Chapter 18
Capítulo dieciséis
— PASADO —
Trece días para la boda.
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William Cavanaugh, mi padre, parecía de otro planeta.
Cada vez que Michael y yo coincidíamos en una habitación, se le notaba que no le hacía ninguna gracia la tensión que flotaba entre nosotros.
Desde la bronca que tuvieron su hijo y su cuñado hace un par de noches, empezó a sospechar que pasaba algo.
Seguro que había cazado alguna de las miradas que Michael me lanzaba, y como Reid no le soltó ni media palabra sobre lo que ocurrió, ahora iba con el radar encendido intentando pillar cualquier detalle que le aclarase el misterio.
Yo ya tenía bastante claras sus intenciones, pero de mí no iba a sacar nada…
como mucho, alguna mirada asesina dirigida a mi hermano.
Reid y yo habíamos hablado el día anterior sobre lo ocurrido y, aunque no estaba del todo convencido de dejar pasar las palabras de Michael, me prometió que hablaría en serio y con calma con él para arreglarlo, igual que había hecho yo.
Esa tarde, los padres de Ximena organizaron otra fiesta para celebrar el compromiso. Pusieron de todo en una celebración enorme en su mansión, y probablemente costó bastante más que la que hizo mi padre.
Paul y Samantha Anderson, los padres de Ximena y Michael, eran encantadores, aunque había cosas que llamaban la atención.
Paul, con su aire de hombre importante y sonrisa brillantemente nueva, no paraba de hablar de sus inversiones y de las propiedades que había comprado últimamente, como si quisiera dejar claro lo bien que le iba.
Samantha, en cambio, transmitía una calidez que te hacía sentir cómoda enseguida.
Era de esas personas especiales que no necesitan esforzarse para caer bien… y lo consiguen.
Enseguida me vino a la cabeza lo que me contó la prima de Michael, Lily. Ella decía que su padre también tenía debilidad por presumir de lo que tenía, así que no me quedó ninguna duda de que el suyo y el de Michael tenían que ser hermanos.
Y Michael… bueno, había heredado lo mejor de su madre: los ojos, los labios, la forma de la cara… aunque en carácter era una mezcla bastante equilibrada de los dos. Paul tenía ese aire de hombre de negocios, decidido y seguro, y eso también lo había sacado Michael.
Pero ni él ni Reid habían aparecido todavía por la fiesta, así que me puse a dar vueltas para pasar el rato y, ya de paso, curiosear un poco.
Salí de la sala principal y empecé a explorar la mansión.
Sabía que Michael no vivía allí porque tenía su propia casa en Los Ángeles y ahora se estaba quedando en la casa de mi padre, pero estaba convencida de que en algún momento había vivido aquí…
y decidí que iba a encontrar su habitación.
Subí al segundo piso cuando nadie me miraba y fui abriendo puerta tras puerta: habitación de invitados, despacho, gimnasio, librería, otra con sauna y jacuzzi… Pero ninguna parecía suya. Solo me quedaba una puerta al final del pasillo. Metí la mano, asomé la cabeza…
Nop.
Esa era la habitación principal de sus padres, lo supe porque había un cuadro gigante colgado encima de la cama de ellos dos.
—¿Qué haces?
Pequé un grito y cerré la puerta de golpe. Me di la vuelta y me encontré con Michael, sudado, con ropa deportiva gris que le sentaba de muerte y una mochila colgada al hombro.
Me miraba con el ceño frunció y una mueca divertida en la cara.
—Maldita sea, ¿quieres matarme?
—¿Estás intentando robarle a mis padres? —bromeó divertido por el susto que me había dado.
Abrí los ojos como platos.
—Dios, no, estaba buscando tu habitación… —La voz se me fue apagando mientras lo decía.
Qué mala idea.
—¿Ah, querías robarme a mí?
—Qué coñazo, solo quería cotillear un poco, ¿vale?
Michael sonrió.
—Estás en el lado equivocado de la casa.
—¿Lado?
—Sí, mi habitación está subiendo por la otra escalera. La escalera norte.
—¿Escalera norte? ¿Hay dos escaleras? ¿Cómo no me he dado cuenta?
Michael volvió a sonreír.
—¿Y tú qué haces aquí si tu habitación está en el otro lado? —tragué saliva, cruzándome de brazos.
—Te vi subir las escaleras cuando llegué y te seguí.
—Me seguiste —repetí. Entonces caí—. ¿Llevas todo el rato ahí parado mientras…?
—¿Abrías una y otra y todas las puertas que hay en este pasillo? Sí.
Me llevé la mano al tabique nasal.
—Por Dios, qué vergüenza.
—Pues sí, un poco. Pero, al menos, vas a ver mi habitación. ¿Vienes?
Levante la mirada hacia él.
—¿Eh?
—¿Que si vienes? A mi habitación. ¿No querías curiosear?
Comenzó a caminar por el pasillo y yo fui tras él.
—¿Y tú? ¿Dónde vas?
—A mi habitación, Reina. Por si no te has dado cuenta necesito una ducha. Voy tarde a la fiesta.
Ah, claro. Cómo iba a pensar con tanto sudor y esos brazos musculosos a la vista.
—Oh, sí, ya lo he notado. ¿A quién se le ocurre salir a hacer deporte antes de la fiesta de compromiso de su hermana?
