Ni un beso más de ti (Sin ti 2) Chapter 18 #2
52%

Chapter 18 #2

—Dame una razón para no arrancarte el vestido y tirarte en mi cama, como llevo queriendo hacer días.

Dios, las piernas me empezaron a temblar.

—Nos llevamos mal.

—Ni en tus sueños, pero si quieres, me lo repites hasta que te lo creas. —Levantó mi rostro con un dedo bajo la barbilla—. Ahora dame otra razón, porque cada vez que estás cerca solo puedo pensar en probar tus labios, y joder, lo deseo demasiado. Y sé que tú también.

—Yo no.

—Repítelo. A ver si me convences —gruñó bajando su cara hacia la mía, pero en el último momento tragó saliva, pensándoselo mejor.

Apoyó la frente contra la mía.

—No podemos hacer esto, Mike.

Gruñó.

—Me has llamado Mike. —Sus ojos parecieron incendiarse.

Me soltó y se apartó un paso, frotándose la cara con las manos, frustrado. De repente, acortó la distancia otra vez y me levantó de golpe, haciendo que enredara las piernas alrededor de su cintura. Menos mal que la toalla no se le cayó mientras nos lanzaba a la cama.

—¿Por qué me tuviste que llamar Mike, Reina? Justo hoy, el peor día de mi vida.

Espera, ¿qué? ¿El peor día de su vida?

—Me gusta.

—Joder, a mí me gustas tú y no te tomo cuándo y dónde yo quiera porque intento respetar lo que tú quieres, pero… si te pones a hacer cosas como buscar mi habitación a escondidas, devorarme con la mirada y luego soltarme un “ Mike”… me lo estás poniendo imposible.

Encajó su erección contra mí y no pude evitar gemir.

Sí, lo estaba haciendo difícil… y yo también.

—¿De verdad te caigo tan mal?

—Mucho —respondí.

Su boca bajó hacia la mía, pero justo antes de rozar mis labios se desvió y acabó besándome la barbilla, bajando por la mandíbula hasta el cuello. Mis dedos se agarraron a sus hombros. Esto estaba muy mal, pero me estaba gustando.

Dios, no quiero que pare.

Sus besos bajaron por mi clavícula, pasaron por encima del pecho y siguieron hacia un lado del cuello.

—No tienes que hacerme sufrir así. Sé que he sido un capullo, pero esto… esto es demasiado. Me estoy intentando controlar y tú no me estás ayudando.

—No es mi intención hacerte sufrir, lo sabes.

Se separó solo unos centímetros, casi rozándome la boca.

—Claro, porque tienes novio, ¿no?

Una de sus manos se coló por mi espalda y me apretó más contra su erección, aprobándome un suspiro.

—Sí —dije, notando cómo sus ojos bajaban a mis labios y él se apretaba más contra mí.

—Pero ahora mismo me deseas a mí.

Sí, qué putada.

—No.

Michael soltó una risa suave que me hizo temblar.

—Mientes fatal. ¿Puedo besarte?

—No.

—Pero quieres que lo haga, dime la verdad. Solo quiero saber la verdad.

—¿Te ayudaría en algo si te digo que sí, o solo empeoraría las cosas?

—Seguro que empeoraría todo.

Tragué saliva.

—Entonces no.

—No es verdad.

Sus labios empezaron a subir por mi barbilla de nuevo y se detuvieron en la comisura de mi boca, sin llegar a rozar mis labios.

—Pero es lo que los dos necesitamos oír ahora. ¿O prefieres que luego me arrepienta de esto?

—Joder, no. No quiero que te arrepientas de nada conmigo.

Se apartó un poco y suspiró.

—Normalmente consigo todo lo que quiero, Reina. Pero tú… eres jodidamente inalcanzable.

Se levantó y me ayudó a levantarme, pegándome a él.

—Sí, será mejor que me dejes vestirme solo —dijo, retomando la conversación justo antes de que todo se nos fuera de las manos.

Me arregló el pelo antes de pasar el pulgar por mi labio inferior, torturándose, y dejarme ir. Al abrir la puerta dijo:

—Bonita pulsera, por cierto.

Un rato después de salir de la habitación de Michael, picoteaba un poco de aquí y de allá, cuidando mucho de no acercarme demasiado a él.

Era alucinante cómo cada traje le sentaba distinto y espectacular.

Esta vez llevaba uno azul claro que le quedaba como hecho a medida, aunque probablemente lo fuera, y no solo yo lo pensaba: unas cincuenta mujeres más no podían apartar la mirada de él.

Me había prometido mantener las distancias, por pura prudencia.

Lo que empezaba a sentir por Michael, ese deseo que no podía controlar, no estaba bien, y sabía que lo único que me calmaría sería alejarme y pensar en Jaden.

Pero Jaden tampoco me lo estaba poniendo fácil.

No contestaba mis mensajes, bloqueaba mis llamadas, y estaba segura de que hasta sus amigos, incluso Lucía y Alice, estaban obligados a ignorarme.

Estaba cabreada y las palabras de Reid no dejaban de dar vueltas en mi cabeza.

¿Y si Jaden me había estado mintiendo todo este tiempo?

¿Cómo podía haberse enamorado de mí para luego desaparecer sin dejar ni rastro?

¿Había sido un juego para él, como en aquel maldito campamento? ¿Una apuesta estúpida que tiró por la borda justo cuando me marché?

No tenía ni idea, pero estaba hecha un lío tremendo. Y lo peor es que lo odiaba. Odiaba empezar a sentir algo por otro hombre justo cuando Jaden acababa de volver a mi vida y desaparecía de la nada.

