Chapter 18 #3
—Lo eres —saltó Michael, y casi me atraganto con la bebida.
Nash le frunció el ceño, entre divertido y sorprendido.
—¿Michael Anderson soltando un cumplido a una mujer? No creía que llegaría a ver eso.
Vale, ¿qué demonios esta pasando aquí?
Nash me miró y continuó:
—Aunque te parezca mentira, Hero, Michael es tan reservado que jamás le había oído decir nada de una mujer. Ni siquiera de su madre. Y eso es decir mucho.
Michael puso los ojos en blanco.
—Bueno, creo que todos estaremos de acuerdo en que Hero es especial y merece todo tipo de cumplidos. ¿No crees, Nash?
Nash lo miró entrecerrando los ojos, con una sonrisa que me dio mala espina.
—Ahh, entiendo.
Madre mía…
Michael estaba marcando territorio. Y a lo bruto.
¿De verdad se estaba poniendo en plan “ ella es mía” delante de su primo?
Qué tontería más grande. Si yo seguía teniendo novio y no iba a pasar nada con él, mucho menos iba a tener algo con su primo.
Además, siendo sincera… Nash no era ni la mitad de atractivo que él.
—Pues no la he conocido lo suficiente como para decirlo, pero es posible que sea muy especial.
Michael me sonrió de lado y dio un paso hacia mí. Antes de que pudiera reaccionar, me quitó la copa de la mano y se la pasó a Nash, luego me agarró la mano y tiró de mí sin pedir permiso.
—Baila conmigo.
No me dejó opción, básicamente me arrastró entre las parejas hasta plantarnos en medio de todo el mundo.
La canción era lenta. Me pegó contra su pecho y sus brazos se cerraron en mi cintura.
Intentar evitar esto en la fiesta había sido un fracaso épico.
Ahora estaba ahí, con las manos enganchadas detrás de su cuello.
Y sí, si no fuera por los tacones, ni de broma llegaba. Yo era muy pequeña, él muy grande.
—¿Por qué me estás evitando? —Me soltó, mirándome fijamente.
—No te estoy evitando —mentí como una campeona, sin poder mirarle a los ojos. Me concentré en un trozo de tatuaje que se asomaba por el cuello de su camisa.
Yo, que siempre he ido de sincera por la vida, con Michael mentía más que hablaba.
—Llevas dos horas haciéndolo —dijo, como si fuera lo más obvio del mundo—. No creas que no sé lo que intentas… Olvídalo. No va a funcionar.
—¿Y qué intento exactamente?
Bajó los labios a mi oreja y su barba me hizo cosquillas en la piel, poniéndome la piel de gallina.
—Quieres alejarte para no caer en la tentación. —Se apartó con esa maldita sonrisa suya—. ¿Es así?
—Puede.
—Pues no lo hagas. —Me sostuvo la mirada—. No te alejes de mí.
—Eres un pesado —dije, intentando sonar borde, pero la sonrisa se me escapaba.
—Y tú, una niña caprichosa y reprimida.
Vale… oficialmente me estaba buscando.
Ahogué un grito, abriendo la boca pero sin que saliera sonido. Intenté zafarme, pero Michael me apretó más contra él.
—Yo no soy caprichosa, ni reprimida.
Se rio, y seguro que era porque me acababa de poner roja como un tomate.
—Vale, lo de caprichosa lo retiro. Pero reprimida, sí.
—¿Y en qué te basas para soltar eso?
—¿Reprimir lo que sientes por mí no cuenta?
Aparté la mirada. Puede que tuviera razón en eso, pero ni loca se lo iba a admitir.
—Lo que hay entre tú y yo es mucha tensión sexual, punto. No hay sentimientos aquí.
—Habla por ti.
Levanté una ceja. Ni de coña sentía algo más que deseo por mí… ¿o sí?
—Me equivoqué contigo y ahora no puedo sacarte de la cabeza.
Cuando trabajo, me entran ganas de dejarlo todo solo para ir a verte.
Cuando estoy en casa y sé que no estás, salgo a correr o a jugar al fútbol para no pensar en ti.
Quiero enseñarte cosas, llevarte a sitios, llenar mi casa de fotos tuyas. ¿Eso te suena solo a tensión sexual?
Bajé la mirada, sintiendo un nudo raro en el pecho.
—¿Por qué me dices estas cosas? —Me dolía lo bien que sonaba y eso me cabreaba—. ¿Por qué no puedes seguir siendo un capullo conmigo?
—Porque no quiero perder la oportunidad de conocerte de verdad…
y de que me conozcas como soy en realidad.
Joder, eres la única mujer que me ha puesto la cabeza patas arriba.
Nunca nadie me ha hecho enloquecer así. Y sí, desconfiaba de todas, pero tú eres todo lo contrario a lo que temía. Justo lo que necesitaba.
Me mordí el labio, aguantando las lágrimas.
¿En serio estaba a punto de llorar? ¿Era porque era lo más bonito que me habían dicho nunca?
¿Porque no podía soltarle yo algo igual teniendo a Jaden ocupándome media cabeza?
¿O porque, maldita sea, eso era lo que siempre había querido oír de Jaden y no de él?
No lo sabía.
Miré a Michael, intentando recomponerme, pero la cabeza se me iba a toda pastilla.
Sentía que Jaden había llegado a mi vida solo para hacerme daño.
Desde el principio todo había sido eso: dolor.
Los años en el campamento, las mentiras, los secretos, Marta…
Lo bueno que tuvimos siempre fue a cuentagotas, como si estuviéramos malditos.
Celos, desconfianza, obsesión… Nos intoxicamos.
Y eso era lo que me esperaba al volver a España.
Lo mismo. Pero, ¿era eso lo que me merecía? ¿Seguir perdonándole una y otra vez?
Con Michael era diferente. No sentía celos por ninguna de las mujeres que se le acercaban. ¿Era porque sabía que él solo me miraba a mí, o porque en el fondo mi corazón todavía no había dejado a Jaden del todo?
No.
Y me costaba admitirlo, pero ya no era solo Jaden.
Michael estaba entrando… y fuerte. Quizá él también era justo lo que yo necesitaba. Pero no podía, ni quería, hacer nada sin cerrar antes mi historia con Jaden.
Parpadeé, tragándome las lágrimas, y lo miré.
—Bien, entonces te daré una única oportunidad más para que me muestres quién eres de verdad. —Él sonrió como si le hubiera dado la mejor noticia del mundo—. Espero que no la cagues.
Negó, acariciándome la mejilla.
—No lo haré.
De repente, frenó en seco, me agarró de la mano y me sacó de la pista de baile. No dije nada, solo me reí al verle esa mirada perversa mientras nos llevábamos todas las miradas, incluidas la de nuestros padres.
Me sacó de la mansión, abrió la puerta de su coche y, en cuanto salimos del recinto, no pude evitar soltar:
—¿Dónde vamos, Mike?
Me miró de reojo y su mano pasó de la palanca a mi pierna, subiendo por la raja del vestido hasta tocar piel. Sentí un escalofrío.
No debería dejar que me toque así.
Tampoco es que quisiera impedírselo.
—Si vuelves a llamarme así, no respondo de lo que pueda pasar.
Aparté la mirada, escondiendo una sonrisa.
—Está bien. ¿Dónde vamos, Michael?
—Si eres paciente, lo descubrirás en un rato.