Lo seguí mientras bajábamos las escaleras y cruzábamos el recibidor, hasta llegar a otra escalera que no había visto antes.
—Necesitaba despejarme un poco.
Entramos en un pasillo que era casi igual al anterior y Michael abrió una puerta, dejándome pasar primero.
En cuanto crucé el umbral, me invadió su olor.
La habitación tenía toda su esencia pero con un toque juvenil.
La decoración era un poco caótica, pero se notaba que era al estilo de un Michael adolescente.
En una estantería había los trofeos y premios que acumularía durante el instituto y probablemente en la universidad también.
En otra esquina había un escritorio lleno de papeles y libros amontonados.
Y la cama estaba llena de un montón de almohadas.
—Vaya, no era lo que me esperaba.
Me acerqué a los trofeos.
—¿Y qué esperabas?
—No sé… algo más acorde a cómo eres ahora. —Levanté las cejas al leer una placa—. ¿Capitán de fútbol americano?
Me giré para mirarlo. Había dejado la mochila en el suelo y se apoyaba en la puerta, que ahora estaba cerrada.
—Sí, tres años seguidos en el instituto y otros tres en la universidad.
Su mirada no se apartaba de mí.
—Si eras capitán, es que se te daba bien.
—Se me daba bien jugar… pero sobre todo dirigir y cuidar de los míos. En eso era el mejor.
Volví a mirar los trofeos. Entre ellos, había fotos suyas con el equipo, embutido en esas protecciones enormes. Nunca habría imaginado que jugara al fútbol americano; con su altura, habría apostado por el baloncesto.
—¿Hay algo que no se te dé bien?
—Pocas cosas.
Lo miré riéndome.
—Egocéntrico.
—No es ego. Es verdad.
Me eché a reír.
—¿Y qué haces ahí plantado, por cierto? —pregunté, viendo que no se movía de la puerta.
Se pasó la lengua por los labios. Y la visión de su cuerpo sudado, los brazos cruzados y sus ojos puestos en mí, hizo que se me secara la boca.
—Mirarte. —La forma en que lo dijo me borró un poco la sonrisa—.
Si hace siete años me hubieran dicho que tendría a una mujer como tú caminando por mi habitación, me habría reído.
Habría dado lo que fuera por haberte conocido en la uni.
Te habría traído todas las noches aquí. Me habría saltado un par de normas, pero lo habría hecho por tenerte justo aquí.
Michael se acercó, y sentí que mi corazón se aceleraba.
—Seguro que rompiste muchas normas en tu juventud.
—Unas cuantas, pero ninguna chica ha entrado nunca aquí.
Le creí. No tenía porqué mentirme con eso.
—¿Nunca? —pregunté, entre sorprendida y, para qué negarlo, halagada.
—Nunca. —Se detuvo frente a mí, a dos palmos de distancia, y me recorrió con la mirada—. Y ese vestido me está distrayendo. No querrás quitártelo para hacerme un favor, ¿verdad?
Me salió una sonrisa sin poder evitarlo.
—No creo que eso ayude mucho, más bien al contrario. Al final acabaríamos los dos llegando tarde a la fiesta.
—Tienes razón.
Levantó la mano y la apoyó en mi cuello durante un segundo y luego sonrió.
—Voy a darme una ducha antes de que te dé un paro cardiaco con esta conversación… o con lo cerca que estoy.
Me di cuenta de que me había estado controlando el pulso, y entrecerré los ojos mientras él se dirigía a una puerta que supuse que era el baño.
—Puedes cotillear lo que quieras. Y robarme lo que quieras también.
—No me tientes o acabaré robándote el corazón —bromeé.
—Eso ya me lo robaste hace tiempo, Reina.
Su sonrisa fue lo último que vi antes de que se encerrara tras la puerta.
Solté un suspiro largo y me puse a cotillear un poco más.
Abrí cajones, hojeé libretas viejas, encontré fotos con su familia y hasta un montón de condones sueltos caducados en el primer cajón de la mesita de noche.
Sonreí, negando con la cabeza, y cerré el cajón justo cuando escuché el agua de la ducha parar.
Abrí otro cajón y encontré una pulsera trenzada a mano. Me la puse y seguí husmeando.
Cuando escuché que la puerta se abría, solté:
—Vaya, qué chico tan aburrido debías de ser. No tienes nada interesante en…
Me quedé muda al girarme y verlo salir literalmente desnudo, con solo una toalla alrededor de la cintura.
Las gotas de agua aún resbalaban por su cuerpo, marcando esos músculos que tenía tan bien definidos y tatuados.
Cada parte de su cuerpo parecía hecho para que nadie pudiera dejar de mirarlo.
Se notaba que llevaba años dándole duro al entrenamiento.
Sus brazos eran puro músculo, el pecho ancho y esos abdominales…
como si fueran trozos de piedra tallados, sin duda de alguien que fue capitán del equipo de fútbol americano por muchos años.
—No me mires así, Reina, o sí que vamos a llegar tarde a la fiesta.
—Perdón —solté sin pensar y aparté la mirada, sonrojada. Caminé hacia la puerta, pasando junto a él—. Esperaré fuera mientras te vistes.
Su mano agarró mi muñeca, justo donde llevaba la pulsera. Sus ojos bajaron a ella y luego subieron a los míos, pero no dijo nada. Simplemente tiró de mí hasta que me estampé contra su pecho húmedo.