Chapter 19
Capítulo diecisiete
— PASADO —
Doce días para la boda.
Hero
—¿Te gusta? —preguntó mientras encendía las luces, sin dejar de mirarme como si estuviera observando cada una de mis expresiones.
¿Que si me gustaba? ¿En serio me lo preguntaba?
—Es… guau. Es increíble…
Michael me acababa de traer al sitio más impresionante que había visto en mi vida.
Su territorio. Su estudio fotográfico. Estaba en un pedazo de ático en un edificio del centro, todo para él.
Solo al cruzar la puerta me vino el olor a él y esa sensación de que estaba entrando en un sitio muy privado suyo.
El lugar era enorme. Aunque la luz era tenue, se notaba que durante el día debía entrar un solazo brutal por los ventanales gigantes.
Las paredes blancas estaban llenas de fotos colgadas que parecían sacadas de una galería de arte.
En una esquina había una zona de revelado, con todo su arsenal de cacharros, y una pared llena de imágenes suyas, cada una firmada con su nombre.
Más allá había un fondo blanco enorme con luces profesionales por todos lados… el pack fotográfico completo.
También había una vitrina llena de cámaras, desde las antiguas de carrete hasta las digitales más modernas. Algunas parecían recién compradas, otras tenían pinta de haber vivido mil vidas.
Me acerqué a una mesa donde tenía un montón de fotos sueltas y empecé a curiosear. Había de todo: paisajes, gente por la calle, detalles raros como ventanas, frutas… y animales que eran mejores modelos que yo.
—Tienes un montón… Y son increíbles —comenté sin pensar, todavía pasando fotos.
Noté cómo Michael se posicionaba detrás de mí, tan cerca que podía sentir su calor. No decía nada, solo observaba mis reacciones, y eso… sí, me ponía un poco nerviosa. O mucho.
Seguí mirando las imágenes y me acordé de lo que me había dicho la trabajadora de su galería, que él era de los mejores fotógrafos del momento. Y no exageraba. Este sitio no era solo un estudio, era su santuario. Y me había llevado allí.
—Nadie más aparte de mí ha entrado aquí antes —soltó de repente.
—Eso me suena… —dije mirándolo por encima del hombro—. Creo que dijiste lo mismo de tu habitación. ¿Por qué me has traído aquí?
Me giré hacia un paisaje en blanco y negro que estaba segura de que no era de este país. Frío, montañas enormes, lagos… Austria, tal vez.
—Quiero que me dejes fotografiarte —dijo como si nada.
Me giré despacio hacia él.
—No me gusta que me hagan fotos —respondí. Y era verdad. No había nada que me incomodara más, desde hacía años, gracias a mis traumas.
Frunció el ceño, inclinando la cabeza.
—No sé si quiero saber porqué dices eso.
—No quieres, créeme —le corté, y seguí caminando, investigando.
Me siguió, como si no pensara soltar el tema.
—Pero aunque no te guste… ¿me dejarás fotografiarte?
No pude evitar sonreír por su insistencia.
—Si me respondes a una pregunta, puede que algún día te deje.
—¿Cuál es la pregunta? —replicó, con esa media sonrisa suya que ya sabía que era peligrosa.
Genial. No tenía ni idea de qué preguntarle. No había preparado nada porque solo estaba jugando, pero ahora tocaba soltar algo, así que dije lo primero que me vino a la cabeza.
—Me contaron que estuviste a punto de prometerte con una mujer… una que ya no está en tu vida —dije, acariciando distraída la madera de una columna en medio de la sala. Me giré y apoyé la espalda en ella—. ¿Todavía sientes algo por ella?
Michael se quedó callado, mirándome fijamente, como si estuviera decidiendo si responder o no. Luego, con calma, soltó:
—Es cierto que estuve a punto de comprometerme, pero no salió como esperaba. Aunque ya no esté en mi vida, le guardo cariño. El pasado es el pasado… y ahora estoy aquí, contigo.
Conmigo. Esa última palabra me dio un vuelco en el pecho.
—¿Cómo puedes guardarle cariño a alguien que te hizo eso?
Michael sonrió, como si supiera algo que yo no.
—Veo que has hecho los deberes.
—Bueno, tú también investigaste sobre mí, ¿por qué no iba a hacerlo yo?
Él inspiró y dio unos pasos lentos hacia mí.
Cuando estuvo cerca, apoyó una mano junto a mi cabeza en la columna y con la otra me apartó un mechón de pelo para ponerlo tras mi oreja.
Sus dedos rozaron mi mejilla y bajaron despacio por mi cuello, como si lo hiciera sin darse cuenta. Yo sentí que todo mi cuerpo se tensaba.
—Le guardo cariño porque no soy rencoroso —dijo, acariciándome la sien—. Y sí, me hizo algo terrible, pero lo hizo por amor.
¿Amor?
—Pero no era amor hacia ti.
—No importa.
Fruncí el ceño mientras sus ojos recorrían mi cara como si buscara algo, y yo hacía lo mismo con la suya.
—Suena a que intentas convencerte de que estuvo bien lo que hizo.
Michael se humedeció el labio inferior y, esta vez, apoyó la mano en mi cuello. Podía notar perfectamente mi pulso acelerado, y eso lo hizo sonreír apenas un segundo, antes de volver a ponerse serio.
—Yo también pensaba así, hasta que escuché su versión.
Nunca quise escucharla antes… me engañó meses con otro hombre, y eso no se lo voy a perdonar jamás.
