Ni un beso más de ti (Sin ti 2) Chapter 17 #2
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Chapter 17 #2

Reid cerró los ojos, sonrió con sarcasmo y negó con la cabeza.

—Cómo no… Tu padre tiene dinero, yo también… ¿Para qué ibas a necesitar el suyo?

—Eso fue lo que le dijo Ximena. Y luego Michael soltó que yo no vivía aquí con vosotros… e insinuó que mamá es pobre.

Reid alzó las cejas y vi cómo se le oscurecía la mirada.

—¿Eso dijo? —gruñó, con la voz grave.

Apretó la mandíbula que pensé que se rompería los dientes, así que antes de que se le ocurriera ponerse en modo Hulk, me adelanté.

—Ya le canté las cuarenta, así que no hace falta que vayas a partirle la cara ni nada por el estilo.

—¿Cómo cojones se atreve a insinuar algo así sobre mamá o sobre ti?

Justo lo mismo que yo pensaba, pero en versión cabreada nivel Dios. Bajé la mirada.

—Se va a arrepentir de lo que ha dicho. Te lo juro.

—Reid… —Le agarré la mano antes de que siguiera calentándose—. Me quedan pocas semanas aquí, no quiero que todo acabe en un drama. Pasa página, ¿vale? Olvida que te he dicho nada.

—Estás flipando si crees que voy a dejarlo pasar.

—Oh, por Dios. —Me froté la frente y vi como salía de la galería.

Una brisa fría me recorrió las piernas desnudas y me desperté.

Era ya de noche cerrada y se me había olvidado cerrar las ventanas del balcón.

Me levanté medio dormida para echar la cristalera, pero justo entonces escuché un golpe seco abajo, como de cristales rompiéndose. Y después, un grito. Ximena.

Se me heló la sangre. Abrí la puerta de golpe justo cuando mi padre pasaba corriendo por el pasillo.

—¡William! ¡Will! —gritaba Ximena desde las escaleras—. ¡Tienes que detenerlos! ¡Se van a matar!

Detenerlos .

Oh, no.

No, no, no .

Bajé las escaleras detrás de mi padre y, cuando llegué al final, me encontré un caos monumental.

Ximena, con los ojos rojos y la cara empapada de lágrimas, temblaba junto al salón.

Reid, rojo de ira, intentaba lanzarse contra Michael, que tenía la nariz hecha un cristo y la camisa manchada de sangre.

En el suelo, trozos de botella y charcos de vino caro arruinaban la alfombra.

—¿Pero qué coño pasa aquí? ¡Parad ya! —tronó mi padre, metiéndose en medio para separar a Reid.

—¡Y para hablar de mi familia, primero te lavas la boca! ¡No te quiero cerca de ella! —le soltó Reid a Michael, intentando zafarse.

Mi padre trató de sujetar a Michael, pero este estaba más encendido todavía y volvió a cargar contra Reid, incluso con mi padre de por medio.

Ximena lloraba sin parar, así que me metí yo también a intentar separarlos.

Lo empujé a un lado, y sentí su sangre tibia manchándome las manos.

Me miró… y se apartó de mi hermano, aunque sin alejarse de mí.

—¡¿Se puede saber qué os pasa?! —rugió mi padre.

—Que este cabrón va por ahí hablando mierda de mi hermana y de mi madre. Eso pasa.

El ceño de mi padre se frunció de golpe y le lanzó a Michael una mirada que le hizo tragar saliva.

—Ya basta, Reid. —Solté, sin apartar la mano del pecho de Michael, temiendo que volviera a arremeter contra él—. ¿Por qué siempre tienes que estropearlo todo?

Mi hermano, intacto, me miró alucinando.

—¿Y te atreves a culparme a mí? —Reid me miró, furioso.

—¡Sí! ¡Porque te dije expresamente que no quería tener problemas! ¡Y tú me los estás dando!

—¿De qué cojones estáis hablando? —exigió mi padre—. Quiero saberlo ahora mismo.

Lo miré, retando a Reid a que fuera valiente y lo soltara todo. Pero mi hermano bufó, sacudió la cabeza y se largó escaleras arriba.