No podía caer en la tentación con Michael. Simplemente no debía.

Así que, cada vez que sentía que Michael se acercaba, me escabullía y lo veía buscarme por todas partes, en el sitio equivocado. Me pasé un buen rato jugando a eso.

Después, Paul y Samantha abrieron el baile de compromiso con un brindis, y justo después Ximena agarró a mi padre para improvisar un baile lento. El DJ puso una canción suave y pronto más parejas se unieron a la pista, entre ellas Reid y Lily, que no supe ni cuándo llegaron.

—Hola.

Me giré hacia la voz que sonaba a mi lado. Un chico, de un par de años mayor que yo, con el pelo castaño y una barba bien cuidada que le daba un aire interesante.

—Soy Nash Weston, primo de Ximena. No había tenido oportunidad de presentarme antes porque, al parecer, eres la chica más escurridiza que he visto en mi vida.

Esbocé una sonrisa.

—Encantada. Soy Hero Cavanaugh, la hija de William.

Le tendí la mano sujetando la copa de champán con la izquierda.

—He oído hablar mucho de ti, pero no he podido ir a muchos eventos últimamente. Estaba en un operativo de reconocimiento en una zona de alto riesgo.

Fruncí el ceño.

—¿Eres policía? —me salió sin pensar.

El chico se rió y negó con la cabeza.

—No, soy coronel en el ejército de los Estados Unidos.

Abrí los ojos como platos. ¿Toda la familia de Ximena estaba hecha de gente que triunfaba en todo lo que hacía? Porque vaya tela. Encima, ¿cómo demonios podía ser coronel con esa cara de veinteañero?

—¿No eres demasiado joven para eso?

Nash sonrió.

—Es posible que sí, pero con estudios y buen rendimiento se puede llegar a cualquier sitio.

Vale, pues yo a su edad apenas conseguía llegar puntual a clase.

—Entiendo —dije, intentando sonar normal—. Qué guay. No todos los días conoces a alguien que se juega el cuello por su país.

—Sí, eso es verdad —respondió él, mirando hacia la pista de baile—. Ximena también me dijo cosas sobre ti. Todo bueno, por supuesto. Está encantada de tenerte aquí.

Le sonreí, un poco más tranquila al saber que Ximena hablaba bien de mí. Ojalá pudiera decir lo mismo de Michael.

—Bueno, es que Ximena no sabe hablar mal de nadie. Es peligrosamente encantadora, como su madre.

—En eso estamos de acuerdo.

Ambos miramos hacia la pista de baile.

—Me han contado que estudias literatura inglesa —comentó él con interés—. ¿Cómo es que decidiste meterte en eso?

Di un sorbo de mi copa. Siempre que me preguntaban por eso, me salía la vena intensa.

—Desde pequeña me ha gustado leer y escribir. Creo que las historias tienen un poder brutal para conectar a la gente y ver las cosas desde otros puntos de vista. Además, me encanta ver cómo han cambiado las personas y la sociedad en tan poco tiempo.

—Yo no he leído mucho, pero siempre me ha encantado Shakespeare. ¿Tienes algún autor o género favorito?

—Muchos —contesté—. Emily Dickinson, Walt Whitman… Virginia Woolf me encanta por cómo explora la mente y la percepción. Y, claro, Shakespeare es intocable.

—Mi abuelo me regaló un manuscrito de Hamlet.

Giré la cabeza tan rápido que casi me parto el cuello.

—¿En serio? ¿Uno original?

—Sí.

—Eso debió costar un dineral —murmuré.

—Seguramente. Coleccionaba manuscritos de autores de esa época.

Vale, eso ya era otro nivel de frikismo literario… pero del caro. Me picaba la curiosidad por saber cuántos tenía y de quién más, pero tampoco quería parecer una reportera pesada.

—Mañana me voy a una misión en Afganistán. Estaré de vuelta para la boda de Ximena —dijo, mirando a la pista—. Si quieres, puedo enseñarte la colección de mi abuelo. Seguro que le encantaría conocer a alguien tan adicta a los libros como él.

Vale, Hero, respira. Solo son libros… muy caros, muy raros, y probablemente llenos de historia. Y vale, la idea me emocionaba más de lo que quería admitir.

—¡Oh, eso sería genial! —Me salió sin filtro, con una sonrisa de idiota incluida—. Me encantaría ver la colección de tu abuelo. ¿Crees que le importará?

—En absoluto, es más, creo que…

—Buenas noches —interrumpió una voz que ya me conocía de memoria.

Nos giramos los dos. Michael estaba ahí, mirándonos como si estuviera siguiendo un partido de tenis. Nash pareció feliz de verlo, como si fueran mejores amigos que no se veían desde hacía años. Le estrechó la mano con energía y una sonrisa tan auténtica que hasta a mí me dio buen rollo.

—¡Al fin, primo! He intentado dar contigo un par de veces pero no te encontraba. ¿Cómo estás? Hace tiempo que no nos vemos.

Michael le contestó sin apartar la vista de mí. Y claro, yo me puse roja como un semáforo al acordarme de lo que había pasado en su habitación hacía apenas dos horas.

—Estoy bien, gracias. Veo que has conocido a la hija de William.

Ambos se giraron hacia mí justo cuando le daba un trago al champán para disimular.

—Sí, una mujer despampanante y encantadora como mi adorada prima.

Sonrieron los dos, y yo sentí que me subía aún más el color a las mejillas.

—Oh, gracias, Nash. Pero no creo ni de lejos que pueda llegar a ser tan encantadora —dije, medio halagada, medio incómoda.