Ni un beso más de ti (Sin ti 2) Chapter 19 #2
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Chapter 19 #2

Puse cara de “ ni de coña” y empecé a hacerle fotos. Él no se movió, ni miró a cámara. Me miraba solo a mí, y eso, sinceramente, ponía las cosas más difíciles.

Me acerqué para hacerle unos retoques . Le pasé los dedos por el pelo, revolviéndolo un poco, y le quité la corbata mientras él sonreía de medio lado.

—Estás muy sexy haciendo de fotógrafa.

— Y tú muy sexy sin corbata —pensé, pero solo le sonreí, mientras buscaba ángulos más cercanos. Ni siquiera estaba posando, simplemente… era Michael.

—Me debes una respuesta —insistió.

Bajé el móvil.

—¿Puedo quitarte la camisa?

—Puedes quitarme lo que quieras.

No me lo tenía que repetir. Empecé a desabrocharle la camisa despacio, sintiendo el calor de su piel bajo mis manos y la forma en que él no apartaba la mirada.

—Reina… —Su voz sonó como una advertencia y una tentación a la vez—. Espero esa respuesta.

—No puedo darte ninguna respuesta ahora mismo porque ni yo misma estoy segura de lo que siento, Michael.

—Así que tienes dudas —musitó, con esa sonrisa medio chula que me ponía de los nervios… y no precisamente de enfado.

Seguí desabrochándole la camisa, evitando mirarlo para no caer en esa trampa de ojos que parecían leerme la mente.

—Me vale —dijo al final.

Levanté la vista, frunciendo el ceño.

—¿Qué te vale?

—Que te sientas atraída por mí pero no quieras admitirlo porque tienes pareja.

—Clavó su mirada en mí como si pudiera arrancarme la confesión a la fuerza—.

No sé qué sientes por él, pero yo no soy de los que compiten.

Te voy a mostrar quién soy, y haré que te enamores de mí sin tener que tirarlo a él por tierra.

Tragué saliva y me humedecí los labios.

—Creía que llevabas tiempo sin querer tener una relación.

—Fue verte y se me quitó esa tontería de golpe —me soltó, y al alzar la vista vi esa sonrisita.

—Tienes muchísima confianza en ti mismo si crees que podría llegar a enamorarme de ti.

—La tengo, porque me conozco. Y aunque no lo creas, empiezo a conocerte. Y aunque no quieras decirlo, sé que te gusto.

Acabé con los botones y, ya que estaba, le eché un vistazo a gusto.

Madre mía… cada músculo parecía hecho a medida para tentarme.

El pecho firme, los hombros anchos, los abdominales marcados como si fueran de catálogo.

Pasé la mano lentamente por su pecho, bajando hasta su abdomen y rozando la tinta que le recorría la piel.

No pude evitar deslizar los dedos hasta la línea del vello bajo el ombligo…

caliente, suave, y peligrosamente cerca de donde no debería pensar.

—¿A qué edad te hiciste el primero? —pregunté, aunque en realidad quería preguntarle por todos.

—Cuando cumplí los dieciocho. Mi padre los odia, así que no me dejaba.

—A mí me encantan. —Me salió sin filtro—. Te quedan muy bien.

—¿Eso es un cumplido?

—¿Crees que no sé hacer cumplidos? —le respondí, arqueando una ceja.

Me acerqué para quitarle la camisa con calma, rozando sus brazos en el proceso.

Tenía la piel caliente, y yo empezaba a estarlo también.

Me quedé mirando el bosque oscuro tatuado en su antebrazo, con un cuervo volando sobre él.

En el otro brazo, líneas negras y formas raras, como manchas de tinta que se hubieran quedado atrapadas en su piel.

No pregunté, pero me lo grabé todo en la cabeza.

—Creo que eres capaz de hacer cumplidos a todo el mundo menos a mí. Igual es porque no quieres decirme lo que sientes.

Me sostuvo la mirada y esa intensidad me atravesó como un golpe de calor. Mi corazón empezó a ir a su bola.

—Quizá no he encontrado las palabras para decir lo que siento cuando estoy cerca de ti —susurré, sin apartar la mirada—. Pero sí puedo hacerte cumplidos.

Se inclinó un poco más, su voz grave pegándose a mi piel.

—Entonces, ¿por qué no pruebas a hacerme uno?

Respiré hondo, intentando no dejarme arrastrar por el cosquilleo que me subía por la espalda.

—Tienes un autocontrol increíble cuando estás cerca de mí…

—le dije, deslizando los dedos por su piel mientras lo enfocaba con la cámara del móvil.

Hice un par de fotos capturando mi mano acariciándole los abdominales—.

Y me gusta la intensidad con la que me miras con esos preciosos ojos verdes tuyos.

Michael no se movió ni un centímetro, solo me miraba fijamente.

Sus labios se entreabrieron, como si fuera a soltar algo…

pero nada, volvió a cerrarlos y siguió mirándome así, con esa calma que le caracterizaba.

Yo seguí disparando fotos, disfrutando del momento más de lo que debería.

Aunque no pensaba decirle lo que de verdad estaba sintiendo, esas fotos lo iban a gritar.