—No es nada, papá. Solo un malentendido —mentí.

Nos miró a Michael y a mí con el ceño fruncido, y luego siguió a mi hermano escaleras arriba sin decir ni una palabra.

—Michael, ¿qué ha pasado? —Miramos a Ximena.

Dejé caer la mano del pecho de Michael y me giré a mirarlo. La sangre le seguía chorreando manchándole el traje.

—¿Podemos hablarlo luego?

Michael le lanzó a su hermana una mirada suave, pero que debía decir muchas cosas ya que Ximena asintió y se fue también hacia las escaleras.

—Lo siento —murmuré cuando estuvimos solos.

—¿Por qué ibas a disculparte? La culpa es mía. —Se pasó el dorso de la mano por la nariz—. Él tiene razón, debería lavarme la boca antes de hablar mal de ti o de tu madre.

Me observé la mano ensangrentada y me sentí mal, culpable. Si no le hubiera dicho nada a Reid, esto no hubiera pasado.

Le miré y suspiré.

—Anda, vamos a limpiarte.

No dijo nada mientras lo llevaba al baño. Le indiqué que se sentara en el borde de la bañera para llegarle bien a la nariz. Me obedeció, sin quitarme los ojos de encima.

—¿Crees que tu hermana me matara si echamos a perder una de sus bonitas toallas? —pregunté mientras lavaba mi mano antes de empapar la tela.

—No creo que pudiera matarte por eso; a mí, sin embargo…

Sonreí mientras me acercaba a él. Tenía las piernas abiertas y me dejó el hueco justo para colocarme frente a él y limpiarle la sangre de la nariz.

Echó la cabeza hacia atrás y, con calma, empecé a quitarle la que le manchaba los labios y la barbilla.

Sus ojos no se apartaban de los míos, y de pronto sentí sus manos apoyarse en la parte trasera de mis muslos, rozándome la piel y provocándome cosquillas que me hicieron tensar un poco las piernas.

—¿Por qué haces esto? —preguntó con curiosidad—. He sido un gilipollas contigo y tú… aún así me ayudas.

—No te ayudo. —Le devolví una pequeña sonrisa sin levantar la vista de lo que hacía—. Solo me siento culpable de que estés sangrando. Nada más.

—Me merezco sangrar por ti.

Sus dedos dibujaban círculos distraídos en mi piel. No sé si lo hacía a propósito o no, pero yo sí era plenamente consciente de cada caricia.

—No sangras por mí —aclaré, intentando que mi voz no temblara—. Sangras por mi culpa.

—No. El único culpable soy yo… por haber dicho esas cosas de ti y de tu madre.

Lo miré a los ojos, tragando saliva. Ahí tenía razón.

—¿Por qué no se lo has dicho a tu padre? —preguntó.

Me mordí la mejilla por dentro, concentrada en la limpieza y evitando mirar sus labios… carnosos, tentadores. Evitando preguntarme cómo se sentirían contra los míos.

—Porque habría creado un efecto dominó y los peores parados hubieran sido él y Ximena.

Mi padre haría cualquier cosa por nosotros…

o por mi madre. La sigue apreciando. Y sé que la defendería como lo ha hecho mi hermano.

—Suspiré—. Además, tampoco es para tanto.

Es una realidad que mi madre y yo no tenemos mucho más en España que para pagar el alquiler.

Aunque lo que más le enfadaría a mi padre sería que insinuaras que yo… me acercaría a ti por tu dinero.

—Te prometo que ya no pienso así.

Lógico. No me he insinuado a él y mucho menos por su dinero.

—Ya… creo que es un poco tarde para decirlo.

Deslicé el dedo por su tabique nasal para asegurarme de que no había ningún hueso roto. No hizo ni un gesto de dolor, aunque la zona empezaba a hincharse.

—Lo siento, de verdad. Estoy jodidamente arrepentido. No sé cómo arreglarlo.

Me sorprendió lo sincero que sonó.

—Si quieres arreglarlo, deja de mencionarlo.