Pero, después de los juicios, de que uno de ellos dictara que debía devolverme hasta el último dólar, apareció en mi casa pidiéndome que la escuchara cinco minutos. Y entonces me contó porqué lo hizo.
Motivo. Tenía un motivo. Vale.
—¿Y cuál era? —pregunté, ya con cero paciencia.
—Te lo cuento mientras me dejas hacerte unas fotos.
Lo miré entornando los ojos, pero él ni se inmutó. Sus dedos empezaron a bajar lentamente hacia el tirante de mi vestido.
—No estás jugando limpio.
—¿Y quién dijo que iba a hacerlo?
Bufé. Pensé rápido.
—Vale, trato. Pero empiezo yo haciéndote fotos a ti.
Sonrió como si le hubiera dado un regalo.
—Perfecto. Así consigo las dos cosas que quiero.
—¿Qué dos cosas?
—Conocer tu trabajo… y hacerte fotos, por supuesto.
Genial, y yo con las manos vacías.
—Pero yo tengo otra condición.
—A ver.
—Quiero fotografiarte solo con mi camisa.
¿Perdona? No sabía si decir que no y quedarme sin historia o decir que sí y acabar medio desnuda envuelta en su camisa.
—¿Por qué quieres fotografiarme?
—Ya te lo dije. Para llenar mi casa de fotos tuyas.
Negué con la cabeza.
—Definitivamente tienes un problema serio. Estás obsesionado conmigo.
—Lo estoy —dijo, sin pestañear.
Vale, eso sí me dejó sin palabras.
—Eso puede ser malo.
—Definitivamente lo es.
Su aliento me rozó la piel. Él bajó la mano de mi cuello por mi hombro y deslizó lentamente los dedos por mi brazo, hasta atraparme la muñeca.
Su otra mano seguía apoyada junto a mi cabeza, encerrándome.
Yo sabía que tenía que apartarme, pero mi cuerpo no cooperaba.
La tensión era tan grande que parecía que cualquiera de los dos podía romperla en cualquier momento.
Pero la sensación era adictiva. Y yo… en ese momento… no estaba segura de querer detenerlo.
—¿Y qué harás cuando cuelgues esas fotos en tu casa y luego me vaya a España y no vuelvas a verme? —solté, intentando que se diera cuenta de que su idea era una auténtica mierda.
—La verdad… no quiero pensar en eso.
Bajó la cabeza y me besó en el cuello, justo en ese maldito punto que hacía que las piernas se me volvieran gelatina.
—¿Has estado con otras mujeres después de Ania? —pregunté, sin filtro, como una idiota.
Sus manos se detuvieron en seco. No sé si por la pregunta o por haber mencionado a su ex. Se apartó un poco para mirarme.
—¿Por qué quieres saber eso?
Me encogí de hombros. Vale, era una pregunta absurda. Reid ya me lo había dejado claro: habían pasado tres años desde que lo suyo con Ania se terminó. Era obvio que habría estado con otras. Aunque fuera solo para… ya sabes, desahogarse.
—No es relevante lo que haya hecho después de Ania —dijo, con la voz baja, casi un susurro, y esos ojos clavados en mí como si fueran imanes. Y yo, sinceramente, agradecí que no respondiera—. Lo único que importa es lo que siento ahora.
Su aliento me rozaba la piel y un escalofrío me subió por toda la espalda. Una parte de mí gritaba “ acércate más ”, y otra me decía “ huye, que esto va a acabar mal ”.
—¿Y qué es lo que sientes ahora? —pregunté, conteniendo el aliento.
Michael se inclinó, su cuerpo rozando el mío, y me miró con esa intensidad que, si existiera en frascos, estaría prohibida por adictiva.
—Siento que estoy a punto de hacer algo muy estúpido —susurró con la voz ronca—. Pero también siento que no puedo resistirme más a ti, Reina. Ahora dime, ¿qué sientes tú?
Cerré los ojos mientras su mano me acariciaba el brazo con una lentitud desesperante, subiendo y bajando como si estuviera memorizando mi piel. Sus labios empezaron un recorrido lento desde mi oreja hasta la mandíbula, y cada milímetro me estaba encendiendo más.
—Siento… —Le agarré la camisa con las dos manos y tiré de él para acercarlo—. Siento cosas que no debería sentir.
—¿Qué cosas?
Entonces lo empujé suavemente hacia atrás.
—Te lo contaré mientras te fotografío. —Le lancé su propia frase.
Gruñó y echó la cabeza atrás con un suspiro, como quien acepta que hay que pisar el freno aunque no le apetezca nada. Yo también lo sabía: si cruzábamos esa línea, luego iba a arrepentirme.
Michael dio unos pasos atrás y se metió las manos en los bolsillos del pantalón azul. Y claro… ahí, con la chaqueta abierta, la corbata floja y esa pose de “ sí, sé que estoy bueno ”, me estaba regalando una postal digna de fondo de pantalla.
Saqué el móvil.
—¿Acabas de sacarte el móvil de debajo del vestido? —preguntó, con cara de “ no puede ser”.
Me reí.
—Sí. —Levanté un poco la tela para enseñarle la liga con soporte para el móvil—. Nunca se sabe cuándo vas a necesitar una foto urgente.
—Pensaba que ibas a usar una de mis cámaras.
—Yo también lo pensé, pero así me quedo con algo para mí. Después de todo, tú te quedarás con mis fotos, ¿no?
—Me parece justo. ¿No quieres ir al photocall?