Y como nunca las iba a ver, pues mira, el secreto quedaba entre mi galería y yo.

Bajé el móvil.

—Ya he acabado —mentí descaradamente, porque podría pasarme horas así.

Por dentro, me estaba comiendo las ganas de preguntarle de una vez por Ania, pero sabía que, si quería que él hablara, tenía que aceptar lo que me había pedido: dejar que me fotografiara.

—Supongo que ahora es mi turno.

—Supones bien. —Se humedeció los labios en un gesto súper sensual—. ¿Tengo que desnudarte como tú lo has hecho conmigo o prefieres que no?

Mi cabeza me gritaba que saliera corriendo antes de que aquello se pusiera aún más complicado, pero mi corazón… bueno, mi corazón estaba pidiendo palomitas y que siguiera el show. Al final, no hice ni una cosa ni la otra.

—Mejor lo hago yo, así no nos tentamos más de la cuenta.

Asintió, se agachó a coger la camisa que yo había dejado tirada como si costara cuatro euros, y me la tendió señalando detrás de la lona.

—Cámbiate ahí mientras preparo la cámara y las luces.

Fui hasta allí y me puse la camisa. La tela era suave y fresquita, pero también traicionera… porque me llegaba justo a mitad de muslo, y yo no estaba como para ir enseñando tanto.

Cuando salí, Michael estaba sentado semidesnudo en un taburete, manipulando la cámara con esa tranquilidad sexy que le salía sin esfuerzo.

Se me secó la boca. Me miró… y no me quitó los ojos de encima.

Sentí el calor subirme por las mejillas.

Caminé hasta el centro, intentando parecer normal aunque tenía los músculos en tensión y las hormonas haciendo una coreografía olímpica.

Me estudió como si pudiera leerme entera.

—Eres increíblemente hermosa, Reina —soltó, y mi corazón dio un vuelco—. No solo por fuera, también por dentro. No dejes que un par de fotos te hagan sentir menos, porque vales mucho más de lo que piensas.

Me quedé tragando saliva, porque eso me había llegado demasiado profundo. Antes de que pudiera decir nada, se levantó y se acercó despacio, con la cámara colgando del cuello. Me rozó la mano, apenas un segundo, y me recorrió un escalofrío que me dejó clavada en el sitio.

—Si en algún momento te sientes incomoda, paro —susurró, tan cerca que sentí su aliento en la cara—. Solo dímelo y se acaba.

Lo miré y supe que estaba perdida. No era solo lo guapo que era. Era la manera en la que se preocupaba por mí, esa mezcla de protección y ternura que me estaba desmontando más que cualquier pose o foto.

—Gracias, Mike —murmuré, con un nudo en la garganta.

Él me regaló una sonrisa dulce.

En ese momento supe que había hecho bien aceptando lo de las fotos. Aunque una parte de mí seguía pensando “ ¿qué demonios estoy haciendo? ”, la otra parte quería saber más de este hombre que se había colado en mi vida y había despertado emociones que ni sabía que tenía.

Nos quedamos un rato en silencio mientras preparaba la cámara y movía las luces. Me dijo que me relajara y que simplemente fuera yo misma. No te voy a mentir, seguía nerviosa, pero verlo tan seguro me dio algo de calma.

Se puso frente a mí sujetando la cámara con ambas manos, sin camiseta, con los tatuajes a la vista y su mirada en mis piernas.

Me dijo que posara natural, sin forzar la sonrisa ni nada de eso.

Quería pillarme tal cual soy, con todo lo bueno y lo complicado.

Me sentí medio expuesta, como si pudiera verme con sus ojos, y eso me hizo enfrentar cosas que suelo esconder.

Empezó a hacer fotos y yo no sabía qué hacer. Iba a ser la primera sesión fotográfica que me hacían en la vida y no estaba acostumbrada.

Entre clic y clic, soltaba alguna broma para sacarme una sonrisa, y sí, tontamente me hacía reír. Así que en lugar de sentirme rara, empezaba a disfrutarlo.

También me dediqué a mirarlo como él había hecho conmigo, y en el proceso me soltó un par de cumplidos.

Pero lo mejor fue cuando, de la nada, se puso a sacarme fotos a los pies.

Según él, eran los pies femeninos más bonitos y tiernos que había visto nunca.

Yo no sabía si reírme o decirle que estaba loco.

Se notaba que Michael llevaba años haciendo fotos, y sabía ponerme en posiciones para hacerme sentir cómoda. Así que cuando dijo que ya las tenía, parecía que habían pasado diez minutos, aunque en realidad fue más de media hora.

Cuando vi las fotos, me di cuenta de que acababa de dar un salto enorme.

No fue solo ponerme delante de la cámara y dejar que Michael me disparara fotos, para nada.

Fue soltar ese miedo que llevaba encima como una mochila llena de piedras, mirarme en las imágenes y pensar: “ Oye, pues no salgo tan mal… Podría hacerme fotos más a menudo. ”.

Ese día, Michael Anderson no solo me quitó el miedo a la cámara, también me ayudó a empezar a confiar un poquito más en mí misma.