Su nuez subió y bajó al tragar. Me dejó seguir a lo mío, en silencio, solo mirándome… y acariciándome. No había prisa en sus manos. Era ese roce constante que te pone en tensión. No mala tensión. Esa tensión de querer y no poder.

—Hoy… —Rompí el silencio— he estado en tu galería —sus ojos se encontraron con los míos—. He visto tus fotos.

La sangre se le había secado por la barba corta, y me costaba un poco quitarla, así que seguí frotando con suavidad.

—¿Y qué te han parecido? —preguntó sin sorpresa. Seguro que alguien ya se lo había dicho.

—Espectaculares.

Sonrió de lado.

—¿Qué? —pregunté, al ver cómo me miraba.

—Pensé que dirías cualquier cosa menos eso.

—¿Como qué?

—Que no se me da bien. Que son horribles. Que debería dejarlo.

Le sonreí.

—Nunca jugaría con eso. La fotografía es muy importante para mí, y si conozco a alguien que también hace fotos, no se me ocurriría mentirle sobre su trabajo.

—¿Ni por orgullo?

—¿Me ves a mí orgullosa?

—Un poco, sí —dijo con un destello pícaro en los ojos.

—Si fuera orgullosa, créeme que estarías limpiándote solo.

—Eso es lo que me confunde de ti —dijo, apretándome de pronto las piernas. El movimiento me pilló tan desprevenida que casi caí sobre él. Me sujeté en sus hombros y él, en lugar de apartarse, me abrazó por las piernas, sus brazos rozándome los glúteos.

Mi cara quedó justo encima de la suya. Bastaría con inclinarme apenas unos centímetros para rozar sus labios.

¿Qué demonios haces, Hero?

No lo sé. No sé porqué todo el enfado se me había esfumado ni porqué lo veía ahora como el hombre más atractivo del mundo. Pero estaba pasando. Y lo peor… es que lo estaba dejando pasar.

Inspiré y me aparté para ponerme en la misma posición de antes, y sus brazos me soltaron, aunque enseguida volvió a quedarse donde estaba, como si no quisiera darme mucho margen.

Le di la vuelta a la toalla para seguir limpiando, pero sentía sus ojos clavados en los míos, sin moverse un milímetro.

Sus dedos empezaron a subir despacio por mis piernas.

Y sí… bajo la camiseta larga que me tapaba hasta los muslos no llevaba pantalón.

Lo lógico era apartarle la mano y decirle que parara, pero me quedé quieta, congelada.

Tragué saliva y, en lugar de frenarlo, dejé que siguiera.

—Deberíamos tirar esta camiseta a la basura —murmuré—. No creo que sirva para mucho.

—Sí, deberías quitármela —murmuró con la voz ronca.

Sus dedos no llegaron muy arriba antes de bajar otra vez, acariciándome como si estuviera comprobando cada centímetro de mi piel.

¿Pero qué demonios estaba intentando hacerme?

Dejé la toalla en la bañera y llevé mis manos a los botones del cuello de su camisa, empezando a desabrocharlos uno a uno.

—¿De dónde has salido?

Levanté la mirada de los botones a sus ojos, y esa oscuridad que vi en ellos me puso nerviosa.

No contesté, solo seguí bajando hasta los últimos, con nuestros rostros peligrosamente cerca.

En ese momento no pensaba en nadie más. Solo en él, aquí; y en lo que Reid me había dicho sobre que creía que yo le gustaba a Michael.

—Pues yo creo que eres lo bastante mayorcito para saber de dónde salen las personas —susurré, consciente de que su mirada bajaba a mis labios y eso me estaba volviendo idiota—.

Pero si quieres te lo explico: mi padre y mi madre se enamoraron, se enrollaron y yo estuve nueve meses cociéndome en la barriga de mi madre hasta que…

Su sonrisa me cortó el rollo.

Cuando quité el último botón, dejé que fuera él quien se quitase la camisa.

Mala idea. Muy mala idea. Verle así, con esos músculos definidos y los tatuajes cubriéndole el torso, me dejó débil.

Vulnerable. Y jodidamente consciente de que estaba demasiado cerca.

Cuando se la quitó y la dejó tirada en el suelo, volvió a agarrarme de las piernas y a acercarme a su cuerpo.

