verdad la película.

Me miró con esos ojos que parecen atravesarte y sonrió un poco. Sabía que algo pasaba. Lo sabía y ni siquiera tenía que preguntarlo. Aun así, solo asintió.

Me levanté y fui a la cocina, más para tomar aire que para coger comida.

Abrí el frigorífico y me quedé ahí parada, mirando como si fuera a encontrar respuestas entre los yogures caducados y una botella de agua casi vacía.

Terminé cogiendo dos refrescos, porque tampoco iba a cocinar nada.

Esa noche tocaba peli de miedo, la excusa perfecta para acurrucarme a su lado.

Dos noches atrás había sido de zombies, la noche anterior un drama que me dejó llorando hasta quedarme sin voz…

y esta noche, sinceramente, lo único que quería era no pensar demasiado.

Volví al salón y él ya estaba sentado como si ese sofá fuera suyo de toda la vida.

Le pasé el refresco y me dejé caer junto a él.

No dijo nada. Solo pasó un brazo por detrás de mi espalda y, sin preguntarme, me atrajo hacia él.

Y no me resistí. Apoyé la cabeza en su pecho y me dejé envolver por ese calor que parecía derretir todo lo tenso que llevaba dentro desde hacía semanas.

La peli empezó, pero no le presté atención.

Lo único que sentía eran sus dedos, acariciando despacio la piel de mis piernas desnudas, como si supiera exactamente dónde tocar para que el resto del mundo desapareciera.

Cerré los ojos un momento. Me sentía segura.

Protegida. Tan cómoda que me atreví a levantar la mirada.

Él también me estaba mirando. Y entonces pasó. Sin prisa, sin avisos. Nos fuimos acercando poco a poco, hasta que nuestros labios se encontraron. Fue un beso lento, suave, como si los dos hubiéramos estado esperando el momento exacto para hacerlo. No había urgencia, solo esa necesidad de sentirnos.

No sé cómo acabé acomodándome encima de él. Sus manos en mi cintura me apretaban para mantenerme cerca, tan cerca que podía sentir cada latido contra mi pecho. Profundicé el beso, notando su respiración acelerarse, y entonces lo sentí. El calor subió de golpe por mi cuerpo.

El bulto duro contra mí me encendió de una forma que no quería admitir.

No era solo atracción, era algo más físico, más visceral.

Dios, estaba enamorada de él y quería seguir con esto sin pensarlo.

Quería decírselo. No quería tener que arrepentirme como me pasó con Jaden.

Necesitaba decírselo. Sin darme cuenta, empecé a moverme un poco contra él, notando cómo se ponía duro ahí abajo.

Un escalofrío me recorrió y, por un segundo, me dejé llevar, disfrutando del calor y de lo cerca que estábamos.

Pero la realidad me dio de golpe en toda la cara.

Por mucho que necesitara sentirlo cerca, porque lo necesitaba y lo quería, sabía que acostarme con Michael ahora solo sería añadir otra cosa a la lista de todo lo que me torturaba cada día.

No podía permitir que algo que debería ser bonito se convirtiera en un peso más para los dos.

Y tampoco podía usarlo como vía de escape para sentirme bien un rato, para escapar de mis propios líos. No sería justo.

—No puedo, Mike… —murmuré, apoyando la frente contra la suya.

Me separé un poco de él y sentí como sus dedos dejaban de apretarme la cadera y me acariciaban suavemente.

—¿Te arrepientes? —preguntó él, con voz baja, sin apartar los ojos de mí.

Negué despacio.

—No… no me arrepiento. Pero no puedo hacer esto ahora. No mientras mi corazón sigue roto por otra persona. Necesito tiempo para mí, para sanar.

Sus ojos se llenaron de dolor al escucharme, y mi pecho se encogió.

—Lo sé. Lo entiendo —dijo, con suavidad—. Y… está bien. Te voy a dar el tiempo que necesites. Aunque me duela no tenerte así.

—Lo sé… A mí también me duele —susurré, y por un momento me sentí tan frágil que quise llorar de nuevo—. Pero no sería justo para ti ni para mí. No puedo aprovecharme de ti solo para escapar de mis problemas.

—No pienso que te estés aprovechándote de mí —dijo él, acariciando mi mejilla—. Pero quiero que seas sincera conmigo, siempre.

—Lo soy… te lo prometo —dije, apoyando mi frente contra la suya otra vez—. Solo necesito tiempo para mí… para recomponerme, para no depender de nadie mientras sigo hecha pedazos.

—Lo entiendo. —Asintió—. Y aquí estaré, esperando. Aunque me muera de ganas de abrazarte, de besarte, de… —se interrumpió, sonriendo un poco—… sí, de todo.

—Mmm… ya se verá cuántas ganas tienes más adelante… —dije, y ambos reímos suavemente.

Si era cierto que Michael me quería, esperaría el tiempo que hiciera falta para estar conmigo.

Se inclinó hacia mí y me dio un beso suave en la frente.

—¿Sabes? —dijo bajito—. Me gusta verte reír aunque sea un poquito. Aunque estés hecha un desastre por dentro.

—Eso no cambia nada —susurré, apoyando la cabeza de nuevo en su pecho—. Todavía estoy rota. Pero… contigo siento como si pudiera respirar un poco mejor.

Sentí que suspiraba. Aliviado. Sonreí un poco.

—Eso me basta —murmuró—. Y cuando estés lista, ahí estaré. Para todo lo que haga falta.

Me abrazó con fuerza, y durante unos minutos nos quedamos así, en silencio. Pero luego se separó un poco y suspiró.

—Mañana tengo que volver a Los Ángeles —dijo, con una mueca un poco triste—. Ya llevo demasiado tiempo fuera y hay cosas que no puedo dejar pendientes.

El nudo en mi estómago se tensó, pero intenté sonreír.

No quería que se marchara. Había sido un apoyo enorme durante todo este tiempo y no tenerlo sería sentirme más vacía aún. Pero tampoco podía decirle nada.

—Lo entiendo… —dije, aunque me dolía.

—No lo haría si no fuera necesario, créeme. Me quedaría aquí para siempre, contigo —confesó volviéndome a pegar contra su pecho, con la barbilla apoyada en mi cabeza—. Pero prometo que volveré. Y mientras tanto… tendrás todo el tiempo que necesites.

Lo miré de nuevo, con los ojos llenos de lágrimas que no podía contener.

—Gracias… —susurré—. Gracias por entenderlo. De verdad. No sé qué haría si no estuvieras aquí.

—Y no tendrás que saberlo —dijo, acariciando mi cara—. Porque voy a estar pendiente de ti, aunque esté lejos.

Sonreí. Sabía que estaría pendiente de todos mis movimientos.

Me abrazó otra vez, más fuerte, y su calor me envolvió. En ese momento supe que podía empezar a curarme poco a poco, sin presiones, con alguien que me entendía y que me ofrecía un amor sano y estable, aunque todavía tuviera que cerrar la herida que Jaden había dejado.