Mis dedos, sin pensarlo, acariciaron el dibujo de tinta en su cuello, bajaron por sus hombros, notando la dureza de sus músculos bajo la piel.

Luego reaccioné y retiré la mano, sintiéndome observada.

Volví a centrarme en su nariz.

—No parece rota.

—No, no lo está. —Su voz sonó grave, ronca, como si hablara desde el pecho.

—Y misteriosamente ha dejado de sangrar.

—Será por el frío de la toalla.

Frío. Exacto. Eso era justo lo que yo necesitaba para apagar el calor que me estaba subiendo por el cuerpo. Y su nariz también.

—Iré a por hielo.

Intenté apartarme, pero sus manos me mantuvieron clavada en el sitio. Me mordí el labio sintiendo cómo mi corazón pasaba de mil a dos mil.

—Michael… —tragué saliva.

No dijo nada. Su mirada bajó a mis piernas desnudas y repitió el recorrido con sus manos: de mis muslos a mis caderas, subiendo por mi cintura y bajando otra vez, lento, provocador, metiéndose por debajo de la camiseta como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Sin. Apartar. La. Mirada.

Mierda.

—Tienes la piel muy suave.

—Michael…

—Quiero fotografiarte —soltó, y yo tuve que tragarme un suspiro.

De repente, sus manos me aferraron por la cintura y me levantó como si no pesara nada, sentándome sobre la encimera del lavabo. Mis piernas se abrieron solas y él se colocó ahí, frente a mí, una mano en mi nuca, acercando su rostro al mío, pero sin besarme… todavía.

Si se hubiese lanzado, no sé cómo habría reaccionado.

—Eres una puta tentación andante, y no se me quita de la cabeza que tengas novio —gruñó junto a mi oído, erizándome la piel. Mis pezones se endurecieron y recé para que no se diera cuenta. O peor, para que sí lo hiciera—. Eso me está matando.

Y mierda… tenía razón. También me estaba matando a mí.

Sus labios bajaron por mi cuello lentamente hasta la clavícula, torturándome.

Luego, su lengua recorrió mi piel de abajo a arriba, haciéndome soltar un gemido que no pude contener.

Mis piernas se cerraron alrededor de su cintura por puro instinto, porque el calor en mi vientre se estaba volviendo insoportable.

Y no era lo único que sentía: ese problema enorme en su pantalón presionando contra la fina tela de mis bragas me estaba destrozando la poca cordura que me quedaba.

Sus manos siguieron subiendo por mis piernas, colándose bajo la camiseta, aunque donde quería llegar ya no había apenas tela que frenara. Y… sabía que si le dejaba avanzar, ya no habría marcha atrás. Así que con toda la fuerza que no sabía de dónde saqué, agarré su mano y la detuve en seco.

—Joder… —gruñó, pegando su frente a la mía—. Solo una vez. Déjame tocarte solo una vez.

Aunque sonaba tentador, negué con la cabeza. No podía. No quería hacerle eso a él , no así.

—No puedo.

—No puedo aguantar las ganas que tengo de tocarte, Reina —susurró con esa voz grave que me hacía temblar—. Lo que pase aquí, se queda aquí. Te lo prometo.

Sus dedos se clavaron un poco más en mis muslos, apretando y rozando su erección contra mí. No pude evitar un gemido, aunque intenté controlarme. Yo también lo deseaba, y ya no podía mentirme.

¿Eso me convertía en infiel? ¿Qué pasaba con Jaden? ¿Estaría con otra cada noche o arrepintiéndose en su cuarto por no responder mis mensajes?

—No podemos —musité, casi sin aire, con sus labios a milímetros de los míos, rozándome, torturándome.

Michael echó la cabeza hacia atrás y suspiró, soltando un poco el agarre. Luego me miró directo a los ojos, levantó una mano despacio y la llevó a mis labios. Los acarició con la llena del dedo gordo, y el brillo en su mirada me hizo perder el poco control que me quedaba.

—Antes de que te vayas, voy a conseguir que me beses. Aunque sea solo una vez.

—Te queda poco tiempo. Suerte.